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El camino más largo hacia un desastre. Polo Democrático Alternativo

La persona que escogimos para presidir la naciente fuerza,
Carlos Gaviria Díaz, un connotado Magistrado, docente de prestigio de la
Universidad de Antioquia, pensador de férreos principios liberales y de la
democracia radical, reafirmaba esa esperanza. Anhelo que se multiplicaba al
revisar el conjunto de los miembros de la dirección del naciente partido, todos
ellos experimentados dirigentes sociales y de izquierda. Sin duda, una primera
revisión de la composición original del PDA, arrojada como conclusión y como
confianza que la izquierda, por fin, retomaba el camino de la tan anhelada y
necesaria reagrupación de las fuerzas alternativas.

 

Lo electoral, ¿cascada y particularidad determinante?

 

Pero, como lo reconocen propios y ajenos, ese paso de
reagrupación no resultó por una profunda confianza en la necesidad histórica de
la misma o por aquello de las identidades ideológicas y políticas. Fue una
respuesta pragmática a la ley que precisó que para conservar o lograr el
registro electoral era necesario sacar, como mínimo, el 2 por ciento del
registro electoral.

 

Es decir, el origen y el antecedente del PDA es una
necesidad electoral que comenzó a marcar todo su destino.

 

Pocos meses después de su constitución, se realizaron las
elecciones para el Congreso de la República, y hacia allí se enrutaron todas
sus fuerzas. Transcurridos dos meses se respondió a un nuevo certamen
electoral: la elección de presidente. No se había superado el agite electoral
cuando afrontó las elecciones internas de sus dirigentes. Pocos meses después
le correspondió el turno al sufragio para alcaldes, gobernadores, concejales y
ediles. Coyunturas electorales que resultan, por demás, en una práctica que
desdice de toda consecuencia política, donde cada candidato construye y
responde por su propio imaginario y sus intereses, y el PDA tiene que cargar
con las consecuencias de sus obras, positivas o negativas, acertadas o
erróneas, en el ejercicio de gobierno correspondiente. El clientelismo, así dé
vergüenza reconocerlo, mantiene sus fueros.

 

Como se puede concluir, el ritmo electoral, una elección
tras otra, aplasta, y continúa haciéndolo, toda posibilidad de pausa para la
reflexión y cimentación político-ideológica. Pero además, y esto no deja de ser
grave, bloquea la posibilidad de consolidar su presencia territorial, es decir,
su poder real más allá de la opinión o de los picos crecientes o decrecientes
de la misma constante electoral, contrario a lo consignado en el ideario de
unidad del partido: “Una reforma política democrática que asegure el voto libre
y soberano, y elecciones ajenas a la corrupción, el clientelismo y el saqueo de
los dineros públicos”, junto con “un nuevo ordenamiento territorial del país,
que consulte las realidades económicas, sociales y culturales de las
poblaciones… salvaguardando la unidad y la integridad territorial de la
nación”.

 

Todo esto en detrimento de la acción ante los permanentes e
intensos sucesos que sin descanso hacen añicos la “democracia” colombiana: la
guerra sin fin, el creciente gasto militar, la impunidad, la crisis
humanitaria, la parapolítica, las privatizaciones sin límite, la crisis
ambiental, la crisis alimentaria, la concentración del poder, la desfiguración
de la soberanía nacional, el conflicto con Venezuela y la amenaza de la mano
estadounidense en todo el continente, a través de la política criolla, la
doctrina de la acción integral, el TLC con los Estados Unidos y con la propia Unión
Europea, el cohecho y la ilegitimidad del régimen, y otros muchos sucesos. Como
también flaquea el Polo ante el compromiso y las tareas del movimiento social y
de la «unidad nacional».

 

Temas ante los cuales no es el silencio político lo que se
requiere, más allá de los pronunciamientos oficiales o formales, sino claros
análisis y propuestas concretas que lleguen a cada rincón del territorio
nacional, a cada organización social, a cada militante, amigo o simpatizante
del PDA, en fin, a todo el país.

 

Es tan grave el silencio efectivo del PDA, que no se conoce
un plan de acción ante cada uno de estos hechos. Mucho menos una movilización
de cara al país, con oportunidades puntuales o precisas que le muestren al
ciudadano de a pie que sí hay esperanza y opciones, y a su militancia que sí
existe una política para cimentar poder territorial. Convocar a un Encuentro
Nacional Popular en el cual las fuerzas sociales, las organizaciones
comunitarias, los sindicatos, los pueblos y etnias que componen la nación y demás
organizaciones políticas y sociales hagan realidad la propuesta de la
Constituyente desde el sentir, el pensar y el actuar del pueblo. Todo ello es
una tarea inaplazable.

 

Una realidad mucho más delicada cuando temas como los de la
parapolítica –y su verdad parcial, sin expedientes, que no toca aún al poder
financiero, agroindustrial, militar, comunicacional–, con la consecuente
ilegitimidad del Ejecutivo y el Legislativo, no reciben el rechazo de una
acción colectiva que evidencie ante el país que el PDA, más allá de los
intereses y conveniencias de sus senadores y representantes, está dispuesto –se
juega por las mayorías, por los negados– a renunciar a sus beneficios
particulares, as;i como a liderar una acción constante contra la impunidad, el
paraestado, por la democracia, la integración y la paz. Un verdadero Congreso
de los Pueblos en que permanentemente los parlamentarios del PDA den cuenta
–ante las organizaciones sociales, comunitarias y políticas– de las decisiones
tomadas en el Congreso de la República, y recojan los anhelos y realidades
populares para ser presentados y transformados en el nuevo orden legal que
necesita nuestro país.

 

Ante la crisis actual, el PDA tiene que liderar un Acuerdo
Nacional por la Paz, en el cual la solución al conflicto armado sea política y
no militar, y de manera concreta y creativa presente propuestas alternativas a
los serios problemas económicos y sociales subyacentes.

 

Se ha llegado a tal punto de pasividad en este trajín, que
los pronunciamientos y acciones quedan delimitados y marcados por la iniciativa
del presidente Uribe y el calendario institucional del Congreso y de las
elecciones. Es decir, se hace o no se hace, se dice o se calla, pensando ante
todo en ‘preservar’ la imagen electoral del PDA. Amarrados, institucionalizados
a que el marketing es lo fundamental.

 

Esta actitud fue evidente en la crisis con Venezuela y lo es
mucho más en la actual, cuando la Corte abre proceso y acusa por cohecho, y el
partido amarillo, nuestro partido, ante la respuesta descalificadora de Uribe, caracteriza justo al régimen político
nacional de dictadura populista, pero sin ir más allá de las palabras, sin
actuar en correspondencia. Sin liderar –como lo demanda la pugna consecuente
contra una dictadura– las acciones de unidad, el rechazo y la lucha social
contra la misma. Aquí, las encuestan determinan y amarran a los políticos que,
aún faltando varios años para las elecciones, centran su acción en el voto.

 

Ante este panorama lleno de interrogantes, la pregunta es:
¿podrá algún día ser gobierno efectivo y alternativo el PDA. Aún más, podrá
algún día ser poder sin construirlo en sus prácticas cotidianas?

 

La respuesta salta a la vista: ni lo uno ni lo otro. Ya que,
cuando se ganan las elecciones los alcaldes se limitan a cumplir con el mandato
formal. Y no exageramos. Hasta ahora, en ninguna de las ciudades administradas
se ha propiciado la construcción de poder ciudadano y social. En ninguna, se ha
incrementado de manera sustancial la descentralización. En ninguna se ha
confrontado abierta y públicamente el clientelismo. En ninguna se ha llamado a
los habitantes a erigirse en poder y decisión en su barrio, localidad, comuna,
centro de estudio o de trabajo. Estamos en mora de sumar conocimientos,
esfuerzos y acciones concretas en la construcción de modelos urbanos y rurales
que correspondan a los principios e ideario fundacional del PDA, en tanto
reflejen los anhelos y necesidades de los y las ciudadanos.

 

De lo contrario, el habitante desprevenido termina diciendo:
“pero si son lo mismo” que liberales y conservadores.  Por esto decimos, que sin un cambio de prácticas y
orientación, sin una constante decisión de ruptura con lo establecido, sin un
liderazgo colectivo e individual que batalle cada día junto a los excluidos de
siempre, el camino que recorre el PDA es el más largo hacia un predecible desastre:
la destrucción de una esperanza y la confusión de las mayorías frente al tema
del poder, y el cómo destruirlo para dar asiento a las voces de las mayorías.

 

El reto desde su origen es uno sólo: hay que volcarse al
país. No hay que temer a Uribe. Frente a su base de terror que se acomoda en la
ciudad, la precaución es hacerse querer de los hombres y mujeres sencillos y de
a pie. Con todo el acumulado de lucha, sin duda aún se puede corregir el rumbo.
Constituyente amplia, Congreso de los Pueblos, Encuentro Nacional Popular y
Acuerdo Nacional por la Paz, tareas inaplazables que demandan la participación
activa y decidida de nuestro PDA, a las que con seguridad se sumarán las y los
colombianos que queremos una Colombia en paz, justicia y equidad.

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