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Crisis de la economía global

Pero la
verdad es que ninguna de esas medidas de política económica nada inocentes ha logrado detener ni la
tendencia recesiva generalizada de la economía, ni la ya diagnosticada decadencia económica y
política norteamericana. Ello es así porque se trata de una crisis gestada de tiempo atrás, y que
toca aspectos más profundos del funcionamiento global del capitalismo que trasciende los
acontecimientos de la morosidad hipotecaria. Por ello, ha resultado inocua la alquimia manipuladora
de la tasa de interés, ejercicio de las Bancas Centrales que evidencia las limitaciones de una
política económica que se muestra incapaz de afrontar simultáneamente la creciente inflación y la
caída productiva.

A esto hay que agregar la crisis energética, la criminal política de
producción de los mal llamados agrocombustibles, que alimentan a las máquinas mientras generan
hambre en muchos países, y la crisis global del dólar que se ha agravado profundamente al producir
revaluaciones y desequilibrios en todos los países del mundo.

Además, no solamente Estados
Unidos es el mayor deudor del mundo, por lo cual se ve obligado a enormes financiamientos
provenientes de los ahorros externos bajo la forma de Bonos de Deuda yanqui, sino que también este
país paga con su desvalorizada moneda las crecientes importaciones que le suministran
mayoritariamente China, Europa y Japón. A la vez, éstos compran empresas y hacen inversiones en
otros países –incluyendo, por supuesto, a los de menor desarrollo capitalista–, operaciones que son
pagadas con los cada vez más devaluados dólares. El resultado es el de un estupendo negocio para los
países centrales, que se quedan con los activos reales y dejan en los otros países los depreciados
billetes emitidos a borbotones por los emisores de moneda estadounidenses.

La ralentización
crónica de largo plazo en el escenario internacional le abrió espacio nuevamente a la alternancia en
la apropiación de los excedentes. Es decir, la globalización y la búsqueda de la tasa de ganancia
perdida en la actividad productiva real pasa a ser liderada por el capital financiero, en huida
hacia adelante respecto a la actividad real o productiva de la economía.
Crisis que cabalga en
declive

La pausa que le brindó a Estados Unidos el temporal éxito de las actividades
relacionadas con las “empresas punto com” (la llamada Nueva Economía) en las postrimerías de la
crisis asiática de mediados de 1997, llegó a su fin en 2001 con la conocida quiebra de las Bolsas de
Valores en casi todos los rincones del mundo y con la reaparición de la recesión económica. Aquella
nueva crisis puso en evidencia la imposibilidad de sostener la economía sobre la base de la
tecnología informática y develó una capacidad instalada excesiva (sobreinversión que conduce a la
sobreproducción).

Las políticas de gasto público para la guerra (Afganistán e Iraq), la
disminución de impuestos a los ricos y la reducción de las tasas de interés en Estados Unidos
acompañaron al progresivo crecimiento de los déficits gemelos (fiscal y comercial) estadounidenses.
Con tasas de interés en descenso por obra de la Reserva Federal (Banco Central de Estados Unidos),
alcanzando un 1 por ciento en julio de 2004, el sector inmobiliario jugaría ésta vez un papel
decisivo en la recuperación económica mediante créditos hipotecarios para vivienda, oficinas y
comercio.

Este reducido costo del dinero no hizo paradójicamente más que repotenciar la
especulación financiera y reanimar los créditos respaldados en hipotecas. El auge del sector de la
construcción –incluyendo todas las ramas relacionadas– fue funcional a la recuperación económica
luego de la crisis de las “punto com” y, debido a la sobreproducción inmobiliaria, una vez agotado
el mercado de vivienda de las capas ricas y medias, los objetivos del crédito y de esta industria se
direccionaron hacia las capas de menos ingresos, que a duras penas podrían pagar los créditos cuando
los intereses fueran bajos. Pero cuando las tasas de interés reinician su ascenso, evidentemente
estas familias de bajos ingresos no pudieron pagar sus créditos, máxime cuando justamente fueron
tales sectores sociales a los cuales en forma  mayoritaria se les prestó dinero con tasas
variables. Ello quiere decir que, si las tasas del sistema aumentaban, también lo hacían las de sus
deudas. Seguidamente, los títulos subprime, es decir, los respaldados en las hipotecas de alto
riesgo, expresaron su carácter de “papeles basura” y terminaron perdiendo el valor ficticio que les
había otorgado la especulación financiera.

Los altos rendimientos iniciales de tales
subprimes se explican justamente por la lógica especulativa, mediante la cual, entre más riesgo
tengan, más utilidades generan. Estos papeles se movieron en el ámbito de los ‘derivados’
financieros, papeles que resultan de la compra sucesiva de otros papeles, usualmente desplazándose
en muchos países e instituciones especulativas del mundo.

Los bancos y las instituciones
financieras que habían caído en la pirámide transnacional especulativa, comprando tales derivados,
entraron en pánico, retiraron recursos produciendo artificialmente faltantes de liquidez, quebraron,
desconfiaron de sus colegas institucionales especulativos, interrumpiendo los préstamos
interbancarios, y contrajeron de modo generalizado todo tipo de créditos. Esto último supone la
disminución de los créditos de consumo, lo cual es particularmente grave en una economía como la de
Estados Unidos, con tasa de ahorro personal cero y que fundamenta la demanda interna precisamente en
el crédito, demanda ésta que soporta gran parte de las exportaciones mundiales. Igualmente se
redujeron los préstamos para la inversión, afectando todo ello la actividad real de la economía, con
sus secuelas de recesión, desempleo y precarización de los salarios, lo cual induce a más caídas de
las Bolsas ante la manipulada escasez de liquidez.

Así, dado que los mercados financieros son
globales y tienden a actuar de manera semejante en todas partes del mundo, es perfectamente
previsible que estemos asistiendo a una crisis de la globalización, la cual muy seguramente no es
sólo hipotecaria o financiera sino que asimismo extiende sus tentáculos a muchos espacios del mundo,
y, sobre todo, impactará más temprano que tarde en el aparato productivo global. Desde luego, estos
costos de la crisis no serán pagados por igual en todos los países de mundo. Serán los de menor
desarrollo capitalista los que carguen con la peor parte, en especial aquellos que tienen lazos más
estrechos y de dependencia con la economía estadounidense.

*     Profesor
Asociado, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional. Integrante del Observatorio de
Economía Internacional (OEI)

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