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Juego, azar, alcohol y otros. La ilusión de alcanzar la felicidad

El dinero fácil no paga.
Sentencia del presidente Uribe.

Cada noche, al llegar las 7, doña Elvira se acerca a uno de los puestos de chance de su barrio. Ya ha despachado a sus hijos y ahora es su tiempo. En la mano lleva las pocas monedas ahorradas con la esperanza de acertar y así poder contar con el dinero suficiente que le permita afrontar alguna de sus muchas necesidades no satisfechas. En su hogar salta a la vista la infinidad de carencias que esperan solución, pero los pesos para apostarle a la suerte no pueden faltar.

Su caminar es pausado. Al recorrer los metros que hay entre su casa y la tienda donde está la caseta de chance, va saludando a sus vecinos. Allí los que llegan del trabajo, allá los que se toman una cerveza o cualquier otro licor para ahogar pesares o para terminar la jornada. La mano apretada asegura las monedas. En sus ojos alumbra la fe en el posible ‘milagro’, la esperanza de que las cosas esta vez sí vayan a cambiar. Fe y esperanza que cada noche la animan a apostarle a un número surgido del seguimiento que día tras día realiza de las loterías.

Ilusiones que mantienen vidas

Así como doña Elvira, millones de colombianos de ambos sexos (según estudios privados, el 61 por ciento) depositan su posibilidad de mejorar las condiciones de vida en loterías y chance. Son apuestas que les aportan millones de pesos a los presupuestos municipales y departamentales, que sostiene en buena medida la salud pública y en menor proporción la educación de igual carácter. Según Eduardo Rojas, gerente de la Beneficencia de Antioquia, cada año se apuestan en el país, en loterías, chance, casinos, máquinas tragamonedas y sorteos deportivos en general cerca de cuatro billones de pesos. Y los sitios para el azar se multiplican de manera creciente: en 2006, había en el país 3.169 establecimientos para explotar los juegos de azar, 53.406 máquinas tragamonedas, 34.600 sillas de bingo y 300 instrumentos de casino.

“Las cifras oficiales revelan que los estratos bajos tienen una mayor propensión a apostar que los medios y los altos”. Lógico. Son los pobres quienes no saben de qué van a vivir al día siguiente. El juego más común en los estratos 1, 2 y 3 es el chance, pero también tiene mercado la tradicional lotería. Para otros sectores, pesa más el azar en los casinos, lo cual explica su inocultable crecimiento por todas las ciudades. Además, en cada barrio son comunes las rifas, con las que se trata de salir del afán generado por algún desastre en el hogar o en el trabajo.

¿En Colombia se vive de la ilusión? Tal vez sí, tal vez no. Hay que escuchar las razones que llevan a personas como doña Elvira, maduras y con total claridad de sus necesidades, para comprender por qué dejan de comerse un pan, ahorrando esas monedas para el chance, para el azar.

Ilusión. Por ello, lo que sí refleja esta constante de ingresos posibles es una dinámica social en que se deposita la factible solución de los problemas del hogar, del presente y del futuro, en algo que no se controla. En esta ocasión es la lotería, pero en otras ocasiones es la religión o el politiquero de turno.

¿Quién se beneficia del dinero fácil?

Este es un aspecto de nuestra cruda realidad. El otro es el constituido por el cconsumo de licores y cigarrillo, que, junto con las loterías conforman una variable no despreciable de los recursos que ingresan en el sector público, específicamente en el de la salud, en no pocas ocasiones con destinación predeterminada, para educación. Es así como las administraciones departamentales proyectan su funcionamiento calculando el ingreso de cuantiosas cifras provenientes del alcohol (para ahogar penas o para socializar, según el decir de algunos estudiosos), los juegos de azar (para cultivar ilusiones) y el cigarrillo (para quitar el aliento a no pocos).

Por ejemplo, en 2007, Antioquia calculó ingresos por consumo de alcohol por un total de 435 mil millones de pesos, 137 mil millones por el de cerveza, 78,2 mil millones por cigarrillos, y 73 mil millones por loterías (ver tabla). En todo caso, ingresos por consumos legales, ¿a cuánto llegaría si se cuantificaran juegos, y consumos ilegales como marihuana, cocaína y otras drogas hasta ahora ilícitas?

Es tal la magnitud de estas cifras y la dependencia que de ellos conservan los entes departamentales y municipales, que causó lástima escuchar en diciembre pasado al Gobernador de Nariño cuando con voz preocupada denunciaba que la quiebra de miles de pastusos en las pirámides ocasiona a la vez la caída de los ingresos del departamento por concepto de consumo de alcohol, de 1.500 a 17 millones. Es decir, el departamento iba para la quiebra por falta de borrachos.

De esta manera, cuando doña Elvira sella su chance, apuesta a su bienestar, pero también, con su persistencia –sin saberlo– contribuye al bienestar de otros. Así lo patrocina el Estado, dependiente de las debilidades de la mayoría de su población. Por ello, cuando sus vecinos ingieren alcohol o cerveza dejan de llevar alimento a su hogar pero aportan para que el sistema de salud cuente con los recursos suficientes para atenderlos en un futuro no lejano por enfermedades del hígado y similares. Igual sucede con los que inhalan tabaco.

Pirámides y otras apuestas

En un país sin referencia colectiva de lo que debemos ser, sin un sentido profundo de Nación ni de Estado, no es extraño que millones crean en lo poco factible. ¿Cuántas posibilidades tiene un apostador de acertar el número en una lotería con siete y más dígitos? Es casi imposible. Sin embargo lo hacen.

Sociedad de individualismos y engaños. No solamente la gente apuesta su vida a la suerte sino que el Estado patrocina esa dinámica. Cada departamento cuenta con su lotería o está asociado con otro ente territorial o empresa privada para ponerla en marcha. Pero, además, cuenta con licorera o le entrega su territorio a una comercializadora para que lo explote. Los ingresos por estos conceptos están calculados en los presupuestos departamentales y municipales. Asimismo, por cigarrillo y tabaco.

Una sociedad sometida y sin mayores ilusiones pero sí con inmensas necesidades. Al lado del chance, los vecinos fuman y consumen cerveza, aguardiente, brandy o ron, hasta la borrachera. Al otro día se reza y se deposita la solución de los problemas en lo poco factible. Pero otros se la juegan con el ‘narco’ del barrio o del pueblo. Hay disposición para todo: mula, jíbaro, gatillero, etcétera. Disposición crecida y fortalecida por el poder de lo ‘ilegal’ pero con amplio reconocimiento social. No es casual el símbolo del guapo en el barrio ni la imagen que se tiene en los sectores populares de cómo han crecido las mayores fortunas en Colombia. Y, para ajustar, con este gobierno se difunde y se paga la delación, el popular sapeo, con el cual hasta se pueden conseguir miles de millones. Y luego se le llama a desistir del “dinero fácil”.

Este es el caldo de cultivo donde crecieron DMG y las pirámides, las mismas que desde años atrás han tenido asiento en los barrios y en los cuales, en esta y otras ocasiones, no pocos han perdido sus ahorros. No es extraño, desde esta lógica, que ante la posibilidad de ganar en pocos meses una importante cantidad de pesos, la gente se arriesgue hasta el extremo de vender su casa u otras pertenencias.

Doble moral

“El dinero fácil no paga”. Con este decir de Uribe, en su afán propagandístico, sin reparar en la realidad del país, su dinámica cultural ni las disposiciones patrocinadas por el Estado, se desplegó una ofensiva mediática en diciembre de 2008. La frase rechina en los oídos de los televidentes, los mismos que no esperan mucho de unos entes ‘públicos’ que poco o nada le resuelven. Ellos y ellas saben que su presente y su futuro corren por cuenta propia. Y así tratan de resolverlo.

Campaña desplegada por el tema de las llamadas pirámides. Pero la frase suena aún más vacía, toda vez que los miles de colombianos que perdieron mucho o poco en las pirámides y en DMG sentían que lo que estaban haciendo, así no fuera lógico, era legal. Oficinas a la luz pública, razones legales formalizadas, impuestos al día, policías y otros funcionarios públicos haciendo cola… todo hacía aparecer el juego y el azar como algo reconocido y legal.

Estado a la defensiva, que ahora, luego de patrocinar el azar, el alcohol, el cigarrillo y todo tipo de economía ilegal, pretende aparecer como ético y pulcro. Doble moral que a nadie convence.

Al día siguiente

Cada día en la mañana, cerca del mediodía, cuando sale a comprar el líchigo para el almuerzo, doña Elvira aprovecha su visita a la tienda para mirar el resultado de la lotería. Mira el número y hace sus cuentas. Esta vez tampoco fue, pero con toda seguridad en la próxima será distinto.


Políticas de derecha, ¿Gobierno de izquierda?

Bogotá. Las medidas de seguridad del alcalde del Polo

Ante la arremetida de críticas de los medios de comunicación y de la bancada uribista sobre el deterioro de la seguridad en Bogotá, la administración Polista ha decidido balancearse hacia las estrategias de seguridad que se han promovido desde la derecha mundial.

Por, Rogelio Salazar

Con el decreto 013 de 2009, emitido por el gobierno de Samuel Moreno, que incluye la restricción de venta de licor, ratifica la prohibición de su consumo en el espacio público, implementa el toque de queda a menores de edad y otras medidas como no permitir a los vendedores ambulantes ejercer su oficio en varias de las zonas de rumba de la capital, la actual administración distrital afronta los problemas de inseguridad que se dice, crecen en Bogotá.

Decreto policivo y elitista que incrementa, de manera adicional, la fuerza policial en la denominada Zona Rosa y anuncia, al mismo tiempo, la instalación de nuevas cámaras de vigilancia en múltiples sectores de la ciudad. Control, vigilancia  y persecución. Respuesta defensiva ante la arremetida de críticas de los medios de comunicación y de la bancada uribista sobre el deterioro de la seguridad en Bogotá. Sin reparar en su supuesto carácter, la administración Polista se destiñe más aún, balanceándose hacia las estrategias de seguridad promovidas desde la derecha mundial.

Enmarcada en concepciones de la derecha neoliberal, que ha construido una ideología de seguridad que aleja el concepto de los derechos y garantías individuales para crear una falsa conciencia colectiva que asocia y delimita la seguridad únicamente a los aspectos de criminalidad, la administración distrital “de izquierda”, profundiza el modelo de control y vigilancia: te vigilo para protegerte, militarizo por tu bien, prohíbo para prevenir. Pero, ¿a quiénes protege?, ¿a quiénes vigila?, ¿a quiénes prohíbe?

Mirada estratificada

Es evidente que en la manera como se han justificado las medidas, subyace una mirada de la sociedad que establece estratificaciones de clase entre ciudadanos de primera y de segunda, tan en boga hoy en Colombia. Cómo plantea Alessandro Baratta, cuando se concibe la política criminal se crean estereotipos de víctimas y de agresores: “En la opinión pública y en los medios de comunicación de masas, estos delitos son caracterizados por una regular repartición de papeles de la víctima y del agresor, respectivamente: en los grupos sociales garantizados y ‘respetables’ y en aquellos marginales y ‘peligrosos’, extranjeros, jóvenes, tóxico-dependientes, pobres, sin familia, sin trabajo o sin una calificación profesional”.  La seguridad entonces, busca proteger a esos respetables que tienen sus derechos individuales garantizados. Ellos tienen sus bares para consumir licor y drogas duras sin problemas –a ellos no se les prohíbe nada-. A ellos no se les vigila en tanto respetables. A los otros y otras que nunca han tenido derechos garantizados se les prohíbe todo, se les vigila, no se les protege y se les acusa sin posibilidad de defensa.

Proceder contradictorio, cuando menos. ¿Un gobierno de izquierda no debiera fijar sus objetivos en los más vulnerables y vulnerados en sus derechos? Por supuesto que sí. ¿Donde están entonces las alternativas que ofrece la alcaldía a los jóvenes que se reúnen en los parques y espacios públicos a departir y consumir licor porque no cuentan con los recursos para pagar los precios de los bares? ¿Cuáles son las medidas alternativas  para los vendedores ambulantes que trabajan en las zonas de rumba? ¿Cuáles son las medidas de salud pública que la administración ha tomado frente a los usadores de droga? ¿Cuáles son las propuestas del alcalde Samuel Moreno para reducir el consumo de alcohol y reemplazar los recursos que provienen de su venta, utilizados para la inversión en salud y educación?

Me temo que la alcaldía no tiene respuestas a estos interrogantes que debieran estar a la orden del día en una agenda de izquierdas.  Como sucede con el resto del país, la ciudad tiende a la derecha y las políticas de seguridad, ligadas a una concepción de política criminal, son una punta más de lanza en la consolidación del proyecto autoritario que ya padecemos.

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