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El fútbol nacional y la reelección

Como en la cotidianidad y la política, así va el fútbol nacional. Una es el reflejo de la otra. La pérdida 3-1 contra Uruguay recuerda la afinidad.

En la actual fase eliminatoria al Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, la característica del juego colombiano es la mediocridad. Tal como la dirigencia de la política nacional. Los resultados confirman esta adversidad. Sin embargo, la audiencia, el ánimo de los aficionados y de los ocasionales espectadores, siempre es alimentado por los medios de comunicación con la esperanza de que “en el próximo partido nos recuperaremos”. Como en la economía y la política nacional, donde las cosas marchan mal, esos mismos medios de comunicación ocultan la realidad, crean expectativas de que muy pronto todo será distinto. ¿Por qué? ¿Acaso ha cambiado en algo la naturaleza del poder y las políticas estratégicas que están al frente del Estado? Para la cotidianidad nacional de los colombianos, ese anhelado próximo cambio nunca llega.

En el más reciente estímulo al ánimo de los aficionados, insuflado por demás de ese falso nacionalismo que ahora está a la orden del día, se creó la ilusión de que la Selección clasificaría –así fuera mediante partido de repechaje– al vencer a los uruguayos. El partido era de visitante, pero, igual, los comentaristas ilusionaron al público con la posibilidad de la victoria, dado que los charrúas pasan por un mal momento, se decía; serían presa fácil de la escuadra criolla. Así tendría que ser. La victoria del 5 de septiembre contra Ecuador permitía jugar a la esperanza o, mejor, a la expectativa comercial interesada, como hacen los políticos y los candidatos profesionales, estos últimos sean de derecha o de izquierda.

Tras los 90 minutos de juego, con un solo ¡goooool! –menos que de honrilla–, no hubo jolgorio ni caravanas ‘patrias’. El fútbol nacional no dio las peras que le pedían al olmo, y las explicaciones de la derrota no llegan a la realidad y su profunda causa –no hay proyecto deportivo nacional. Los comentarios quedan en la superficie, nunca en la esencia: “tal o cual jugador no rindió”, “el técnico se equivocó”, “el árbitro pitó mal”. Asimismo, los políticos del poder se refieren a los desmovilizados, la pobreza, el desempleo, a la prolongación del conflicto sin analizarlos a fondo en sus reales y profundas explicaciones.
En la calle sí, las explicaciones de los dolidos hinchas expresaban las verdades que no pueden disimular en el poder y la política nacional: “Vea, Bolivia se dejó ganar de Ecuador, eso estaba arreglado”. “Todos están contra Colombia”, y así, voces con tonalidad ajena descargan en otros las razones de nuestras derrotas e incapacidades. Frente a la paz. Frente a la exclusión. Frente a la “unidad nacional”. Frente a la convocatoria y la legitimidad de la dirección social. Frente a la política internacional, donde los ‘malos’ son los otros, con la negativa a mirarnos a nosotros mismos, a revisar la política en boga desde la Casa de Nariño para poder extraer las explicaciones de por qué los países vecinos nos dan la espalda. Como en el fútbol, sin proyecto nacional que responda a las necesidades y las posibilidades del país, los resultados no pueden ser otros. Y los medios de comunicación, como en el deporte del balón, vociferan explicaciones superficiales, tergiversan la realidad, propician que la mirada del ciudadano de a pie se oriente hacia el lado errado.

Mediocridad, improvisación, ausencia de proyecto nacional… que conlleva una dependencia de los otros: “Si Chile le gana a Brasil”, “si Venezuela pierde con Paraguay”, “si Uruguay les gana a los argentinos”. Ese es el fútbol nacional: supeditado, dependiente de una casualidad, deseando que a los otros les vaya mal, en que la orientación y el esfuerzo propio, con sentido nacional, no existe.

Igual que en la política, en la cual, enceguecidos por la avalancha propagandística (de guerra política), se retuerce la realidad hasta el punto de culpar a otros de los males propios: “[con sus medidas] Venezuela está empobreciendo a los habitantes de la frontera”, “Ecuador permite que los guerrilleros pasen la frontera”. Como dicen con respecto al fútbol, “todos contra Colombia”. De ahí a organizar marchas contra los presidentes vecinos hay un solo paso. Un paso que linda con la distracción, con la manipulación, con la creación de un escenario cotidiano y electoral para la reelección.

Política para la distracción. Para el negocio de unos pocos, como el fútbol, mercantilizada y sumida en intereses ajenos, a favor del latifundio y su corolario de gran narcotráfico y comercio de capitales. Mientras tanto, el país se sume en una crisis de liderazgo alternativo que le impide cerrarle el paso a la guerra que se ahonda –la interna– y asimismo a la que atizan –con los vecinos– para impedir que los países de la región encuentren el camino propio.

Mientras tanto, el fútbol nacional no estará presente en el próximo Mundial, y el país corre el riesgo de prolongar la intervención y el conflicto –atizado con la participación extranjera– como mínimo hasta 2019, y mucho más allá, y quedar aislado de los pasos por justicia social y soberanía que se dan en la comunidad regional, que ante la sumisión colombiana con el Imperio nos mira cada vez con más desprecio. Con Uribe indolente, el empate no sirve.

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