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ENP-M: Segunda fase por vida digna. Lo social y lo económico como reto

ENP-M: Segunda fase por vida digna. Lo social y lo económico como reto

Quizás una de las ideas más útiles para avanzar políticamente sea el Encuentro Nacional Popular y de la Memoria (ENP-M), con raíces organizativas que se vienen consolidando con firmeza y sin desmayos. Este proyecto popular pudiera dar lugar al comienzo de la superación de tantos males que desde la cúpula estatal se han enquistado en las estructuras del país, con repercusiones negativas en el campo de la cultura y los derechos ciudadanos.

El ENP-M culminó en 2008 su primera fase. Etapa inicial de preparación que, tras varios pasos regionales, selló en el encuentro llevado a cabo durante los días 13 y 14 de septiembre en la sede sur de la Asociación Distrital de Educadores (ADE). Allí, en esa jornada de intercambios, quedaron dichos y escritos los sueños y la realidad de unos movimientos sociales y sus expresiones políticas, que aún no logran desatar sus acumuladas energías. Sus voluntades, triste es decirlo, enredadas entre las mil estratagemas de un establecimiento que amarra y distorsiona por debajo todo aspecto que somete por arriba. Al revisar las intervenciones de muchos, queda claro que el voluntarismo domina en todos los escenarios de lo social, pero brilla por su ausencia un proyecto y un liderazgo colectivos que, como referentes, iluminen el quehacer cotidiano de unos y otros. Sin ese potencial, la cotidianidad nacional de las resistencias prosigue su trajinar.

Con madurez ante la interferencia electoral

Esta segunda fase del ENP-M por vida digna implica, además, la realización de decenas de talleres, seminarios, foros, tertulias, debates abiertos con las comunidades en una meridiana clave de politización. Pero asimismo un debate abierto con las autoridades administrativas, locales y nacionales, que devele el sentido y el interés de sus planes y políticas, y al mismo tiempo estimule la movilización social en defensa de los planes levantados por las comunidades.

El tiempo de duración de esta fase, como mínimo, será de un año. Un lapso para no disputar espacio con los compañeros que toman como tarea central en los próximos meses la campaña electoral, y, en medio del mismo, sin grandes aspavientos, construir las experiencias alternativas. Una vez que se hayan realizado los comicios presidenciales, entre septiembre y octubre de 2010 propiciar el encuentro de todas las comunidades y organizaciones partícipes de esta fase.

Nuevo capítulo

El Continente se mueve. Mientras tanto, en Colombia, en la lucha por la vida digna emergen varios interrogantes. ¿Cómo lograr la expresión de nuevo tipo de los movimientos sociales colombianos? ¿Cómo actuar para dejar atrás la desconexión entre los sectores del movimiento social que tienen más acumulados –de todo tipo– y aquellos que poseen más raíz con la nación y más posibilidades estratégicas? ¿Cómo accionar para dejar la senda de la improvisación y abordar las rutas de largo plazo –cómo hacerlo–, desde una perspectiva de independencia, poder y gobierno?

Estos y otros muchos interrogantes han alimentado desde hace un lustro la agenda del Encuentro Nacional Popular –y de la Memoria– (ENP-M), en respuesta a dos aspectos:

  1. Repliegue, pérdida de la iniciativa, y derrota táctica y condición de defensiva que sobrellevan los movimientos sociales,
  2. Institucionalización de la agenda de la izquierda.

En cuanto a banderas y sufrimientos del movimiento social, no es poco el sentir que acumula y guarda memoria. Sin alcanzar la igualdad, la movilización y la presencia. Las convocatorias y las movilizaciones que alzan no fallan por falta de esfuerzo. No. La esencia es el proyecto –con mensaje de crecer y triunfo–, el referente y el liderazgo cohesionador, con autoridad legítima ganada en el quehacer diario y con capacidad para develar y neutralizar las maniobras del contrario. Un referente para superar la dispersión y la atomización. Un proyecto que, con múltiples factores, enseñe la unidad de propósito, y sobre esta base cohesione y dirija hacia un solo norte todas las rabias y energías dispersas por la geografía nacional. Unas, sometidas por el terror; algunas, incrédulas del poder social, clandestinas y logísticas; otras, perdidas en el más craso inmediatismo. Estas últimas, extraviadas en la respuesta diaria a los discursos oficiales. Sin ligarse con el futuro, sin proyectarlo, sin crear conciencia sobre el potencial del propio poder y su conciencia, o en la creencia en que lo simplemente local –siendo fuertes, con iniciativa, allí– cumple con el conjunto de lo social, y el resto que lo hagan los otros, o los partidos y las organizaciones.

En ese marco, y con el peso que lastra de las ausencias anotadas (pero con la perspectiva de encontrar la senda que nos ligue a unos y otros, desde el proyecto de mediano y largo plazo, y el liderazgo cohesionador), sigue, se le da cuerpo a la segunda etapa del ENP-M. En continuidad de la primera, pero también como superación. Como avance, toda vez que, si hay algo evidente por concluir de la primera etapa, es la fragilidad de la presencia social, pero también la continuada suplantación de las comunidades, siempre ausentes y siempre ‘representadas’.

A traspasar el modelo económico y el régimen

ENP-M, etapa por vida digna, toda vez que las evidencias nos permiten visualizar que el proyecto internacional y nacional de control social y político se resume y se ahonda en políticas tales como:

  • Destrucción del pacto del trabajo surgido a la par del Estado de bienestar (ausente entre nosotros), e implosión –legalizada– de la informalidad laboral;
  • Profundización de la división internacional del trabajo, como mecanismo para el control de la riqueza en el Centro, a partir del control y sometimiento de las periferias;
  • Ahondamiento del control social. Militarización de las cotidianidades con la aceptación de las mayorías.
  • Reducción de la democracia al rito repetitivo, y cada vez más hueco, de las elecciones;
  • Renuncia de los países de la periferia a la posibilidad de suplir las necesidades de sus miembros desde un proyecto nacional o propio;
  • Como complemento, aceptación y reproducción del proyecto internacional dominante, tanto en lo económico, político y militar, como en lo tecnológico, lo cultural y lo social;
  • Ahondamiento de las penurias sociales, mayores niveles de pobreza e implementación –como mecanismo de contención– de políticas de asistencialismo social que garanticen la supervivencia de los más pobres;
  • Etcétera.

En este marco del modelo económico, con 20 millones de pobres y siete de indigentes –según el último informe del Dane–, con más del 70 por ciento que sobrevive en la informalidad laboral, sin proyecto político tradicional que repare en lo nacional, con una oligarquía sometida a los designios estratégicos del Norte, la pregunta es: ¿Cómo romper la dinámica dominante y abrirle espacio a otra, radicalmente diferente, y consecuente con nuestro origen y soberanía?

No sólo en la periferia de nuestras ciudades. Esta agenda económica y política del poder, en tanto que insuficiente, de control y dominio, que enceguece y tranca para que esos millones de habitantes de las periferias urbanas identifiquen la solución necesaria para dejar de estirar el brazo; una política de ingresos que cruza por el mundo del trabajo, desde la cual se estimule el renacer de la dignidad humana: vivir, sí, pero con el pleno goce de los derechos humanos. Al mismo tiempo, en el centro de las grandes urbes, y cada vez más también en sus periferias, nos encontramos con miles de vendedores, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, rebuscando el ingreso diario.

Es la lucha por la supervivencia: a brazo partido, sin importar a quién se empuje, el todo es cumplir con el individualismo propio. Así, con una realidad que no dominamos, y unas políticas oficiales que nos supeditan y nos dispersan, se cae en brazos de quien ofrezca una solución ‘divina’. Populista. Demagógica.

¡Ojo! A los tropiezos

Y ahí nos encontramos, en las barriadas, con la política de subsidios que distrae a la comunidad con el plato lleno y los pocos pero necesarios pesos que llegan al hogar, bien por el abuelo, bien por el niño o la niña que no desertó del colegio, bien por la “familia en acción” que se hace partícipe de la red gubernamental.

Miles de millones entregados por todo el territorio nacional, en una agenda necesaria pero insuficiente, toda vez que no se acompaña de políticas de fondo para solucionar las causas, y, por el contrario, aprovechan para estimular que estas familias ‘vivan’ pendientes de la ayuda oficial; además, se persiguen, no se estimulan, la autonomía y el liderazgo social.

Para su aplicación, primero, se cita a las organizaciones, barrio a barrio, a la discusión y al acuerdo; segundo, se ponen en práctica nuevas metodologías que permitan identificar las necesidades, las aspiraciones y los imaginarios dominantes en la periferia; tercero, se construyen desde el diagnóstico participativo los planes de acción y los pliegos reivindicativos por demandar ante las autoridades pertinentes; y, cuarto, por su conducto, se pone en práctica un modelo de trabajo que permita que los miles que ahora se sienten desechados y acabados puedan vivir la oportunidad de sentirse realmente seres humanos, viviendo en dignidad.

Parece simple, pero lograrlo implica una confrontación con ese modelo internacional y nacional en marcha, el mismo que desecha a millones y atomiza el entramado social. Lograrlo pudiera ser la base para un nuevo modelo de inclusión social y creación-multiplicación-repartición de la riqueza nacional. A la par, y aunque no lo parezca, el nacimiento de un nuevo sindicalismo (societatos) enclavado en las barriadas –ya no en los cuatro muros de la empresa–, sindicalismo creador de puestos de trabajo –no sólo defensor de los existentes– pero a la vez formador de una nueva alianza de clases por la cual y con la cual se diseñe y se cree entre todos la sociedad por venir.

¿Qué hacer? Ante este marco de confusión y desespero, en que las derrotas parciales de la izquierda y el gremialismo de muchas de las expresiones de lo social aportan para generar desconfianzas, la opción es una sola: reconstruir, reencontrar, levantar banderas de lo nuevo y necesario, todo esto con soluciones inmediatas que remedien en alguna medida la necesidad cotidiana y brinden espacio para construir expresiones colectivas, desde las cuales rediseñar entre todos el país necesario y deseado.

Todo esto intenta la nueva fase del ENP-M, partiendo para ello, como primera medida, no del acuerdo entre las fuerzas políticas sino de la alianza con las organizaciones sociales mismas, para –de manera conjunta– recorrer el camino de la reconstrucción, dibujando entre todas las manos un nuevo país.

El tiempo pasa, y la imposibilidad de resolver lo propio colectivamente –no individualista ni local– lleva a unos y otros al desespero; a las salidas particulares, que se multiplican. Cada uno mira con recelo al vecino, y no sin razón las iglesias y la política tradicional –clientelista– se ensanchan por todo el país. También, el camino de la guerra.

Entre tanto, y como reto para todos –el objetivo de la primera fase del ENP-M, sin concluir su meta–, sigue vigente el propósito de sacar a flote una dualidad de poderes con la realización de su Congreso o Parlamento de los Pueblos, que hoy es más urgente y necesario citar. ¡Por la vida digna! ¡Y por el cambio de la naturaleza oligárquica del Poder y del Gobierno!

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