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Uruguay. Pocos cambios para tanta espera

Uruguay. Pocos cambios para tanta espera

El fútbol y las elecciones son dos actividades que levantan pasiones entre los uruguayos. Sin embargo, mientras el primero convoca cada vez menos adeptos, las campañas electorales siguen entusiasmando a la mayor parte de la población, más allá del color político.

Para el partido de las eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica entre Uruguay y Colombia, jugado el 9 de este mes, por primera vez en la historia se implementó el 2×1: con una entrada ingresaban dos personas, recurso al cual hubo que acudir para intentar llenar las tribunas del mítico Estado Centenario, que finalmente lucieron casi desiertas.

Por el contrario, en las elecciones internas, simultáneas, de todos los partidos, en las que cada sector elige su candidato único a la Presidencia, realizadas el último domingo de junio, votó el 45 por ciento de los uruguayos, aunque no eran obligatorias. Pese a que se trata de un porcentaje similar a los votantes en las presidenciales en buena parte del mundo, en Uruguay se consideró un fracaso, ya que en otras ocasiones votó más de la mitad del padrón. Uno de cada dos habitantes se siente fuertemente identificado con algún partido, porcentaje bastante menor en la izquierda que en la derecha, a juzgar por la cantidad de votos que recibió cada partido en esas elecciones internas.

En los tres grandes partidos, se alzaron con la victoria los candidatos más ‘extremos’. En el derechista Partido Colorado, fue elegido Pedro Bordaberry, hijo del dictador que dio el golpe de Estado de 1973. En el Partido Nacional, triunfó el ex presidente Luis Alberto Lacalle, responsable del aterrizaje del modelo neoliberal en Uruguay durante su presidencia (1990-1995). En el Frente Amplio, el tupamaro y ex detenido político José Mujica derrotó con holgura al economista Danilo Astori, identificado con las clases medias y defensor de políticas de equilibrio fiscal. De todos modos, Astori concurre como candidato a la Vicepresidencia, sellando una ingeniería electoral que le garantiza captar adhesiones tanto de los más pobres como de los sectores medios y empresariales.

Quizás estos resultados hablen de cierta polarización en un país que siempre optó por los centros. Pero también es posible que se esté produciendo una reacción a las tímidas reformas impulsadas por el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010), sobre todo entre las capas medias. Sería, si así la confirman las urnas, una crítica por derecha a las políticas sociales y otra por la izquierda a la falta de cambios estructurales.

Balance necesario

El primer gobierno de izquierda en la historia del país presenta un balance muy superior a cualquiera de los últimos gobiernos de los partidos tradicionales. El país creció en cuatro años a un promedio del 7 por ciento anual, impulsado por los buenos precios internacionales de las exportaciones de carne, lana y lácteos. El salario real creció todos los años, incluso durante la crisis en curso, y la desocupación cayó al 6 por ciento, apenas un tercio de la que encontró Vázquez cuando llegó al gobierno. Además, se recibieron fuertes inversiones de capitales en el área de la celulosa y el turismo, mientras la producción agropecuaria creció como nunca antes en el último medio siglo.

En cuanto a las reformas realizadas, la principal fue la de la salud, que consiguió incluir a varios cientos de miles en el sistema mutual (semiprivado), al que no tenían acceso, descongestionando el sistema estatal, que así mejoró la calidad de sus prestaciones. Se pusieron en marcha los Consejos de Salarios para promover la negociación tripartita (Estado, empresarios, sindicatos), con doble resultado: se formalizaron relaciones salariales informales en muchos sectores y se fortalecieron los sindicatos, que duplicaron su afiliación, llegando a ramas enteras donde nunca había existido este tipo de organización.

La tercera reforma está relacionada con las políticas sociales, que consiguieron reducir la pobreza a menos del 25 por ciento de la población, aunque aún se mantiene por encima de los promedios de la década de 1990. Esas políticas son muy similares a las que se practican en toda la región (transferencias monetarias y cestas de alimentos), así tengan un componente mayor y más consistente de políticas universales por el tradicional peso que mantiene el Estado. La reforma impositiva, que afecta a las clases medias asalariadas, introdujo por vez primera una mínima justicia entre impuestos e ingresos, por lo que fue duramente resistida por sectores como los médicos y otros profesionales. Sin embargo, el capital sigue tributando menos que los salarios.

Aunque la gente vive mejor, hay descontento con la labor del Gobierno, incluso en su propia base social, porque los cambios reales han sido bastante más modestos de lo esperado por un bloque social que lleva cuatro décadas pugnando con hacerse con la dirección del Estado. El electorado de la oposición, sobre todo sus capas medias, se quejan de los impuestos, de la prioridad otorgada a los más pobres y de un discurso al que acusan de populista. Pero el gran tema que enarbolan es la inseguridad, que no ha crecido y está muy lejos de alcanzar los niveles de otras capitales latinoamericanas, pero, con ayuda de los medios, que siguen en manos de la derecha económica y política, el tema seguridad ha escalado hasta ubicarse en lugar destacado del debate electoral.

El Frente Amplio volverá a ganar y es muy probable que lo consiga en la primera vuelta. No hubo grandes casos de corrupción, pero es factible que, además de los temas señalados, las razones de ese triunfo se deban a gestos como el Plan Ceibal, que tienen enormes repercusiones en la vida de los más pobres y en la subjetividad de muchas familias. Ceibal es un programa oficial por el cual el Estado regaló una computadora laptop a cada niño en edad escolar. Si para las clases medias no significó un cambio importante, para los sectores populares es una auténtica revolución en su vida cotidiana, por más precaria que sea la computadora en cuestión. Fuera de dudas, Ceibal (nombre de la flor nacional) tendrá peso decisivo en la valoración del Gobierno que hagan los más pobres y un amplio sector de las capas medias en decadencia.

Y, sin embargo, falta

Son muchas las deudas de este gobierno pero, por el contrario, pocos quienes se las reclaman. En Uruguay no existen movimientos sociales importantes y, a diferencia de lo que sucede en el resto del continente, el sindicalismo sigue siendo el más importante tanto desde el punto de vista cuantitativo, como por seguir siendo el referente principal de los sectores populares.

Las dos decisiones del Gobierno que provocaron mayores críticas y movilizaciones, desde la óptica movimientista, fueron la construcción de la planta de celulosa de la empresa multinacional Botnia y el veto presidencial a la ley de aborto. En ambos casos, las acciones de calle fueron muy pequeñas, apenas unos pocos cientos de manifestantes, y pasaron inadvertidas para la inmensa mayoría de la población. Las demás movilizaciones fueron por cuestiones salariales, salvo la demanda de anulación de la Ley de Caducidad (impunidad a los militares violadores de los derechos humanos), que será refrendada con grandes chances de conseguir su anulación.

Más allá de las reformas comentadas, el gobierno de Vázquez no introdujo cambios estructurales en áreas decisivas. En cuanto a la propiedad de la tierra y la estratégica producción agropecuaria, no sólo no hubo el menor intento de promulgar algo parecido a una reforma agraria sino que ni siquiera se pusieron impuestos especiales a la producción de soja, cultivo que está arrasando con la lechería, producción clave para el país. La soja atenta contra la soberanía nacional, ya que casi toda la cadena productiva está en manos de grandes productores argentinos asociados a multinacionales y se exporta en su totalidad sin industrializar. Además, casi toda la cadena productiva de la carne y el arroz ha sido vendida a brasileños, y los principales exportadores ya son empresas extranjeras.

En realidad, el principal déficit del gobierno de izquierda es que no ha conseguido darle sentido alguno a la existencia del país. Eso explica que la emigración haya continuado sangrando las camadas juveniles, y que se haya instalado una sólida sensación de pesimismo y frustración que no puede revertirse con discursos y coloridas campañas mediáticas. Un país que no tiene proyecto de país, y que no hace mucho más que quejarse porque sus vecinos no compran sus productos, tiene problemas mucho más graves que los que se derivan de los ciclos económicos de la economía mundial. El débil entramado de reformas que ha puesto en marcha Tabaré Vázquez tendrá una decisiva prueba en los próximos años, cuando la crisis mundial indique que los caminos elegidos no resuelven problemas de larga duración.

Mientras ésta llega, la continuidad será el signo distintivo de la administración del Frente Amplio. la relación de fuerzas en la coalición de gobierno así lo determina, pero también la historia reciente: cuando Mujica fue ministro de Ganadería y Agricultura no mostró diferencias con la orientación del entonces ministro de Economía, su actual candidato a la vicepresidencia Danilo Astori.

Por su parte, en el orden de los alineamientos internacionales, el principal cambio por venir es que Mujica impulsará una mejora en las deterioradas relaciones con Argentina e intentará alinearse con el Mercosur, en especial con Brasil, país que se ha convertido en el primer socio comercial de Uruguay y pieza estratégica para aliviar la pesada dependencia energética.

Por lo pronto, habrá que seguir esperando.

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