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No todo lo que brilla es oro

No todo lo que brilla es oro

El sitio web de Mariana Pajón, la medallista olímpica de Colombia en Londres, dice: “Nacida en una familia de deportistas, su padre un corredor de automóviles y su hermano un prometedor corredor de karts, esta joven paisa es conocida como La Reina del BMX”. Esta pequeña presentación de la mejor bicicrocista del planeta, publicada en una página que administra su familia, da cuenta de dos situaciones: la Pajón tuvo y tiene con qué; una página web que ni imagina tener Yury Alvear, la medallista de bronce en judo, y unos antecedentes familiares que reflejan una deportista con músculo económico, no salido de las fuentes estatales, y el que precisamente le permitió su preparación en Estados Unidos y todo el planeta para poder llegar de primera.

Estas ideas iníciales permiten plantear una reflexión más profunda sobre lo sucedido en Londres, donde un puñado de ocho deportistas colombianos logró conseguir un número similar de medallas (una de oro, 3 de plata y 4 de bronce) para cumplir la mejor campaña que haya hecho el país en los Juegos Olímpicos durante toda su historia. Obviamente, y de acuerdo con testimonios de deportistas, entrenadores, familiares y dirigentes de sus ciudades y municipios natales, las gestas de estos deportistas no hacen parte de un proceso de preparación, organización y orientación hacia la alta competencia, nacido en la estructura del deporte nacional. Ni Juan Manuel Santos, presidente de la república; ni Andrés Botero, director nacional de Coldeportes; ni Baltazar Medina, presidente del Comité Olímpico Colombiano, imaginaban quiera que el país iba a alcanzar el número de medallas que logró. El presupuesto de $11.500.000, miserable por cierto, no garantizaba la más mínima opción de triunfos si éstos dependieran de los dineros y el esfuerzo estatales.

Los verdaderos responsables del éxito

Detrás de cada una de las medallas hay una historia económica, humana, social y familiar. En lo deportivo, muy rica y feliz, pero en lo social muy triste y lamentable. El oro de Mariana Pajón y la plata y el bronce de sus compañeros contrasta con la pobreza de más del 90 por ciento de los 104 deportistas que fueron a Londres, y quienes alguna vez en su vida tuvieron que hacer rifas, vender empanadas, prestar plata y deambular por las calles tratando de conseguir un peso para sobrevivir, para entrenarse y para competir.

Lo de Mariana Pajón y Carlos Mario Oquendo es sobresaliente para ellos, para sus familias, para los colombianos a quienes nos gusta el deporte, incluso para todos los deportistas de la pista de bicicrós del barrio Belén en Medellín, que dominicalmente van a prepararse y competir para luego lucir la bandera de Antioquia y Colombia en eventos nacionales e internacionales. Claro que a la hora de representar al país, son los padres mismos de los bicicrocistas quienes hacen el esfuerzo económico para conseguir tiquetes aéreos, alojamiento y alimentación en muchas ciudades del país y del mundo. La ausencia del Estado es casi total a la hora de los viajes, y eso lo tienen claro los directivos de clubes y ligas, y los familiares que a diario se quejan de la orfandad en la que viven.

Además de los deportistas, protagonistas principales del hecho, habrá que entregarles mención de honor a sus padres, porque el sacrificio económico que han hecho para que sus hijos alcancen el éxito es inconmensurable. Las historias de cada uno de los medallistas no nos dejan mentir.

Catherine Ibargüen saltó tres veces en Londres y al caer recibió una medalla de plata como premio a su constancia, al ser capaz de derrotar, ante todo, la miseria y la pobreza que siempre la acompañaron en su infancia y su juventud en el municipio de Apartadó, en el Urabá antioqueño, una de las regiones más aporreadas por el abandono estatal. La saltadora de triple venció también problemas familiares y económicos. Su madre, empleada de casas de familia, logró reunir dinero para impulsarla hacia el atletismo, deporte que le ha brindado grandes éxitos en la modalidad de salto triple. Todo el esfuerzo fue de su familia y sus entrenadores, que tuvieron que sacarla de Apartadó por ausencia allí de pistas y escenarios de entrenamiento.

Nada diferente es la historia de Rigoberto Urán, medallista de plata en la prueba de ruta del ciclismo olímpico, y quien, después de deambular por el municipio antioqueño de Urrao, tuvo que irse a probar suerte en Europa. Poco hicieron por él el Comité Olímpico Colombiano y Coldeportes Nacional. Después del asesinato de su padre, Rigoberto Urán tuvo que dedicarse a vender chance y hacer carreras ciclísticas en todo el departamento, tratando de conseguir el dinero necesario para sostener a su madre y su hermana, cuando él tenía apenas 16 años. Tres temporadas después viajó a Europa para actuar en equipos como Tenax y Unibet. En el último año, pasó al mejor grupo del mundo, SKY, que verdaderamente le ha dado la mano y lo preparó para los Olímpicos. La obtención de la medalla de plata, lidiada primero en las calles europeas, también fue todo un acontecimiento. Quince minutos antes de iniciarse la prueba, Urán no estaba inscrito debido al desorden y el olvido de los dirigentes nacionales, quienes no lo habían hecho. Al final participó y consiguió la plata, como premio a su constancia y castigo a los dirigentes que fueron a pasear por Londres.

Lo de Yuri Alvear es todavía mucho más grave y dramático. No pocas veces tuvo que pedir dinero en las calles de Jamundí para comprar los pasajes que la llevaran a torneos internacionales, como fue el caso del Suramericano Juvenil de 2006 en Argentina, adonde no llegó, pues la venta de empanadas, las rifas y el trabajo de papá y mamá no alcanzaron para reunir el dinero necesario, ya que Coldeportes no quiso colaborarle. Su papá, trabajador de la construcción, y su mamá, quien lavaba y planchaba en casas vecinas, pusieron la cuota inicial y las siguientes para la preparación de su hija, que después de muchas peripecias pudo ganar el cupo para ir a Londres, donde finalmente se ganó una medalla de plata en judo.

Óscar Figueroa tuvo que abandonar Zaragoza a los 12 años para radicarse en Cartago, ya que la violencia en el municipio antioqueño no le permitió hacer deporte con tranquilidad. Venció todo tipo de barreras, pasó por varias disciplinas y finalmente se quedó en las pesas, en que ha logrado muchos trofeos, como la medalla de plata que consiguió en los Olímpicos.

Óscar Luis Muñoz, bronce en taekwondo, llegó a Valledupar cuando estaba niño porque sus padres vivían una penosa situación económica y social en El Difícil (Magdalena), población que impidió una niñez y una juventud sin problemas. El deportista, de quien los directivos colombianos ni sabían que estaba en Londres, superó el desconocimiento del que fue objeto y se subió al podio.

Lo mismo tuvo que padecer Jackeline Rentería, quien por segunda ocasión consecutiva obtuvo medalla olímpica de bronce. La luchadora del barrio Siloé de Cali debió batallar mucho por las calles de su barrio y el Valle para poder entrenar, estudiar, trabajar y competir, pues el dinero que ganaba su padre como albañil no le alcanzaba ni para mercar semanalmente. La pobreza de Jackeline, como la de sus compañeros de medallería, es la misma que hoy día ignoran quienes gritan a viva voz el gran éxito de la patria en los Olímpicos. Ahí están los gobernantes y dirigentes políticos y deportivos que hoy muestran ‘su’ éxito, que no es más que el de cientos de deportistas ignorados por ellos en cada barrio y cada municipio del país.

En la recta final

Es claro entonces que los resultados de Londres no demuestran nada positivo sobre la estructura del deporte colombiano ni sobre el desarrollo del país. Refleja sí el gran esfuerzo de deportistas y padres de familia, quienes, apelando a todo tipo de sacrificios, han subido a sus hijos al podio olímpico. Mientras tanto, el deporte nacional sigue siendo una cenicienta que sólo aparece para la estructura estatal en el momento en que llegan las medallas.

Las cosas siguen y seguirán iguales porque el oro de Mariana Pajón es de ella y su familia. Yury Alvear y Jackeline Rentería recibirán el pequeño estímulo económico que genera la demagogia estatal, pero serán reemplazadas por otras deportistas vallunas y caucanas que seguramente hoy sacrifican sus vidas en cualquier tatami o escenario deportivo de esa región, en medio de la miseria, tratando de hacer marcas, con hambre, para pellizcar una medalla en Rio de Janeiro-2016. Esa es su expectativa de vida deportiva.

A los Muñoz, los Urán, los Figueroa, no les sucederá nada diferente. En cuatro años quizá ya estén en el olvido, tratando de sobrevivir en las calles y los barrios de nuestras ciudades, reemplazados por otros similares que de igual manera se rebuscaron sus marcas a punto de empanadas.

Urrao, La Estrella, Apartadó, Valledupar, Jamundí, Zaragoza y el barrio Siloé de Cali vieron nacer a los campeones y medallistas olímpicos pero siguen viendo crecer la pobreza y la miseria, que con toda seguridad no serán superadas por la consecución de las ocho preseas de Londres. Estos nombres de ciudades, municipios y barrios sólo fueron mencionados durante estos días por conexión con los ídolos deportivos. Pasarán los días, las medallas serán guardadas y el abandono volverá a ser noticia en cada una de estas localidades. El brillo de Londres será únicamente un recuerdo. Los escenarios deportivos de estos municipios volverán a languidecer, como históricamente ha ocurrido.

Información adicional

Colombia en los Olímpicos
Autor/a: GUILLERMO ZAPATA
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