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Bogotá. Hipertensos, diabéticos y obesos en confinamiento

Bogotá. Hipertensos, diabéticos y obesos en confinamiento

Con un récord de muertes aceleradas por la covid-19 cuando se encuentra con cuerpos afectados por hipertensión, obesidad o diabetes, la decisión tomada por la alcaldía de Bogotá el pasado 27 de julio, para que quienes padezcan estas enfermedades queden en aislamiento, parece afortunada, pero no así su silencio frente al trasfondo que las propicia, y la necesidad, por tanto, de romper una vida sedentaria

No es para menos. Es conocido que la obesidad, tan común desde hace unos años, es el resultado en gran medida de ingerir comidas grasas, azucaradas, productos ultrapocesados, y todos los conocidos con el genérico de “comida chatarra”, poca fruta y verdura en la dieta diaria, además de llevar una vida sedentaria.

Es decir, estamos ante una enfermedad moderna y con tendencia creciente. No hay que olvidar que el hábito de trabajar sentados no era dominante hace apenas 50 años. Tampoco eran dominantes en nuestros países las ciudades sobrepobladas y fuertemente contaminadas, en las que se trabaja sometidos a fuertes presiones, con derivaciones de altas tasas de estres, lo cual también contribuye a la disparada de enfermedades como la hipertensión.
La obesidad tiene un espacio amplío para su constante crecimiento, toda vez que cada día son más comunes los ambientes obesogénicos: o ambientes alimentarios dominados por alimentos procesados y productos ultraprocesados, densos energéticamente y pobres en nutrientes los cuales son baratos, fuertemente promocionados y de fácil acceso, los que también, valga decirlo, terminan siendo la opción para sectores sometidos a empobrecimiento que encuentran en ellos una alternativa para distraer el hambre.

Según la Encuesta Nacional de Salud pública de 2015, el 52 por ciento de los colombianos tiene sobrepeso. Estudios del 2010 son más específicos al indicar que del total de la población colombiana de aquel año el 34,6 por ciento registraba sobrepeso, y el 16,5 por ciento obesidad.
Esos mismos estudios indicaban que el 41,2 por ciento de la población con edades entre 50-64 años sufría de sobrepeso, y el 25,1 por ciento de obesidad.

A la obesidad están asociadas enfermedades como diabetes tipo 2, cáncer de endometrio, de mama y de colon, hipertensión, enfermedad del hígado y de la vesícula, artrosis y otros, todas las cuales representan 5 de las diez primeras causas de muerte en nuestro país.

Pese a tan evidente realidad, gaseosas, agua con color y gran cantidad de azúcar que dicen ser jugos, papas fritas y demás comida chatarra, cuentan con intensa difusión, incluso en centros escolares, vendidos sin ningún control. Las empresas que los producen, algunas de ellas multinacionales y otras de gran peso en el país, envenenan a millones de connacionales, y le cargan al sistema de salud la consecuencia de su veneno, y sin embargo no sufren de restricción alguna para su negocio.

La imposición de un modelo alimentario como el dominante en las grandes poblaciones y, las enfermedades en cuestión, también está asociado a un modelo agrícola en el cual los monocultivos son la nota predominante, incluso con la siembra de diversidad de vegetales genéticamente modificadas. La pérdida de variedad de sabores, texturas, colores, en frutas, verduras y granos, con alimentos cada vez más insípidos, también contribuye a la pérdida del goce de ingerir lo natural; como también contribuye a ello el distanciamiento de la tierra, el no ararla, no recoger cosechas, no transformar los productos, ni cocinarlos, dejar a un lado las ritualidades asociadas a las cosechas y las ferias alimentarias. Una cotidianidad asociada a la comodidad de la vida urbana, donde es común, entre amplios sectores, pedir la comida a domicilio, y consumir sin despegar la vista de la televisión. Sin movilidad, con harinas, grasas y bebidas azucaradas, las consecuencias están a la vista.

Es decir, estamos ante enfermedades derivadas de un sistema socio-económico al que le es indiferente el bienestar de la población: lo importante es la ganancia, no importa el costo, y aquí éste no es menor, son cientos de miles de muertos y otros cientos de miles de enfermos que por años dejarán de gozar una vida saludable, con motivación para disfrutarla; enfermedades y muertes con gran peso e impacto económico para la totalidad social.

Trabajar con el sistema de salud para prevenir este tipo de enfermedades es un reto para cada día, para que los casos extremos, con necesidad de hospitalización, sean cada vez menos. Es un esfuerzo que debe ir asociado al sistema educativo, a la red de comunicación pública, al necesario modelo agrícola por recuperar, como a la aprobación de tasas impositivas que hagan improcedente este tipo de industria.

Hay que desplegar una intensa iniciativa cultural, en todos los planos, que cuestione esta realidad, confronte los intereses que están tras la misma, desnude los privilegios que les permiten existir y reproducirse como si no fueran un perjuicio para millones, y con afectación sobre el erario público.

Una actividad inicial, con incidencia directa sobe los hábitos alimentarios y de consumo, puede radicar en informar ampliamente que una dieta apropiada descansa en cinco componentes complementarios: diversidad, pertinencia, variedad, moderación y balance, lo que conlleva garantizar que cada día tengamos en la mesa granos, tubérculos, lácteos, hortalizas, azúcares, aceites y carne –o alimentos que los sustituyan, por lo general granos, pero también algunos vegetales y productos procesados a partir de los mismos.

Para avanzar sobre este particular, además de potenciar las redes ya existentes de comunidades protectoras de semillas nativas, y la constitución de otras muchas, debemos buscar y lograr acuerdos con centros de educación y de investigación –por lo general instituciones de educación superior– para que implementen programas para recuperar, proteger y multiplicar la existencia de este tipo de semillas, así como poner en marcha investigación para control de insectos y otros animales que puedan atacar este tipo de semillas, así como las plantas en crecimiento o producción. Las instituciones públicas del orden municipal, departamental y nacional tienen la obligación de destinar recursos económicos y de otros órdenes para facilitar esta labor, al tiempo que se niegan a que entren en sus territorios sembrados genéticamente modificados.

Es evidente, la decisión de la alcaldía de Bogotá, se queda en las ramas, sin poner en cuestión al sistema que genera estas enfermedades y sin llamar al conjunto social a romper con un modelo socio-económico que no protege la vida y le hace culto a la muerte. Conjunto social, que consciente de los intereses en juego en los gobiernos nacional, distrital y municipales, debe liderar la construcción de redes de producción, comercialización y consumo alternativo a partir de producción limpia, consumo saludable y economía austera, trilogía que aportará para que la totalidad que somos gocemos de mejor vida.

 

 

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Autor/a: Equipo desdeabajo
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