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Duque: dos años de narcisismo e ineptitud. Y dos que faltan, ¿iguales?

Duque: dos años de narcisismo e ineptitud.  Y dos que faltan, ¿iguales?

La presidencia de Iván Duque comenzó velada por la sombra de un gran fraude y por la duda, hecha después certidumbre, acerca de la legitimidad de su mandato, y del carácter de títere manipulado por el expresidente, y entonces senador, Álvaro Uribe Vélez, además de la inexperiencia absoluta –anotada por observadores y analistas mediáticos durante la campaña electoral–, para ejercer un cargo de la delicadeza y las responsabilidades infinitas que entraña el ejercicio de conducir un gobierno a nombre del Estado, es decir, de los ciudadanos que eligen la cabeza del Poder Ejecutivo y que le confieren un mandato como servidor público.

¿Qué ha hecho el joven Iván Duque en la primera mitad de su mandato dudoso? ¿Les ha demostrado a sus críticos acerbos de antes, y de ahora, que no moraba en él tal títere, sino un estadista émulo del inglés Winston Churchill? ¿O ha reiterado sin cesar sus aptitudes de títere insuperable, hecho, no de madera, como el buen Pinocho, sino de narcisismo y de mentiras, como en realidad era Pinocho?
Narcisos en el poder

Una de las escritoras mundiales más célebres de nuestro tiempo, y más influyentes, la francesa Marie-France Hirigoyen (Psiquitra, psicoanalista y psicoterapeuta, especializada en las relaciones matrimoniales, familiares y laborales, sobre las que ha divulgado una quincena de libros), publicó recientemente su ensayo más inquietante, Les Narcisse. Ils ont pris le pouvoir, Éditions Le Decouvert, 2019) traducido a más de veinte idiomas. En español, Los Narcisos se han tomado el poder (Planeta y Paidós). La doctora Hirigoyen hace en Los Narcisos un análisis psicológico-político-social de las características que asemejan la actitud y la personalidad de numerosos mandatarios actuales, cortados con el mismo molde e identificados con una característica común: el narcisismo. Quizá sea ésta la razón por la que el libro de Hirigoyen no se titula Los jóvenes se han tomado el poder, sino Los narcisos se han tomado el poder.

Esa diferenciación significa que no todos los narcisos que se han tomado el poder son jóvenes, ni que todos los jóvenes que llegan al poder son narcisos. El Narcisismo en el poder se da tanto en jóvenes como en viejos. Dos narcisos jóvenes, por ejemplo, los tenemos en los presidentes de Francia (Macron, 43 años) y de Colombia (Duque, 44 años); dos Narcisos viejos (de vejez mental, sobre todo) son los mandatarios de Brasil (Bolsonaro, 65 años) y de Ecuador (Moreno, 67 años). También hay mujeres narcisos (el adjetivo proviene de un nombre masculino) como la señora golpista de Bolivia, Jeanine Añez (53 años) o la senadora colombina del partido de gobierno Centro Democrático, Paloma Valencia Laserna (42 años), nieta de dos personajes ilustres, el presidente Guillermo León Valencia (1862-1966), y Mario Laserna Pinzón (1923-2013), filósofo, escritor y millonario, fundador de la Universidad de Los Andes de Bogotá, y bisnieto de una celebridad poética, el maestro Guillermo Valencia, candidato presidencial en dos ocasiones (1918 y 1930), también un reconocido hacendado popayanés, explotador de esclavos afros e indígenas, y padre de Guillermo León y del abominado comunista Álvaro Pío, tío abuelo de la senadora Paloma, que aspira a ser la segunda de su familia que ocupe la presidencia de la República. Tiene, ella, razones abundantes para el narcisismo que la posee, pues físicamente es una mujer bonita.

Pero la belleza física, cualidad suprema del Narciso mitológico griego (que, enamorado de sí mismo, no se cansaba de admirar su semblante esplendoroso reflejado en el espejo de agua de una fuente), no lo es de casi ninguno o ninguna de los narcisos que “se han tomado el poder”. La mayoría de ellos son físicamente feos, cuando no vulgares. Narciso no se creía bello. Era Bello. Los narcisos del poder se creen bellos, inteligentes, infalibles y superiores en todo y a todos. Están sobrados de lote y de espejos socarrones que los adulan.

Duque y Macron tienen mucho en común. Ambos son jóvenes, ambos manejan con facilidad la palabra, aunque Duque tiende a enredarse y dice Panamá cuando debe decir Colombia; ambos presiden gobiernos neoliberales calamitosos que han llevado a sus países al borde del precipicio económico y social; ambos son títeres de alguien; ambos reprimen a la clase trabajadora y favorecen a la plutocracia; ambos se sienten la vacuna efectiva de la pandemia del coronavirus, covid-19; ambos hablan bien, aparte del propio, dos o tres idiomas, y por eso se consideran estadistas internacionales; ambos… en fin, parecen hermanos mellizos.

La obra de Duque en el gobierno

No se puede decir mucho al respecto. Después de dos años, predominan los ciudadanos que piensan que desde el siete de agosto de 2018 no hay gobierno en Colombia, o sospechan con fundamento que hay un presidente titiritero y un presidente títere. Las sospechas han quedado confirmadas con las últimas intervenciones televisadas del presidente Iván Duque a favor del exmandatario enjuiciado por los delitos de soborno y presión indebida de testigos. El presidente Duque, a contrapelo de disposiciones constitucionales claras y específicas, ha criticado la decisión de la Corte Suprema, e incluso ha formado un batiburrillo judicial dando a entender que mientras feroces criminales (exguerrilleros de las Farc) gozan de libertad y están en el Congreso de la República, el pobre expresidente Uribe Vélez, benefactor de la patria, es condenado a cruel prisión domiciliaria, en su modesto rancho de El Ubérrimo (departamento de Córdoba), sin libertad para defenderse y sin derecho a la presunción de inocencia. El presidente de los colombianos se ha declarado creyente ayer, creyente hoy y creyente mañana del honorable senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez, tercera persona de la Santísima trinidad que integran el exmandatario, la Virgen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, y el Sagrado Corazón de Jesús. Esa devoción, tan ajena a la devoción del servidor público dedicado a trabajar ‘por el bien común’, en armonía con los demás poderes constitucionales, le traerá al presidente dolores de cabeza.

La obra magna de la administración Duque ha sido la de construir el culto idolátrico a la persona del expresidente Álvaro Uribe. No sabemos si en los próximos dos años los narcisos uribistas construirán una Iglesia, a semejanza de las cristianas, para el culto de los fieles a la religión uribista. Harían un buen negocio, porque, valga la verdad, no es poca gente la que, como el presidente Duque, cultiva la uribelatría.

En derechos humanos y garantías democráticas, el mandato de Duque se raja con un cero vergonzoso. Doscientos cincuenta líderes sociales y doscientos veinte excombatientes de las Farc, más otros tantos defensores de Derechos Humanos y activistas del Medio Ambiente, asesinados, sin que se conozca de la captura de uno solo de los perpetradores de esos crímenes, ni se adelanten investigaciones activas, ni se disminuya la ola criminal, indican hasta dónde es grave el deterioro de la democracia en Colombia, y hasta dónde son peligrosas las declaraciones del presidente de la República en contra de los firmantes de los Acuerdos de Paz de La Habana. Duque recibió de su antecesor un país pacífico y tranquilo en un noventa por ciento, tras setenta años de guerra y de violencia. Ese logro casi se ha desvanecido en un gobierno que quiere cumplir con la promesa de uno de los cabecillas del Centro Democrático: “Haremos trizas los malditos acuerdos de La Habana”.

En materia de obras públicas no hay nada para mostrar. Duque había prometido terminar en la primera mitad de su gobierno dos de los mayores elefantes blancos en que la insensatez y la soberbia embarcaron al país. El túnel de La Línea y la central hidroeléctrica Hidroituango, ambos provenientes de los gobiernos de Uribe, que le han costado a Colombia pérdidas en dinero y en vidas humanas incalculable. La población de Ituango fue devastada, cientos de sus habitantes asesinados, desplazados o confinados en un campo de concentración “para protegerlos”, y el río Cauca fue afectado seriamente en esa cuenca. Terminará el gobierno de Duque y los dos megaelefantes blancos seguirán ahí, inconclusos, “por culpa de la pandemia”; al señor presidente le deben fascinar los elefantes blancos y da declaraciones sobre “su compromiso” con un tercer animalito de esos, que sería dos o tres veces más desastroso que los anteriores: el metro elevado de Bogotá, obra costosa e inútil. Los varios billones que ella demanda deberían emplearse en las necesidades más urgentes que hoy tiene el país y que sufrirá durante muchos años si no se la atiende desde ahora: el desempleo y la hambruna.

¿Dos años más de ineptitud y narcisismo?

En el manejo de la pandemia covid-19 el gobierno se ha limitado a encerrar a los ciudadanos en cuarentenas interminables. No se discute que esa medida preventiva fuera necesaria, y que posiblemente lo siga siendo por algún tiempo no muy largo, no más allá del presente año. Lo que se reprocha al gobierno es su total inmovilismo frente a la emergencia económica y social que empezó meses antes de la pandemia y que no se acabará con la misma. La emergencia económica y social es una tragedia de consecuencias tan terribles que nadie puede imaginárselas. Sin embargo el gobierno actúa como si todo estuviera normal, y sigue acosando con impuestos a los ciudadanos, y favoreciendo a los millonarios. Es un gobierno neoliberal y neofeudal, al servicio de los terratenientes, de los bancos y de los contratistas.

Tres acciones de urgencia inmediata podrían evitar que la explosión del volcán económico y social devaste el país de extremo a extremo. Primera, implantación del salario mínimo vital para todos y cada uno de los ciudadanos que estén sin empleo, o sin ingresos de trabajo, durante por lo menos la presente década. Segundo, un plan maestro de empleo, que se comience a aplicar a más tardar a principios del próximo año, con la meta de llegar al final de la década con cero desempleo. Tercero, un plan maestro de protección ambiental nacional, que además de oxigenar las urbes y las zonas rurales, propicie en vasta escala la producción alimenticia, con la meta de llegar al final de la década con cero hambre y con excedentes para exportar.

Nada de eso se ve en el proyecto del gobierno Duque para su segundo tiempo. Lo único hacia futuro son unas declaraciones del ministro de Minas y Energía en el sentido de que “el país aspira a duplicar su producción de oro en los próximos diez años”. Ahí no aparece nada distinto a que en la década que comienza las empresas mineras extranjeras saquearán, con la complacencia del gobierno, el oro del país, arruinarán las fuentes de agua (lagos, lagunas, ríos y quebradas) y convertirán tierras fértiles y productivas en eriales lamentables. La deforestación proseguirá su tarea tenebrosa de cambiar árboles por ruina, desolación y miseria. No al extractivismo minero debe ser una consigna que los ciudadanos impongan en las calles y en las urnas. Salvar ecosistemas invaluables e irrecuperables, como Santurbán, es un deber que nos obliga a todos.

¿Tendremos dos años más de ineptitud y narcisismo? La actitud del presidente Duque, de su gobierno y de la clase dirigente señala que así será… si es que antes la crisis no lo tumba, como la terrible explosión de Beirut echó abajo al gobierno mediocre e inepto del Líbano (Oriente Medio).


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Información adicional

Autor/a: Enrique Santos Molano
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