¿Que viva la música?

En estos días me he chocado con la famosa frase de Nietzsche, “Sin música, la vida sería un error”, que me ha llevado a pensar en un clásico de la literatura colombiana que acababa de leer: ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo, ya que toda la novela gira alrededor de este leitmotiv. 

La historia narra las vicisitudes de María del Carmen Huerta, una niña bien de la Cali de los años 70, que abandona la rutina de su cómoda vida para dedicarse a vivir la movida nocturna de la salsa, el rock and roll y la rumba, pues “su destino es el enredo de la música”. Esta elección empuja a la “mona” en un torbellino autodestructivo que termina con su muerte prematura, en línea con el destino del autor quien, recién recibida la primera copia de su libro, se suicidó a la edad de 25 años.

Ahora bien, antes de llegar a Colombia, yo desconocía por completo la existencia de este libro y las traducciones italianas que ya circulaban, entonces tuve la suerte de poderlo leer por primera vez en el idioma original, sin la mediación de la traducción que, por el estilo de la obra, necesariamente desnaturaliza el lenguaje coloquial, típicamente colombiano, que el autor implementa en la narración. En el libro, este uso del lenguaje va de la mano del tema de la búsqueda, por parte de la protagonista, de “algo” al cual entregar todo su ser y que tiene que contraponerse al estilo de vida burguesa que nos ofrece conformismo obtuso enmascarado de comodidad y bienestar: este algo lo identifica con la música. 

Estos dos factores nos ayudan a rastrear una influencia literaria, ni siquiera demasiado oculta (toda la primera parte de la novela está empapada de referencias a la cultura estadounidense), que condiciona todo el desarrollo del relato, a saber, la prosa de la Beat generation y, en particular, de Jack Kerouac. De hecho, en sus textos, por ejemplo, On the road, el autor nos inmerge en los ambientes juveniles de los Estados Unidos de la segunda posguerra, en donde se escuchaba y respiraba Jazz, describiéndonos la búsqueda incesante que estos muchachos hacen de un “algo” similar al que busca la muchacha de la novela de Caicedo, con la sola diferencia de que para Kerouac y sus personajes la música es solo una herramienta accesoria, el trasfondo musical del “estilo de vida Zen” que se quiere adoptar, mientras que para la mona la música es directamente la respuesta. 

Queriendo abarcar esta diferencia desde el punto de vista filosófico –y ubicándonos en el panorama cultural de la época–, diríamos que Kerouac es proclive a una revaluación de la cultura oriental en contra de la decadencia occidental, mientras que, al mismo problema, Caicedo responde con una postura nietzscheana, en donde rescata la importancia de la música para el bienestar del ser humano.

Al respecto, ya en 1959, Umberto Eco, en su ensayo Lo zen e l’Occidente nos informaba sobre la mala lectura cultural que la Beat generation estaba haciendo de este concepto y de toda la cosmovisión que esto conlleva, trivializándolos hasta casi la ridiculez. De igual manera, se puede hacer un discurso similar por lo que concierne a la música en la novela de Caicedo.

En efecto, Nietzsche, en El origen de la tragedia, le otorga a la música un papel antropológico fundamental, ya que ella se considera como el mejor medio de expresión de lo dionisiaco –que representa la condición humana principal, que tiene que lidiar con el sentido trágico de la existencia– y, entonces la mejor, por no decir la única, vía de acceso a la esencia del mundo. Y pareciese que la protagonista de Caicedo va en este mismo sentido cuando ofrece su propia definición de la música en estos términos:

“La música es la labor del espíritu generoso que (con esfuerzo o no) reúne nuestras fuerzas primitivas y nos las ofrece, no para que las recobremos: para dejarnos constancia de que allí todavía andan, las pobrecitas, y que yo les hago falta. Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de estos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo”*.

Ahora bien, tanto Nietzsche como Caicedo le otorgan a la música un papel relevante en el marco de la existencia. Es más, para la mona la función es marcadamente terapéutica, ya que tendría la capacidad, entre otras cosas, de recomponer al Yo fragmentado. Inclusive, esta constatación nos empujaría casi a considerar a la novela de Caicedo junto con los tratamientos médicos del neurólogo británico Oliver Sacks, quien desarrolló una teoría médica que trataba de involucrar la música en la cura de los pacientes con problemas cerebrales. Empero, mientras que los pacientes de Sacks en serio se beneficiaban de la música en sus vidas, y en serio mostraban los efectos positivos de estas terapias, en la novela de Caicedo no se puede detectar ningún efecto positivo de este compromiso musical, al contrario, es obvio qué tan rápido todo, física y existencialmente, se desmorona.

Esto se puede explicar justamente regresando a la comparación con la postura de Nietzsche y considerando su lúcido diagnóstico sobre el nihilismo, entendido como el progresivo vaciarse de significado de todos los valores, en cuanto frutos de una elección arbitraria humana y no de una esencia divina. De allí que, si Dios ha muerto, entonces es taxativo para el ser humano sentirse incómodo y abandonado y, en consecuencia, buscar algo que llene este vacío. Sin embargo, si se le quiere otorgar dicho papel a la música, esto no se puede hacer sin la correcta perspectiva, a saber, entendiendo muy bien la procedencia de dicha falta de sentido –el nihilismo– y, sobre todo, recordando que la música es la expresión más genuina de lo dionisiaco, o sea, el estado primordial del ser humano, que tiene conciencia de su mortalidad y la encara sin tratar de olvidarla. En caso contrario, solo estaríamos intercambiando el cadáver de un Dios con un fetiche cuyo fin es el puro entretenimiento. Esto se entiende muy bien si se considera la relación que las civilizaciones primordiales tenían con la música, pues es básicamente una constante antropológica el hecho de que todos los pueblos trataban de comunicarse con lo divino por medio de rituales musicales que, a menudo, iban acompañados con el uso de sustancias psicoactivas, como puede ser el vino en los bacanales o los alucinógenos en los rituales coras. Esta ritualidad se ha perdido casi completamente en la cultura occidental, en la que, a veces, la música y las drogas continúan a consumirse juntas, pero en las discotecas y sin ninguna ritualidad o pretensión “metafísica” que las sustente. El antiguo templo ha sido remplazado por la discoteca y los cantos ancestrales por el reguetón. 

Este es justamente el error que hace la joven de Caicedo que, a pesar de sus proclamas sobre la música, todo lo reduce a “nadie se preocupaba de compartir inteligencia o profundidad de pensamiento. Yo siempre me supe dorada del espíritu para la rumba y nada más”. Esta diferencia de actitud nos aclara de inmediato que, aunque sea cierto que la risa de Zaratustra se parece superficialmente a la risa de la mona y, aunque sea cierto que ambos aman bailar, la diferencia es abismal, justamente porque estas acciones descansan sobre una concepción completamente diferente de la música. 

Así, mientras que las risas de la mona y sus bailes están destinados a perderse en una mera pantomima y, eventualmente, pueden ambicionar a volverse la imagen de una generación que ha sucumbido a la presión del nihilismo; los monólogos de Zaratustra pueden recordarnos la verdadera importancia de la risa y del baile, o sea, pueden decirnos algo sobre la condición humana que paulatinamente nos estamos olvidando, pues, como él mismo declama y nos pide: 

“¡Elevad el corazón, hermanos míos, más alto! ¡Y no olvidéis tampoco vuestras piernas! Elevad también las piernas, excelentes danzantes, y mejor que esto: ¡teneos de cabeza! Esta corona de reidor, esta corona de rosas, yo mismo me la he puesto en la cabeza: yo mismo he canonizado mi risa. No he encontrado a nadie, hoy en día, suficientemente fuerte para ello. 

“Zaratustra el danzante, Zaratustra el ligero, el que agita sus pies dispuesto a volar, haciendo señas a todos los pájaros, listo y ágil, divinamente ligero. 

“Zaratustra el adivino, Zaratustra el reidor, ni impaciente ni intolerante; uno que ama los saltos y los desplantes; ¡yo mismo me he puesto esta corona en la cabeza!

“Esta corona de reidor, esta corona de rosas. ¡A vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! He canonizado la risa. ¡Hombres superiores, vamos a aprender a reír!”.   

* Ibid., p. 55.

Información adicional

Autor/a: Fabio Bartoli 
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº327, agosto 19 - septiembre 19 de 2025

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