En los periodos de transición de las crisis orgánicas de los sistemas –y actual civilizatoria del sistema social– se evidencia la denominada escalada irracional. Un patrón de comportamiento en el que los diversos actores individuales o colectivos le siguen apostando al mantenimiento del respectivo sistema en estado crítico, a pesar de que los resultados sean negativos o no valgan la pena; como cuando se sigue manteniendo en estado vegetativo a un enfermo, o la actitud del ludópata que entre más pierde más apuesta. Situación que hace más dramática, violenta, costosa y dolorosa, es decir, irracional, en todos los sentidos, la transición; al tiempo que vuelve ciegos a sus responsables. Ceguera ante el porvenir, pues pretenden encontrar la salida volviendo, con mirada de añoranza, al pasado, retornando sobre pasos ya trillados.
Esa situación la ilustran en el momento actual: la administración norteamericana de Donald Trump, la invasión de Israel a Gaza y, en Colombia, el comportamiento de su viejo establecimiento político frentenacionalista, representado en sus vetustos partidos políticos y notables tradicionales. Situación que, en conjunto, ha puesto en jaque institucional lo mejor de la modernidad: la democracia liberal moderna.
Es en ese marco que se entiende la pretensión de Donald Trump de “Volver a hacer grande a Estados Unidos”. Un propósito surgido en 1979, en un momento en el que ese país sufría un empeoramiento de la economía, marcado por la alta tasa de desempleo y la inflación; pero que hizo público en 1980, durante su campaña, el republicano Ronald Reagan y, replicó en 1992, el candidato demócrata Bill Clinton. Hoy, esta vez con Trump, el lema es el significante y objetivo mismo de la política. Cuya estrategia la cimenta en el petróleo, tal como se cimentó el poder de los EE.UU en el siglo XX, con la diferencia de que en el pasado lo hizo con base en su propio recurso y, esta vez, lo pretende hacer con base en la apropiación de los recursos de otros países; de los que Venezuela es en la actualidad la mayor reserva del mundo. De otra parte, pasando por alto el cambio civilizatorio que se está dando en el mundo desde los años setenta del siglo XX, sustentado en el giro de la matriz energética, que va pasando del uso de energías fósiles al uso de energías limpias, con todo lo que ello implica en el nuevo ordenamiento de la civilización.
En paralelo, Israel, actor industrial y financiero de primer orden en el mundo, ante la crisis de acumulación que padece el sistema capitalista desde los años setenta del siglo XX, y el agotamiento del modelo neoliberal desde el 2008, invade el territorio de Gaza de Palestina. Sus creencias, valores y estrategia, de una parte, retrotraen las viejas formas coloniales imperialistas del siglo XIX, cuando los países europeos se repartieron el mundo, convirtiendo los países y naciones existentes en sus colonias, por la vía de la invasión militar y conquista territorial. Un actuar con la pretensión de reactivar su crisis de acumulación con base en “la reconstrucción de lo destruido” por la vía de la guerra, a lo cual ha acudido siempre el sistema capitalista para salir de sus crisis. Que no es otra cosa, que una réplica de la crisis que origina su superproducción y que conlleva la destrucción de las mercancías como condición reactivadora del ciclo o proceso –fundamento mismo de su irracionalidad, hoy en escala.
Esa necesidad de reactivación de la acumulación explica la actitud asumida por los países europeos que, en tácito, están de acuerdo con Trump en su propósito de reconstruir a Palestina haciendo de ella “la Riviera de Oriente Medio”, y su punta de lanza en la región; y que implica expulsar a los palestinos de Gaza, y hacer una limpieza étnica para poder controlar la Franja. En ese sentido nos resultan, más que ilustrativas, las declaraciones del ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, quien aseguró que la Franja de Gaza es “una mina de oro inmobiliaria” que, “una vez esté destruida, veremos cómo la repartimos” con los EE.UU., agregando que: “Hemos invertido mucho dinero en esta guerra”, y asegurando que ya han realizado “la demolición, la primera fase de la renovación de la ciudad. Ahora solo debemos reconstruir”.
Por su parte en Colombia, el advenimiento en el 2022 de un gobierno denominado progresista, alborotó las creencias, valores y estrategias más rancias del régimen frentenacionalista hasta entonces dominante; cuyos actores, soberbios de su sempiterno poder hegemónico, no esperaban un giro de esta naturaleza. Un gobierno progresista cuya pretensión no ha sido otra que la realización de las tareas de corte liberal, modernizadoras del país, como la reforma agraria –incluso, sin expropiación–, la industrialización nacional, la apertura democrática con la participación popular, y el cumplimiento del acuerdo de paz firmado por Juan M. Santos con las Farc en el 2016, y por el cual, no sobra decir, le otorgaron el Nobel de Paz.
Se trata de propuestas reformistas que habían sido propósito de política pública de gobiernos liberales que le antecedieron, como los de Alfonso López Pumarejo (1934-1945) y Carlos Lleras Restrepo (1966-1970), pero a las que se opuso entonces –como ahora–, el establecimiento y notablato hacendatario frentenacionalista. Régimen, en cuestión, cuyo Estado había sido permeado de siempre, en sus tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, por el clientelismo y la corrupción y, desde los años ochenta del siglo XX, por el narcotráfico. Además, sin capacidad para responder por cuenta propia a la crisis del modelo neoliberal ni a los compromisos hechos en los acuerdos de paz, los cuales siempre han birlado o pretendido incumplir. Notablato que, en el marco de las elecciones a realizarse en el 2026, tiene como única propuesta el rescate de la mano dura del régimen de la Seguridad Democrática y del modelo neoliberal del uribismo-santismo (2002-2022) –que incluye la administración de Iván Duque–, que no fue otra cosa que la versión actualizada del Frente Nacional como neo-frente nacional; y que enarbolan como referentes internacionales a Javier Milei de Argentina, Nayib Bukele del Salvador y al mismo Donald Trump; por cuyos efectos, que se van conociendo, ya se sabe a qué atenerse.
Pero, de otra parte, las tres situaciones descritas también desnudan la crisis de la democracia liberal moderna, por su incapacidad, por parte de los respectivos Estados, de dar cuenta de su valor en, y para, el mundo. Así, las democracias europeas, como la misma norteamericana, pasan de agache ante la invasión y genocidio que desde 2023 lleva a cabo Israel sobre el pueblo palestino; como en su momento –1939– lo hicieron ante Hitler y su invasión a Polonia, y ante el mismo genocidio de judíos. Democracias que tienden a la fascistización, terciando –en los mismos EE.UU–, hacia formas autoritarias y de derecha del ejecutivo, acompañada del desconocimiento de los otros poderes. Intentando, en su pro, golpes de estado duros como el llevado a cabo contra Rafael Correa en Ecuador (2010), el mismo Donald Trump en EE.UU (2021) y el de Jair Bolsonaro (2022) en Brasil; como de golpes llamados blandos, contra Manuel Zelaya en Honduras (2009), Fernando Lugo en Paraguay (2012) y los mismos intentados contra Gustavo Petro, desde que tomó posesión en el 2022.
Por lo visto, los poderes nacionales y partidos políticos del mundo neoliberal actual, y en crisis, hacen suyo, y a su acomodo, la famosa frase pronunciada en los años sesenta por el líder chino Deng Xiaoping: “no importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”; donde cazar ratonessignifica: mantener el statu quo, capitalizar las ganancias en pocas manos y socializar las pérdidas entre todos; precisamente, las creencias y valores del modelo neoliberal.
Situación antidemocrática liberal, que de conjunto explica en nuestra América Latina, reelecciones anticonstitucionales como las de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos en Colombia, y las amañadas constitucionalmente como la de Nayib Bukele en el Salvador; al igual que las señaladas de fraudulentas, como la elección de Nicolás Maduro en Venezuela y de Daniel Noboa en Ecuador. En un ambiente de metamorfosis kafkiana, en el que los antiguos defenestradores de esa democracia y sus constituciones son hoy sus defensores, mientras sus anteriores defensores se van convirtiendo en sus sepultureros, pues ya no “les caza ratones”.
Panorama descrito que, en conjunto, va siendo la expresión de la escalada irracional en medio de la cual se desenvuelve la transición civilizatoria.
1. La Escalada Irracional en la Vida Cotidiana: Cómo Evitarla y Tomar Decisiones Racionales.
2. https://www.publico.es/internacional/trump-entierra-sueno-palestino.
3 https://www.msn.com/es-co/noticias/other/israel



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