
Los tiempos cambian. ¡Por fortuna! Tras casi cuatro décadas de persecución, señalamientos y exclusión en contra de sacerdotes y religiosas que hicieron de la Doctrina Social de la Iglesia, a través de la Teología de la Liberación, pan y vida de cada día, “concretando el Cielo en la Tierra”, este inmenso poder, soporte de la tradición y el status quo capitalista, llama a luchar contra “este sistema”, contra “esta sutil dictadura”.
Como si se tratara de un dirigente político en plena campaña electoral, la cabeza de la Iglesia concentró en pocas palabras, graficó, en esta gira por una parte de América Latina, la dirección y el sentido concreto de esta lucha: “las tres T: techo, tierra y trabajo”, “[…] pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación”. En otra época y otras circunstancias –limitado a su país– otro dirigente, ni religioso ni católico, orientó como ejes de su lucha otros tres propósitos: “Pan, tierra y paz”. Y su enfoque concentró la fuerza y el deseo de cambio de una nación constituida por numerosos pueblos.
Eran otros tiempos, de lucha contra dictaduras abiertas, contra monarquías, como lo eran los tiempos que alimentaron el surgimiento de la Teología de la Liberación, con una América Latina toda estimulada en su resistencia por un sueño de revolución. Vendrían las dictaduras, el militarismo, la tortura, las desapariciones y la imposición del neoliberalismo, y tras las derrotas de esos mismos pueblos, la perdida de confianza en sus capacidades y potencialidades. La dictadura del mercado arrolló por doquier y la miseria y las negaciones coparon cada vez más territorios y poblaciones. En las urnas, años después, tras destitución de diversos presidentes y levantamientos populares contra el neoliberalismo, llegarían los llamados gobiernos progresistas los que, sin embargo, dejaron ver, tras pocos años de su labor, su límite para darle cuerpo a una revolución en cada uno de sus países y a nivel continental. De esta manera, un derrotero de acción colectiva contra el sistema no está claramente presente para todos los sectores sociales y populares, bandera que ahora (¿un sector de?) la Iglesia pretende recoger.
Por tanto, el centro de la acción popular proyectado hoy por el representante de El Vaticano no es casual. En su orientación sintetiza la realidad de un sistema que cada día concentra más riqueza en menos manos, dejando a la inmensa mayoría de la humanidad por fuera del gozo de una vida en dignidad. Manifestaciones de esa exclusión descansan en el desempleo que afecta, de manera notable, a capas cada vez más jóvenes del conjunto de la humanidad; en la negación del derecho a un techo que obliga al hacinamiento a millones de familias por todo el mundo, pero también a la negación del derecho a la tierra, como bien de vida y de identidad, que afecta a campesinos, indígenas y otras comunidades y pueblos a lo largo y ancho de nuestro planeta.
Tierra, techo y trabajo han dejado de ser derechos para convertirse en simple mercancía, con la cual se excluye y oprime a las mayorías. Con el agravante que con la concentración de la tierra en cada vez menos manos, las mismas que imponen un modelo de desarrollo que no repara en sus consecuencias, el mundo todo se adentra en una época de riesgo innegable de autodestrucción.
¿Quién puede parar este rumbo de negaciones y destrucción? El Papa lo sabe y lo dice: “Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo?, y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”.
Ya lo había dicho en Brasil 2013, con motivo de La Jornada mundial de la juventud: “Hagan lío”, les insistió a los allí congregados, conminándolos a luchar. Ahora hace lo propio con capas cada vez más amplias de nuestras sociedades: “¡no se achiquen!”, es decir, ¡luchen!
La insistencia no es gratuita. Uno de los efectos más perversos derivados de la imposición neoliberal, estriba en la pérdida de confianza en sus capacidades por parte de diversidad de actores sociales, entre ellos juventud, campesinos, y variedad de sectores urbanos.
No es casual que el Papa también retome la necesidad de la unidad, pues sin ella no es posible que las resistencias logren sus propósitos, para su consideración, unidad alrededor de la “Patria Grande”. E insistió: “Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia”.
Con un gran olfato de su tiempo y del recinto al cual se dirigía, actuando como un dirigente político, al final de la intervención que sostuvo en Bolivia ante el II Encuentro mundial de movimientos sociales y populares, orientó tres quehaceres inmediatos, eje de la acción colectiva global contra el actual sistema capitalista:
1. Poner la economía al servicio de los pueblos, lo que implica:
- “Decir NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir […] economía que no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común.
- “La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece”.
- Que “[…] la propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, esté siempre en función de las necesidades de los pueblos”.
- Que “[…] los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario”.
2. “La segunda tarea: unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia”, lo que implica e incluye:
- Lucha contra toda manifestación de colonialismo. Respeto a la soberanía de las naciones y de los pueblos.
- En esta lógica, y según su decir, “Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía”, porque “la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia”.
- Aún más, “El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres”.
- “La concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo”.
- “El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas […]”.
- Por tanto, dijo el Papa, “Digamos NO entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas”. Acción en la cual debemos tener claro que “todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales”. De ahí que “La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia”.
3. “La tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra […] “La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave”.
- Una orientación preñada de confianza en el pueblo. Así lo dejó claro al finalizar su intervención ante los delegados de decenas de movimientos sociales reunidos en Bolivia: “[…] el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Por ello, “Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez”.
- Para ello, “Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos a ver los frutos”.



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