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En la puerta de los hogares

En la puerta de los hogares

La inflación gana nuevos niveles. El dólar, con el que se importan muchos alimentos, gana mayor valor frente al peso. El campo sufre los efectos de una sequía que, a pesar de sabida, no genera políticas oficiales para neutralizarla. Sus efectos inmediatos están en una canasta familiar cada día más costosa, la que es difícil que esté bien surtida. Los datos lo confirman: la libra de zanahoria pasó de valer $ 500 a 1.500, la arracacha de $ 700 a 3.000, la yuca de $700 a 1.500; un pan de doscientos pesos ahora cuesta trescientos. Los granos suplían la carne que en muchas oportunidades los sectores populares no pueden comprar, pero ahora lentejas, garbanzo y frijoles están por las nubes, y si no pueden adquirirlo, ¿por cuál producto sustituir la carne? No sin razón una voz de la barriada nos dice: “Los que vivimos con un salario mínimo nos vemos ante la difícil situación de que cada día podemos comer menos, nos vemos en la situación de comer o pagar el arriendo, la comida es un lujo menos que cada día nos podemos dar”.

 

Un año de carestía. Durante el 2015 los hogares colombianos viven de nuevo una significativa disminución de su poder adquisitivo gracias al incremento de la inflación. En efecto, entre octubre del 2014 y septiembre del 2015 la inflación registra un aumento del 5,35 por ciento, lo que quiebra en su totalidad el 4,6 por ciento que recibió como incrementado el salario mínimo para el año en curso.

De acuerdo al Dane, para el mes de septiembre el Índice de Precios al Consumidor (Ipc) tuvo una variación del 0.72 por ciento. Pero no sólo este factor afecta a los bolsillos de quienes viven del salario mensual o del rebusque. La economía nacional sufre un giro porque se agotó el modelo implementado durante las últimas dos décadas, de lo cual da cuenta la caída de sus exportaciones (en mayor medida minerales), la continuidad de las importaciones, el incremento de su deuda externa e interna, la devaluación del peso, la quiebra del agro, el aumento de la dependencia alimentaria y, en su conjunto, la aplicación de un modelo –neoliberal– que cada vez brinda más espacio a los negociantes internacionales y nacionales.

 

En los hogares y el mercadeo al detal

 

Epimenio Pacheco es un pequeño comerciante de víveres y abarrotes que tiene desde hace ocho años un pequeño local –”Frutas y verduras el económico”– en la calle 55 con carrera 15 en la ciudad de Bogotá. Su trabajo consiste en levantarse a las dos de la mañana e ir a Corabastos, donde compra las frutas, verduras, granos y demás productos que día a día comercializa en su local desde las siete de la mañana. Desde hace treinta años se dedica a la comercialización de alimentos en la ciudad, pero poco antes de eso se dedicó a la agricultura en Boyacá, departamento donde sembró papa, trigo y cebada, hasta que ya no fue rentable ninguno de los productos.

Para este comerciante la problemática del incremento brusco de los precios de los alimentos radica en la inflación producto del dólar, así como del asunto climático, pero el problema principal se encuentra en la lamentable política agraria del Gobierno. Opinó: “La política agraria en Colombia beneficia a cinco ‘chayannes’. Si no cambian las reglas, si aquí no hay una modificación rural, esto seguirá empeorando día a día, porque aquí no hay un apoyo al productor. Yo lo digo porque pasé por esos caminos. La agricultura no da”.

Su experiencia lo confirma. Hay pocas ayudas de parte del Gobierno. Quienes en verdad se benefician del trabajo agrícola son los intermediarios, nunca los campesinos, quienes no reciben ningún tipo de ayuda o de subsidios. A esto se refirió con estas palabras: “Colombia es uno de los países del mundo donde nunca se ha subsidiado la agricultura. Aquí se produce gasolina y se paga más cara que en cualquiera otro país. Ellos (los ricos) nunca sienten que bajó el dólar, nunca lo sienten, los que producen alimentos, nosotros que los consumimos o los pagamos importados sí sentimos el dólar. El pueblo es quien lo siente. Ellos nunca favorecen al pobre”.

Como vendedor, don Epimenio ha podido observar el comportamiento de sus compradores y la real capacidad que ellos tienen para reemplazar ciertos productos por otros; al respecto comentó: “Hace 20 días (última semana de septiembre) la libra de zanahoria estaba a $500, hoy está a $1.500. Una libra de arracacha se compraba hace dos meses (agosto) entre $500 y $700 pesos, hoy vale $3.000. La gente primero decía: la papa está cara, comamos yuca, ahora se subió a $1.500 la yuca luego de valer $700. La gente no compra estos productos de la misma manera, buscan siempre lo que está en oferta, lo que está más barato […]. Hay cosas que son de primera necesidad, son indispensables, usted la zanahoria no la puede reemplazar por nada, cuando se sube el tomate tampoco lo puede reemplazar por otro producto. Hay cosas que la gente deja de comprar, la gente no las compra porque se ponen muy caras”.

Sus habituales compradores de estrato tres no son muy recursivos para hacerle frente, desde las cocinas, a los incrementos de los alimentos. La gente simplemente está dejando de comprar o lleva muy pocos de los alimentos más afectados con el incremento de los precios, enfatiza don Epimenio, razón por la que ha experimentado en los últimos meses una reducción importante en sus ventas, así como pérdidas por los productos más caros que se arriesgó a comprar para vender, sin lograrlo. Reemplazar unos productos por otros, no parece que es la solución.

Lucía Torres lo confirma. Jefe de hogar de una familia compuesta por siete integrantes, gana el salario mínimo en una editorial donde trabaja como recepcionista y empacadora. Vive en un barrio de la localidad de Bosa, al sur de Bogotá. En entrevista para desdeabajo nos cuestionó: “¿Tú qué harías con un salario mínimo y con la canasta básica por las nubes? Si lo más económico que eran los huevos ya no se pueden tampoco comer”.
Cualquier incremento en el precio de los alimentos que usualmente consume su familia implica serias afectaciones en sus hábitos alimenticios: “Si incrementan el precio del huevo lo sentimos terriblemente, igual si incrementan los frijoles, las lentejas –desgraciadamente– están por las nubes, el aceite, un pan de doscientos pesos ahora vale trescientos. Con dos mil pesos de pan le alcanzaba para toda la familia, ahora toca comprar tres mil pesos y toca repartirlos de manera contadita […]. Que nos digan cuáles son los productos por los que debemos remplazar los otros, ¿Cuáles están baratos? Vas a un supermercado, vas a la plaza y todo está caro, ya no se consigue un paquete de tomate en mil pesos, compras un gajo de cebollas y te cobran mil pesos, es un robo horrible […] ¿Por cuál producto quieren que sustituya la cebolla o por cuál quieren que sustituya un ajo? La comida sin cebolla y ajo no sabe a nada, los granos suplían la carne que nosotros en muchas oportunidades no tenemos, si no hay ni garbanzos, ni lentejas, ni frijoles ¿por cuál producto sustituimos la carne?”.

Los más afectados con el incremento de la inflación, de acuerdo a la doña Lucia, son las familias pobres, quienes tienen que sobrevivir con un mínimo. Quienes ganan tres o más salarios mínimos en poco les afecta la situación; al respecto argumentó: “Los que vivimos con un salario mínimo nos vemos ante la difícil situación de que cada día podemos comer menos, nos vemos en la situación de comer o pagar el arriendo, la comida es un lujo que cada día menos nos podemos dar”. Para ella los responsables del incremento de precios son: “El Gobierno, los intermediarios que van y compran a precios bajos a los campesinos y vienen acá a revender, y cuando uno va a comprar no puede hacerlo. Vaya usted al campo a ver a cómo le pagan al campesino un bulto de papa o un bulto de arroz”.

Para Lucía son justas las marchas y paros de los campesinos. En la entrevista sostenida con desdeabajo argumentó: “[…] mi hermana tiene una finca, cuando recolecta un bulto de limón de cuatro arrobas se lo compran a tres mil pesos, vaya usted al mercado a ver cuánto le cobran por tres o cuatro limones, no baja de mil pesos; las papayas, gigantes, se las pagan a mil pesos, venga usted y compre una acá, no baja de tres o cuatro mil pesos. El intermediario revende todo; pocos ganan y perdemos muchos, los consumidores”.

La situación se agrava cada día. También ha observado que los efectos sobre los sectores sociales son diferenciales. En sus palabras comentó: “Para ellos, la gente que tiene un salario elevado, no se comen una papita, un arroz y un grano, ellos comen cosas diferentes y muy costosas, nosotros nos conformamos con arrocito, papita y un pedazo de carne, pero eso era lo que hacíamos antes, suplíamos con el grano o la verdura, ahora no tenemos con qué suplir porque el grano y la verdura también están caros”.

¿Qué hacer?, le preguntamos, la respuesta de Lucía llega sin rodeos: “Eso sería muy bueno preguntárselo al Ministro de Agricultura y a la gente de Corabastos, y a los intermediarios que trabajan en el mercado, ¿con qué podemos suplir lo que ellos están encareciendo cada día? [Y recuerda]: siempre ha habido sequias, inviernos y las cosas se mantenían estables; lo que más encarece la canasta familiar son los intermediarios”.

 

¿Asunto de números o realidad del mercado?

 

Luis Hernando Ríos, miembro de la oficina de prensa de la Central mayorista Corabastos de Bogotá, en entrevista para desdeabajo se refirió a los efectos que ha tenido el incremento del dólar en el precio de algunos alimentos: “La variación del dólar ha originado que alimentos como la lenteja, el garbanzo, algunas variedades de frijol, los enlatados, frutas de lonchera –como la manzana, la pera, el kiwi, la uva–, han tenido variaciones en los precios. Productos que provienen del mercado chileno (frutas), del mercado americano y canadiense (granos y procesados), del mercado del Ecuador y Perú (enlatados) han incrementado significativamente su valor”.

El funcionario de la Central mayoritaria también se refirió a los efectos del cambio climático en los alimentos que se comercializan: “Frente a la variación del clima, hemos encontrado que algunos productos están llegando con unas cualidades no adecuadas. Encontramos que frutas del Tolima, igualmente de Boyacá y de Cundinamarca han tenido variación en su calidad; encontramos frutas marchitas, deshidratadas, sin su desarrollo normal, pues parece que los agricultores ante las altas temperaturas están recogiendo a destiempo las frutas, hay cosechas retrasadas”. De esta manera, la confluencia de dos factores –devaluación del peso y el clima– está generando una variación importante en la calidad y en el precio de los productos.

Pero no son los únicos factores que tienen incidencia. El precio de los alimentos en la Central de abastos más importante del país está determinado por el juego de la oferta y la demanda, depende de la llegada de los productos y de las matutinas jornadas de especulación entre intermediarios y comerciantes. Este tránsito del campo a la ciudad es surcado por una nada despreciable cantidad de factores contingentes como el precio del producto en otras plazas, el estado de las carreteras, el valor de los combustibles, etcétera. Factores que proyectan dudas razonables sobre el reputado virtuosismo del sistema de precios que soporta el abastecimiento y la distribución de alimentos en la capital del país y, por extensión, en otras muchas ciudades del territorio nacional.

A esto se debe que alimentos como los huevos, las verduras, la papa1, entre otros, presenten permanentes fluctuaciones su precio, al estar sometidos al influjo de las mismas prácticas de especulación que gracias al “equilibrio providencial del mercado” pueden conservar precios razonables, volviéndose sustitutos naturales ante la arveja verde que se cotiza por estos días a $4.000 la libra, al frijol que ha aumentado entre cuatro y cinco veces su precio, a muchas de las frutas de loncheras como la pera y la manzana, que han encarecido entre el 40 y el 60 por ciento su precio. ¿Por cuánto tiempo más podrán seguir coincidiendo los altos precios de unos alimentos con los bajos en otros para que estos últimos se vuelvan efectivos sustitutos en la mesa de la familia Colombiana? ¿Estamos preparados para una subida generalizada en el precio de los alimentos?

Al contrario de lo sustentado por Lucía Torres y Epimenio Pacheco, para Luis Hernando (vocero de Corabastos) son los hogares colombianos los que aportan la cuota de ingenio y recursividad necesaria para salirle al paso al encarecimiento de algunos productos, nos dijo: “Los tenderos están comprando más productos nacionales. Las amas de casa están utilizando productos sustitutos, por ejemplo, para la lonchera a cambio de la pera y de la manzana demandan banano nacional, la pera nacional que se produce en Boyacá. Los consumidores están soportando los precios muy altos en algunos alimentos y están acudiendo a alternativas”.

Hasta el momento siguen llegando a Corabastos entre 12.000 y 13.000 toneladas diarias de alimentos para abastecer a la capital, además de varios departamentos y municipios del país hacía donde despacha la Central sus productos. La disponibilidad de alimentos en departamentos como Tolima, Boyacá, Valle, Nariño y Cundinamarca, de acuerdo a Luis Hernando Ríos, permite que se extinga cualquier temor de desabastecimiento. A esto se suma el monitoreo permanente desarrollado desde la Central de abastos y la constante comunicación con el Gobierno, a través del Ministerio de Agricultura, para que tomen las medidas necesarias en caso de riesgo de desabastecimiento.

Ante este desenvolvimiento de la producción y del consumo, surgen algunas inquietudes: ¿Estamos preparados ante eventos que afecten la abundante oferta de productos? ¿Podría reaccionar el Gobierno, de manera efectiva y con rapidez, ante el agravamiento de la actual realidad, ante un campo desatendido, desestimulado y poco planificado? ¿Cómo maniobrar para romper la constante de los últimos cincuenta años, donde año tras año se legisla en contravía de los campesinos, el sostén del campo y de la mesa de los colombianos?

 

Otros ojos

 

Wiston Hernández es el Administrador General de la Plaza de Mercado de Paloquemao2; en entrevista para desdeabajo se refirió a la inflación y el precio de los alimentos: “El impacto se refleja en el precio inflacionario, se ha aumentado el precio de los productos, lo que termina afectando a las amas de casa, a la familia colombiana, porque si continúa esa tendencia climática y del precio del dólar va a tener menos que comprar porque la inflación restringirá su capacidad de compra”.

En la Plaza de Paloquemao el precio de los alimentos es fijado de la misma manera que en Corabastos; Hernández se refirió a ello: “El precio de los productos está determinado por la oferta y la demanda. Esto es un centro de acopio, de abastecimiento de la ciudad mucho más pequeño, pero aquí también fijamos el precio de algunos alimentos y se hace difusión del valor de los productos a través de medios de comunicación”.

Wiston es claro en las sugerencias a los consumidores frente al precio elevado de algunos alimentos: “La recomendación es que analicen productos sustitutos, hay unos a buen precio. El plátano, la yuca quizás han estado caros, pero hay otros productos como la papa que en este momento conserva precios medios”. Productos sustitutos que también han incrementado su valor y que no pueden reemplazar algunas de las gramíneas que sustentan la mesa en hogares como el de Lucía Torres.

Para el administrador de Paloquemao, tampoco estamos cerca de un eventual desabastecimiento generalizado de productos: “El equilibrio se mantiene, no hay desabastecimiento”. Sin embargo, opina que el Gobierno debe incentivar la siembra de productos estratégicos que contribuyan al abastecimiento y la seguridad alimentaria del país; además es necesario, según su opinión que “[…] cuando se presenten fenómenos como estos es importante que regulen los precios y no permitan su aumento, que si hay que acudir a algunas importaciones en algunos productos específicos, se acuda, porque lo que hace la inflación es que no solamente afecta al campo, al agricultor, sino que lo hace con todos los consumidores, restringiendo su capacidad de consumo”.

Poco más allá de la problemática de los precios, Hernández reconoció las condiciones precarias de los campesinos del país: “En el campo siempre se adolece y siempre se ha adolecido de falta de inversión y de desarrollo. Situaciones pueden estar justificadas por el clamor de los agricultores, es un sentir de décadas que se viene dando y eso se refleja en nuestra vocación productora y exportadora de la que adolecemos: nosotros apenas producimos lo que consumimos y tenemos que importar otras cosas”. Planeación oficial, ayudas a los agricultores, medidas de contingencia de la inflación, son algunas de las estrategias necesarias para controlar el precio de los alimentos que impactan a los consumidores.

 

De la seguridad alimentaria y otras irrealidades

 

Los precios de los alimentos, así como el abastecimiento de los mismos en la ciudad de Bogotá, como en el conjunto nacional, dependen de un frágil equilibrio entre la disponibilidad de alimentos en el mercado, la disponibilidad en las zonas de producción y una serie de factores contingentes que median la llegada de los mismos a las centrales mayoristas. El libre juego de la oferta y la demanda es el supremo rector de los precios de los alimentos de origen nacional que llegan a nuestras ciudades.

Aunque la disponibilidad de zonas de producción puede garantizar, como efectivamente lo ha hecho, el abastecimiento continúo de productos, no existe en Colombia ninguna regulación objetiva encaminada a garantizar la disponibilidad de alimentos en el mercado nacional, y en particular en el capitalino, más allá del libre juego del “dejar hacer y dejar pasar”, de la mirada expectante de las autoridades gubernamentales cuya capacidad de reacción por lo visto en otras emergencias (ambientales, fronterizas, de salud, etcétera) se encuentra en tela de juicio. La seguridad alimentaria de millones de colombianos depende, entonces, de este tipo de juego entre intermediarios y compradores, actores a quienes el Gobierno ha confiado tanto la disponibilidad como la capacidad de acceso de los ciudadanos a sus alimentos, cuyos interés particulares no siempre han sido congruentes con los de la población.

De esta manera, a la inflación registrada actualmente, y que afecta sin contemplación el precio de la canasta familiar, se suman los efectos del cambio climático –que rompe el ciclo de cultivos, así como los efectos del encarecimiento del dólar con impacto directo sobre gran cantidad de productos que podemos sembrar, pero que por políticas agrarias erradas del Estado, nos acostumbramos a comprar en el mercado de granos de los EU. El aumento del valor del dólar también se refleja en el precio de herbicidas, fungicidas y fertilizantes, lo que redunda de inmediato en el incremento de lo producido en el campo colombiano.

Los impactos de este tipo de incrementos en el precio de los alimentos, aunque son trasversales a distintos ámbitos económicos y sectores sociales, tienen incidencias diferenciales en cada uno de los actores que los integran: el aumento en el valor de los alimentos es padecido por quienes menos tienen recursos. Intermediarios, grandes y medianos distribuidores, aunque han sido afectados, no han tenido mayores problemas en seguir desarrollando de forma económicamente sostenible su actividad comercial. No sucede lo mismo con los pequeños distribuidores, quienes ven perjudicado su trabajo, así como los consumidores de los sectores populares para quienes en los últimos años los cárnicos y lácteos se han tornado en lujo, y ahora también comienzan a serlo decenas de frutas, verduras y granos a los que tampoco pueden acceder. Realidad que lesiona estómagos y subjetividades, genera frustración y perjudica la salud de millones, y el derecho al buen vivir que tienen estos ciudadanos colombianos.

Por otro lado en los campos de Colombia, en difíciles condicione socioeconómicas, aguarda en silencio, pero cada vez con más inconformidad, la estirpe de ciudadanos responsable de parte importante de la alimentación de nuestras ciudades. Son los ‘espectadores’ de esta historia que se recrea cada día en los mercados de alimentos de las principales ciudades del país, quienes sufren con mayor intensidad la ausencia de una política soberana y de largo plazo para el campo, así como los efectos de la intermediación de especuladores de todo tipo, quienes se aprovechan de la ausencia de una política de mercadeo nacional y de control de precios.

Las convulsiones comienzan a escucharse, pronto reclamarán por un trato más justo de todos y todas, por modificaciones objetivas en sus ámbitos de producción y reproducción. Tendrán que ser escuchados porque de esta estirpe de hombres y mujeres, con el fruto de su trabajo, se sostienen nuestras vidas, nuestro futuro nuestra estabilidad social. Una alianza directa con los sectores populares de las ciudades garantizaría que la historia fuera pintada con otros colores.

1 La papa es uno de los alimentos de mayor demanda en la capital del país y regiones aledañas de clima templado o caliente. Diariamente llegan mil toneladas a Corabastos. Esta es la cantidad mínima necesaria para que el producto mantenga la estabilidad de precios en el mercado.
2 En la Plaza de Mercado de Paloquemao se comercializan alimentos que provienen directamente del campo (50%) y de Corabastos (50%). Nació hace 45 años como filial de la Central mayorista, pero veinte años atrás fue privatizada. En la actualidad cuenta con 1.252 locales privados donde se comercializan los productos que ingresan en los 3.900 vehículos que llegan cada día a la plaza. Su ubicación, al centro de la ciudad, la ha convertido durante décadas en la despensa de los barrios del centro y norte de la ciudad, así como de los casinos, restaurantes y establecimientos comerciales ubicados en esta zona.

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