Su apoyo solidario nos vitaliza

La mañana ya ha despuntado con sus grises que le son comunes por estos días de julio. El viento fresco baja de los Cerros Orientales y al dar sobre nuestros rostros nos hacen sentir el tan característico clima bogotano, el mismo que es una de las razones por la cuales millones de personas oriundas de otras ciudades del país terminamos anclados a esta Sabana.

El reloj ya marca las 7 y 20 cuando llegamos a la oficina, con dirección a la primera cerradura que sobre puerta de hierro impide que manos inescrupulosas intenten abrir la puerta principal y entrar a la fuerza a la oficina, tras propósitos nada constructivos.

La llave ya está sobre la chapa, cuando la voz de quien atiende el diseño de nuestros productos se escucha con tono de alarma: ¡Se entraron!

Con extrañeza miro a ver a qué se refiere y me muestra como la reja que protege la ventana está rota en uno de sus cruces que sostienen barandas horizontales y verticales, y tras ello uno de los vidrios del ventanal también ha sido vencido. El agujero realizado permite ver un computador con pantalla de 27”, boca abajo, sobre una mesa. ¡Se llevaron todo! Fue lo primero que pensé, seguido de la inquietud del cómo podrían haberse metido por un agujero tan pequeño como el que habían hecho, “seguro metieron un niño o joven delgado” fue lo que rumié mentalmente, algo desvirtuado poco después por las imágenes grabadas por cámara de video, en la que se observa como una persona de contextura media, con algo que debe ser una gran lima, lija por una hora la parte que logra romper, labrando con persistencia sobre un punto de soldadura.

Pensando en levantar denuncia de lo sucedido buscamos a la Policía del CAI más cercano, para que levanten acta de lo que vean, pero el intento es fallido pues, luego de esperar que llegue alguien al deshabitado comando, nos preguntan la dirección del inmueble y responden con cara dura: “No podemos atender el caso, pues ustedes pertenecen al CAI de Galerías”.

Entre tanto, una compañera llama al 1, 2, 3, en el que le responden “¿Hay heridos o muertos? Y ante su respuesta negativa, añaden: “…entonces llame al 195”, en el cual el tono telefónico nunca logra su cometido.

El desespero crece. La rabia y la tristeza también. El teléfono lleva mi mensaje de lo sucedido a una de nuestras compañeras que ya debe venir en bus con dirección al trabajo cotidiano, quien al escuchar lo sucedido y cómo estamos sin respuesta de parte de la Policía, se baja del bus en una estación policial y comenta lo que está ocurriendo. Desde allí le ordenan a los agentes de La Soledad que atiendan la emergencia.

Una pareja de motorizados llega al inmueble, ingresamos, revisan con visión curiosa, preguntan: “¿Qué había acá?, ¡Y aquí qué tenían? ¿Entonces, cuántos computadores les hurtaron? ¿Qué más les hace falta? La revisión instantánea de las distintas habitaciones permite comprobar que las dos cámaras de video tampoco están, además de otro computador de edición.

Con paso afanado una compañera sube a las oficinas administrativas y verifica que allí no tocaron nada.

Mientras los agentes, sin preocuparse por tomar algún registro fotográfico, siguen preguntando por todo lo robado, nuestros ojos revisan el piso, pleno de papeles que hasta la noche anterior estaban junto a los computadores. La inquietud nos lleva a correr cajones y verificar que lo allí depositado, cosas personales, siguen en su lugar.

Con lamento en la voz, una compañera confirma lo que sin duda es lo más importante, y tal vez el motivo de la “visita” de los pillos: “perdimos toda la información”. Reconstruir, empezar de cero, es la única seguridad que me cruza por la mente.

“Quieren agregar algo a la denuncia”, pregunta uno de los policías, que ante nuestra negativa nos lee lo recogido sobre lo sucedido y nos indica que debemos dirigirnos a la Fiscalía de Puente Aranda para que le designen fiscal al caso. Una vecina que trabaja en esas labores, que ha venido a ver qué nos sucedió, nos orienta e indica que no vayamos a perder el tiempo allá, que llamemos a un número que nos comparte, accionado el cual terminamos haciendo una denuncia telefónica, al final de la cual nos dan el radicado de nuestro proceso: 2025070400313. Y, “El lunes debe visitarlo algún agente de esta oficina”, así termina la llamada. No se si fue promesa o amenaza, en todo caso hasta el día 10 del mes, una semana después de lo ocurrido y denunciado, ni la amenaza ni la promesa se concretan.

En tanto, entre desazón, rabia, angustia, buscamos una cerrajería, desde la cual se desplazan e inician a recuperar la reja sobre el ventanal, tomar medidas y reforzar lo existente.

¿Qué hacemos?, pregunta que nos recorre a todos, es respondida con: “Veamos a ver qué nos quedó”. Verificado ello, nos encontramos con que la mayoría de los computadores PC están allí, con excepción de una pantalla de 28”. En otro lugar permanece una gran pantalla de televisor que recogía polvo, sin ser utilizada desde tiempo atrás; desempolvada es puesta en funciones. Con mínima infraestructura, alguna poco eficiente, pero llenos de convicción, limpiamos aquí y allá, acomodamos piezas de computación, disponemos espacios, y vamos conversando: “¿Qué podemos hacer para recuperar lo perdido?”.

Mientras compartimos ideas, ya un compañero ha pasado por donde varios vecinos en procura de revisar las cámaras de video. Llega sin nada concreto, pero con la promesa de “mañana cuando esté la persona que la maneja”. Otro compañero ya está redactando el comunicado de los hechos referidos. Las redes hacen la función siguiente.

Terminado el día, salimos llenos de temor, el descanso reclama a nuestros cuerpos, sobre todo a nuestras mentes, saturadas de angustia.
Al día 5, bien matinal, estamos de nuevo en funciones. Las ideas rumiadas con los sueños de pavor que nos cubrieron sin distingo alguno, nos llevan a compartir la propuesta de estructurar una campaña de “Resistencia y solidaridad”, potenciada por los muchos correos recibidos que nos animan a ello. El afecto que nos extendieron de manera virtual docenas de compañeros, cercanos o lejanos, nos recubre, nos da aliento, nos llena de energía.

Estando de acuerdo con ello, llega el turno para la redacción de un comunicado que recoja nuestra convicción y grito de auxilio.

El viento mediático lleva nuestro mensaje con prontitud a miles de miles, que a su vez reenvían a sus contactos. A vuelta de correo, tras pocas horas, comienzan a llegar apoyos económicos. Las cuantías son pequeñas, medianas y grandes, todas llenas de convicción de la vigencia de un proyecto comunicativo que desde hace más de tres décadas, de manera autogestionaria propugna por hacer real lo que ahora denominamos un Sistema Nacional de Comunicaciones Alternativo con el cual disputar la opinión pública, como insumo para referenciar el ideal de otro país no solo necesario sino posible de construir con todas las manos.

El camino recorrido encontró un obstáculo, grande, pero con las manos de cientos de compañeros lo removeremos.

A todas esas manos, nuestra gratitud, y el reconocimiento por sostenernos cuando sentíamos que estábamos como bebés a la interperie.

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Información adicional

Autor/a: Equipo desdeabajo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº326, julio 18 - agosto 18 de 2025

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