La edición en español de la Deutsche Welle (DW) puso a circular el 10 de diciembre del año 2025 el siguiente titular: “Un oso ataca a su cuidador y obliga a cancelar espectáculos en un parque chino”. Si pulimos nuestros lentes con el fin de aplicar un enfoque interespecie, otra sería la formulación del enunciado: “Un oso se resiste a su explotación sin ocasionar daño físico alguno, pero provocando la cancelación de espectáculos especistas degradantes en un ‘parque’ chino”. El desplazamiento no es un mero juego de palabras, implica una disputa por el sentido. Mientras el primer enunciado normaliza la violencia contra los animales y los presenta como amenaza incontrolable, el segundo recuerda que lo que allí ocurre no es un idilio pedagógico, científico o del mundo del entretenimiento, sino el funcionamiento cotidiano de un dispositivo de explotación con horarios fijos y boletería.
En el Safari Park de Hangzhou, provincia de Zhejiang, el episodio fue descrito como un “ataque súbito”. Un oso negro derribó a su “cuidador” frente al público, las sillas y canastas de plástico se convirtieron en armas improvisadas, varios empleados intervinieron con barras y gritos, el video circuló con rapidez en redes y el parque anunció la suspensión temporal de los espectáculos con osos. Sin embargo, el propio comunicado oficial confirmó que ni el trabajador ni el animal sufrieron lesiones graves y que ambos permanecen en observación. La administración atribuyó la reacción del oso al olor de zanahorias y manzanas que portaba el “cuidador”, como si la causa residiera exclusivamente en un extraño capricho olfativo y no en la combinación de encierro, estrés y doma violenta que signa la vida cotidiana de esos animales.
La escena cristaliza una idea muy antigua que Jacques Derrida formuló acertadamente: los poderes políticos, económicos, científicos y policiales definen a ciertos seres como irracionales, como simples máquinas reaccionales a las que se les imponen límites físicos y jurídicos. Los parques y zoológicos son unos de los lugares paradigmáticos de esa lógica. Allí el animal es producido simbólicamente como salvaje, es decir, imprevisible, peligroso y agresivo, aunque su existencia dependa casi por completo de la organización mayormente antropogénica (humana) que lo confina, lo alimenta, lo exhibe, lo entrena y lo reproduce. La etiqueta de “salvaje” opera exactamente allí donde la capacidad de respuesta creativa del animal está especialmente constreñida por barrotes, rutinas, entrenamientos conductistas y protocolos.
Al caso del oso en China se suma el reciente episodio de una leona en João Pessoa, Brasil. Gerson de Melo Machado, de 19 años, atravesó las barreras, trepó por una estructura lateral, usó un árbol como apoyo y terminó dentro del recinto de los felinos. Los videos muestran a la leona observando primero, acercándose después y atacando cuando el joven insiste en aproximarse. Gerson padecía trastornos mentales, lo sabían las trabajadoras sociales que lo acompañaban y quienes asistieron a su funeral. La narrativa mediática osciló entre el énfasis en la “imprudencia” del joven, la supuesta “ferocidad” de la leona y, en menor medida, la responsabilidad institucional del parque Arruda Câmara.
Sin embargo, una lectura más atenta permite observar algo distinto: un espacio que reúne a una leona confinada desde hace años, a una institución pública que ofrece entretenimiento barato, a un joven psiquiatrizado y a una audiencia que filma y comenta la escena. Todo ese entramado produce resultados (potencialmente) mortales, no solo la decisión individual de Gerson ni la reacción de la leona. El sistema que convierte a la leona en objeto de espectáculo es el mismo que define a Gerson como paciente, beneficiario, usuario, caso psiquiátrico. La proximidad entre el zoológico y el hospital mental, sugerida por Derrida, adquiere aquí una preponderancia que solo la ideología especista logra ocultar.
En Colombia, el caso de los chimpancés Pancho y Chita en el Bioparque Ukumarí de Pereira muestra otra cara de la misma dinámica. En agosto de 2023 ambos chimpancés escaparon de su hábitat, fueron perseguidos y finalmente “sacrificados” por decisión institucional. Meses después capturaron a un “cuidador” acusado de haber dejado los candados abiertos de forma intencional. La investigación penal por maltrato animal permanece en un limbo en el que se cruzan intereses políticos, dificultades probatorias y un tipo de indiferencia que también es violencia. Una conocida senadora animalista ha insistido en que no ha habido justicia, en que nada sustantivo ha ocurrido procesalmente. La abogada Juliana Franco sostiene que hubo imputación, pero no condena ni privación de la libertad, dado que el delito configurado no la prevé. Mientras tanto, los dos cuerpos desaparecieron y un tercer chimpancé, Yoko, fue trasladado a un santuario en Brasil.
Si miramos estos tres episodios en conjunto, el de Hangzhou, el de João Pessoa y el de Pereira, encontramos una estructura común. En cada uno, los medios hablan de ataque, fuga, imprudencia, falla de protocolos. Las autoridades prometen revisiones internas. Se discute si el “cuidador” actuó debidamente, si el joven fue irresponsable, si el trabajador del “parque” tuvo culpa o dolo. Se reparten responsabilidades individuales y se archiva la pregunta más incómoda: ¿qué son exactamente estos lugares y qué producen sobre los animales que alojan y sobre los humanos que los visitan?
El zoológico, el bioparque, el safari y el circo con animales no son simples escenarios para el entretenimiento, ni meros instrumentos de conservación. Son dispositivos modernos y coloniales que combinan discursos científicos (biológicos, veterinarios, zootécnicos, etc.), imaginarios culturales muy precisos sobre lo salvaje y lo civilizado e infraestructuras físicas como jaulas, fosos, jaulas abiertas, recintos de contacto. Allí no se confinan animales salvajes preexistentes, se los fabrica como salvajes en un proceso continuo de doma y cosificación espectacularizada. La leona de João Pessoa, el oso de Hangzhou, los chimpancés de Pereira, son productos performativos de esa compleja máquina.
Estos dispositivos, además, no flotan en el vacío. Forman parte de una megamáquina especista antropocéntrica. Un orden que distribuye la vida según una escala de racionalidad y utilidad para el humano. Unos animales son convertidos en domésticos, de compañía, de consumo, de laboratorio; otros son definidos como salvajes y confinados en zoológicos, bioparques, reservas. En cada caso se asignan funciones precisas, valor económico, protocolos de manejo y se generan formas de sensibilidad social. Que un perro muerda a su tutor se considera un escándalo, que millones de vacas y cerdos mueran cada día en mataderos industriales apenas genera titulares esporádicos. Que un gorila, un león o un oso respondan de forma defensiva en un zoológico dispara alarmas, comunicados y debates urgentes sobre seguridad.
El lenguaje de los medios y de las instituciones refuerza esta jerarquía. Se habla de ataque animal, de eutanasia necesaria, de sacrificio inevitable, de “aplicación de protocolos”. Muy pocas veces se nombra lo que efectivamente sucede, que es el sometimiento o la eliminación de individuos con ricas vidas psíquicas y sensibilidad en nombre de la seguridad humana, del funcionamiento económico del parque y de la preservación de una imagen pública de control. Tampoco se advierte que, en contextos como el chino, la ausencia de una legislación nacional robusta en asuntos interespecie facilita que los animales se mantengan como recursos para el entretenimiento, mientras en otros países se avanza en prohibiciones parciales como la del uso de animales silvestres en circos.
La fecha de la nota de DW agrava la paradoja. El 10 de diciembre se conmemora el Día Internacional de los Derechos de los Animales, efeméride que busca precisamente cuestionar el estatus jurídico de los animales no humanos como cosas, bienes o propiedades en los diversos códigos civiles del planeta. Mientras en Pereira se discutía la posibilidad de reconocer derechos a un chimpancé llamado Yoko, el derecho privado sigue clasificando a los animales al lado de los muebles y los inmuebles. Mientras se organizan eventos para “sensibilizar” sobre el “bienestar animal”, se sigue hablando de ataques de osos y fieras a sus “cuidadores”, como si bastara con mejorar protocolos o reforzar barandas.
El enfoque interespecie nos invita a formular otras preguntas. No únicamente quién tuvo la culpa, si el joven brasileño, el “cuidador” chino o el trabajador del bioparque. Más bien qué relaciones de poder y qué tecnologías políticas hacen posible que un oso, una leona o dos chimpancés vivan durante años bajo vigilancia permanente, expuestos a miradas humanas, a gritos infantiles, a cámaras de celulares, a horarios de espectáculo y a dietas calculadas. ¿Qué idea de humanidad se fortalece cada vez que un grupo de escolares recorre un zoológico, identifica especies exóticas y aprende que su misión es “conservar” la biodiversidad al tiempo que la contempla tras el cristal?
La respuesta apunta a una pedagogía silenciosa, a un currículum oculto. El zoológico y sus variantes enseñan que hay cuerpos disponibles para la mirada, para la clasificación, para el control. Enseñan que lo salvaje, lo irracional, lo violento y lo peligroso pueden ser ordenados en recintos bien numerados, bajo la tutela de guías, biólogos, zootecnistas y veterinarios. Enseñan, finalmente, que los humanos estamos del lado de la racionalidad que responde y no del lado de las reacciones instintivas. Esa supuesta frontera justifica que un disparo “humanitario” apague la vida de un gorila (caso del Zoológico de Cincinnati de 2016) o de dos leones (caso del Zoológico Nacional de Chile de 2016), que un anestésico detenga la actividad vital de un oso, que la impunidad rodee el “sacrificio” de Pancho y Chita.
Pero quizá el punto más urgente no es solo denunciar, una vez más, la violencia de estos dispositivos, sino reconocer las resistencias que los atraviesan. La reacción del oso en Hangzhou, la fuga de Pancho y Chita, los episodios de “indisciplina” animal que los informes técnicos describen con frialdad, son formas de desobediencia interespecie. No romanticemos esa resistencia, pues muchas veces termina en muerte. Sin embargo, ignorarla equivale a aceptar la narrativa según la cual los animales son simples máquinas reaccionales incapaces de responder a las condiciones que se les imponen.
En paralelo, se multiplican las resistencias humanas que cuestionan el orden especista en frentes jurídicos, académicos y en la cotidianidad de la vida social. Las campañas globales por la abolición de zoológicos y circos con animales, las luchas por el cierre de granjas industriales y la transición hacia modelos agroecológicos son parte de una misma constelación. No se trata solamente de mejorar el bienestar dentro de las jaulas y los corrales, sino de erosionar la máquina que convierte a ciertas existencias en objetos, recursos y mercancías disponibles. Tal vez la fuerza de estas luchas radique precisamente en su carácter menor y en su capacidad de desbordar la ortodoxia que separa lo social de lo ambiental y lo humano de lo animal. Allí donde se superponen la memoria de Pancho y Chita, la imagen del oso chino que se resiste sin matar, la muerte de Gerson y la mirada fija de la leona que lo observa antes de atacar, se abre la posibilidad de pensar de otro modo nuestra propia condición.
En lugar de seguir realizando espectáculos que producen animales salvajes para entretener a un público supuestamente civilizado, podríamos escuchar lo que esas vidas cautivas nos están diciendo acerca de la fragilidad de nuestras categorías, en torno a la urgencia de redefinir la vida en común más allá de la frontera que separa, semiótico-materialmente, a humanos y no humanos. China, Brasil, Colombia, Chile, Estados Unidos: el especismo y sus dispositivos constituyen un orden de poder literalmente global que precisa no solo resistencias inter, multi y transespecie, sino de escala mundial.
No son osos, gorilas, chimpancés o leones los focos de violencia salvaje; es el especismo el que, de manera premeditada y altamente racional, ha vuelto a atacar.
*Doctor en filosofía y docente universitario.



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