No se vive de solo matemáticas

En estas vacaciones me comentaron que en mi último texto sobre Fausto* , en donde se resumían algunas de las interpretaciones que este mito generó a lo largo de los siglos, no mencionaba otro ejemplo que yo desconocía por completo, a saber, una representación que en 1932 se dio del Fausto de Goethe en el Instituto de física teórica de Copenhague. En particular, en el marco de las conmemoraciones para el centenario de la muerte de Goethe, algunos de los científicos más talentosos de la época, es decir, Niels Bohr, Paul Dirac, Paul Ehrenfest, Lise Meitner, Werner Heisenberg, Wolfgang Pauli y Max Delbrück homenajean al gran personaje alemán revisitando su obra más famosa adaptándola al escenario de los recientes descubrimientos revolucionarios que se estaban dando en el panorama de la física de inicio del siglo pasado. Sin profundizar en estos detalles, un bosquejo de los cambios que se dieron en el mundo científico en este periodo y una descripción de dicha representación teatral se puede encontrar en el libro L’incredibile cena dei fisici quantistici (publicado por Salani Editore en 2016 y, hasta donde sé, nunca traducido al español) escrito por Gabriella Greison, quien es una famosa científica y dramaturga italiana, que, entre otras cosas, mezcla sus competencias para contribuir a la divulgación científica con unos resultados notables. En este libro podrán encontrar toda la información que necesiten, bien aderezada con un mar de anécdotas sabrosísimas.

En mi caso, más que revisar los pormenores y la calidad del Fausto que estos físicos armaron hace casi 100 años, me interesa enfocarme en el acontecimiento que dio lugar a esta obra teatral, o sea, la conmemoración de la muerte de Goethe. Al respecto, no es un caso que se haya decidido encomiar a este personaje por medio de una representación que mezclase las ciencias duras con las humanidades, pues toda la trayectoria intelectual de Goethe se distinguió por el eclecticismo de sus intereses y de sus aportes. 

De hecho, por un lado Goethe es recordado por obras literarias como el ya mencionado Faust, o Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister –considerada como una de las mejores novelas de formación escritas a lo largo de la historia–, Las penas del joven Werther –que se transformó en el libro de referencia de los primeros románticos alemanes y tuvo tanto éxito que causó el lamentable fenómeno que se nombró Fiebre de Werther– y las Elegías romanas. Por el otro lado también hemos conservado sus aportes a la Mineralogía, y su famosa Teoría de los colores, en donde, en un libro homónimo (Zur Farbenlehre), entraba en polémica con las teorías ópticas postuladas por Newton tratando de brindar una concepción más holística del fenómeno de la percepción de los colores, que trataba ir más allá del reduccionismo científico de Newton. Aunque este último libro no haya tenido una buena recepción entre los físicos de la época y tampoco haya sido rescatado por la comunidad científica posterior, hay bastante consenso en reconocer que las reflexiones goethianas contienen unas intuiciones validas como, por ejemplo, la distinción entre el espectro óptico y la percepción humana de la luz. Inclusive, hay expertos que consideran dicho libro como un antecedente muy importante e inspirador de la ciencia holística. Más llamativas aún fueron las contribuciones que Goethe hizo a la Morfología, que él expuso principalmente en su La metamorfosis de las plantas, pues, al contrario de sus conclusiones sobre la óptica, fueron bien recibidas por los científicos contemporáneos, llegando a influenciar a muchos de ellos también desde el punto de visa metodológico de análisis. 

Al respecto, un ejemplo muy llamativo lo tenemos con uno de los científicos más reconocidos del siglo XIX, que se volvió famoso gracias a su fascinante viaje a lo largo del Sur América (1799-1804): Alexander von Humboldt. Al regreso de dicha empresa, Humboldt se dedicó a sistematizar las notas que había tomado en esos años, las cuales dieron materiales para múltiples textos, la mayoría de los cuales replantearon por completo muchos de los conocimientos científicos que se tenían a la fecha. El primero de sus libros que publicó a su regreso, Ensayo sobre la geografía de las plantas (Ideen zur einer Geographie der Pflanzen), venía justamente con una dedica a Goethe que acompañaba una imagen peculiar: 

En esta críptica imagen, gracias al trabajo que Pierre Hadot expone en su El velo de Isis, podemos reconocer a Apolo que desvela una estatua de Isis, que viene a representar la naturaleza. A los pies de las dos figuras se encuentra un ejemplar del libro de Goethe La metamorfosis de las plantas. Aunque para el lector moderno esta imagen sea prácticamente indescifrable, hemos conservado una carta del mismo Goethe que ayuda a comprenderla: “A. von Humboldt me envió la traducción de su Ensayo sobre la geografía de las plantas con una ilustración halagüeña que da a entender que también la Poesía podría levantar el velo de la naturaleza”. 

Ahora bien, esta correlación entre poesía y ciencia que Goethe practicaba casi a diario, y que von Humboldt reconoce como fundamental, se ha ido disolviendo en los últimos siglos. Es más, el mismo Goethe es reconocido como el último genio universal que junto con Platón, Pascal y muchos otros de sus antecesores, pudo desenvolverse entre las letras y la ciencia de forma sumamente competente. 

Esto se debe al hecho de que Goethe alcanza a vivir en el último periodo en donde aún no se había fijado una distinción tan neta entre estas dos áreas, o si se quiere, entre estas dos maneras de entender y relacionarse con el mundo. Trayendo a colación un coterráneo mío, Galileo Galilei –quien afirmaba que el libro de la naturaleza estaba escrito en caracteres matemáticos y, por esto, los científicos, y no los teólogos, tenían las competencias de leerlo– exponía sus teorías físicas revolucionarias por medio de obras literarias de marcado estilo poético, así como lo fue el Dialogo sopra i due massimi sistema del mondo (Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo) del 1632, cuyo estilo literario es tan fino que nos legitima a considerar a Galilei como uno de los grandes literatos de su época. Esta separación entre letras y ciencia inició a plantearse en el marco de la Ilustración y se fue consolidando hasta nuestros días, a causa de la progresiva especialización que se necesita para poder dominar mínimamente cualquier campo del conocimiento debido a la cantidad enorme de información que se debe adquirir para tener una comprensión mínima de algún problema. Empero, esta distinción no se ha mantenido ajena de juicios de valor, sino que se ha desarrollado alrededor de las categorías de progreso y utilidad, tal como lo imponía la mentalidad de ese tiempo, que aún persiste en la contemporaneidad. Así las cosas, las ciencias que empujaban al progreso científico y, por ende, ayudaban a implementar el bienestar económico de las sociedades (o al menos de algunos sectores sociales de ellas) iniciaron a considerarse como útiles e indispensables; mientras que las letras y las artes, que solo servían para cultivar las almas sin que se pudiese identificar el retorno económico inmediato, iniciaron a percibirse como inútiles y, entonces, se iniciaron a considerar como algo fútil y sacrificable en el tabique del progreso indefinido e ilimitado, sobre todo entendido en su naturaleza económica. 

De allí que mientras que Goethe consideraba la poesía y la ciencia como complementarias, los físicos de Copenhague que representan su Fausto hace 100 años, adaptando sus teorías a la historia del mago alemán, no lo hacen porque consideran útil mezclar física teórica y teatro para entender mejor los problemas que les quitan el sueño, sino que lo hacen principalmente con fines goliardescos y de diversión. Sin querer estigmatizar este comportamiento a priori, hay que rescatar que estamos frente a un cambio radical de perspectiva epistemológica, en donde la poesía no tiene nada más que aportarle al quehacer científico, más allá del elemento lúdico o divulgativo. Esta toma de posición ha tenido varias consecuencias en la formación de los científicos contemporáneos entre las cuales se puede detectar un progresivo desinterés hacia el uso preciso del lenguaje natural del que está conformada la poesía y que usamos a diario para relacionarse con los demás, a favor de una atención espasmódica para un lenguaje técnico, que supuestamente debería estar despojado de cualquier elemento de ambigüedad que podría comprometer la seriedad de los resultados prácticos que se quieren demostrar y defender.

Dicho de otra forma, se ha tratado de expulsar del razonamiento científico al elemento humano, que por su misma naturaleza es imperfecto y ambiguo y entonces no es coherente con los razonamientos rigurosos que la ciencia impone a sus miembros. En pocas palabras, todo esto se puede entender como una grandiosa y terrible tentativa de deshumanizar la ciencia y sus métodos teóricos y prácticos. Por supuesto, si se quita lo humano de la ecuación, de inmediato se renuncia a todo lo relacionado con la esfera de las emociones y, en particular, a la compasión, y esto nos vuelve fáciles victimas para los relatos utilitarios que buscan el bienestar de algunos en desmedro del sufrimiento de los demás. En el largo plazo, todo esto puede desembocar en la atrofia de nuestra naturaleza humana y de su capacidad más poderosa, sin la cual el pensamiento científico no habría podido ni nacer: la imaginación. 

En fin, más allá de repetir el gastado discurso sobre la necesidad de revaluar la importancia de la poesía para el bienestar de las personas y de las sociedades, que nunca sobra reafirmar con decisión; recordando a la obra de Goethe quise también destacar otro matiz del asunto. En específico, volver a considerar la poesía como complementaria a la ciencia es fundamental también para impedir que todo el quehacer científico implosione sobre si mismo por la falta de recursos que implica renunciar a su dimensión poética, pues al fin y al cabo no se vive solo de matemáticas. 

* “Un Fausto para el año que vendrá”, periódico desdeabajo Nº330, diciembre 2025.

Información adicional

Autor/a: Fabio Bartoli
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº331, 19 de enero - 19 de febrero de 2026

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