Al centro de lo que hemos considerado la crisis de la gramática del poder de la modernidad occidental, y en el marco de este periodo de transición civilizatoria por el que estamos atravesando, se encuentra la crisis de su principal institución: el Estado moderno.
En ese escenario se comprende el actual protagonismo y sobresaltos suscitados en primera instancia por Donald Trump, en segunda de los gobiernos europeos: Emanuel Macron (Francia), Keir Starmer (Inglaterra), Friedrich Merz (Alemania), Georgia Meloni (Italia) y, como colofón las réplicas caricaturescas en algunos países de nuestra América Latina, encarnadas, en Javier Milei (Argentina), Daniel Noboa (Ecuador) y el recién elegido Nasry Asfura (Honduras).
Cabe reseñar que, históricamente, no les resultó fácil a los revolucionarios fundacionales, norteamericanos (1776): Thomas Jefferson, John Adams, George Washington, James Madison; y a los franceses (1789): Maximiliano Robespierre, George Danton, Jean Paul Marat, Emanuel Sieyès, entre otros, constituir o dar forma a un Estado que reemplazara al premoderno monárquico. En los hechos, a los franceses les resultó más fácil pasar por la guillotina a Luis XVI y a Josefina, como a los norteamericanos independizarse de la Inglaterra de Jorge III. Asunto que resultó mucho más complicado para los revolucionarios latinoamericanos (1810): Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo, entre otros, al independizarse de la monarquía española.
El vacío de poder que emergió entonces, por ser un vacío del Estado, sorprendía a unos y otros. La situación suscitó las primeras discusiones políticas y administrativas, en medio de las cuales se hilvanaban las creencias, valores, expectativas, intereses y estrategias de las coaliciones y formas partidistas que serían protagonistas en el manejo de la cosa pública y respectivos menesteres políticos. Arena política característica de los sucesivos procesos revolucionarios modernos liberales burgueses y/o socialistas reales.
La situación llevó por ejemplo a que en Norteamérica le propusieran a Washington ser monarca, lo que no aceptó y que –lo que dice mucho del papel de una personalidad de este talante revolucionario en la historia–, dio origen a la figura política presidencial y respectivos regímenes presidencialistas; con lo cual, luego de un tiempo, el Presidente como poder ejecutivo es producto de un proceso electoral. Vía que institucionaliza desde entonces la forma misma que reviste el Estado moderno: la República, sustentada y/o legitimada en la denominada Carta Magna o Constitucional. Figura presidencial que, sin embargo, heredaba mucho de los poderes monárquicos –los cuales pretende reencarnar en la actualidad Trump.
Así mismo y por entonces, Europa se trenzaba en las luchas entre monarquistas y republicanos que irían hasta mediados del siglo XIX, que se clausuran con la conformación de repúblicas liberales de corte o régimen parlamentarista que, en su mayoría, mantienen vigente la figura monárquica –como símbolo de la unidad nacional–, junto a la presidencial y del Primer Ministro que ofician como ejecutivos encargados de la administración gubernamental de las, ahora, repúblicas monárquicas. Hecho que posteriormente daría pie a la denominación económica y social del llamado “capitalismo social”, a diferencia del capitalismo “salvaje” norteamericano. Esto porque, si bien el monarca no tiene voto, sí voz en las discusiones legislativas presupuestales, además, de la palabra en el oído de los primeros ministros, lo que le permiten abogar por el bienestar de sus súbditos –y en consecuencia de los ciudadanos de la República–, pues de lo contrario corre el riesgo de perder, sino la cabeza, al menos la corona y respectivos privilegios.
No sobra señalar que en EE.UU. el asunto de la identidad nacional –un factor característico de los Estados nacionales modernos–, que implica la existencia de un imaginario que obra como símbolo de identidad y pertenencia común de sus convivientes o ciudadanos, no fue resuelto por su guerra civil (1861-1865). Su imaginario de nación termina posterioremente representado en la figura caricaturesca del tío Sam. Un símbolo que encarna, de una parte, el poder de quien posee el signo dólar (USD) y, de otra, lo que ese mismo signo representa, es decir, el poder y razón de ser de los estadounidenses, al tiempo que pesadilla del “sueño americano” de los migrantes. Unos y otros identificados como advenedizos. De hecho, desde entonces, los sobresaltos que tenga el tío Sam y su signo el dólar se van a corresponder con los de su identidad y seguridad nacional, tal como lo interpreta en la actualidad Trump; quien intenta impedir la forma como se va diluyendo.
Mientras tanto, en nuestra Latinoamérica, el asunto de ese vacío de poder y constitución de uno nuevo, no pudo ser menos crucial. El mismo Simón Bolívar, la figura más representativa de esa empresa libertadora triunfante, al borde de su muerte en 1830, señalaba que “había arado en el mar”. Su sueño de la unidad e identidad de estos países, de la conformación de repúblicas liberales y democráticas, y de la liberación de los esclavos entre otros, se traducía, en realidad, en luchas fratricidas que dieron origen a un “bonapartismo tropical” y con él a la instauración de regímenes patrimonialistas e identidades “nacionales” espurias. Una figura política de corte autoritario, origen hacendatario, militar y comercial, y creencias y valores religiosos católicos; que desde entonces predominará en el ejercicio ejecutivo del poder en estos países, al amparo de unas constituciones, elecciones y poderes legislativos y judiciales birlados a su acomodo. Es así como configuran unas “republiquetas” hacendatarias (caricaturas de la República moderna), al amparo y en convivencia con los poderes de los enclaves agrícolas y mineros transnacionales en ellas asentados. Regímenes y ejecutivos dictatoriales sinigual, dominantes en el siglo XIX, proyectados en el XX y con ínfulas aun en el XXI.
Históricamente son las más significativas, las encarnadas en personajes como José Gaspar Rodríguez de Francia (Paraguay, 1814–1840), Juan Manuel de Rosas (Argentina, 1829-1852), Antonio López de Santa Anna (México, 1833-1855), Gabriel García Moreno (Ecuador, 1861-1875), Cipriano Castro (Venezuela, 1899-1908), Porfirio Díaz (México, 1876-1911), Juan Vicente Gómez (Venezuela 1908-1935), Gerardo Machado (Cuba, 1925-1933), Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana,1930-1961), Maximiliano Hernández Martínez (San Salvador, 1931-1944), Anastasio Somoza García, (Nicaragua,1937-1956) Fulgencio Batista (Cuba, 1940-1959), Marcos Pérez Jiménez (Venezuela, 1952-1958) François “Papa Doc” Duvalier (Haití,1957-1971) y Alfredo Stroessner (Paraguay, 1954-1989). Realidad que en los años setenta del siglo XX, renace remozado como dictadura militar propiamente dicha. En Brasil con Humberto de Alencar Castelo Branco (1964-1985); en Uruguay, Juan María Bordaberry (1972-1985), en Chile, Augusto Pinochet (1973-1990) y en Argentina, Jorge Rafael Videla (1976-1983), para servir de punta de lanza en la implementación en el continente del modelo neoliberal. Modelo que, emergido en el marco de la crisis de acumulación del capitalismo de los años setenta, cuestionaba al modelo keynesiano que, en la posguerra, le había dado protagonismo al aparato político-administrativo del Estado para reactivar las economías y respectivos mercados nacionales que llevaron a la denominada “edad de oro” del capitalismo (1945-1970).
El modelo socioeconómico en mención, trae aparejado para su ejecución política el denominado Estado neoliberal, aparato de carácter corporativo, es decir, donde el poder político es (o debe ser) el mismo poder económico que yace en la actualidad en las grandes empresas socioeconómicas transnacionalizadas. Poder encarnado en la actualidad en empresarios y grandes capitalistas como: Elon Musk (Tesla), Bill Gates (Microsoft), Mark Zuckerberg y Lukas Walton (Walmart, Inc. Tiendas), Jensen Huang (Nvidia, semiconductores), Thomas Peterffy (Interactive Brokers Group, comercio electrónico), Mark Zuckerberg (Facebook), Jeff Bezos (Amazon), entre otros.
Poder de un Estado corporativo, cuyo objetivo no es el de representar los intereses generales de nación alguna y el de procurar, a través del Estado, el bienestar de sus gobernados sino, por el contrario, menguarlos y, de ser posible, eliminarlos. En consecuencia, es su pretensión, a través de los partidos de derecha y de corte fascista renacidos, dar al traste con los principios fundacionales de la democracia liberal y burguesa de los siglos XVIII-XIX, para lo cual ningunea al Estado liberal y, en consecuencia, su gramática del poder y respectivas constituciones e instituciones nacionales e internacionales. Ejercicio de poder en el cual, de nuevo, tienen de nuevo patente de corso el pillaje, la piratería y la invasión conquistadora a sangre y fuego. Ilustrado en las acciones emprendidas por su vocero oficial, el “presidente” norteamericano Donald Trump.
Una realidad enmarcada en el periodo de transición civilizatoria que acusa en la actualidad la humanidad, como en la crisis de la hegemonía norteamericana y su identidad de la mano del mismo modelo neoliberal y, en consecuencia, de su Estado, da cuenta del peligroso protagonismo que representan las acciones y medidas asumidas por Trump, como por sus émulos caricaturescos de nuestra Latinoamérica: Javier Milei y Daniel Noboa, entre otros habidos, y por haber.
Enero 24, 2026



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