Prognosis

«Prognosis» es la palabra que estima las huellas del futuro en el cuerpo del presente. Las elecciones legislativas del 8 de marzo son, en esencia, las primeras huellas del futuro ciclo de elecciones nacionales en el 2030, que son recogidas en este texto como advertencia de los primeros aires de la evolución de los actores políticos en el mediano y largo plazo.

En Colombia, si bien las elecciones legislativas determinan el principal campo de juego político en el país, estas son cada vez más reconocidas por su función de ser una “primaria-a-la-gringa”: como antesala a la elección presidencial, son los espacios en los que verdaderamente se miden los pre-candidatos (tanto aquellos que se consolidan mediante consultas internas como aquellos candidatos naturales) y a partir de los cuales nace un señalamiento de las alianzas, compromisos y coaliciones. En la práctica, las elecciones legislativas no solo representan un entramado de estrategias y fuerzas regionales que se proyectan sobre el escenario político nacional, sino que personifican, decantan y perfilan la primera vuelta presidencial. La mediatización de ese escenario ha hecho olvidar lo verdaderamente sustancial de las legislativas; sorprendentemente, incluso las comunidades políticas se han desplazado de esa comprensión, pasando del análisis de mediano y largo plazo al efímero grito de triunfalismo/derrotismo según sea la oportuna/desafortunada aritmética.

Bajo esa mirada, ¿qué elementos son innegables en el campo político para el nuevo gobierno? ¿cuál es el campo de juego sobre el que deberá desempeñarse la nueva presidencia? y (aún más importante) ¿cómo influirá esta composición, en su forma de acercarse a las problemáticas y temáticas de un país que no termina de cambiar, en el futuro ciclo electoral? Por ahora, la prognosis nos señala cuatro líneas de renovación para ese ciclo, cada una a partir de los escenarios resultantes de las elecciones del 8 de marzo. Así, estas líneas de renovación responden a un tipo de comportamiento propio de los partidos, como colectividades más o menos definidas en una misma imagen, en la medida que éstos configuran y se perfilan ante un proyecto de carácter nacional; la prognosis no es, por tanto, un ejercicio vasto del análisis de todos los actores, sino la simple previsión de escenarios que ya comienzan a materializarse. 

A saber, las cuatro líneas de renovación de los partidos se establecen de la siguiente manera: i) La consolidación de Salvación Nacional como el partido de derecha a partir del debilitamiento del Centro Democrático; ii) La irrupción de una colectividad en la centro-derecha, a partir de la configuración de una alianza estratégica entre el partido Conservador y el Partido de la U; iii) La fragmentación del centro político, debido a la escisión interna del Partido Verde, la irrupción de colectividades minoritarias y las alianzas regionales con el Partido Liberal; iv) El desplazamiento de los sectores de izquierda del Pacto Histórico en reemplazo de la asimilación de las estructuras regionales captadas de otros partidos. Estas líneas de renovación, como se puede advertir, están sucediendo desde este momento, pero es mediante las consecuencias de las mismas que comienza a configurarse el escenario electoral del 2030, incluso por encima del desempeño en la gestión que pueda tener la siguiente presidencia, porque estas líneas de renovación no son solo respuestas al escenario post-Petro, sino que representan la germinación de tendencias que fueron sembradas desde hace varios ciclos electorales. Así pues, me encargaré de desmenuzar cada línea de renovación para señalar su lugar en el dibujo de la prognosis. 

Salvación Nacional y la nueva derecha

Desde el 2014, el Centro Democrático ha agrupado a las principales fuerzas de derecha del país. Alrededor de la figura de Uribe, el Centro Democrático ha sobrevivido al mismo proyecto del uribismo: desde su emergencia en 2014 con una fuerza de 39 congresistas y su cénit en 2018 con 52 congresistas, a partir de 2022 ha reducido su margen de capacidad de maniobra, entre otras cosas por la ruptura interna tras la presidencia de Iván Duque. Es por ello que hoy, tanto la bancada elegida como la candidata Paloma Valencia, han comprendido su labor en desenmarcarse del uribismo, incluso si ello, en la práctica, no implicase cambiar ninguna posición o política (como en efecto ocurrió tras la inclusión de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial): aunque pareciera que hay una renovación interna en las victorias electorales de algunas ciudades (particularmente del eje de ciudades intermedias como Ibagué, Bucaramanga o Villavicencio), también hay una evolución de la votación en los principales nodos electorales de Medellín y Bogotá, debido a la inclusión de nuevos políticos, generacionalmente distintos a Uribe, dentro de sus listas. 

Esa renovación interna la lideran políticos como Daniel Briceño, Andrés Forero o Claudia Zuleta, los cuales, en líneas generales, comparten un mismo espectro político, pero responden a la evolución de la competencia electoral dentro del partido. Estos tres políticos han logrado capitalizar la emergencia del perfil outsider dentro del partido, mientras representan un consolidado sector metropolitano, percibido a sí mismo como oposición de las demás elites urbanas conservadoras. Ello no quiere decir que estos nuevos políticos sean menos “barra brava” que los políticos viejos; si acaso, como lo ha dicho Briceño, son una nueva generación que ven en Uribe una figura debilitada por los años y “blanda” ante los nuevos contrincantes políticos. En efecto, Briceño, que comenzó su carrera en el Concejo de Bogotá, se ha perfilado como el principal outsider a partir del ejercicio de veeduría ciudadana, convirtiéndose en un punto de enlace hacia otro tipo de mercado electoral, mucho más volátil y reactivo. 

En concreto, ese mercado electoral, volátil y reactivo, ha sido el principal feudo de Salvación Nacional para superar la cifra repartidora. Salvación Nacional, aunque liderado por Enrique Gómez Martínez, aglomera varias expresiones dispares de la derecha y la derecha radical, sobre todo de aquellos sectores que, ante la aparente “blandes” del Centro Democrático, han virado hacia nuevos campos. La participación de otros políticos “post-uribistas” como Carlos Felipe Mejía o Wilson Ruiz, la inclusión de sectores reaccionarios por medio de Germán Rodríguez Prieto, la implicación de los movimientos evangélicos (como en el caso del apoyo de esos sectores a Bolsonaro en Brasil) en las figuras del G12 y Sara Castellanos, y el asesoramiento de algunos círculos tecnócratas y libertarianos representados en Juan Carlos Echeverry o Daniel Raisbeck muestra la incoordinación ideológica dentro del partido y, ante todo, la volatilidad de un mercado electoral marcado por la reactividad de la oposición. A pesar de ello, Salvación Nacional, y su candidato Abelardo de la Espriella, son conscientes que compiten por el mismo mercado electoral del Centro Democrático, al cual están llegando de forma más eficiente al capitalizar los mismos fenómenos mediáticos y populistas que se han visto en países como Argentina, Chile y Estados Unidos: en esos países, la derecha institucional, heredera de una larga tradición de cuadros formados, es rebasada por una derecha alternativa, mucho menos centrada pero vitalizada por un discurso de renovación interna de la derecha. 

Como en el caso de la Argentina, la “casta” a la que apunta Salvación Nacional no es un actor en concreto, pero sí es el vehículo que le permitirá consolidarse como el predomínate actor de derecha, en la medida que el Centro Democrático no sepa (o no pueda) capitalizar los mismos instrumentos mediáticos y descoordinados de esa agrupación; en realidad, como se puede aducir de la afiliación de José Félix Lafaurie (e indirectamente la participación de María Fernanda Cabal tras su enfrentamiento con el Centro Democrático) a esta agrupación, Salvación Nacional dejará de ser una colectividad fringe dentro del espectro, y empezará a atraer a perfiles políticos tradicionales que fagociten a la votación tradicional de la derecha. No sería de extrañar, bajo esta línea de renovación, que el éxito alcanzado por Daniel Briceño le lleve a perseguir un rol más relevante en espacios como Salvación Nacional, renunciando al Centro Democrático, pues su proyección en el mercado electoral está desenmarcada del proyecto uribista aun cuando siga siendo seguidor de Uribe. Así, el debilitamiento del Centro Democrático se deberá a una predominancia cada vez mayor de Salvación Nacional, incluso en caso de que Paloma Valencia sea presidenta, pues (en caso de un gobierno semejante al de Iván Duque) desplazará a cada vez más votantes hacia el “post-uribismo”. 

El partido pro-gobierno

Aunque el escenario presidencial aun sea difuso, lo cierto es que a la fecha se conoce que tanto el Partido de la U como el partido Conservador ya son partidos de gobierno. Incluso en el gobierno Petro ambas colectividades han sido actores independientes (con muchas posiciones encontradas y, en algunas votaciones, directamente en oposición) y participado de forma constante en la composición burocrática del gobierno. Su participación estratégica les ha hecho convertirse en actores indispensables ante cualquier coalición pues, en conjunto, mantienen una estructura regional clave en los departamentos de Cesar, Córdoba, Bolívar y Tolima. Por la misma razón, si bien ambos partidos cuentan con la participación de políticos cuestionados (Nadia Blel, Wadith Manzur, José Alfredo Gnecco), su alcance y fuerza legislativa es requerida para cualquier proyecto de gobierno, logrando que sea común la negociación y mediación entre fuerzas opositoras. Sin embargo, este mismo comportamiento ha permeado el mercado electoral sobre el que se sostienen ambas estructuras: en las elecciones del 8 de marzo, el Partido de la U no superó los 20 congresistas, y el partido Conservador podría perder hasta 9 curules de la composición anterior. En el mismo sentido, las estructuras que componen a esos partidos (Lleras, Toro, Aguilar, Barguil, Name) encuentran en el actual mercado electoral una proyección reducida de su margen de maniobra en el siguiente gobierno: aunque continúen siendo actores relevantes para la concertación política, la reducción de su capacidad de agencia tiene la consecuencia de la reducción en su carácter indispensable.

Por lo tanto, la línea de renovación se encuentra en el fortalecimiento de la capacidad de incidencia por medio de la agrupación estratégica. Por el momento, la fuerza regional de estas colectividades señala una articulación en torno al eje geográfico que construyen las ciudades del Caribe, pero compite su capacidad de acción en otras ciudades intermedias (como Bucaramanga, Cúcuta y Pereira). Hasta cierto grado, la consolidación de estructuras menores, en ciudades más pequeñas, puede traducirse en una forma de incidencia regional particularmente frente a la articulación de los proyectos de infraestructura ante la integración de matriz logística como la ha propuesto el gobierno Petro; igualmente, su incidencia por medio de la participación en proyectos de ordenamiento local y productivo serán, esencialmente, los puntos sobre los que se configure la agrupación estratégica entre ambos partidos. En todo caso, la línea de renovación señala la configuración de una alianza que imbricará dos tipos de estructuras regionales, con una proyección nacional relevante para el gobierno sucesor. Con ello en mente, la prognosis señala que, así como sucedió con el partido Cambio Radical, la articulación estratégica entre el Partido Conservador y el Partido de la U dará como resultado la irrupción de una colectividad “sombrilla” entre diferentes tendencias ideológicas y regionales. En el sentido de pervivir una capacidad de maniobra relevante, la alianza entre estos sectores implica un reconocimiento de su proyección nacional, materializándose en el tipo de incidencia local que les hace indispensable. Por ello, a diferencia de los sectores de derecha, la inclusión de nuevos políticos o la apropiación de otros fenómenos del mercado electoral no será tan significativa en el escenario a largo plazo, pues sobrevivirá en su consolidación regional, disputada en la medida que sean exitosos las líneas de renovación que se verán en el caso del Pacto Histórico. 

La desaparición del centro

Entre las votaciones más reducidas de las elecciones del 8 de marzo se encuentran la del Partido Verde. Si bien el partido sigue siendo relevante en las ciudades principales y en las regiones en las que ha consolidado una estructura burocrática-electoral significativa (Boyacá, Eje Cafetero), ha perdido terreno en geografías estratégicas (Cundinamarca, Valle, Antioquia, Santander) al ser disputadas por otras agrupaciones. Ello se debe tanto a la divergencia ideológica interna (la cual hace que en un mismo partido participen Jonathan Pulido, Andrea Padilla, John Amaya, Ariel Ávila, Angélica Lozano y Camilo Romero, por enunciar algunos nombres oxímoros) como al posicionamiento frente al Partido Liberal en el escenario regional y otras colectividades menores. Al mismo tiempo, en las ciudades principales, su mercado electoral es competido cada vez más por el Pacto Histórico y el Centro Democrático, aislándolos de una base electoral clase mediera y profesional. 

En paralelo, la supervivencia de la coalición entre Mira, Nuevo Liberalismo y Dignidad y Compromiso ha impuesto una competencia sobre el mercado electoral de las grandes y medianas ciudades para el Partido Verde. Aunque pueda entenderse que, al igual que Salvación Nacional y Centro Democrático, esta coalición fagocite los votos del Partido Verde, en realidad la relación es distinta, debido a que en la práctica su posicionamiento programático es semejante (a pesar que, por ejemplo, Mira sea una colectividad ideológicamente enfrentada a algunos sectores de la misma coalición). En realidad, el perfilamiento de ciertos sectores del Partido Verde como aliados estratégicos del gobierno Petro ha marcado la diferencia en la integración de aquellas colectividades minoritarias, fragmentando aún más al interior del partido. 

Internamente, el Partido Verde no ha logrado recuperarse ante la solicitud de escisión hecha por Angélica Lozano, pues, en el fondo, ninguno de los actores que componen la agrupación se verían beneficiados de ello. Sin embargo, la presión que generan otros liderazgos internos, así como la emergencia de figuras como Jennifer Pedraza, limita el margen de maniobra dentro del Partido Verde, mucho más si ciertos políticos del partido, provenientes del liderazgo regional (principalmente Carlos Amaya y Camilo Romero) participan de forma activa en la campaña de Iván Cepeda, rompiendo finalmente con aquel sector que respaldará a Sergio Fajardo**. En ese escenario, la línea de renovación interna del partido atraviesa el reconocimiento de las diferencias a partir de la escisión y alianza con las estructuras regionales del Partido Liberal. A diferencia de las demás colectividades, el Partido Liberal ha mantenido un resultado semejante en los últimos 3 ciclos, con una votación cercana a los 2 millones de personas. En consecuencia, el Partido Liberal ha mantenido una estructura regional no predominante, pero significativa en el reparto y la correlación de fuerzas; por medio del liderazgo en otras regiones (Huila, Chocó, Arauca, Magdalena, Sucre) ha sostenido una estructura clave, que serviría para la continuidad del proyecto de consolidación regional de algunos sectores del Partido Verde. Por lo tanto, la escisión interna, aunque conlleve a la desaparición del centro y la fragmentación en diversas colectividades minoritarias, podría significar la agrupación regional. De ese modo, la prognosis señala que, aunque en el siguiente ciclo sigan existiendo varias colectividades minoritarias que impiden la mayoría de una sola agrupación, el escenario electoral tenderá cada vez más hacia el bipartidismo entre una opción renovada de derecha y una opción consolidada de izquierda. 

El Pacto Histórico post-Petro

Aunque el Pacto Histórico haya sido la fuerza política más votada en las elecciones legislativas, el escenario post-Petro supone un reto en la continuidad del proyecto de izquierda a largo plazo, debido al desplazamiento de los cuadros representativos para la inclusión de operadores políticos y estructuras regionales. La consulta interna que se realizó en octubre demuestra el alcance de la tensión interna, incluso dentro del grupo más cercano a Petro: por un lado, el sector más perfilado del gobierno, que presiona por un abordaje de la agenda en el sostenimiento de la coherencia ideológica, y, por otro lado, el sector de operadores y estructuras regionales que ha permitido la movilización de los recursos y acciones hacia la concreción y conciliación del proyecto de gobierno. Esa diferencia, acrecentada por el rechazo que generan los operadores políticos (entre otras cosas, por el alto costo político que ha significado para el mismo proyecto el mantenerlos en el gobierno), supone la principal ruptura entre la lista de representantes a la Cámara y Senado: en la primera predomina una diversidad de liderazgos regionales, mientras que la segunda es atravesada por lógicas que, discursivamente, impiden la continuidad del proyecto. En razón de ello, los políticos más cercanos a la campaña de Iván Cepeda (Gabriel Becerra, María José Pizarro, Susana Muhammad) han mantenido al margen a los demás políticos del Pacto Histórico, particularmente de las estructuras sobre las que se sostiene la maniobrabilidad política de Roy Barreras y Armando Benedetti. 

Sin embargo, la línea de renovación política permite hacer un símil ante el caso chileno, en el cual, en un escenario electoral, la candidata más votada en primera vuelta pierde en segunda vuelta debido a la incapacidad de realizar alianzas estratégicas que proyecten la disputa del mercado electoral. Si bien desde el Pacto Histórico se ha impulsado la disputa de los sectores más apáticos de las elecciones, concentrándose en reducir el abstencionismo, sigue siendo necesaria la disputa por los liderazgos regionales que permitieron acceder al mercado electoral que condujo a la elección del 2022 en primer lugar. Para ello, cada vez más el Pacto Histórico ha requerido apoyarse sobre las estructuras regionales de los demás partidos, hasta cierto grado heredando las capacidades burocráticas-electorales de los sectores de centro-derecha. Ello implica, como en el caso de México, una herencia de la estructura regional que viabiliza el acceso a mercados electorales, particularmente en las ciudades intermedias y pequeñas. Sin embargo, el desplazamiento del sector de izquierda conlleva a la exclusión de proyecciones políticas que atraen al campo electoral de las grandes ciudades; Bogotá, Cali y Barranquilla (y parcialmente Medellín) lograron una votación significativa para el Pacto Histórico con base en la proyección de la agenda del actual gobierno. En ese sentido, la prognosis señala que el proyecto de izquierda debe dirigirse en relación al impulso de una agenda sucesora (manteniendo a funcionarios estratégicos como Martha Carvajalino o María Fernanda Rojas) concentrada en el escenario urbano, con el fin de sostener su capacidad de maniobra y autonomía ante una participación cada vez más indispensable de las estructuras regionales. De ese modo, el mercado electoral al que se dirige en el escenario del 2030 tenderá hacia el habitante urbano, concentrándose en la ampliación de la oferta institucional mediante los mecanismos de política social y económica. Esta línea de renovación política señala que la disputa interna del Pacto Histórica deberá reconocer la participación de un sector estratégico para la gestión de un escenario tendenciosamente bipartidista (en el que, de hecho, ya ha comenzado mediante el recibimiento en la campaña presidencial al político Juan Fernando Cristo), en el que el proyecto de izquierda deba claudicar ante las estructuras regionales de otros partidos para su continuación. 

En suma, estas líneas de renovación política implican un tipo de escenario de aglomeración política entre los proyectos de derecha e izquierda, los cuales (para el siguiente ciclo electoral) se perfilan considerablemente distintos a aquellos escogidos el 8 de marzo. Por lo mismo, el valor del ejercicio de la prognosis es identificar, incluso antes de comenzar este nuevo periodo 2026-2030, ya se disponen elementos que configurarán el campo de juego entre las fuerzas políticas. Sin embargo, en el mismo ejercicio de la prognosis deben comprenderse la limitación de ese alcance de renovación, toda vez que las agrupaciones políticas cada vez más se dirigen a la continuidad de un desdibujamiento de la ideología partidista y del incremento de la apatía de la ciudadanía a la política; este escenario abre la puerta a las estrategias de polemisismo que alimentan los proyectos populistas, en que el debate y el análisis son desplazados por la fugacidad y volatilidad de una política voraz. En ese campo, las huellas del futuro que la prognosis registra buscan impulsar a la acción del cuerpo del presente. 

** El día 13 de abril, posterior a la escritura original de este texto, en una reunión interna del Partido Verde se anunció el respaldo a la candidatura presidencial de Iván Cepeda, no sin antes aprobar la escisión del partido para el congresista Jonathan Pulido y la provocación de controversia con el sector más de derecha de la colectividad, particularmente con las políticas Katherine Miranda y Angélica Lozano.

* Politólogo, Magister en Gobierno Urbano de la Universidad Nacional de Colombia.

¡SUSCRÍBASE!

Información adicional

Autor/a: Juan David Cardozo Terreros*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°334, 20 de Abril - 20 de Mayo de 2026

Leave a Reply

Your email address will not be published.