El ascenso de opciones de extrema derecha radical evidencia la descomposición y pérdida de consenso de las oligarquías tradicionales tras el Acuerdo de Paz. Frente a un proyecto corporativo amparado por capitales transnacionales, el bloque popular debe trascender la lógica electoral y asumir con urgencia la batalla cultural para consolidar un cambio histórico irreversible.
Abelardo de la Espriella hizo su evento de cierre de campaña de la primera vuelta y su discurso posterior a los resultados en el malecón de Barranquilla, ciudad que aun hoy está gobernada por el emporio empresarial de los Char, quienes, pese a su poder económico y político, no pudieron hacer presidenciable a su socio Germán Vargas Lleras, ni a su heredero Álex Char, así que el “tigre” es su nueva apuesta.
La revista Semana y El Heraldo de Barranquilla, ambos medios corporativos de comunicación propiedad de la familia Gilinski, se han dedicado durante las últimas semanas a hacerle campaña a esta opción de extrema derecha, tanto con portadas como con editoriales en donde explícitamente cantan su voto por Abelardo, ya que Vicky Dávila fue un fiasco muy costoso para este grupo empresarial como candidata de extrema derecha.
Un movimiento y acomodo de cargas que no solo se presenta allí. Álvaro Uribe Vélez, cansado y sin ganas, demostró con esta primera vuelta que ya no es el hombre del 85% de aprobación de otros tiempos en Colombia, donde aglutinaba a su alrededor todas las formas de la derecha, tanto legales como ilegales. Ya no estamos en ese país en donde el matarife con puño de hierro definía qué se hacía o no en ese marco ideológico.
Tanto así que María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie solo se atrevieron a salirse de las toldas del Centro Democrático en estos últimos meses; y ella particularmente, que no tiene ninguna obligación con el partido de Uribe, cantó su voto en una columna de la revista Semana un día antes de la primera vuelta. A pesar de que con su esposo le explicaron a la opinión pública que sus diferencias con la cúpula del partido y con Uribe Vélez en particular venían de hace años atrás, hoy son libres y en esa libertad buscarán entrar a hacer parte de un eventual gobierno de Abelardo de la Espriella, siendo ese matrimonio y el gremio de Fedegán uno de los puentes de Abelardo con el narcotráfico y el paramilitarismo que han carburado a los que posan de grandes ganaderos del país para poder lavar los dólares de sus negocios ilegales.
No deja de ser curioso que, mientras la apuesta de los Gilinski sea Abelardo, un viejo como Sarmiento Angulo saliera a medios corporativos la semana previa a la primera vuelta a decir que la economía va muy bien en Colombia con el gobierno de Gustavo Petro. También es diciente que la crisis de representación política de los partidos tradicionales –que se demuestra en el apoyo tácito de santistas al Pacto Histórico y, al mismo tiempo, que hasta en su lecho de muerte otros le rogaran a Germán Vargas Lleras que se postulara a la presidencia, mientras Sergio Fajardo y/o Claudia López se seguían desinflando– han llevado a que la unidad de las izquierdas en el Pacto Histórico sea nuestra principal fortaleza en un sistema político construido por las élites para que ganen ellas, mientras las diferencias y divisiones de esas élites por las consecuencias del Acuerdo de Paz, el proceso judicial de Álvaro Uribe, el estallido social y la movilización social y popular de los últimos años no les den más que el 40% de las personas que votan en Colombia, contando el fraude y compra de votos.
Un acomodo de cargas que se ve, incluso, más allá de nuestro terruño, con el pronunciamiento de Trump, proferido solo después de los resultados de segunda vuelta. Dándole su bendición a Abelardo de la Espriella, que es el candidato de los lavadores de dinero de Miami que hoy ocupan espacios en el poder republicano, encabezados por Marco Rubio, Bernardo Moreno y María Elvira Salazar, que durante los últimos dos años fueron la principal entrada de las derechas divididas en Colombia en su lobby en los pasillos de Washington para rogarle al gobierno de los Estados Unidos que interviniera directamente en los asuntos de nuestro país. Un rogar de ayuda, con garantía previa de su disposición a arrodillarse, a nombre del país, como renovada neocolonia, con tal que los gringos les devolvieran por la fuerza el control del gobierno nacional. Clave, porque Estados Unidos le apuesta a que Colombia, Brasil y México giren a la derecha, para así materializar la doctrina Donroe, pese a lo cual no está dispuesto a asumir los costos de los estallidos sociales propios de países como el nuestro, en donde el tejido social y popular no permitirá una vuelta al pasado.
Es esa una realidad factible. Particularmente considero que Colombia se encuentra en un momento de transición histórica. Es cierto que no somos un país de izquierdas, pero tampoco uno de derechas. Estamos partidos por la mitad, aunque la cancha esté desnivelada a favor de las propuestas reaccionarias que hoy siguen en reorganización en sus formas más brutales, ante la falta de claridad ideológica y política que les permita apelar a la estabilidad. Un eventual gobierno de Abelardo será inestable, pero no por las movilizaciones sociales que provocará y la segura respuesta terrorista del Estado que promoverá, sino porque las derechas no tienen hoy el monopolio del sentido común en Colombia. Pero tampoco el Pacto.
Ante esta realidad, es tarea fundamental del Pacto Histórico, en un eventual gobierno de Iván Cepeda, que se preocupe por enfilar baterías políticas y recursos en avanzar en la batalla cultural y de las ideas. La construcción hegemónica de poder político es convencer a las mayorías en que tenemos la razón y que nuestra visión del mundo es la correcta. Esa construcción no se da en el estrecho margen de las competencias electorales, y no se puede dejar a la espontaneidad de las masas organizadas. Sin que esa tarea se vuelva urgente y prioritaria, no solo no podremos aguantar lo ganado y protegerlo, sino que empezaremos a perder terreno y nos enfrentaremos a derrotas irreversibles frente al neofascismo.



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