Crepúsculo

Las horas finales de la tarde del 21 de junio, cuando los rayos del Sol con su poniente van perdiendo intensidad y las primeras sombras que se extienden por caminos urbanos y rurales van profundizando sus grises tonos, debieron ser horas de inmensa complejidad y tristeza para el presidente Gustavo Petro.

Conocedor seguramente del resultado que le podía ser adverso en las urnas, la esperanza –lo último que se pierde, como se refiere de manera común–, le quedaba como hilo o soporte del cual sujetar el deseo de continuidad de su programa  de gobierno. Los datos adversos venían de la consultora brasileña AtlasIntel, que en los primeros sondeos pos-31 de mayo situaba la ventaja del candidato finalmente ungido para la presidencia 2026-2030, en 7 puntos, ventaja que en las tres semanas definidas para la segunda vuelta fue reduciéndose hasta indicar en sus estudios de campo realizados días previos al escrutinio que la misma sería de 2 a 3 puntos. Como es conocido al final la diferencia fue cercana al 1 por ciento.

En Palacio, sopesando esa realidad, no deshojaba margaritas sino que, con afinado olfato político calculaba medidas por tomar y se movía a todo dar para impedir el resultado no deseado. Ya había realizado durante el último mes del 2025 y a lo largo de los meses corridos del primer semestre 2026 movidas y tomado decisiones de alto calibre para arrebatarle parte del electorado a la campaña opositora. Desde la histórica alza salarial del 23 por ciento para 2.400.000 trabajadores formales que devengan salario mínimo, pasando por diversidad de concentraciones políticas que reforzaban la obra realizada, potenciando la energía de cientos de miles de activistas, reforzando la pertinencia de proseguir por la senda iniciada en agosto de 2022, hasta la firma el 19 de junio del decreto por medio del cual 19.161 patrulleros fueron ascendidos al grado de subtenientes. Era tanta su actividad que parecía ser el candidato, relegando el protagonismo de Iván Cepeda. Aciertos y errores de lo hecho por el Presidente, entre ellos el desconocimiento del voto popular en primera vuelta, que potenciaron o disminuyeron el potencial de la campaña del Pacto Histórico.

En medio de ese arduo trajín, la esperanza, en este particular descansaba en el coletazo que podría propiciar la vitalidad mostrada por amplios segmentos juveniles movilizados de manera, unos organizada, otros de manera espontánea. Miles de jóvenes cuya energía fue dispuesta afanosamente ante la sensación creciente de la delantera tomada por el candidato opositor, como quedó evidente el 31 de mayo al cierre de la primera vuelta, en ese varapalo que dejó sin aliento a infinidad de activistas del Pacto Histórico.

Algo similar había ocurrido 4 años atrás, cuando el ascenso de Rodolfo Hernández despertó el fervor de amplios conglomerados de jóvenes temerosos de que llegará a la presidencia un personaje que entre chabacano y malicioso podía adentrar al país, a pesar de la oferta de cambio, por una senda nebulosa.

En el 2022 alcanzó para contener la sorpresa electoral esa vigorosa reacción juvenil, recargada con la potencia del alzamiento del 2021, y reforzada por los efectos económicos y sociales desprendidos del covid, que llevaron al voto protesta a millones de personas. No fue el caso en el 2026.

Preparado para ese escenario, prueba de lo cual descansa en la persistente denuncia de un fraude en curso, denuncia ampliada desde el 1 de junio, el Presidente refuerza ese escenario, y como ya fue anotado, desconoce los resultados de la jornada electoral.

Una decisión compleja y de incontrolable impacto, soportada en información verídica, según afirma, que demuestra la interferencia por medios tecnológicos de la realidad del voto que caracterizó la consulta del 21 de junio, como ya había ocurrido el 31 de mayo. Proceder que le permite, de manera simultánea: 1. contener el impacto sicológico que entre sus seguidores, con certeza, ocasiona el resultado final de la campaña electoral, por lo tanto, 2. brindarles un recurso para que se sigan sintiendo la mayor fuerza política del país, la cual solo puede ser vencida por medio de una acción fraudulenta; 3. blindaje discursivo que a su vez le permite a él asumirse como cabeza de una resistencia popular contra el usurpador, protagonismo que seguramente desplegará una vez haya tomada aire pos presidencial; 4. negar la necesaria autocrítica que debe ser principio de acción de toda fuerza política y liderazgo individual que promete actuar en pro de una sociedad diferente. Un actuar acrítico que, por tanto, descarga todos los males de lo sucedido y de lo que está ocurriendo en otros.

Más allá de ello, en términos reales el suceso es más complejo, toda vez que si una fuerza como el Pacto Histórico denuncia por fraude al candidato vencedor, y desconoce al presidente electo, le corresponde llamar a un levantamiento popular o constituir un doble poder, de lo contrario queda ante el país como una fuerza política y un gobierno -aún en funciones- inanes. ¿O qué más puede decirse de quien tiene las riendas del gobierno, y por lo tanto infinidad de recursos y resortes para contener lo que está denunciando, y sin embargo lo burlan y ante sus vistas concretan lo anticipado en sus constantes denuncias? ¿Valdrá la pena volver a votar por quien no defiende su triunfo, a pesar de tener todos los recursos para ello? ¿Qué sucederá, entonces, con una amplia franja del electorado colombiano, se abstendrán en próximos comicios? Y más delicado aún, en tanto el camino electoral no es viable en Colombia para construir justicia y vida digna, ¿el 21 de junio estará desde ya marcado para servir de sigla insurgente, como le sirvió al M-19 la que recuerda el fraude contra Gustavo Rojas Pinilla?

Con seguridad todo esto tuvo que ser sopesado por un dirigente político como Gustavo Petro, curtido en años de brega política, ilegal y legal. Y en medio de sus meditaciones, ante el resultado electoral, tuvo que contemplar el interrogante: ¿si en los días finales de mi presidencia aún registro más del 50 por ciento de popularidad, por qué no logré endosársela a quien continuaría con el plan de gobierno que yo representó?

Sus meditaciones no pararon, y fueron más allá del fatídico día de las urnas. El 14 de julio, en mensaje relativamente extenso en la red social X, el casi expresidente, luego de decir que cumplió porque no robó un sólo peso, escribió en uno de los apartes: “¿Por qué aceptar que se posesione Abelardo? Porque mi mandato termina el 6 de agosto y tengo la mayoría del pueblo y porque Santos, astutamente, prohibió la reelección que él mismo aprovechó, porque así hacen los buenos jugadores de póker y terminan ganando”. Su comunicación permite deducir que si él hubiera podido ser el candidato, no hubiera dudado de ello, estando seguro de ser reelecto. Habla en primera persona sobre tener la “mayoría del pueblo”, lo que deja cierta sensación de disonancia caudillista que siembra dudas sobre el sentido de ser parte de un movimiento de transformación social de largo plazo.

En el mismo mensaje aduce que fue incomprendido, como Bolívar, el Comunero Galán y Policarpa Salavarrieta: “Petro fue, para ellos, un marciano que no entendieron ni entendieron ni jota de por qué fue elegido, ni entendieron mis palabras y por eso me dicen drogadicto y borracho cuando no puedo tomarme un trago por mi enfermedad crónica que, a lo mejor, me lleve más adelante a la muerte que tantos desean”. Queja sin explicaciones de las razones de la incomprensión ¿Fue la sofisticación de lo propuesto? O, ¿la distancia que existe entre las necesidades inmediatas de la gente y los programas de mediano y largo plazo? Sea como sea, achacar la incomprensión al otro, por su supuesta ignorancia, es esquivar la responsabilidad en la eficacia de la comunicación con ese otro que no ha podido comprenderte.

Dos días antes, también en un mensaje de la misma Red, reconocía como enemigo de la vida al capitalismo actual, “(…) el tótem que yo dejo en manos del pueblo es que la política debe guiarse por la ciencia humana, y que el objetivo es lograr una humanidad tan inteligente y libre que pueda superar los problemas fundamentales de la humanidad que el capitalismo ya no puede hacer. Ya el capitalismo es un obstáculo para la vida, que antes no era, y llegó el momento de superarlo, pero implica una revolución mundial.” ¿Ese “antes no era…”, debe ser contado hacia atrás, desde el 2022, cuando la meta fue instaurar en Colombia “el verdadero capitalismo”? ¿El ejercicio del gobierno enseñó, con nitidez, las políticas estructurales de defensa de la vida que son incompatibles con el predominio del capital? Si así fue, ¿por qué el candidato que planteaba la continuidad del cuatrienio que termina, también abogaba por mantener el marco de las relaciones sociales actuales? Saltan a la vista muchas incoherencias en los discursos, lo que explica de manera más plausible las incomprensiones de que se lamenta, mucho más que descargar las explicación en las “mentes débiles de personas que durante décadas no recibieron educación pública, de calidad”.  

El asunto no es simple. Resolver los interrogantes, estos, como el antes referido del por qué no logró transferir su popularidad a Cepeda, obligaría a reconocer los errores cometidos a lo largo de su gobierno, y las propias limitantes del proyecto que lidera, además de soltar las riendas del Pacto Histórico para que tome sus decisiones sin el peso de su opinión. Un proceder solo posible de asumir por quien se sienta parte de un conjunto, uno más, y no el centro del mismo. Y en caso de así ser, solo factible de realizar por quien esté dispuesto a mandar obedeciendo, a bajar y no subir. ¿Será este el caso?

En esas circunstancias, lo que le espera al país en el futuro próximo es un litigio de alta tensión soportado en la denuncia, una y otra vez, del fraude, con miles de activistas en calles y autopistas oponiendo razón y fuerza a la reposición del establecimiento que en todo nivel emprenderá quien se posesiona el 7 de agosto. Un litigio, que en no pocas ocasiones llegará a confrontación abierta, con violación de los derechos humanos, entre ellos, incluso, el de la vida. Una alta tensión que, en paralelo, llevará al incremento de los niveles de disputa militar con la diversidad de expresiones armadas que conoce el país. Y en medio de ello, el despliegue de una figura y de un liderazgo apegado a sus determinaciones, para el cual la fuerza política que integra le sirve como resorte, y no mucho más.

Es esta realidad la que le demanda a los movimientos sociales, como actores dinámicos de la sociedad, un proceder crítico ante lo vivido en estos cuatro años, a lo largo de los cuales mayoritariamente renunciaron a su necesaria autonomía y acción crítica frente a todo aquello que no favoreciera un cierto proyecto de cambio para el país, dejando a un lado la necesaria construcción de alternativas autogestionarias de todo orden que le garantizarían a los de abajo ir recorriendo un camino propio en pro de una sociedad fundada en justicia, fraternidad, paz, convivencia respetuosa con la naturaleza y otros muchos propósitos.

Se trata de un proceder activo que también le demanda, en procura de comunicarse con el país, discutir y colocar al frente de su actividad un proyecto nacional en el cual se sientan recogidos todos y todas, incluyendo a quienes votaron por Abelardo de la Espriella, como voto castigo o convicción pasajera, y quienes pronto se sentirán decepcionados de ello.

 

Información adicional

Autor/a: Equipo desde abajo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº267, julio 17 - agosto 17 de 2026

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