La política suele exigir respuestas rápidas allí donde la realidad apenas ofrece meros indicios. Después de una elección presidencial, abundan las explicaciones categóricas o monocausales, así como las certezas retrospectivas, las cuales convierten un fenómeno complejo en una secuencia de hechos perfectamente predecible. Conviene resistirse a esa tentación. Lo que sigue no pretende demostrar una verdad empírica ni sustituir el trabajo que corresponde a los estudios de comportamiento electoral. Se trata de una hipótesis o de una primera interpretación de lo sucedido, circunscrita además a determinadas localidades de Bogotá y referida únicamente a uno de los múltiples factores que, a mi juicio, contribuyen a comprender por qué Abelardo de la Espriella obtuvo allí una votación tan significativa. Como politólogo y docente de ciencia política considero indispensable explicitar este punto. Establecer la diferencia entre una conjetura razonada y un hecho supuestamente comprobado no constituye una formalidad académica, sino una exigencia intelectual que preserva la discusión pública de las simplificaciones que ella misma suele producir.
La discusión sobre las razones de la victoria de Abelardo de la Espriella ha estado dominada por explicaciones de alcance nacional que privilegian temas como la seguridad, el desgaste del gobierno saliente o la denominada polarización ideológica. Todas ellas contienen elementos relevantes. Sin embargo, cuando se observa con mayor detenimiento el comportamiento electoral de algunas localidades de Bogotá donde el hoy presidente electo obtuvo sus mejores resultados, aparece un fenómeno más específico que merece atención. No explica el conjunto del país ni agota las causas de la elección, pero ayuda a comprender, por lo menos, una parte importante del voto urbano de clase media.
En dichos sectores, la experiencia política no estuvo determinada por grandes debates ideológicos, sino que se configuró a partir de transformaciones mucho más próximas a la vida cotidiana. Los cambios en la declaración de renta para hogares que durante décadas no se habían concebido como contribuyentes significativos, al igual que —como efecto del incremento inusitado del salario mínimo— el aumento en las cuotas de administración de ciertos conjuntos residenciales, sin olvidar el encarecimiento de los “costos laborales” asociados al empleo doméstico y a otros servicios personales, fueron percibidos como señales de un deterioro inmediato del bienestar. Evidentemente no hablamos de un empobrecimiento objetivo de gran magnitud. Bastó con que ciertas certezas materiales de la clase media tambalearan un poco para que emergiera la sensación de haber sido desplazada dentro del orden social estratificado.
Ese malestar fue especialmente fácil de movilizar porque coincide con una vieja aspiración de buena parte de las clases medias colombianas. Más que identificarse con los sectores populares, muchas de ellas han construido históricamente su identidad mirando hacia arriba. Su horizonte simbólico no ha sido la solidaridad con quienes poseen menos recursos, sino la expectativa permanente de aproximarse a los estilos de vida de los sectores de mayores ingresos. El ascenso social funciona entonces menos como una realidad consolidada que como una promesa que organiza las aspiraciones, las formas de consumo y la manera de interpretar la política.
No es casual que esa identidad se exprese también mediante una determinada estética. Los espacios de encuentro dejan de ser la plaza de mercado, la tienda de barrio, el sindicato, el parque público o las organizaciones comunitarias para desplazarse mayoritariamente hacia escenarios de consumo relativamente homogéneos. El centro comercial aparece como uno de esos lugares privilegiados donde la convivencia ocurre sin producir necesariamente comunidad. Allí la interacción se halla mediada por la lógica no solo del mercado, sino del marketing, del espectáculo, y por la reproducción de imaginarios compartidos sobre éxito, seguridad y prestigio.
En ese contexto de hiperindividualización, fragmentación y permanente competencia, las redes sociales adquieren una importancia decisiva. No funcionan únicamente como canales de información, producen marcos interpretativos que simplifican la complejidad política mediante relatos afectivamente eficaces. Los algoritmos refuerzan percepciones previas, seleccionan aquello que confirma las intuiciones del usuario y convierten preocupaciones individuales en diagnósticos colectivos aparentemente evidentes. El resultado es la construcción de pseudocomunidades afectivas donde determinadas narrativas adquieren el estatuto de sentido común. Una suerte de microesferas públicas privatizadas.
Las campañas electorales terminan integrándose a esa experiencia cotidiana como un componente más de la experiencia diaria de entretenimiento, asociada al mundo del mercadeo y del espectáculo en general. Las campañas, muchas veces, se viven “en familia”, se comentan como se comenta un partido del mundial, se transforman en motivo de celebración o de rivalidad doméstica, y se acompañan de símbolos, consignas y personajes fácilmente reconocibles. La política deja de experimentarse como un ejercicio de deliberación, de participación comunitaria o de militancia y pasa a asumirse como una competencia (emocional) en la que cada quien anima a su equipo/candidato. No es fortuito que la publicidad recurra una y otra vez a referentes infantiles o deportivos, capaces de despertar un sentimiento de pertenencia antes que una reflexión crítica sobre los programas de gobierno. Al tigre lo sigue su manada de fans o clientes fidelizados. La vieja imagen del tigre de Zucaritas resume bien esa lógica afectiva mediante la cual el consumo, el espectáculo y la identidad terminan entrelazándose.
El filósofo francés Gilles Deleuze señaló alguna vez que, en las sociedades contemporáneas, se nos enseña que las empresas tienen alma, como bien nos lo recordó la película de Barbie protagonizada por Margot Robbie. El problema es que, ahora, los partidos políticos también se organizan como empresas, y los políticos se hacen elegir reducidos a marcas y logotipos vivientes. De la Espriella y Trump no buscan simplemente transmitir la imagen de exitosos empresarios, sino que en sí mismos son un efecto de marca y de mercadeo. El tigre de Zucaritas es el fundamento real del tigre que acabó de ganar las elecciones por un estrecho margen. Las clases medias son particularmente susceptibles a este mundo de simulacros y simulaciones mercantiles. De ahí que, aunque puedan ser las “más educadas”, no necesariamente son las más críticas con el “estilo De la Espriella”, sino todo lo contrario.
En ese mismo marco puede entenderse la eficacia que tuvo la asociación entre las transformaciones económicas recientes experimentadas por sectores de clase media y el temor a una supuesta venezolanización del país. El deterioro parcial de ciertos indicadores de ascenso social, éxito o progreso fue leído por muchos ciudadanos/consumidores como la prueba fehaciente de una trayectoria histórica irreversible al interior del proyecto político del Pacto. Poco importaba que la comparación fuera discutible desde el punto de vista económico o institucional. Lo relevante era que ofrecía una explicación sencilla para experiencias cotidianas de incertidumbre. La figura de Iván Cepeda condensó ese temor porque una parte de este electorado lo interpretó como el heredero más coherente del proyecto político del gobierno anterior y, por tanto, como un comunista en sentido estricto, aunque se trate de un hombre de talante socialista democrático. No interesa aquí establecer si esa caracterización corresponde o no a la realidad. Lo decisivo es comprender que esa representación operó como un hecho político en la medida en que orientó percepciones, afectos y decisiones electorales. La asociación de Cepeda con la guerrilla y la inseguridad, para estos sectores más bien vivida desde la distancia, funcionó como legitimación simbólica de una exposición a la incertidumbre que involucra perder privilegios siempre frágiles.
Nada de lo anterior implica desconocer que muchos ciudadanos le dieron su voto a De la Espriella por otras razones. Tampoco supone afirmar que todos los votantes de las localidades de Bogotá donde obtuvo mejores resultados compartieran exactamente las mismas motivaciones. El comportamiento electoral nunca responde a una única causa. La hipótesis aquí planteada conlleva sostener, más modestamente, que en algunos sectores de la clase media bogotana confluyeron cambios materiales relativamente limitados con aspiraciones sociales, imaginarios de estatus, formas contemporáneas de socialización y narrativas digitales que terminaron configurando una disposición favorable hacia la candidatura vencedora. Quizá la principal enseñanza de este episodio sea que las clases medias no votan únicamente por aquello que son, sino también por aquello que imaginan llegar a ser, lo cual resulta decisivo cuando su propio ethos es configurado en la atmósfera del marketing y el espectáculo. En esa atmósfera existe poca distancia entre ser y desear ser. Entre las transformaciones materiales de la vida cotidiana, los logos y los simulacros asociados al éxito y el progreso, se configura una identidad política específica que el llamado “centro” perdió la capacidad de capturar.
* Doctor en filosofía. Politólogo y docente de la Universidad Nacional de Colombia.



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