“América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío”

Cada vez más los pueblos pierden su capacidad de decidir sobre su destino. El despojo, la muerte, el extractivismo, la exclusión y el autoritarismo son los vientos que de nuevo soplan con fuerza sobre Nuestra América. A pesar de eso, la segunda oportunidad sobre la Tierra la continúan construyendo los pueblos en estado de rebelión, los pueblos organizados, las estirpes que hacen posible la utopía contraria 

A 50 años de la Declaración de Argel sobre los Derechos de los Pueblos es necesario reflexionar sobre la vigencia e importancia de aquella gesta histórica, aún más en un momento de avanzada imperial en el mundo, que para el caso latinoamericano se expresa en la intención de conformar el “Escudo de las Américas”, no solo como un ejercicio de cooperación militar sino también de garantía existencial del imperio yanqui en un momento de crisis profunda en el que básicamente depende del control de los bienes comunes estratégicos para el nuevo tiempo, el cual está caracterizado por las nuevas tecnologías, la transición energética y los últimos años de la era del petróleo. Para que esta estrategia imperial se consolide les urge designar por los medios que se requieran gobiernos al servicio de sus intereses, que el uso del suelo y el control sobre los territorios y bienes naturales esté en sus manos, sin importar que eso signifique una afrenta a la soberanía de los pueblos. 

Gabo, como cariñosamente se le conoce a este hijo del Caribe, de Colombia y de Nuestra América toda, fue un ser humano con un enorme compromiso político y una firme sensibilidad social. Su obra más conocida en el mundo “Cien años de soledad”, escrita en una de las décadas más convulsas de nuestra historia reciente: la década de los sesenta 60 no es únicamente una genialidad literaria dónde una narración poco convencional y una serie de sucesos hasta entonces extraordinarios para Occidente irrumpen los cerrados círculos de la cultura; sino que es esencialmente una memoria colectiva de todo un pueblo sobre uno de los hechos más indignantes que hayan acontecido en Colombia; la masacre de las bananeras, transmitida por un gran intérprete. Es también un vallenato de 400 páginas, en palabras del mismo autor.

Un vallenato protesta, como los de Santander Durán Escalona o los de Hernando Marín Lacouture, una auténtica canción social. Allí, está manifiesta la postura política de Gabo, como también lo está en más de un hecho controversial, como sus encuentros con Fidel Castro en La Habana y en Cartagena de Indias, o aquellos que sostuvo con otro de esos caribes que han burlado la muerte: el samario Jaime Bateman Cayón que para entonces era comandante del M-19. Estos acontecimientos suelen ser muy conocidos, pero muy poco se conoce acerca de su participación y compromiso en aquellos movimientos de los 60 y 70 por la liberación y los derechos de los pueblos que desembocaron en la Declaración de Argel y en el Tribunal Permanente de los Pueblos; o sobre aquel texto que fuera la antesala de su participación como jurado e investigador del Tribunal Russel II (antecesor del TPP) sobre las violaciones de los derechos humanosy los crímenes de las dictaduras militares en América Latina, hablamos del texto “Chile, el golpe y los gringos (1974)” que pone en evidencia el injerencismo estadounidense en Chile para derrocar al gobierno de Salvador Allende. 

García Márquez nace en las cercanías de Ciénaga, Magdalena, un año antes de la masacre, es decir en 1927. El relato y construcción de memoria alrededor de la misma fue sincrónico a su desarrollo como ser humano. Tal vez así se entienda mejor por qué su obra ha tenido tanto éxito; en “Vivir para contarla (2002)” lo narra, devela la significación que este suceso tuvo en su vida, pero además nos brinda una confesión fundamental: su obra es un testimonio experiencial-existencial.  

A finales del siglo XIX surgió la multinacional bananera United Fruit Company, producto de la fusión entre la Tropical Trading and Transport Company y la Boston Fruit Company, desde entonces esta empresa tuvo concesiones sobre tierras cultivables, excepción sobre el pago de impuestos, dispuso de mano de obra barata de campesinas y campesinos sin tierra y gozó de una enorme complicidad política de los gobiernos de los países en dónde tenía presencia. Comenzó a consolidarse un modelo de gobernanza basado en la superposición del poder financiero extranjero sobre el Estado local mismo, se crearon una especie de enclaves y repúblicas bananeras en Centroamérica y Suramérica en dónde el poder político era concedido a esta multinacional y la figura de Estado desaparecía paulatinamente, incluso tenían pleno control sobre las fuerzas militares. Hechos como el golpe de Estado de 1954 contra Jacobo Árbenz en Guatemala o la masacre del 5 y 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga, Magdalena, lo ratifican. Con ese modelo de gobernanza se establecieron, además, unas facultades que permitían definir cuál era el uso de la tierra fértil, qué se sembraba, para quién y hasta en qué podían gastar sus “salarios” los trabajadores de la UFCO puesto que los vales que entregaban a estos eran redimibles en productos que esta multinacional traía de los yunai. Así se configuró un control absoluto sobre la vida personal y social.

En la crónica “Chile, el golpe y los gringos (1974)”, nos muestra cómo desde la puesta en marcha del Proyecto Camelot, como ejercicio de espionaje, perfilamiento, caracterización del sentir político del pueblo chileno y prevención de un posible proceso revolucionario, hasta la ejecución del golpe militar con presencia de tropas estadounidenses especializadas que habían sido encubiertas bajo el argumento de un entrenamiento militar en el marco de la Operación Unitas en el pacífico chileno se violentó el derecho de ese pueblo a ser dueño de su propio destino y se estableció una agenda de control sobre sus bienes comunes que se encontraban vinculados principalmente a la extracción de cobre y carbón. Este acontecimiento significó, además, una advertencia de la avanzada imperial en Nuestra América para contener los movimientos revolucionarios de extracción popular que se levantaban y fortalecían a lo largo y ancho de esta patria grande. 

La revolución cubana, los movimientos revolucionarios que surgían en Nicaragua, Colombia, Bolivia, Uruguay, Argentina, Chile, Perú y en otros países de esta comarca, eran la manifestación de la voluntad de vida y de la voluntad de poder de los pueblos nuestroamericanos, en suma, su resolución a ser libres. Esta explosión de dignidad era para los Estados Unidos una amenaza manifiesta, por lo cual tomaron medidas para contener, reducir y aniquilar estos movimientos, una de ellas fue el plan cóndor cuya finalidad era reprimir, perfilar, secuestrar, torturar y asesinar a militantes de estos movimientos. 

El discurso de Gabriel García Marquez al recibir el premio Nobel de Literatura en el año 1982, titulado “La soledad de América Latina”, es en esencia una interpelación no solo a las representaciones que en el llamado “primer mundo” tienen sobre nosotros y nosotras, así como sobre nuestras realidades, sino que también es una denuncia de la realidad social y política de Nuestra América que es igual de mágica, descomunal, extraordinaria y fantasiosa que la que se expresa en su literatura; que ambas configuran una misma realidad marcada por la soledad, el abandono, el saqueo, la exclusión, el manejo imperial, la violencia, el colonialismo y el neocolonialismo.

Uno de los principales temas que se asoma en este entramado de hechos, textos y discursos es el derecho de los pueblos a su autodeterminación que se halla contenido en el quinto artículo de la Declaración de Argel. Lo que se juega en la cada vez más aguda contradicción entre imperialismo y soberanía popular es precisamente ese derecho y con él la posibilidad de la felicidad, de la cultura, del saber, de administrar los bienes comunes, de la permanencia en el territorio, de la libertad y, en general, de la existencia misma de los pueblos. 

El 2026 ha sido un año en el que la crisis imperial se ha manifestado con más claridad. Con la invasión militar a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolas Maduro bajo la narrativa de la existencia de una narco-dictadura, la policía del mundo tenía como principal objetivo el control sobre el petróleo venezolano que hoy por hoy representa la mayor reserva del mundo y que es vital para que Estados Unidos mantengan su capacidad imperial, en un sistema que aún se sostiene diariamente con los bienes comunes de origen fósil.  Desde entonces se ha intensificado el intervencionismo en el continente, viciando elecciones en Perú y Colombia, en las que se impusieron gobiernos abiertamente lacayos del imperialismo y contrarios a la voluntad popular. Con esta avanzada de nuevo vemos que la soberanía popular y la autodeterminación de los pueblos están en jaque, que Nuestra América es utilizada como un alfil sin albedrío en una disputa geopolítica por la hegemonía mundial que tiene varias décadas ya. Lo advertía Laura Richardson el 19 de enero de 2023 siendo para entonces jefa del Comando Sur, destacando la importancia estratégica de esta región del mundo y la necesidad de que los yanquis se hicieran con el control sobre el petróleo, litio, tierras raras y demás “recursos naturales”. 

No podemos decir que la Carta de Argel nos permitirá judicializar los crímenes imperiales o contener por vía jurídica al imperialismo, pero eso no resta la importancia de su proclama, ni tampoco la osadía de quienes se tomaron esa tarea y que, sin duda, hay que incorporarla a las agendas políticas e incluso disputar su alcance a nivel jurídico, pero no podemos pretender que será una prenda de garantía, sabemos que el imperialismo no respeta ni siquiera el derecho internacional y los derechos humanos vigentes, a los cuales se han suscrito la mayoría de Estados-nación. Lo cierto es que la contención de la avanzada del imperialismo y del fascismo debe hacerse desde los pueblos movilizados, desde los movimientos sociales y populares, desde los pueblos en estado de rebelión. Solo así podremos construir lo que Gabo sentenciaba al final de su discurso de 1982 en Estocolmo “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.  

Información adicional

Gabriel García Márquez y el derecho de los pueblos su autodeterminación
Autor/a: José Carlos Cavadia Ramos
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº338, Agosto 17 - Septiembre 17 de 2026

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