¡(Des)ordena tus libros!

En febrero de 2016 murió uno de los últimos grandes intelectuales italianos, Umberto Eco, quien era, además de un novelista famoso a nivel mundial, un medievalista de renombre y seguramente uno de los semiólogos más importantes de su generación y, probablemente, de toda la historia de esta, relativamente joven, disciplina. Si el mes pasado no me he atrevido a recorrer la trayectoria de Carlo Ginzburg, aún menos me voy a comprometer con una celebración de la carrera de esta figura monumental, quien estaba tan consciente de la importancia de su labor y de la voluntad que las personas tenían de celebrarlo, que en el testamento registró expresamente su voluntad de prohibir congresos y eventos culturales enfocados en su figura hasta pasados 10 años de su fallecimiento, pues en esta franja temporal se habría podido comenzar a decantar el valor de su obra y se habría podido desarrollar un filtro cultural que, según su esperanza, habría contribuido a conservar las contribuciones relevantes desechando las prescindibles de más de cincuenta años de producción literaria y académica. Calendario a la mano, este plazo venció en febrero de este año y no se sorprenda quien lee si en los próximos meses verá multiplicarse los eventos académicos y culturales sobre Umberto Eco y su obra.

Me parece que esta deliberación pueda dejar espacio solo a encomios y nos recuerde la prudencia que cada uno de nosotros debería tener ante las fáciles (auto)celebraciones, que a menudo se presentan a lo largo de una carrera.

Más allá de esto, hay otra disposición testamentaria que me parece digna de comentarse, que consiste en la donación al Estado italiano de toda la biblioteca personal de Eco, que se componía de aproximadamente mil libros raros y cuarenta mil volúmenes “modernos” divididos en treinta mil libros concernientes a las más variadas disciplinas (novelas, filosofía, ocultismo, geografía, filología, etcétera); más de mil historietas; unos 300 periódicos; y, finalmente, una sección de obras escritas por (2200) y sobre (600) el mismo Umberto Eco. Todo este tesoro venía a constituir nada más y nada menos que las herramientas de trabajo de su quehacer intelectual cotidiano, tal como lo demuestra el hecho de que todo ejemplar tiene su “ex libris” y muchos de ellos vienen con las anotaciones autógrafas del escritor.
Ahora bien, en la reubicación del material, los textos antiguos, que habían sido nombrados por su dueño Bibliotheca semiologica curiosa lunatica magica et pneumatica, han quedado a cargo de la “Biblioteca Nazionale Braidense” de Milán en donde actualmente se encuentran catalogados y expuestos para los estudios y, eventualmente, el público. 

Los otros libros han quedado a cargo de la Universidad de Bolonia, que acaba de inaugurar la “Biblioteca Umberto Eco”, que se encuentra dentro de un ala de la biblioteca universitaria del mismo ateneo. 

Ahora bien, cualquiera que haya tenido la inmensa suerte de seguir algún curso de biblioteconomía, si no se ha muerto por el entusiasmo, puede dar testimonio de que normalmente en las bibliotecas se sigue siempre el mismo orden de catalogación y ordenación de los libros, a saber, el celebérrimo “método Dewey”, que organiza los libros de una biblioteca por su tema o materia, asignándoles un número de tres cifras e impide que bibliotecarios y lectores se pierdan en los laberintos que un montón de libros en desorden podrían constituir.

Empero, si vamos a dar una vueltica por los pasillos de la Biblioteca Umberto Eco de Bolonia, quien decidió reproducir al pie de letra el orden que los libros tenían en las librerías domésticas del dueño, nos fijamos de inmediato en que allá los libros están posicionados con un orden diferente, pues así lo quiso el mismo Umberto Eco, a saber, se sigue la política del “buen vecino” teorizado por Aby Warburg. 

Este principio reza que los libros no deberían ordenarse físicamente en los estantes por su afinidad temática, sino que la ubicación de los tomos debería ser una oportunidad para propiciar las conexiones ocultas entre los varios volúmenes, las cuales se perderían si se acudiera solo a la rigidez da la homogeneidad temática. 

De allí que, tomando a mi biblioteca como ejemplo, ya que la tengo frente a los ojos mientras que voy escribiendo estas líneas, al lado de la recopilación de la obra completa de Kafka no deberían estar los ensayos críticos que tengo sobre el autor –en mi caso están los textos de Baioni, que son imprescindibles para cualquier estudioso italiano que se ocupe académicamente del autor checo– sino que deberían estar otros tipos de textos. Así las cosas, quedando en el ámbito académico, pero no literario, podríamos reemplazar los textos de Baioni por el libro del sociólogo español José María González García titulado La máquina burocrática: afinidades electivas entre Max Weber y Kafka para que destaque la relación entre Kafka y la sociología con respecto al tema de la burocracia y su desarrollo en ese entonces. Por otro lado, si quisiéramos quedarnos en el ámbito novelesco de la época, podríamos emparejar a Kafka con la novela, escrita originalmente en checo, El buen soldado Švejk de Jaroslav Hašek, que describe la estupidez de la maquinaria bélica austro-húngara durante la Primera Guerra Mundial y que más o menos describe otra cara de la medalla burocrática tratada por Kafka. Por otro lado, si quisiéramos crear un puente enfocado en la descripción del famoso periodo de la finis Austriae, podríamos optar por La Cripta de los Capuchinos de Joseph Roth, El mundo de ayer de Stefan Zweig o el ágil El hombre sin atributos de Robert Musil, los cuales describen varias facetas de los últimos años del milenario Imperio austrohúngaro. Si queremos enfocarnos en la bibliografía de Kafka, podríamos enlazarnos a su mala relación con el padre emparejándolo a los textos de Freud sobre el “complejo de Edipo”; o, si nos llamó más la atención el hecho de que probablemente el autor sufrió de unos desórdenes alimenticios, podríamos acompañarlo a los textos que relata el famoso historial clínico de Ellen West, o a un manual médico que trate de estos trastornos desde un punto de vista técnico. Al fin y al cabo, uno de los últimos cuentos escritos por Kafka se titula justamente Un artista del hambre y habla de un sujeto que se dedica a ayunar lo que más puede y termina muriéndose de inedia. 

Si quisiéramos ser aún más atrevidos, podríamos salirnos completamente del campo literario para empujarnos hacia otras disciplinas, tal como lo alentaba el mismo Warburg. Así, recordando que Kafka se había graduado en Derecho y que el primer párrafo de El proceso contiene bien dos términos técnicos del Código Penal de su época, se podría pensar en ubicar a dicha novela al lado de una cualquiera introducción al Derecho penal, tanto de corte histórico como de corte técnico; o, eventualmente, podríamos ponerlos al lado del texto de mi querido amigo Alfredo Obarrio, en coautoria con Luis de las Heras Vives, El mundo jurídico en Franz Kafka. El proceso, en donde se desarrolla un estudio muy interesante sobre Derecho y Literatura. 

Hablando de personas conocidas, quizá estas asociaciones se podrían regir también sobre experiencias personales, pues también las contingencias favorecen nuevas posibles conexiones entre textos. De esta forma, yo podría poner los libros de Kafka al lado de los de Kierkegaard, pues la comparación entre los dos fue el tema de mi doctorado. Inclusive, me podría empujar a poner a Kafka al lado de los libros del escritor italiano Dino Buzzati, pues en el único congreso sobre Kafka en que participé en Italia, tuve la oportunidad de conocer al presidente de la “Associazione internazionale Dino Buzzati”, quien, luego de dictar una tremenda ponencia sobre la relación entre Buzzati y Alemania, me hizo la cortesía de homenajearme con un libro de diez poesías del escritor italiano –famoso por su El desierto de los tártaros–, traducidas en varios idiomas y con dedicatoria incluida. 

Ya para finalizar, y considerando que ahora mis libros de Kafka se encuentran en suelo latinoamericano, podría aprovechar la ubicación geográfica para acercarlo a los textos de Bolaño, en particular a El gaucho insufrible, que contiene el cuento El policía de las ratas, en donde el protagonista, Pepe el Tira, no es nada menos que el sobrino de Josefina la cantora, o sea, la rata protagonista de otro de los últimos cuentos de Kafka. Si queremos ser aún más precisos y decir que la parte de Suramérica en que me encuentro hace parte de Colombia, entonces podríamos encontrar un buen vecino en García Márquez, quien no hacía misterio de que la lectura de La metamorfosis fue la experiencia que le abrió el camino narrativo que habría recorrido a lo largo de su carrera de escritor. 

Por supuesto, estas asociaciones se podrían replicar casi que al infinito, y solo mi ignorancia es el límite. Tengo que admitir que hasta hace unos años nunca me había puesto el problema de cómo ordenar mis libros, pues aún no había leído el texto de Roberto Calasso Cómo ordenar una biblioteca, que plantea el problema de una forma brillante, también porque lo único que me interesaba era que la ubicación redujera al máximo mi tiempo de búsqueda, y esto lo obtenía mediante una ordenación por temas. Sin embargo, esta pregunta se ha abierto camino entre mis más agudas preocupaciones, justamente entre la salud de la prole y el nivel de colesterol, en cuanto leí un aforismo del director italiano Ettore Scola, que habla del “orden secreto de los libros” y, más o menos, reza así: “Hay un orden secreto. Los libros no se pueden colocar al azar. El otro día puse a Cervantes junto a Tolstói, y pensé: si junto a Anna Karenina está Don Quijote, seguro que este último hará todo lo posible por salvarla”.

Por ende, ordenar bien los libros no es solamente un tema estilístico o bibliotecológico, es más bien un tema de vida o de muerte, y la biblioteca de Umberto Eco nos ayuda a tener herramientas para encarar esta responsabilidad de forma más consciente.

Información adicional

Autor/a: Fabio Bartoli
País: Italia
Región:
Fuente: Periódico desdeabajo Nº338, Agosto 17 - Septiembre 17 de 2026

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