El propósito de este artículo consiste en caracterizar a las nuevas derechas a partir de tres tipos ideales o puros, construidos con base en la experiencia reciente de los Estados Unidos. Cuando aludimos a tipos ideales o puros nos referimos a caracterizaciones generales que no poseen un correlato empírico directo, pero que nos permiten comprender las transformaciones contemporáneas y orientarnos frente a ellas.
Nuestra hipótesis es que actualmente pueden distinguirse tres tipos ideales en lo que respecta a las nuevas derechas: una élite progresista, una élite neoconservadora y una élite emergente que podría caracterizarse como neorreaccionaria o, incluso, neofascista. Lo que nos interesa no es simplemente describirlas, sino comprender la relación que mantienen entre sí.
Por ende, sostenemos que la élite progresista, aunque vigente, ha quedado rezagada frente a la alianza que hoy se configura entre la élite neoconservadora y la élite neorreaccionaria. Esa alianza constituye, a nuestro juicio, uno de los rasgos más preocupantes de las transformaciones políticas recientes.
La élite progresista
La élite progresista se halla profundamente ligada a la última fase de la globalización capitalista y, por lo tanto, muy asociada a la deslocalización de las actividades productivas, a la apertura económica y a los tratados de libre comercio. Del mismo modo, promovió el llamado poder blando de los Estados Unidos mediante organismos internacionales, organizaciones no gubernamentales y distintos mecanismos de cooperación.
En el plano cultural impulsó formas de multiculturalismo compatibles con las lógicas del mercado. También promovió agendas relacionadas con el género, la etnicidad y la diversidad sexual, aunque con un énfasis muy marcado en las políticas de reconocimiento y en las reivindicaciones identitarias, sin cuestionar de manera sustancial las estructuras de poder sobre las que descansa el orden existente. A esto se suma la defensa del desarrollo sostenible entendido como la compatibilidad entre el desarrollo capitalista y la sostenibilidad ambiental. La expansión de las redes digitales como instrumento de interconexión global y la promoción de determinados procesos migratorios, siempre dentro de límites bien definidos, forman igualmente parte de este horizonte.
En el plano político esta élite impulsó modelos de gobernanza antes que de gobierno. Favoreció la participación conjunta de actores públicos, privados, organizaciones no gubernamentales y distintos sectores de la sociedad civil. Al mismo tiempo, defendió la democracia representativa pero complementada con algunos componentes participativos y deliberativos. En las relaciones internacionales privilegió la cooperación, aunque siempre dentro de un escenario de apertura económica.
Esta caracterización constituye el punto de partida del análisis. El desplazamiento relativo de la élite progresista ha abierto paso a una alianza entre las élites neoconservadora y neorreaccionaria. Comprender esa alianza exige caracterizar cada uno de estos tipos ideales y, posteriormente, examinar las distintas formas en que las élites conciben las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina y el Caribe.
La élite neoconservadora
La élite neoconservadora tiene como principal referente a Donald Trump y al movimiento Maga (Make America Great Again), aunque se trata de un movimiento heterogéneo que incorpora elementos provenientes de distintas tradiciones. También se identifica con la consigna America First. Esta élite expresa una forma particular de comprender tanto la política interna como las relaciones internacionales y encuentra una de sus formulaciones más claras en la actual Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (“doctrina Donroe”).
Su punto de partida es una concepción realista de las relaciones internacionales. El escenario internacional aparece integrado por Estados soberanos que defienden intereses nacionales permanentes y compiten entre sí por la preeminencia. La soberanía ocupa un lugar central y el equilibrio entre las potencias constituye siempre un equilibrio inestable. De ahí que las relaciones internacionales sean concebidas fundamentalmente en términos de competencia.
Esta concepción del orden internacional se acompaña de un énfasis muy fuerte en la unidad nacional. La nación requiere una cabeza capaz de representarla y, por esa razón, la figura del presidente adquiere un lugar central. El presidente no solo dirige el poder ejecutivo, también representa al cuerpo político en su conjunto y a sus intereses vitales. Aquí reaparece, por consiguiente, una tradición mucho más antigua, vinculada a la teoría de los dos cuerpos del rey, según la cual el monarca posee simultáneamente su existencia individual y representa al cuerpo político en su totalidad.
Otro elemento esencial consiste en la defensa constante de la civilización occidental. Europa es presentada como la cuna de dicha civilización, mientras que los Estados Unidos ocupan el lugar del sucesor. América Latina y el Caribe forman parte del mismo horizonte civilizatorio, aunque desde una posición subordinada que justifica una relación de tutelaje. Si los pueblos europeos son los abuelos, los Estados Unidos son el padre y América Latina y el Caribe los hijos menores de edad.
En cuanto al régimen político, esta élite defiende una concepción elitista y competitiva de la democracia. La democracia no es comprendida como el gobierno de “los muchos”, sino como el gobierno de “unos pocos” que compiten periódicamente por el poder mediante elecciones. Se trata, por lo tanto, de una defensa de la democracia liberal representativa entendida como un mecanismo de selección de clases dirigentes. En última instancia, la democracia se acerca más a las viejas formas de la monarquía y de la aristocracia que a cualquier otro régimen.
En todo caso, también es posible constatar una apelación constante al pueblo. Sin embargo, ese pueblo es concebido como una comunidad cultural relativamente homogénea, integrada por individuos titulares de derechos y libertades cuyo principal ámbito de realización es el mercado y las elecciones periódicas, las cuales adoptan la misma apariencia espectacular-mercantil. La libertad aparece estrechamente vinculada a la competencia, mientras que la cohesión nacional constituye la condición para preservar la fortaleza del Estado.
Por esa misma razón la producción industrial ocupa un lugar privilegiado. La fuerza de una nación se mide por su capacidad industrial y por la posibilidad de garantizar el acceso a fuentes de energía baratas. El control del hemisferio adquiere entonces una importancia estratégica, tanto por razones económicas como geopolíticas. A esto se añade el lugar que ocupa el ejército. La industria militar representa uno de los principales sectores de la economía estadounidense y, a la vez, el poder militar expresa la capacidad de los Estados Unidos para conservar su posición hegemónica en el escenario internacional.
La élite neorreaccionaria o neofascista
La élite neorreaccionaria constituye, con seguridad, el fenómeno más importante dentro de las nuevas derechas. Se trata de una élite todavía en formación, pero que ya ocupa una posición considerable en los Estados Unidos. Basta pensar en figuras como Elon Musk, Alex Karp o Peter Thiel, así como en el resto de los empresarios e “intelectuales” asociados al movimiento denominado Ilustración Oscura. Autores como Curtis Yarvin y Nick Land forman parte de este universo intelectual, aunque cumplen sobre todo una función de legitimación del nuevo proyecto.
Llamamos a esta élite “neorreaccionaria”, o incluso “neofascista”, apelando al concepto clásico de reacción. Los reaccionarios son, en sentido estricto, revolucionarios invertidos. Conservan la idea de una transformación acelerada de la sociedad, pero orientan esa transformación hacia la conservación y profundización del orden existente, además de atacar violentamente cualquier conato realmente revolucionario. Lo reaccionario supone una apelación permanente al cambio y a la aceleración, pero sin cuestionar los fundamentos del orden vigente. En ese sentido consideramos pertinente hablar de una élite neorreaccionaria o neofascista.
Los integrantes de esta élite comparten una premisa esencial. Consideran que la aceleración tecnológica no es todavía lo suficientemente intensa y que las sociedades actuales carecen de la capacidad para planificar el desarrollo a largo plazo. Esa premisa se encuentra estrechamente ligada a su concepción de la libertad. La libertad se identifica con la creatividad, el emprendimiento, el ensayo, el error y la capacidad de corregir rápidamente los “fallos del sistema” para continuar acelerando el desarrollo tecnológico. Todo aquello que dificulte ese movimiento aparece como una restricción de la libertad.
De ahí surge una crítica permanente a la burocracia, a la deliberación, a la proliferación de diferencias y a la expansión continua de las regulaciones. Desde esta perspectiva, todos esos elementos ralentizan la aceleración tecnológica e impiden planificar el futuro. El problema consiste en que esos mismos elementos forman parte de las democracias contemporáneas. Los aparatos administrativos encargados de llevar a cabo políticas públicas, los procedimientos deliberativos, el pluralismo y las regulaciones son aspectos característicos de los regímenes democráticos, con todas las limitaciones que puedan poseer. Así, esta nueva élite concluye que la libertad debe defenderse frente a la democracia, porque la democracia constituye el principal obstáculo para la aceleración tecnológica y la planificación a largo plazo. Aquí puede incluso producirse una eventual ruptura con la élite neoconservadora y, con mayor razón, con la élite progresista. La élite neorreaccionaria es abiertamente antidemocrática.
Las propuestas que se desprenden de este diagnóstico permiten comprender mejor el alcance de este proyecto político. En primer lugar, se trata de una élite que pretende superar el Estado-nación en su forma republicana y avanzar hacia nuevos cuerpos políticos organizados de acuerdo con un principio monárquico. Como lo ha planteado Curtis Yarvin, en vez de un presidente elegido periódicamente la cabeza del cuerpo político debería ser un director ejecutivo (CEO empresarial), capaz de planificar el desarrollo tecnológico a largo plazo y de acelerar al máximo los procesos de innovación. La empresa tecnológica aparece así como el modelo de organización política.
En segundo lugar, esta élite sostiene que actualmente se está configurando una suerte de superinteligencia posthumana. Las referencias constantes a la inteligencia artificial general (IAG) y a la singularidad responden precisamente a dicha idea. El desarrollo tecnológico conduciría a la formación de un superorganismo al que los seres humanos terminarían integrándose. La consecuencia de este proceso sería la obsolescencia de lo humano. De este modo, la Ilustración Oscura, como movimiento, no solo recupera imaginarios monárquicos, sino que también supone que la propia humanidad constituye una etapa transitoria del desarrollo tecnológico capitalista. Land es quizás el mayor de los propagandistas a este respecto.
En tercer lugar, esta élite propone sustituir a la democracia representativa por una suerte de democracia aclamativa, la cual difícilmente podría continuar llamándose democracia. Las plataformas digitales permitirían que la población manifieste periódicamente su aprobación respecto de las decisiones adoptadas por el director ejecutivo (CEO empresarial) y su equipo de gobierno. Se recupera así una idea ya presente en Carl Schmitt, el infame jurista nacionalsocialista, según la cual la legitimidad política descansa menos en la deliberación que en la aclamación pública. No resulta casual que el control de las plataformas digitales ocupe un lugar estratégico dentro de este proyecto.
En el ámbito de la seguridad, la competencia entre las grandes potencias se desplaza progresivamente hacia el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial, de armas letales autónomas y de vigilancia masiva. Palantir, de Thiel y Karp, es la empresa que lleva la delantera. Además, esta élite sostiene que los problemas ambientales y las demás externalidades negativas del sistema capitalista pueden resolverse mediante una aceleración todavía mayor del desarrollo tecnológico. La búsqueda de nuevas fuentes de energía, la exploración espacial, la terraformación de Marte o la explotación de recursos fuera del planeta responden a esa lógica. El supuesto de fondo consiste en que, como lo ha manifestado públicamente Musk, los problemas del sistema pueden resolverse administrándolo mejor y acelerando su desarrollo.
Finalmente, en esta élite la crítica de la fragmentación cultural coexiste con una defensa del individualismo, la competencia, la meritocracia y la expansión permanente de las capacidades individuales. La tecnomonarquía exige homogeneidad cultural e hiperindividualismo al mismo tiempo. La sociedad no es un espacio de deliberación política, de intersubjetividad y de igualdad en la diferencia, sino un metasistema que debe administrarse de la manera más eficiente posible.
Las relaciones con América Latina y el Caribe
Las diferencias entre los tres tipos ideales también permiten comprender las distintas formas en las que cada una de estas élites concibe su relación con América Latina y el Caribe.
Para la élite progresista, esa relación debe organizarse alrededor de la cooperación, aunque siempre dentro de un escenario de apertura y competencia económica desigual. La cooperación no supone cuestionar las dinámicas de la globalización capitalista, sino fortalecer los organismos internacionales, ampliar los mecanismos de integración y promover la participación de organizaciones no gubernamentales y de distintos actores de la sociedad civil.
La élite neoconservadora concibe la relación de otra manera. América Latina y el Caribe forman parte de la civilización occidental, pero ocupan una posición subordinada dentro de ella. De ahí que la relación deba ser de tutela. Los “hijos” no pueden administrar ni siquiera sus propios recursos naturales, como Trump lo manifestó abiertamente tras la invasión a Venezuela. Los Estados Unidos aparecen como la potencia encargada de preservar el orden hemisférico y de garantizar la unidad de Occidente.
La élite neorreaccionaria va más allá. Si su propósito consiste en sustituir al Estado republicano por nuevos cuerpos políticos organizados de acuerdo con un principio monárquico, la relación con los demás países ya no puede ser de cooperación ni simplemente de tutela, debe convertirse en una relación de vasallaje.
La referencia deja de ser el Estado moderno, pues el modelo se aproxima más a la monarquía absolutista y a las relaciones propias de la nobleza, donde la alta nobleza establece vínculos de subordinación con la baja nobleza. En eso es en lo que consiste la vieja institución del vasallaje. Trasladada al escenario internacional, esta lógica supone un orden jerárquico en el que los Estados Unidos ocupan el centro político y tecnológico, mientras los demás países quedan integrados en relaciones permanentes de vasallaje.
Si esta caracterización es correcta, el ascenso de la élite neorreaccionaria o neofascista debería ser objeto de enorme preocupación. No hablamos únicamente del fortalecimiento de una nueva derecha, sino de la emergencia de una élite que cuestiona abiertamente la democracia, reivindica formas de organización política de carácter tecnomonárquico y proyecta una reorganización de las relaciones internacionales sobre la base de relaciones de vasallaje.
* Artículo basado en la intervención preparada para el evento “Los pueblos de América Latina ante el desafío de las nuevas derechas”, llevado a cabo el 15 de julio de 2026 y organizado por la Red de Estudios en Postcapitalismo.
** Doctor en filosofía. Politólogo. Docente e investigador universitario.


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