Necesitamos un reflector

Desde el momento mismo en que el hoy presidente apareció en la escena electoral, no fue difícil desnudar su discurso y avanzar entre las entrelíneas de sus palabras. Fue ello lo que permitió identificarlo en sus raíces proestablecimiento. Hijo de este, con fuertes lazos y expresiones meridianas del mismo como algunos clanes familiares, poderes económicos locales y líderes paramilitares, no tenía por qué ser distinto. Para no pocos, un discurso y un proyecto fascista; para otros, un discurso y un proyecto ultraderechistas. En el curso de los meses de campaña se multiplicaron los artículos que argumentaban sobre ese doble carácter. Una vez ungido Presidente, no fue distinto.

Se trata del carácter de su cuerpo y de su alma, algo que no puede ocultar por más que lo pretenda, particularidades realzadas por muchos analistas internos. No es diferente desde el exterior: numerosos medios de comunicación abren sus artículos por igual senda: “El ultraderechista …”. En el caso de fascista, la caracterización parece decirlo todo pero corre el riesgo de no decir nada. ¿Qué le dirá a la gente de a pie eso de “fascista”? ¿Pensarán que el nuevo presidente es igual a Mussolini o a Hitler?

¿Y si el personaje es igual a aquellos otros que desde antes de la Segunda Guerra Mundial y posterior a ella sellaron con sus actos y crímenes de lesa humanidad la memoria popular mundial, qué esperar realice en sus cuatro años como cabeza del país su fotografía criolla? ¿Impondrá un pensamiento único? ¿Desatará una caza de brujas que suma al país en el terror? ¿Perseguirá y criminalizará a todo tipo de minorías y disidencias? ¿Militarizará la sociedad, haciendo de la misma un gran ejército disciplinado y a las órdenes de un líder único? ¿Obligará al exilio a quien disienta? ¿Acabará con los partidos y las elecciones? ¿Legitimará una única forma de ser y obrar como colombiano?

El problema de usar categorías como fascista, que no han sufrido procesos de actualización en sus rasgos básicos, es que termina por caricaturizar la realidad. Como es de fácil comprobación, los tiempos son otros y diferentes también las características en economía, cultura y tecnología. La unidad nacional para hacerlo posible, ni siquiera entre los cacaos, el verdadero poder a la sombra en el país, cuenta con unanimidad. Con un problema aún más complejo que se desata de esa caracterización: que no permite diseñar formas elásticas de resistencia. Preguntamos: si el fascismo fue dictadura extrema, como en efecto lo fue, con potentes manifestaciones culturales, ideológicas y políticas; con niveles de control social de extrema profundidad; si además fue militarismo, guerra y colonialismo desatados, además de otras muchas particularidades que lo erigieron como doctrina de una burguesía con voluntad de recuperar un imperio, ¿este tipo de sistema qué espacio les dejó a los pueblos de la época para enfrentarlo y superarlo? ¿Y cómo lo derrotaron? ¿Cómo terminó Mussolini? ¿Y cómo fue posible llevarlo al paredón?

La historia de su desenlace es ampliamente conocida. De acuerdo con esto, entonces, ¿es posible enfrentarlo y enterrarlo por medios electorales? Esta es la complejidad del asunto. Porque la caracterización del régimen político debe ser precisa, de modo que permita el diseño de una estrategia y una táctica adecuadas, así como definir las consignas que deben desprenderse de ello, como también establecer las formas de organización por materializar, para lograr que quienes padecen el dominio de una clase se sobrepongan y logren transformar esa realidad. Sin la caracterización adecuada, las acciones de los oprimidos no dejarán de ser más que actos deshilvanados, suma de buenas voluntades, sin posibilidades de llevar al adversario contra las cuerdas, mucho menos vencerlo, recordando en todo momento que un propósito de tales proporciones no es de una minoría para enfrentar otra minoría sino la de un pueblo apropiado de su razón y sus intereses históricos, movilizado para hacerlos realidad. 

De ahí que sea más propicia y adecuada la caracterización del personaje hoy en la presidencia del país como ultraderechista, extendida esa señal al régimen político, sellado también como autoritario. Ultraderechista, es decir, una entidad que, siendo de derecha, va más allá de la misma, hasta su extremo. Si la derecha clásica sabía moverse entre los márgenes que tendían frontera con la antidemocracia, y sabía respetar los principios básicos que soportan el cuerpo social que ayudó a configurar hace ya varios siglos, los sectores de radicalismo extremo que ahora se desprenden de su cuerpo y su sangre no se someten a lo mismo y sí están dispuestos a quebrarlos o reconstruirlos. El problema es con qué se enfrentan y tratan de esclarecer al paso, porque no saben con precisión cómo realizarlo. Tienen a su disposición la necesaria tecnología para impulsarlo pero les falta mucho para reorganizar el tejido social, indispensable para materializar sus ideas en cuanto al deseado funcionamiento del cuerpo social, que implica reencauzar el papel de la familia, la mujer, la escuela, la producción, el uso del tiempo, las formas de consumo, su imparable deseo desarrollista, etcétera.

De ahí que sea más propicia y adecuada la caracterización del personaje hoy en la presidencia del país como ultraderechista, extendida esa señal al régimen político, sellado también como autoritario. Ultraderechista, es decir, alguien que siendo de derecha opta por ir más allá en sus principios y postulados económicos, políticos, ideológicos, hasta su extremo. Si la derecha clásica sabía moverse entre los márgenes que tendían frontera con la antidemocracia, y sabía respetar los principios básicos que soportan el cuerpo social que ayudó a configurar hace ya varios siglos, los sectores de radicalismo extremo que ahora se desprenden de su cuerpo y su sangre no se someten a lo mismo y sí están dispuestos a quebrarlos o reconstruirlos. El problema es con qué se enfrentan y tratan de esclarecer al paso, porque no saben con precisión cómo realizarlo. Tienen a su disposición la necesaria tecnología para impulsarlo pero les falta mucho para reorganizar el tejido social, indispensable para materializar sus ideas en cuanto al deseado funcionamiento del cuerpo social, que implica reencauzar el papel de la familia, la mujer, la escuela, la producción, el uso del tiempo, las formas de consumo, su imparable deseo desarrollista, etcétera.

Esta exploración en vivo, con alto impacto para las mayorías nacionales allí donde se va abriendo espacio, no es un asunto de un país en particular, pues ya aparece como una mancha que amenaza extenderse por el mundo. Su origen nos remonta a 1972 con la fundación del Frente Nacional para la Unidad Francesa, por Jean-Marie Le Pen, que abogaba por un nacionalismo económico radical y la defensa de los valores cristianos como la base de lo entendido como cultura Occidental, a la que consideraban amenazada por el espíritu libertario heredado de la revuelta de mayo del 68, que puso en primer plano la discusión sobre la opresión de las mujeres y de las minorías raciales, así como el cuestionamiento del consumismo y las lógicas de la competencia y la ganancia como valores incuestionables. 

La primera toma trascendental de un gobierno importante por un representante de ese nuevo discurso tuvo lugar en enero de 2017 con la asunción de Donald Trump a la presidencia de USA, y cuyo tutor ideológico en la campaña fue Steve Bannon, un “cruzado” del extremismo que, sin embargo, por razones de imagen, tuvo que ser apartado rápidamente de las responsabilidades administrativas, por su cercanía con movimientos neonazis defensores abiertos del discurso de la supremacía blanca.  En el entorno latinoamericano, la primera forma de organización transnacional del extremismo de derecha surge en 2020 con la llamada Carta de Madrid, centrada en el anticomunismo,  y que fue el punto de partida para la creación del Foro de Madrid, una alianza de movimientos políticos extremistas del llamado universo hispanoamericano. 

Llama la atención que en la Carta de Madrid aparecen como firmantes, entre otros, los nombres de Javier Milei, José Antonio Kast (presidentes de Argentina y Chile respectivamente), Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, Eduardo Bolsonaro (hermano del actual candidato de la ultraderecha en Brasil), prófugo de la justicia de su país y acogido y protegido por el actual presidente norteamericano. De Colombia, asistieron María Fernanda Cabal y Paola Holguín, figuras del actual gobierno, lo que lleva a preguntarnos, ¿puede, bajo esas circunstancias, considerarse que la elección de Abelardo de la Espriella es resultado estricto de intereses nacionales? Y si en ello juegan abiertamente fuerzas transnacionales, ¿eso obliga a las organizaciones sociales de los grupos subordinados a estrategias no exploradas?

La transferencia de una ideología, surgida en los países del centro muestra, sin embargo, dificultades. El nacionalismo económico y el supremacismo blanco, bases del movimiento en Europa y USA, no tienen sentido para las élites de los países subordinados, donde el extractivismo y los mestizos son lo dominante. Queda el discurso de la batalla cultural avenido con los valores cristianos más conservadores, el autoritarismo, la extinción de la “izquierda” y, paradójicamente, la entrega del territorio. 

En esta ofensiva, que parece tenerlo todo claro, la evidencia reconfirma que van avanzando sobre un método de ensayo y error, en el cual algunos de sus componentes son diferentes para Estados Unidos y los llamados países del centro (los europeos entre ellos) y lo que le corresponde a nuestros países. Así, por ejemplo, frente al reajuste o transformación del sentido y funcionamiento del Estado: para Estados Unidos, se trata de fortalecerlo, usándolo como palanca para poder concretar sus propósitos de garantizarse su dominio global como imperio; por otra parte, en países como los nuestros, con epicentro experimental en Argentina, buscan debilitarlo para darle espacio a la acumulación despiadada, sin límites, de una minoría. Un debilitamiento que pasa por negar las bases que lo han soportado a lo largo de varios siglos, una de ellas el principio de soberanía, en todas sus variantes y concreciones.

Este propósito global, desprendido de una élite gringa, surgido en medio del caos que vive y atraviesa el Sistema Mundo Capitalista, obliga, en tanto el caos no les permite una manera de proceder que goce de plena legitimidad, a imponerse por vía autoritaria. De ahí que estén forzados a transgredir las formas y normas de la democracia liberal, negando, por ejemplo, los derechos humanos como núcleo central del funcionamiento armonioso, con vocación de justicia y paz, de todo el cuerpo social.

Estamos ante un autoritarismo que no pretenden llevar hasta lo conocido clásicamente como dictadura, pero sí a desenvolverse hasta sus extremas fronteras. El asalto al poder legislativo en Estados Unidos, para imponer la continuidad de Trump en el poder, vencido en las urnas, es evidencia de ello; pero también el desconocimiento de reglas que garanticen la convivencia entre naciones. Cabrían otros muchos ejemplos.

En medio de tal panorama, como agentes menores en el laboratorio mundial, actúan y sitúan sus pretensiones personajes como el hoy presidente en Colombia. De ahí su adhesión y sometimiento irrestricto al proyecto encabezado por Trump, dejando a nuestro país como ficha de un poder global.

Para ajustarse al modelo de Estado que experimenta ese poder global, el recién ungido mandatario nacional impulsará una reorganización de nuestro cuerpo social, abriéndole espacio a un disciplinamiento, no por vía impositiva, pero sí buscando reconocimiento y aceptación mayoritaria a renovadas expresiones culturales. La familia, la educación, las Iglesias, entre otros segmentos de la superestructura servirán como pivotes. Las diversidades sexuales se verán afectadas, así como la mujer verá cuestionado su papel dentro del cuerpo social; también las minorías en general.

En la particularidad colombiana, el conflicto armado ganará nuevos niveles.  Recuperar el territorio –una de las columnas del Estado único y de la soberanía, desconocida en otros aspectos– y la seguridad, así como el “monopolio de las armas”, serán las banderas que servirán para ese propósito. Aquellos elementos, sin estar cerrados  –pues apenas son parte de un todo que acá no alcanza a ser desarrollado a plenitud –, brindan algunas de las pistas indispensables para caracterizar el régimen político colombiano que se está reconfigurando de la mano del nuevo gobierno. Tal acercamiento permite establecer la estrategia y táctica adecuadas para enfrentarlo, así como para definir las consignas precisas que conduzcan el esfuerzo por acometer, de manera que se logre impedir que una elite tecnócrata se haga con el gobierno y el Estado más allá de 2030.

La caracterización del régimen, la clase o el segmento que lo lidera, es un debate en ciernes que deberían asumir las organizaciones sociales, todas, para levantar esclusas, para ganar la iniciativa, con autonomía, sin quedar al servicio de un partido, cualquiera este sea. Esa autonomía es indispensable para poder experimentar nuevas formas de organización social, no apegadas ni sometidas a la dinámica electoral, que rompe el ciclo natural de acumulación de fuerzas al reducirlo y someterlo a los ritmos institucionales. 

Un necesario encuentro de todas sus expresiones, locales y nacionales, que funcione y haga las veces de un reflector, deberá activarse para iniciar el debate y, con este, para delinear las claves de la estrategia, táctica y consignas que permitan llevar a la defensiva a quienes pretenden convertir a nuestros países en nuevas colonias del país del Norte, y a nuestra población en una suma de ovejas amedrentadas por un tigre, de papel. 

Información adicional

Autor/a: Equipo desde abajo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº338, Agosto 17 - Septiembre 17 de 2026

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