Buitre

Matar y rematar. Y, para colmo, extraerle al cadáver hasta el último de sus estertores. Uno de ellos, el miedo y el terror que puede proyectar sobre el cuerpo social.

Se trata de una economía de la muerte del enemigo, proyectando con su cuerpo inerte la imagen del poder vencedor, el mismo que le asegura igual destino a quien se le oponga de manera violenta. En algunas ocasiones, no necesariamente violenta: simplemente a quien se le oponga de manera activa.

En la historia de la humanidad, esa forma de proyectar el poder de quien domina ha estado presente de manera constante, si bien en décadas recientes se ha tratado de minimizar el ejercicio del poder, violento, sobre el cuerpo del enemigo, y en algunos casos del contrario.

Al comienzo de la era que vivimos, según la historia universal, esa forma de violencia, poder y utilización de quien era condenado a muerte, era parte del espectáculo que conocimos como “pan y circo”, mecanismo de control y sometimiento social. Y era realizada no solo en el conocido “circo romano” sino además fuera de él. La imagen más conocida es la de Jesús Cristo, tanto en el recorrido que lo llevó al Calvario como en su crucifixión. Algo común por entonces. Cuerpo clavado a una cruz que era abandonado allí, expuesto ante la vista de todos para “educar con el ejemplo”.

Esa violencia extrema sobre el cuerpo condenado a la muerte por quien dominaba y determinaba quién vivía y quién moría, conoció transformaciones. Ya no se crucificaba pero sí se sometía a horrendas torturas a quien había caído en desgracia ante los ojos del poder. La quema de brujas, pero asimismo de infieles, fue una constante por años.

La supuesta humanización del castigo que conocieron numerosas sociedades, hasta extenderse por la gran mayoría de pueblos, eliminó la muerte violenta como forma directa de castigo, así como llevó los cuerpos de los condenados por un delito y otro al encierro en condiciones en las cuales se perdía todo derecho y se padecía la muerte lenta. Una muerte, un cadáver descompuesto entre rejas, que ya no era exhibido ni usado como evidencia de lo que podría ocurrirle a quien osara denunciar el autoritarismo o la dictadura. Y, entre ellos, a quien osara rebelarse.

Pero se conocieron reversiones en la forma del castigo, retomando el asesinato del contrario o al contradictor, llevados a la condición de enemigos, como espectáculo público. Con un “valor agregado”: utilizando su cuerpo desmembrado para dispersarlo por varias partes de un territorio, de suerte que la gente pudiera contemplarlo y medir las consecuencias de la rebeldía o del simple desacato. Lo ocurrido a los Comuneros en 1782 constituyó la mayor y más potente muestra de aquello –Como se recordará, el cuerpo de José Antonio Galán, luego de ser fusilado –pues el verdugo falló con la horca–, fue desmembrado al atársele a varios caballos arreados en direcciones opuestas, y su cabeza exhibida en Guaduas, la mano izquierda en Socorro, la derecha en San Gil, el pie derecho en Charalá y el izquierdo en Mogotes. Otros de sus compañeros de digna rebeldía sufrieron igual muerte y destino, y dos centenares de ellos fueron azotados hasta el límite de la vida.

En el curso de la guerra independentista, el sometimiento del contrario al escarnio público, hasta la muerte, fue común. De ello no estuvieron exentas las tropas libertadoras. El terror era política oficial. Había que intimidar al rebelde hasta hacerle perder la voluntad de combatir.

Un siglo y unas cuantas décadas más, tales ejercicios de poder y control social, que se creían superadas, se desataron por los campos colombianos. Los chulavitas multiplicaron el llamado corte de franela, la exhibición de cráneos de los asesinados sobre cualquier palo al borde del camino, la quema de caseríos, con sus pobladores adentro si no salían despavoridos y dejando sus pertenencias en manos de los godos, algo que retomaron cinco décadas después los paramilitares, sometiendo a tortura y muerte pública a quienes señalaban como ‘comunistas’. Jugar con las cabezas de los asesinados también hizo parte de aquellos actos macabros. En zonas urbanas, la explosión de cuerpos de los señalados como guerrilleros (inolvidable el asesinato de Luis Fernando Giraldo Builes, joven sindicado de guerrillero, quien fue atado a un poste y adhiriéndole a su humanidad dinamita, Medellín, agosto 20 de 1983) ocurrió igualmente, así como colgar en un helicóptero los cadáveres de los asesinados y sobrevolar con ellos sobre las poblaciones.

En todos los casos, matar y rematar. Atemorizar y “educar con el ejemplo”.

Vuelven los ejercicios demenciales del poder que una y otra vez se creen superados, pues una y otra vez el poder los revive. Sucedió el 2 de septiembre cuando De la Espriella se paseó entre cadáveres de guerrilleros caídos en combate, como si se tratara de un buitre sobrevolando sobre su presa. El mensaje no deja sombra alguna de lo que el poder pretende: ocurrió en tiempos del Imperio Romano; también cuando el Vaticano era imperio; el español hizo de aquello una práctica común. ¡Y el gringo no ha estado exento! Pero tampoco en tiempos de nuestra república, en varios momentos y épocas, como ya lo anotamos. En todos estos casos la necropolítica asciende y se sienta en el trono del rey o el gobernante, quien –embebido en sus sueños de poder absoluto– desconoce la dignidad y los derechos del contrario y del enemigo.

Negada la dignidad del vencido, la venganza vuelve y queda sobre el terreno. Como escribió Gonzalo Arango a propósito de la muerte de Desquite: “[…] resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas”, sentencia que, leída en días del recién iniciado gobierno de De la Espriella, indica a todas luces cómo la espiral de violencia que ha marcado por décadas a nuestro país, y la continúa marcando, no dejará de hacerlo. Y, muy seguramente, ascenderá hasta extremos no conocidos.

Son estos tiempos aciagos. La sociedad, si no quiere que la adentren en una espiral de guerra y muerte, deberá romper el silencio o el goce complaciente al ver al contrario sometido y humillado por el poder absoluto del Estado. “Vivir para contarlo”.

Información adicional

Autor/a: Equipo desdeabajo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº339, Septiembre 17 - Octubre 17 de 2026

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