La historia colombiana tiene una pulsión recurrente: cada vez que una élite siente que pierde su legitimidad democrática, intenta investirse de una legitimidad superior, divino-militar. No es nuevo. Es una constante que va desde La Violencia hasta el tecnofascismo actual
El antecedente: La sacralización del crimen
Durante La Violencia (1946-1958), los grupos paramilitares conservadores conocidos como “chulavitas”, pájaros y policías politizadas, asesinaban no solo en nombre de una facción. Asesinaban gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Partido Conservador!”1.
Esta consigna es clave para entender el mecanismo. Como señala Carl Schmitt2, todo poder que no puede justificarse políticamente busca justificarse teológicamente. Al gritar “Viva Cristo Rey” mientras se cometía una masacre, se lograba una operación semiótica: el crimen dejaba de ser crimen y se convertía en cruzada. El sicario dejaba de ser sicario y se convertía en soldado de Dios. Es la perversión fundacional: poner lo sagrado al servicio de lo criminal.
Ese es el manual que se repite hoy.
El Payaso siniestro y la política como espectáculo
Lo que definimos en texto anterior como “Payaso siniestro”3 encuentra aquí su marco teórico completo; Guy Debord4, advierte que “todo lo que antes era vivido directamente, se ha convertido en una mera representación”. El político ya no actúa, representa.
El Payaso siniestro es el actor perfecto de esta sociedad. Su función fue descrita por Umberto Eco5: el fascismo eterno no necesita ser coherente, necesita ser emocional y contradictorio. Necesita ser a la vez payaso y amenaza.
Su anatomía es doble:
a) La morisqueta: El gesto grotesco, el insulto, el saludo militar hecho por un civil que jamás prestó servicio militar.
b) Lo siniestro: Mientras miramos la morisqueta, se normaliza lo que antes era impensable.
Hannah Arendt6 explica que el totalitarismo banaliza sus propios rituales para que todos puedan participar sin culpa. Cuando un civil que nunca estuvo en un cuartel hace un saludo militar como chiste, como performance para redes, no está honrando a las Fuerzas Militares. Las está banalizando. Las vacía de su contenido institucional, republicano y disciplinario, y las convierte en utilería de un show. Es, como decía Walter Benjamin7, la estetización de la política: convertir el poder en una cuestión de estilo, no de legitimidad.
Poner a disposición del poder ilegítimo el saludo castrense es decirle a la institución: “ustedes ya no son del Estado, son de mi tribu, de mi manada”.

La usurpación contemporánea: camiseta, himno y selección
La operación se completa con lo que Roger Griffin llama palingenesia ultranacionalista8: la fantasía de que la nación debe renacer purificada. Para eso hay que secuestrar sus símbolos.
Tres pasos del mismo libreto:
a. La camiseta de la Selección: Ya no es el amarillo de todos. Se le borda el Sagrado Corazón, se le pone una charretera militar. Deja de ser deporte y se vuelve uniforme ideológico. Como advertía Hobsbawm9, el fútbol es el último ritual tribal de la modernidad. Quien controla la camiseta, controla el sentimiento de pertenencia.
b. El intento de modificar el himno: Cambiar la letra o la música no es folclor. Es lo que Ernst Cassirer10 describió como la técnica del mito político: si cambias el mito fundacional, cambias la obediencia que produce. El himno es un contrato. Alterarlo es intentar reescribir el contrato a favor del líder.
c. La fusión divino-militar: Sagrado Corazón + camuflado + bandera. Es el “Viva Cristo Rey” de los chulavitas pero actualizado para las redes sociales. Se pretende investir a una élite dominante de un poder que no tiene en las urnas, por eso lo busca en el cielo y en los cuarteles.
Es una investidura grotesca porque, como dice Debord, en el espectáculo el poder ya no necesita ser legítimo, solo necesita ser creíble por 15 segundos en un video.
La perversión de los símbolos patrios no busca que ames más a tu país. Busca que confundas país con patrón, fe con partido y ejército con barra brava. Y una vez confundido, ya puedes ser movilizado para defender lo indefendible gritando, otra vez, ¡Viva Cristo Rey!
1 Guzmán Campos, G., Fals Borda, O. y Umaña Luna, E. (1962). La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social. Tomo I. Bogotá: Ediciones Tercer Mundo.
2 Schmitt, C. (1922). Politische Theologie. Vier Kapitel zur Lehre von der Souveränität. Berlín: Duncker & Humblot. Edición en español: (1998). Teología Política. Buenos Aires: Struhart y Cía
3 Calderón, C.E. (2026, agosto 23). El payaso siniestro. [Publicación de Facebook]. https://www.facebook.com/share/p/19fm4TKT4j/
4 Debord, G. (1967). La société du spectacle. Paris: Buchet-Chastel. Edición en español: (1999). La sociedad del espectáculo. Valencia: Pre-Textos.
5 Eco, U. (1995). Ur-Fascism / Fascismo Eterno. Conferencia en Columbia University, 24 de abril de 1995. Publicado en The New York Review of Books, 22 de junio de 1995. Edición libro: (1996). Cinco escritos morales. Barcelona: Lumen.
6 Arendt, H. (1951). The Origins of Totalitarianism. New York: Harcourt Brace. Edición en español: (1974). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus.
7 Benjamin, W. (1936). Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit. En Zeitschrift für Sozialforschung. Edición en español: (1989). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Discursos Interrumpidos I. Madrid: Taurus.
8 Griffin, R. (1991). The Nature of Fascism. London: Routledge.
Capítulo 2: “Palingenetic ultranationalism as generic fascism”, pp. 32-48.
9 Hobsbawm, E. J. (1990). Nations and Nationalism since 1780. Cambridge: Cambridge University Press. Edición en español: (1991). Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona: Crítica.
10 Cassirer, E. (1946). The Myth of the State. New Haven: Yale University Press. Edición en español: (1947). El mito del Estado. México: FCE.
Capítulo XVIII: “El mito en nuestro tiempo”.
* Carlos E. Calderón Ll. PhD en ciencias-biología, progresista.



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