Los riesgos del tecnorreformismo corporativo para el sistema educativo

Existe la creencia de que las tecnologías son desarrolladas por centros de investigación autónomos, impulsados por un compromiso abstracto con la verdad y el bienestar humano, y que, posteriormente, dichas tecnologías son introducidas en diversos ámbitos de la existencia cotidiana. Se confía en que las tecnologías llevan consigo una marca de neutralidad, que su impacto social depende solo del uso que diversos actores sociales realizan de las mismas. Sin embargo, ningún tipo de investigación puede disociarse de los intereses y visiones de mundo que, consciente o inconscientemente, poseen los actores, instituciones y sociedades que la llevan a cabo. Esto, por supuesto, también aplica para el caso de la introducción de nuevas tecnologías en el ámbito educativo. 

De hecho, existe un proyecto tecnorreformista en curso asociado a las megacorporaciones tecnológicas, el cual involucra una redefinición profunda tanto del sistema educativo como del sentido de la educación. Los defensores del tecnorreformismo argumentan que el actual sistema educativo, de inspiración industrial, funciona como una pesada cadena de montaje excesivamente jerárquica y disociada de los requerimientos del mundo laboral. Siguiendo la lógica de la innovación empresarial, proponen modelos gerenciales de gobernanza, privados o público-privados, capaces de implementar “pruebas beta” que conviertan la experiencia de aprendizaje en algo placentero, personalizado, flexible, continuo y donde los docentes se transformen en mentores o tutores, algunos de ellos automatizados. La consigna es “fracasar rápido y seguido hasta lograr reiniciar el sistema”. Esto involucra permanentes adquisiciones de paquetes tecnológicos con sus respectivas actualizaciones. 

El sueño tecnorreformista se encuentra lleno de riesgos. Uno de ellos tiene que ver con la recomposición de la fuerza de trabajo y la producción de subjetividad. La sustitución de la figura del docente por la del tutor o mentor, en la práctica, ha tendido a eliminar a todo un gremio que no solo defiende sus derechos laborales, sino que delibera colectivamente y de modo constante sobre el propio sentido de la educación y del conocimiento generado. La figura activa y crítica de la docencia es sustituida por la del gestor de contenidos altamente estandarizados y programados de antemano, a veces incluso completamente automatizados. Con esto se vulnera la libertad de cátedra y enseñanza, incrementa la concentración tecno-empresarial de poder y se profundiza la precarización laboral, pues el tiempo de enseñanza “liberado” no redunda en mayor libertad o dedicación a la cualificación y la investigación, sino en un desdibujamiento de la labor al ampliarla a actividades burocráticas y asociadas a la venta de “servicios académicos”. 

La educación, por supuesto, no es concebida aquí como derecho fundamental, ni el conocimiento como bien común. El tutor se transforma en “todero”, como decimos coloquialmente en Colombia, con contratos cortos, pésima remuneración, sin control sobre su quehacer intelectual y sin capacidad de decisión o negociación colectiva. La promesa democrática y libertaria muta rápidamente en pesadilla tecno-autoritaria. Por otro lado, la tutoría personalizada sitúa al estudiante en la posición de consumidor permanente de “productos educativos”, a menudo endeudado, y como supuesto único responsable de su propio éxito o fracaso. Su libertad se reduce a libertad de elección guiada por una racionalidad instrumental y, en muchas ocasiones, el aprendizaje implica mera “maestría algorítmica” antes que la adquisición real de una capacidad. Ahora bien, cuando la capacidad es realmente adquirida suele estar exclusivamente en función de los “requerimientos del mercado”. 

Por último, pero no menos relevante, el aprendizaje individualizado y “placentero” constituye, en la mayoría de los casos, un proceso de externalización de la motivación basado en la recopilación de datos para el posterior redireccionamiento de la conducta. En lo que respecta a los tutores, dicha recopilación se traduce en una mayor vigilancia y en una reducción drástica de la autonomía intelectual. Más aún, las fronteras entre mentor y mentorizado se desdibujan a tal grado que los tutores son compelidos a consumir constantemente actualizaciones so pena de perder vigencia y, por ende, su puesto de trabajo. 

Las tecnologías no son fuerzas divinas ni sobrenaturales, urge discutir de manera democrática qué tipo de tecnologías queremos producir, para qué y cuál debe ser su vínculo con la transformación del sistema educativo. 

El proyecto tecnorreformista corporativo no posee la última palabra. 

* Doctor en filosofía. Politólogo. Docente e investigador universitario.

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº339, Septiembre 17 - Octubre 17 de 2026

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