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Estado y gobierno, crece el cuestionamiento general

Estado y gobierno, crece el cuestionamiento general

No es sólo un fantasma. Una onda prospera por los llamados países centrales. Con epicentro original, periférico, en los países árabes de África del Norte, su energía se extiende a Europa para saltar en poco tiempo a los Estados Unidos, con acciones y toma de Wall Street. Los destellos de su luz llegan a varios países de América Latina, Chile como el más notorio. El origen de esta energía que conmociona y cuestiona gobiernos y Estados es la intensa crisis financiera que lleva hacia la ruina a miles de familias.
La crisis y su tajo despojan de vivienda, derecho al trabajo, posibilidad de estudio, alimento seguro, tranquilidad en la vida presente e inseguridad por el futuro que vendrá. Ante el deterioro y el irrespeto de los derechos humanos más elementales, aquellos que son soporte de vida digna, miles de miles de personas se toman calles y plazas para exigir cambios sustanciales: fin de gobiernos dictatoriales, elecciones transparentes, pluralidad y funcionamiento de variedad de partidos, pero también puesta en marcha de otras formas de gobierno y de Estado. Reclaman, además, una posible reorganización de la vida cotidiana. Se llega así a un cuestionamiento de la lógica económica imperante, frente a la cual se desprenden un grito y su eco con una demanda tan fuerte como “¡Democracia real, Ya!”.

En la primera línea de las protestas, se destaca la juventud. Hoy por hoy, este sector de la población es el más precarizado y el más exigido, el mismo que, pese a la alta formación académica que logra en los países centrales, padece tasas de desempleo que, para el caso de los menores de 35 años, duplica el promedio total de desocupación de sus países, sometido –en cuanto a oferta laboral– a empleos flexibles, inestables y con baja remuneración. Se trata de jóvenes criminalizados y perseguidos por no aceptar las reglas de la ‘normalidad’, en especial en los países de la periferia. Tienen razón cuando la palabra democracia les suena hueca y quieren llenarla de contenido. No es para menos.

El carácter y la intensidad de la crisis corren de nuevo el velo que oculta el eterno carácter del capitalismo, en el cual prima lo individual sobre lo colectivo, la opresión sobre la libertad, la minoría sobre la mayoría, y en cuyo marco la democracia se reduce a simple instrumento para facilitar la acumulación (*). No es casual que, en medio de los vaivenes de la coyuntura, la militarización de las sociedades y en general el autoritarismo como opción estatal, suba en intensidad (Halimi, pág. 40).

Las voces críticas, que ganan espacio contra la creciente concentración del poder y sus formas de aplicarlo, levantan banderas: exigen que los Estados recuperen el papel histórico que en teoría garantizaba el bienestar general (en el caso europeo, el Estado de Bienestar), sin supeditarse a las grandes empresas de cada uno de los países o del mundo, o que estas estructuras de organización social sean refundadas; que la preocupación de quienes coordinan el establecimiento sea menos por el bienestar de los bancos –verdaderos usurpadores de la producción, y los ahorros individuales y colectivos de sus sociedades–, con cuestionamiento del pago de la deuda externa, garantizando primero las inversiones locales para el bien común pero también que reduzcan el peso de la industria militar y su vinculación en conflictos bélicos. Este es el plano más europeo y norteamericano.

En el caso árabe, además del reclamo de bienestar, las sociedades piden la separación entre Estado y partido, el fin del caudillismo en la conducción gubernamental y, por supuesto, el fin de los gobiernos vitalicios. Enfrentar el sexismo, el racismo, el patriarcado, son otras banderas de gran trascendencia. Sin duda, se cierra una puerta abierta hace siglos para unos y hace décadas para otros. Con mucha fuerza, también se reclaman derechos y representación en los gobiernos para las minorías étnicas, lo mismo que la constitución de Estados pluriétnicos, plurinacionales.

Sin duda, se quiebra, en medio de la protesta de grandes conglomerados sociales, el monopartidismo y el bipartidismo, así como el Estado uniforme o monolítico. Pero también tiende a romperse la fatua pretensión neoliberal de acabar con las múltiples y variadas expresiones que tiene toda sociedad, buscando uniformarlas, e imponiendo el capitalismo como única posibilidad de organización de la producción y la vida de los pueblos. Simultáneamente, la imparable emigración que cruza mares, desiertos y cordilleras cuestiona la existencia de fronteras abiertas para el comercio de todo tipo de bienes –legales e ilegales– pero cerradas para el libre flujo de los seres humanos.

Gobiernos y grupos económicos, hermanados

En medio de una creciente pauperización de grupos sociales cada vez más vastos, se denuncia la privatización del Estado pero igualmente la de los gobiernos. Ante el desmantelamiento de los primeros, vía privatización de sus bienes estratégicos y de renunciación a su papel social, se pone de presente la tarea cada vez más evidente de los jefes de gobierno como representantes de los grandes grupos económicos de cada país. Así, las cumbres entre aquéllos y estos grupos son vistas como reuniones para negociar; para favorecer a los más poderosos pero no para delinear soluciones a los problemas que viven las mayorías de las subregiones que conforman, así como las de los habitantes de la Tierra en su conjunto. En fin, una realidad y una denuncia se cruzan entre unos y otros países, sin diferenciación por su rango mundial.
En estos brotes de inconformidad se destacan los jóvenes y los trabajadores en el clamor por que se graven menos los salarios y los pequeños consumos diarios –alimentos–, y se incremente el cobro para los grandes capitales, tanto en su acaparamiento como en sus transacciones diarias. Se demanda un sistema impositivo más justo. La grosera asimetría de los ingresos, impulsada, entre otras cosas, por una estructura fiscal regresiva, llega ya a la conciencia de millones en todo el mundo.

El lema “¡Somos el 99 por ciento!” es un grito contra esa enorme injusticia que se refleja hoy en la estructura social. Los pueblos han identificado y señalan al adversario: la lógica del “mucho para unos pocos y poco para la gran mayoría”. Pero los reclamos van más allá.

Si los Estados ya no garantizan el bienestar general ni la soberanía nacional, los gobiernos no viven una situación mejor. Los reclamos de los ahora llamados de manera genérica “indignados” van desde descentralización y mayor poder local, pasan por reformas electorales que garanticen a los pueblos y las minorías el acceso a las diversas instancias de los poderes gubernamentales, y llegan hasta rebelar la crisis de los partidos electorales que no representan a nadie más que a sus propias dirigencias. Son partidos de negocio y corrupción. Esta costumbre, su cultura y sus mañas son otras de las denuncias de los inconformes. Por su conducto se reclaman otras formas de representación social, no limitadas al Legislativo, poder u órgano para el cual se demanda la rendición de cuentas de sus integrantes, lo mismo que se exige el cumplimiento de programas y la rotación de los elegidos, como anhelo social. Es inocultable el clamor general por reorganizar la representación social y de este modo vitalizar la democracia, cada vez más marchita por su control de parte de los poderes económicos.

En la calle se pide más Estado y menos control; instaurar mecanismos y procesos para volver el Estado a manos de toda la sociedad, de modo que los beneficios de las gestiones que centraliza se redistribuyan entre los integrantes de cada grupo social. En las dominantes formas culturales se denuncia el colapso ambiental en el cual está cada vez más cerca la humanidad en la medida en que se persiste en una concepción de crecimiento económico de carácter infinito. Un colapso tal arrastrará por extensión a todas las especies que habitan el planeta. Ante el peligro, aumenta la exigencia de cambio en los usos y los consumos que generan y estimulan las actuales formas de la producción (urbanas y agrarias), a partir de productos con vida útil cada vez más reducida y con organismos genéticamente modificados. Crece la conciencia sobre la necesidad de una relación con la naturaleza que no sea de dominación ni utilitarista, y el reconocimiento de que hay bienes comunes, como el aire y el agua, que no pueden ser reducidos a bienes privados.

La crisis hace palpable el agotamiento de los recursos no renovables y la realidad de que entramos en la era del “petróleo difícil”. Pero no sólo eso: las voces que se manifiestan están mostrando que se inutilizan algunos recursos renovables como el agua, con su contaminación irreversible, o cuando se desertiza la tierra. Y los cantos de sirena de las tecnologías prometeicas desafinan en cascada, como en Fukushima, dejando heridas de muerte a las centrales atómicas generadoras de electricidad.

A la vez, en la contradicción sociedades-individuos sube el reclamo por otros valores que no sean los del mercado, el dinero y el lucro. La reciprocidad, la solidaridad, el cooperativismo, son retomados y esgrimidos por la sociedad indignada como valores sustanciales para reorientar la propia producción/reproducción dominante, o para garantizar que dentro del propio capitalismo coexistan, con espacio, otras formas de reproducir la vida. Y sobre estos preceptos se le buscan salidas a la creciente crisis de empleo en todos los países, centrales y periféricos.

Una nueva sociedad de base espera que el trabajo, con potenciación de la creatividad individual y colectiva, sea fuente de recursos para vivir dignamente, pero también como garantía de la realización y la felicidad de cada individuo y de los colectivos sociales donde se habita.

Hay, por tanto, un cuestionamiento de forma, a veces, y en otras ocasiones estructural a la organización del Estado y el gobierno, predominante en el mundo desde la revolución burguesa de hace un poco más de dos siglos. En el mediano y el largo plazo vendrán las transformaciones y las rupturas (Campanario, pág. 8; Pacheco, pág. 11). Reforma y revolución están en proceso para concretar tales sueños.

* De Sousa Santos, Boaventura, Primera carta a las izquierdas. www.rebelion.org, 28/08/2011.

Información adicional

Editorial
Autor/a: Carlos Gutiérrez M.
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