Colombia en el diván del comportamiento electoral: El caso Medellín

La psicóloga social y clínica Isabel Borrero Ramírez publicó hace algunos días un sugestivo artículo titulado “Colombia: el paciente que reza por un patrón”, donde propone una interpretación provocadora del escenario político colombiano, alejándose de los marcos tradicionales ideológicos para adentrarse en una lectura de carácter psicológico, cuya tesis central es que Colombia, más que polarizada, está fragmentada. Esto implica que los colombianos “no asistimos a un debate ideológico, sino a un cuadro psicótico sin tratamiento, donde el delirio de unos es la soga del otro”.

En Colombia —y probablemente en todas partes— la política es una relación afectiva del líder con sus seguidores, caracterizada por la subordinación del ciudadano frente al patrón.

En lugar de concebir la dinámica política como una confrontación entre proyectos de país —izquierda y derecha—, Colombia atraviesa una forma de disfunción colectiva en la que amplios sectores sociales establecen relaciones de dependencia emocional con figuras de autoridad política. Si se hiciera un cuadro tipo Guernica de la población, el pintor, en el óleo, tendría que estampar un tejido social sumido en la dependencia, el miedo y la proyección, con individuos teledirigidos por los hilos del marionetista.

El problema de rezar por un patrón es que, en términos freudianos, el paciente está enamorado de su síntoma, en el que tiene una confianza ciega.

El artículo en mención utiliza conceptos clínicos como proyección paranoide —atribuir al otro lo que no se acepta de sí mismo—, transferencia —relación emocional “padre-hijo” entre el líder y sus seguidores—, folie à deux (locura compartida) —creencias colectivas delirantes— y disonancia cognitiva —incapacidad de aceptar hechos incómodos—, que, aplicados a la política, develan comportamientos colectivos que exceden la capacidad deliberativa propia de una democracia y nos sitúan en una “emocracia”, como la denomina el ensayista y poeta Carlos Fajardo Fajardo.

En perspectiva psicoanalítica, el paciente obra por influencia religiosa y cultural. En este estilo de vida, la subjetividad es pobre: el “yo” no pone las coordenadas de navegación, sino el “ello”, es decir, la gratificación inmediata de los deseos, donde el director es el marionetista que, aunque ausente, actúa sigilosamente, a escondidas, manejando los hilos invisibles del poder.

Este comportamiento colectivo es típico de la política, donde no se asume como una forma de atender y organizar las actividades sociales de la interacción, sino como una forma de obtener favores, servicios y prebendas. Este comportamiento político implica desechar la ética y aprovecharse de una moral religiosa o sociológica, de conformidad con la región, las tradiciones culturales, los usos y costumbres. Es una moral externa y chata, articulada a la dominación política, proclive al moralismo, al oportunismo o al cinismo.

La autora, en el artículo, analiza un hecho que desencadenó una herida narcisista en la derecha: “la visita de Iván Cepeda al parque San Antonio fue el detonante”. Su discurso se centró en una idea que no fue de buen recibo para el uribismo cuando afirmó que “Medellín y Antioquia cambiaron para siempre y no volverán al pasado”. La reacción de la derecha antioqueña fue inmediata: ¡quién dijo Troya! El alcalde y el gobernador trinaron como un colibrí, “indignados” por la afrenta. Lo acusaron de insultar a los antioqueños al tildar a la región de ser la cuna de la narcoeconomía y el terrorismo de Estado.

Clínicamente hablando, el discurso de Cepeda generó en la derecha, según la autora, un T.O.C. (trastorno obsesivo compulsivo), “caracterizado por un trastorno emocional que aduce la pureza regional para tapar el hedor de las fosas comunes que el discurso de Cepeda ayuda a destapar. No les duele el crimen; les horroriza que se les corra el maquillaje moral… de una élite que necesita lavarse las manos compulsivamente mientras el agua sale roja”.

Aquí claramente operan dos conceptos clínicos anotados arriba: la proyección paranoide, donde se atribuye al otro lo que no se acepta de sí mismo, y la disonancia cognitiva, entendida como la incapacidad de aceptar hechos incómodos, lo que convierte el análisis en una especie de psicoanálisis del poder político, más cercano a lo simbólico que a lo empírico.

En el artículo en mención, el uribismo actúa como una estructura psicológica basada en dependencia, miedo y proyección (es el ello), mientras que Iván Cepeda es presentado como lo contrario (el yo).

En este marco, el texto construye una oposición simbólica entre dos figuras centrales del panorama político colombiano. Por un lado, el expresidente Álvaro Uribe Vélez es presentado como un líder cuya influencia se sustenta en la movilización emocional, particularmente a través del miedo y la cohesión afectiva. Su discurso, más que argumentativo, es interpretado como una estrategia de defensa psicológica basada en la proyección, mediante la cual se atribuyen al adversario las propias tensiones internas. Por otro lado, el senador Iván Cepeda Castro es caracterizado como un agente de racionalidad, un “archivero del trauma” que apela a la memoria histórica y a la evidencia empírica para confrontar narrativas dominantes. Esta dicotomía no solo configura una disputa política, sino también un conflicto entre formas de relación con la verdad: una anclada en la emoción y otra en la documentación.

La metáfora central del “paciente que reza por un patrón” permite, además, una crítica estructural a la cultura política colombiana. El texto sugiere que el problema no radica exclusivamente en la figura del líder carismático, sino en la predisposición social a delegar la responsabilidad política en figuras paternalistas. En este sentido, la ciudadanía aparece debilitada en su capacidad de deliberación autónoma, reemplazada por una lógica de obediencia emocional que reproduce relaciones de poder verticales. Esta dinámica se ve reforzada por prácticas como la judicialización del discurso político, la negación del pasado violento y la instrumentalización del miedo como mecanismo de cohesión social.

El artículo ofrece un aporte significativo al debate público al destacar la dimensión emocional de la política, un aspecto frecuentemente subestimado en los análisis convencionales. Su principal valor radica en cuestionar la idea de un ciudadano plenamente racional y en evidenciar cómo las emociones, los miedos y las lealtades simbólicas configuran el comportamiento político.

En este sentido, la contienda electoral entre el candidato de izquierda Iván Cepeda y los dos candidatos del uribismo —Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella— está para alquilar balcones.

Por un lado, Iván Cepeda ha logrado, de manera notable, en su discurso sobre el combate a la metacorrupción, un voto de confianza en parte de la sociedad colombiana, cansada y descreída de los políticos, lo que le da una ventaja significativa en las encuestas sobre los otros dos candidatos de derecha, carentes de autoridad moral y argumentos convincentes. Pero, de otro lado, los dos candidatos uribistas muestran fortalezas que Cepeda no ha explotado: todo político, quiérase o no, tiene que ser un actor. Si Cepeda se queda solo llenando plazas —que los otros no pueden hacer, aunque quieran—, es muy probable que no le alcance para ganar en primera vuelta y corre el riesgo de perder en segunda vuelta.

La campaña de Cepeda tiene que convencerlo de que es hora de posar como actor, y no solo como notario del trauma uribista, lo que no quiere decir que actúe como un payaso haciendo piruetas bajo la luna ni nada parecido.

Ahora se trata de construir un marketing político que seduzca, desde las redes sociales, a una ciudadanía virtual ávida de “un patrón” a la hora de tomar una decisión electoral, que no es necesariamente uribista ni de izquierda, pero que se animaría a votar contra el uribismo si se le ofrece un gancho que genere un detonante. Eso hizo Petro en las elecciones de 2022, inclinando la balanza a su favor.

Información adicional

Autor/a: Alonso Ramírez campo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Alonso Ramírez campo

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