De Kyiv a Tokio: las tecnologías militares que Asia desea comprar

El respaldo de China al esfuerzo bélico ruso ha generado en Asia Oriental un efecto contrario que Pekín no había previsto. Los componentes y productos de doble uso provenientes de China han permitido a Moscú proseguir su guerra durante más de cuatro años. Esta duración ha transformado Ucrania en algo que en 2022 no existía, a saber, en el único sistema industrial del mundo capaz de desarrollar y probar drones militares en condiciones de una guerra real y a gran escala. Hoy esta experiencia está en venta, y los compradores más interesados pertenecen todos al campo de los rivales asiáticos de China, con Japón en primera fila.

De este modo, Pekín ha contribuido indirectamente a crear un laboratorio que ahora pone sus propias competencias a disposición de sus adversarios regionales y ofrece a Tokio la justificación y  el impulso necesario para desmantelar los límites al desarrollo de una maquinaria militar que Japón tenía establecidos a partir del final de la segunda guerra mundial. Lo sucedido estos últimos meses lo está evidenciando claramente. Las declaraciones de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, sobre el posible estallido de una crisis en torno a Taiwán han desatado las retorsiones comerciales chinas contra los grupos japoneses del sector de la defensa, que a su vez han convertido la creación de una cadena de suministro de drones con componentes chinos de hipótesis remota a prioridad industrial, acercando todavía más Japón a Kyiv.

Vista desde Pekín, de todos modos, la partida no está necesariamente perdida. La guerra ha agotado le reservas estadounidenses de sistemas de defensa, empezando por los misiles Patriot, ya insuficientes para todos los clientes de Washington, incluida Taiwán, y ha convertido Rusia en un socio dependiente de los suministros chinos. La propia China, por lo demás, aprovecha el laboratorio de la guerra en Ucrania, puesto que, según la prensa japonesa, Moscú ha adiestrado a centenares de militares chinos sobre la base de las lecciones aprendidas en el frente, ofreciéndoles una experiencia frente a sistemas de armas occidentales que ningún ejercicio es capaz de reproducir.

Sobre todo, la dependencia con respecto a China continúa marcando un límite concreto. Puesto que un dron diseñado para reducir el recurso a componentes chinos cuesta mucho más que su equivalente chino y utiliza de todos modos piezas procedentes de Shenzhen, la cadena de suministro alternativa queda lejos de la plena autonomía y el efecto contrario para Pekín se mantiene limitado. La nueva plataforma nipo-ucraniana de Tokio evidencia cómo la trasferencia de competencias es real, pero al mismo tiempo el proyecto todavía está lejos de la escala necesaria para erigirse en una alternativa industrial creíble.

Dos almas difíciles de conciliar

La plataforma se llama Japan-Ukraine Drone Cluster, la ha presentado la cámara de comercio ucraniana en Japón y ha nacido con dos almas que sus promotores no han logrado conciliar ni siquiera durante la conferencia de prensa de lanzamiento. Como ha informado Nikkei Asia, la presidenta de la cámara ucraniana, Kateryna Yavorska, ha presentado el proyecto como una iniciativa para la posguerra, que debería adaptar las tecnologías militares ucranianas a aplicaciones civiles útiles para la reconstrucción.

Sin embargo, poco después ha añadido que cualquier tecnología puede tener un doble uso, civil y militar. Durante el mismo encuentro, el economista Yoshihiko Okabe, organizador de la iniciativa y cónsul honorario ucraniano en Kobe, ha asegurado que la colaboración se circunscribe “al 100 %  a sectores pacíficos y humanitarios”, indicando entre las posibles aplicaciones las labores de socorro en caso de terremoto y la vigilancia de osos. Dos fórmulas de naturaleza distinta, indicios de contradicciones que acompañan al proyecto.

El objetivo declarado es construir una cadena de suministro de drones independiente de China, país que actualmente domina el sector por capacidad productiva y precios. La plataforma pondrá en contacto las empresas ucranianas con las japonesas y estará abierta también para Taiwán y Corea del Sur, con una posible extensión futura a algunos países del sudeste asiático. En la conferencia de lanzamiento, el vicepresidente del fabricante taiwanés Jiin Ming Industry, Alson Chien Hao-ting, ha explicado que ya está en contacto con potenciales socios ucranianos y que le ha impresionado la rapidez y concreción de tecnologías probadas sobre el terreno. De todos modos, no se ha anunciado ningún proyecto concreto y la  propia Yavorska ha hablado de cuatro o cinco empresas japonesas que han manifestado interés.

Qué vende Kyiv realmente

Para saber qué puede ofrecer una plataforma de este tipo, basta observar a quienes ya han puesto en marcha esta clase de colaboración. Toru Tokushige, fundador de Terra Drone, el principal fabricante japonés del sector, ha invertido en dos empresas ucranianas y ha explicado la lógica de la operación en una entrevista publicada en el Asia Times: “En el terreno militar, lo que cuenta no son las certificaciones, sino las prestaciones demostradas en combate. Sin eso es imposible vender.” El producto principal que puede ofrecer Ucrania no son los drones en sí, sino la experiencia madurada utilizándolos en combate. Es un patrimonio que ningún laboratorio y ningún polígono pueden reproducir, porque se deriva únicamente de una guerra real. Capitales, instalaciones, componentes y programas informáticos también se pueden encontrar en otros lugares, incluso en mejores condiciones.

El modelo comercial ya se ha probado en Europa. El llamado modelo danés, lanzado en 2024, permite a los gobiernos participantes financiar directamente la producción de armas en territorio ucraniano y ha recaudado alrededor de 3.000 millones de dólares, utilizados, entre otras cosas, para fabricar más de 200.000 drones. Su principal limitación está en la intensidad de los bombardeos rusos sobre las plantas industriales ucranianas. Por este motivo, el programa Build with Ukraine (Construir con Ucrania), lanzado en junio de 2025, ha invertido el esquema, trasladando las líneas de producción a países aliados, a resguardo de los misiles rusos, a través de sociedades mixtas cuyos socios aportan capital y capacidad industrial, mientras que las empresas ucranianas ofrecen las competencias y la integración de los sistemas.

En febrero, Zelensky anunció la inauguración, antes de finales de 2026, de diez polos para la exportación de productos de defensa, entre ellos los de Londres y Berlín. En la cumbre de la OTAN en Ankara a primeros de julio, Ucrania firmó con Dinamarca su noveno Drone Deal, un formato de acuerdo que simplifica el intercambio de tecnologías y productos de defensa, y anunció pactos análogos con Canadá y Finlandia.

Asia Oriental es el último mercado en unirse a este proceso y también donde la experiencia de Ucrania puede tener más valor, porque los gobiernos de la región se preparan para conflictos similares al que tiene lugar en Ucrania. Es por cierto una urgencia que los comunicados no explicitan. La ventaja acumulada en este terreno pierde valor con el tiempo y, si cesaran los combates, se debilitaría también la posición negociadora de quien la ofrece actualmente.

El muro jurídico japonés

La plataforma se concentra en las aplicaciones civiles porque, en las relaciones con Ucrania, son las que la normativa japonesa permite con menos restricciones. El 21 de abril, el gobierno de Sanae Takaichi modificó los Tres Principios sobre la Transferencia de Equipamientos y Tecnología de Defensa, que regulan las exportaciones militares japonesas. La reforma ha eliminado la limitación anterior a cinco categorías no letales, entre ellas el salvamento y la vigilancia, y ha permitido por primera vez exportar también armas letales. Esta apertura, de todos modos, solo vale para un número restringido de 17 países, entre ellos EE UU, Reino Unido, Australia e India, y no incluye Ucrania.

Por lo demás, se mantiene una prohibición de principio con respecto a países implicados en un conflicto en curso, que puede derogarse en “circunstancias excepcionales” evaluadas por el Consejo de Seguridad Nacional, por ejemplo, cuando el país solicitante es víctima de una agresión armada. En cambio, a la transferencia de equipamientos no letales no se aplica ninguna de estas restricciones.

En la vertiente letal, Ucrania ha sido excluida dos veces por estar en guerra y no figurar en la lista de los 17. En cambio, en la vertiente no letal y civil hay vía libre. La fórmula de Okabe sobre el “100 % pacífico y humanitario” se lee por tanto dentro de este marco, es decir, como la descripción del único espacio legal disponible, más que como una simple cobertura diplomática. La cláusula de las circunstancias excepcionales, concebida pensando en un hipotético escenario asiático, es exactamente la grieta con la que Ucrania cuenta para el futuro.

Los medios próximos al establishment japonés sostienen abiertamente este planteamiento. Un comentario publicado en Nikkei Asia ha subrayado que Japón y Corea del Sur corren el riesgo de acumular retrasos con respecto a Europa y EE UU en el uso militar de drones. Como solución ha indicado la cooperación en el ámbito de las tecnologías civiles y ha invitado a ver en Ucrania también una fuente de competencias, no solo destinataria de las ayudas. Esta posición refleja el punto de vista de quienes sostienen el rearme japonés y ven en la vía civil el instrumento más practicable para favorecerlo.

Sin embargo, el hecho de que esta línea sea objeto de una cobertura editorial de primer plano muestra hasta qué punto el proyecto ha entrado en la agenda de Tokio. En el país, el consenso está lejos de haberse conseguido, como indica un sondeo de Yomiuri, que en abril registraba un 49 % de personas contrarias a la reforma de las exportaciones frente al 40 % de personas favorables, amén de las decenas de miles de manifestantes concentradas en la plaza delante del parlamento para protestar contra la revisión constitucional y el fin de las autolimitaciones.

Una empresa ya ha llevado a cabo todos los trámites

Terra Drone ya ha completado el ciclo completo que promete la plataforma a sus futuros adherentes, de la inversión a la realización. En marzo, la empresa de Tokio anunció su ingreso en el mercado de la defensa y una inversión estratégica en Amazing Drones, que desarrolla en Járkiv drones interceptores, es decir, aparatos diseñados para abatir en vuelo otros drones. En abril hubo una segunda inversión en WinnyLab, otra sociedad ucraniana especializada en interceptores de ala fija, dotados de mayor autonomía.

Al final del mismo mes el Terra A1, el modelo desarrollado con Amazing Drones, abatió en condiciones operativas reales un Shahed, el dron de ataque de diseño iraní que Rusia ya produce autónomamente y que lanza en andanadas de miles de unidades contra las ciudades ucranianas. En mayo, Terra Drone ganó una licitación de la agencia japonesa de suministros militares, obteniendo un pedido de 300 drones de adiestramiento de producción nacional. En tres meses, la inversión efectuada en Járkiv se ha transformado en credibilidad válida en Tokio.

La conveniencia de la operación se deriva sobre todo de la diferencia de costes. Un Terra A1 cuesta unos 2.500 dólares, un Shahed en torno a 35.000, mientras que un misil Patriot, que forma parte del sistema estadounidense que es la única defensa eficaz contra los misiles balísticos rusos, cuesta varios millones de dólares. La lógica del interceptor de bajo coste consiste en invertir la relación entre el coste del ataque y el de la defensa.

Es la misma lógica que llevó a Zelensky, tras la promesa de EEUU de conceder a Kyiv una licencia para producir los misiles Patriot, a elegir a Mitsubishi Heavy Industries como socio ideal del que aprender a fabricarlos, dado que el grupo japonés es una de las poquísimas empresas del mundo que los produce con licencia estadounidense. Sin embargo, también en este caso se mantiene intacto el muro de los 17 países y de todos modos la capacidad productiva japonesa, que se cifra en una treintena de misiles al año, sería mínima ante una demanda ucraniana muchísimo más apremiante.

Finalmente, el cuadro japonés presenta una segunda vía, menos visible. Mientras Terra Drone invertía en Járkiv, según la agencia Kyodo el ministerio de Economía japonés sondeaba a los grandes grupos del país, de Mitsubishi a Mitsui, a fin de comprobar su disponibilidad para participar en una misión de negocios a Moscú con vistas a una normalización económica tras el final de la guerra. El gobierno lo ha desmentido enérgicamente, reafirmando la línea de las sanciones, pero el episodio recuerda que una parte del aparato económico japonés, vinculado a Rusia a través de proyectos energéticos en Sajalin, permite imaginar la posguerra en términos muy distintos de los de la plataforma.

El precio del ingreso

Sin embargo, la colaboración industrial con Ucrania conlleva un coste que ningún comunicado menciona. El modelo “Build with Ukraine” (Construir con Ucrania) funciona porque traslada la producción fuera del alcance de los misiles rusos, aunque la respuesta de Moscú ha sido declarar que dicho alcance podría ampliarse. En abril, el ministerio de Defensa ruso publicó en Telegram la lista de fabricantes europeos de drones que participan en proyectos con Ucrania, acompañada de las direcciones de sus sedes, y calificó a los países anfitriones de “retaguardia estratégica en formación”. Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, dejó claro que la lista debe tomarse al pie de la letra, como un elenco de posibles objetivos para las fuerzas armadas rusas, y concluyó con un sarcástico deseo de “sueños tranquilos” para los socios europeos. En la lista figuran una docena de países, desde el Reino Unido hasta Polonia, pasando por Alemania y Turquía.

Japón aún no aparece en la lista. Sin embargo, la protesta formal presentada por Moscú en abril contra la inversión de Terra Drone en Amazing Drones, calificada de “acto hostil” perjudicial para la seguridad nacional rusa, debe interpretarse como la notificación de que el mecanismo también se aplica a Asia. Tokio ha rechazado la protesta y, en el ámbito industrial, Kyiv ya ha puesto en marcha, por necesidad, una respuesta a este tipo de amenaza. Consiste en distribuir la producción entre numerosas instalaciones pequeñas, difíciles de localizar y atacar, un modelo organizativo que Tokushige ha declarado querer aprender precisamente de los ingenieros ucranianos, al observar que una gran fábrica construida de forma tradicional se convierte simplemente en un objetivo.

Taiwán, el cliente que no puede firmar

La plataforma apuesta por Taiwán más que por cualquier otro socio, aunque Taiwán sea, al mismo tiempo, el socio que menos puede permitirse adherirse abiertamente a ella. Kyiv no mantiene relaciones diplomáticas con Taipéi y las propias empresas ucranianas actúan con cautela para no comprometer sus relaciones con China, de la que aún dependen gran parte de sus suministros. La cooperación discurre, por tanto, por una vía paralela, la de los actores privados y las sedes de terceros. En mayo, la asociación ucraniana de fabricantes IRON, que agrupa a más de 200 empresas dedicadas a sistemas no tripulados, envió una delegación a Taichung para reunirse con proveedores taiwaneses de cámaras y microelectrónica, y en junio fue invitada a la isla por el ministerio de Economía, mientras que los canales oficiales a nivel estatal permanecen cerrados. El precedente que marca el camino a seguir es el del memorándum trilateral sobre drones firmado en 2025 en la feria de defensa polaca MSPO, que estableció un canal común de investigación entre Kyiv y Taipéi que pasa por Varsovia.

El flujo comercial, por lo demás, ya existe y se desarrolla sin aspavientos. Taiwán exportó 123.000 drones en 2025, en su mayor parte a Polonia y la República Checa y, con toda probabilidad, desde allí a Ucrania, mientras que en el primer trimestre de 2026 ya superó el total del año anterior, según datos del centro de estudios taiwanés DSET recogidos por Focus Taiwan. Además, la isla se ha convertido en el tercer proveedor de baterías de Ucrania, con millones de celdas entregadas cada mes, tal y como ha documentado el Taipei Times.

La visita a Taipéi de cuatro diputados de la Verjovna Rada, el Parlamento ucraniano, recibidos en julio por el ministro de Asuntos Exteriores taiwanés, Lin Chia-lung, al margen de una conferencia organizada precisamente por el DSET, se inscribe en esta línea de baja visibilidad. La delegación, encabezada por la vicepresidenta de la Comisión de Infraestructuras, Yulia Sirko, abordó una posible cooperación en materia de componentes y cadenas de suministro independientes de China, con formulaciones prudentes que la propaganda prorrusa no tardó en amplificar hasta presentar la visita como una misión negociadora.

Sin embargo, el punto débil de la hipótesis taiwanesa se encuentra en Taipéi. El Parlamento de la isla, controlado por la oposición, ha suprimido del presupuesto especial de defensa los fondos destinados a la producción nacional de drones, alegando una mayor disciplina en materia de gasto y la lucha contra la corrupción en las licitaciones internas, mientras que ha mantenido las partidas destinadas a la adquisición de sistemas estadounidenses.

Un análisis publicado en Foreign Affairs, firmado por figuras destacadas del establishment militar estadounidense ‒y que, por lo tanto, también debe interpretarse como una forma de presión política sobre Taipéi‒, ha basado sus tesis en esta decisión, señalando que ningún fabricante puede desarrollar capacidad industrial para un cliente que no se compromete a comprar y que ningún socio extranjero invierte en la colaboración cuando no existe demanda. Más allá de su procedencia, el argumento pone de manifiesto un problema real. A los precios actuales, un dron diseñado y montado íntegramente en Taiwán cuesta entre un 30 % y un 40 % más que su equivalente chino, tal y como admitió el propio Chien en la conferencia de Tokio, y la isla produce unos 10.000 drones al año frente a un objetivo declarado de 180.000 para 2028.

Todos los caminos llevan a Shenzhen

Sin embargo, la contradicción que mantiene unido todo el sistema se encuentra más hacia el comienzo de la cadena de suministro, en las provincias del sur de China, donde se concentra la producción de componentes. Una investigación del Financial Times ha descrito la coreografía con la que las fábricas de Shenzhen y Guangdong gestionan su doble clientela, programando al minuto las llegadas de los compradores ucranianos y rusos para que nunca se crucen en los pasillos. Los proveedores son los mismos, al igual que los componentes, y las innovaciones llegan a ambos bandos casi al mismo tiempo. Los fabricantes ucranianos cuentan que reconocen al instante el origen de un nuevo transmisor que ha aparecido en los drones rusos y que acuden a la misma fábrica para adquirir esa misma pieza, mientras que los compradores rusos, que disponen de mayores recursos financieros, llegan incluso a comprar líneas de producción completas para trasladarlas a su país.

El peso de los componentes chinos en los drones ucranianos es una pregunta que no tiene una respuesta unívoca, y la amplitud del margen entre las estimaciones es, en sí misma, un dato elocuente. En los drones FPV más sencillos, pilotados en persona por un operador equipado con un visor y utilizados en ataques suicidas contra tropas y vehículos, la dependencia alcanzaría el 85 %, según los fabricantes consultados por el mismo periódico. Las estimaciones más generales apuntan a una proporción comprendida entre el 50 % y el 70 %, mientras que fuentes del sector citadas por RBC-Ukraine hablan de una media que se sitúa en torno al 38 %, con algunas empresas que han alcanzado una localización del 90 % y otras que siguen dependiendo en gran medida de las importaciones. Las cifras varían en función de qué se contabilice y de quién realice el cálculo, pero la esencia no cambia. Así lo resumió un analista ucraniano citado por Les Echos, según el cual China vende abiertamente tanto a Rusia como a Ucrania y, en definitiva, vende a cualquiera. Esa misma tensión impregna profundamente el proyecto asiático. En julio se supo que la Unión Europea había autorizado a Kyiv a utilizar una parte del primer tramo del préstamo destinado a defensa ‒unos 6.000 millones de euros de un programa de 60.000 millones‒ para adquirir componentes chinos, admitiendo implícitamente que la industria europea no es capaz de suministrarlos en los plazos y en las cantidades necesarias.

China ya ha demostrado que sabe utilizar esa palanca también en sentido contrario, al prohibir en abril la exportación de productos de doble uso a siete empresas europeas del sector de la defensa, acusadas de colaborar con Taipéi, y a una veintena de grupos japoneses del sector, en respuesta a la postura de Takaichi sobre Taiwán. Quien construye una cadena de suministro sin China lo hace comprando, al menos en parte, a China y bajo la amenaza explícita de que se le interrumpan los suministros precisamente en el momento de mayor necesidad.

Con motivo de la rueda de prensa celebrada en Tokio, ante los futuros clientes de la plataforma, Yavorska resumió todo en la pregunta: “¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por la seguridad?” Por ahora, el mercado ha respondido con gran cautela: cuatro o cinco empresas japonesas han manifestado su interés, un fabricante taiwanés ha aludido a conversaciones en curso y aún no se ha anunciado ningún proyecto concreto. El Japan-Ukraine Drone Cluster es, al mismo tiempo, el intento más estructurado de trasplantar el método ucraniano a Asia Oriental y la medida de hasta qué punto dicho método, nacido de una guerra que ningún cliente asiático ha tenido que librar hasta ahora, sigue siendo una mercancía en busca de compradores dispuestos a pagar por ella más que por la alternativa china.

31/07/2026

 Andrea Ferrario

Traducción: viento sur

Información adicional

Carrera de armamentos
Autor/a: Andrea Ferrario
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Fuente: Viento Sur

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