Diario de a bordo de Gaza 122
Ciudad de Gaza, 21 de febrero de 2026. La familia palestina desplazada Al-Ghafir se reúne para romper el ayuno del Ramadán, que dura desde el amanecer hasta el anochecer, durante el iftar, cerca de su tienda instalada en medio de las ruinas de la mezquita Al-Hasayna. en el oeste de la ciudad de Gaza. OMAR AL-QATTAA / AFP

ORIENTXXI

Es Ramadán, pero aún no ha llegado el momento de las luces”

Jueves 26 de febrero de 2026

Hoy es el noveno día del Ramadán. Y el tercer Ramadán de la guerra. Es un poco diferente de los dos anteriores.

El Ramadán es un mes sagrado para las y los musulmanes. También es un mes de reuniones familiares. Un mes espiritual y un mes social, de alegría, donde todos se visitan. Lo preparamos con dos semanas de antelación. Cada casa está decorada con unas lámparas especiales, llamadas fawaniss. Se trata de faroles a la antigua, hechos de papeles de colores y en los que está escrito “feliz Ramadán”, y otros mensajes similares. Los vemos en todas partes, en las calles, en los mercados, en las casas.

Pero con el supuesto alto el fuego, ahora estamos en una no guerra/no paz, pero sobre todo en la no-vida. De nuevo, como en los dos Ramadán anteriores, no vemos muchos fawaniss. Por otro lado, este año se encuentra de casi de todo en los mercados y en las estanterías de las tiendas de comestibles. Desgraciadamente, está lejos de estar al alcance de todos, porque Israel solo deja entrar a los importadores del sector privado. Los alimentos son más baratos que en el punto álgido de la guerra, pero siguen siendo demasiado caros para la mayoría de las y los habitantes de Gaza. Toda esta comida se extiende ante sus ojos, sin que puedan permitírsela.

Durante los otros Ramadán, sufrimos de desnutrición, incluso de hambruna. Quienes tenían los medios y quienes no los tenían comían lo mismo, un poco de arroz o unas pocas lentejas. Esta vez, quienes tienen dinero comen bien y quienes no lo tienen continúan haciendo cola frente a las tekiya, las cocinas comunitarias.

El peso de las personas ausentes se hacía sentir

Este Ramadán también es de gran tristeza. Una tristeza más fuerte que en años anteriores porque tenemos tiempo para sentirla. Hasta ahora todos estábamos arrastrados a esta licuadora, a este tornado que giraba a toda velocidad, y del que eran expulsados regularmente quienes eran asesinados por los israelíes. Hoy en día, la batidora sigue funcionando, pero más despacio. La gente empieza a sentir la tristeza, el dolor, los corazones rotos.

Un pequeño ejemplo: normalmente, cuando llega el Ramadán, Sabah, mi esposa, prepara las decoraciones, dentro y fuera de la casa. Recorre el mercado para comprar los fawaniss. Pero perdió demasiados parientes: su padre, aunque no murió directamente en un bombardeo, tíos, primos, sobrinos. La muerte de su hermano Mohammed, el 2 de diciembre de 2025, terminó de romperle el corazón. Por lo general, no me gustan mucho las decoraciones, considero el Ramadán más como un evento espiritual y familiar. Pero es la tradición, y la respetaba todo lo posible. Podría haber encontrado lámparas para colgar este año, pero ni siquiera me atreví a hablar de ello con Sabah. Sabía que aún no había llegado el momento de las luces.

Este Ramadán revive para ella el recuerdo de las visitas de su familia, según la costumbre que quiere que la familia de la esposa la visite en la casa que comparte con su marido. Recuerda a su padre que venía con sus hermanos, trayendo regalos y pasteles. Siempre estaba orgullosa de estas visitas, como todas las mujeres casadas que esperan este momento de reunión. Este año, sus hermanos supervivientes vinieron, pero el peso de los ausentes se hizo sentir. Y Sabah ha podido recibir a sus hermanos: este ya no es el caso de la mayoría de la población.

Las familias están ahora dispersadas

Las relaciones sociales se han roto debido a la pobreza, la miseria y los desplazamientos forzados. Las familias ya no están agrupadas, como antes, en el mismo edificio, donde cada hombre casado tenía su piso. Ahora, la gente está dispersada bajo tiendas de campaña, a menudo en diferentes ciudades. Y no tiene dinero para pagarse un medio de transporte.

Los padres de familia son los primeros en sufrir este sentimiento de impotencia, incapaces de satisfacer las necesidades de sus hijos e hijas, privados de sus nietos. Conozco a personas que ni siquiera pueden llamar a sus hijos, porque no quieren tener que prometerles que “vendrán en unos días para el Ramadán” sabiendo que es imposible, o que no podrán permitirse llevar regalos y pasteles.

Uno de los eventos sociales más importantes del Ramadán es, por supuesto, el iftar, la comida para romper el ayuno, en el momento de la puesta del sol. Nos mandamos invitaciones, la familia política invita a la familia o al revés, los hermanos invitan a las hermanas y viceversa, y todos invitan a sus vecinos. Hoy, lamentablemente, ya no es así. Las y los habitantes de Gaza esperan frente a las tekiyas para recibir un poco de arroz con, si tienen suerte, pollo, ternera u otra cosa. ¿Cómo podrían invitar a su familia a un iftar? Hemos perdido una tradición que se transmitía de padres a hijos durante siglos. Hoy en día el tejido social se ha deshecho, solo queda la familia nuclear, aunque hay algunos intentos de reagrupación de la familia extendida.

Lo peor son esas imágenes que vemos en las redes sociales, estas grandes mesas de iftar en las que todo el mundo está servido, financiadas por bienhechores privados o asociaciones. Es que estas mesas solo reúnen a una pequeña parte de los habitantes de Gaza. Por cada unos pocos cientos de invitados, hay cientos de miles que ven estas cenas sin tener acceso a ellas. Por supuesto, estas asociaciones están llenas de buena voluntad, pero la consecuencia es terrible para quienes se quedan fuera. Y el dolor es el mismo cuando la gente ve en los mercados alimentos y regalos que no pueden ofrecer a sus hijos.

Hablar con sus muertos enterrados bajo los escombros

A nivel espiritual, aquí también, ya no es como antes. Las mezquitas estaban llenas de fieles, especialmente durante la noche, para la oración de tarawih (oración voluntaria –sunnah– especial que se realiza en grupo durante las noches del mes de Ramadán, después de la oración de Isha). La gente pasaba entre una hora y una hora y media en la mezquita, rezando y escuchando sermones. Pero el 90% de las mezquitas están ahora destruidas. En sus emplazamientos, Hamás ha erigido mezquitas improvisadas bajo lonas. Pero la gente sabe que la guerra no ha terminado, y teme que Israel utilice la presencia de un miembro de Hamas en estas asambleas para bombardearles.

A pesar del supuesto alto el fuego, los habitantes de Gaza saben que Israel puede atacar donde quiera y cuando quiera. Este sentimiento de inseguridad influye en su actitud durante el Ramadán, ya sea hacia la práctica espiritual, la familia o la sociedad. Cuando nos bombardeaban las veinticuatro horas del día, Sabah no sentía la pérdida de su padre, porque la adrenalina era muy alta, y el miedo siempre estaba ahí; porque estábamos ocupados moviéndonos de un lugar a otro.

Hoy que podemos respirar un poco, las heridas y las llagas se están abriendo. Este es el caso de Sabah y de decenas de miles de personas, especialmente aquellas que han perdido a toda su familia, y cuyos parientes a menudo siguen enterrados bajo los escombros. Una psicóloga a la que entrevisté me dijo que la gente iba a estos lugares para hablar con sus muertos enterrados bajo toneladas de escombros. Me dijo que, durante este Ramadán, cada vez más personas observarán esta nueva costumbre. Y que habrá habitantes de Gaza que incluso harán sus escasos iftar en las ruinas de estas casas destruidas, para decir a las y los desaparecidos: estamos comiendo juntos, pronto os sacaremos de allí y os daremos un entierro digno. Hablan con los muertos, con el vacío, con casas destruidas. Todavía estamos en estado de shock, traumatizados por esta guerra que no ha terminado.

Esto es el “sociocidio”. Nuestro sentimiento como supervivientes se mezcla con la tristeza, el miedo, la inseguridad, la incertidumbre, la inestabilidad. Estos problemas psicológicos, que todas y todos tenemos, aparecen claramente durante este Ramadán. Todo ha cambiado en Gaza. Pero espero que sea el último Ramadán de sufrimiento. Que para el próximo haya un verdadero alto el fuego y una vida mejor para las y los palestinos, especialmente en Gaza, con la liberación de Palestina en Gaza, en Cisjordania y Jerusalén Este, con la presencia de los palestinos que los israelíes quieren deportar para ocupar su lugar en los territorios ocupados.

Tal vez haya un poco más de alegría en Cisjordania con motivo del Ramadán. Pero allí, los pueblos son atacados todos los días por los colonos, las mezquitas son quemadas con total impunidad, y bajo la protección del ejército de ocupación. Si el proyecto de deportación funciona en Gaza, también funcionará en Cisjordania. Las y los israelíes y sus partidarios dicen que Israel “tiene derecho a defenderse”. Pero sobre todo, desde su punto de vista, tiene derecho a expandirse. Y para expandirse hay que expulsar a la población palestina. Comienza con Gaza y Cisjordania, luego será el turno de las y los palestinos del 48, es decir, las palestinas y palestinos ciudadanos de Israel. Ellos también serán expulsados, para que solo queden las y los israelíes de confesión judía en Palestina.

Benyamin Netanyahu y sus ministros lo han dicho claramente. Incluso el embajador estadounidense habló del “Gran Israel” que podría abarcar todo o parte de Egipto, Líbano, Siria, Arabia Saudita e Irak. Pero el mundo cierra los ojos.

Sin embargo, espero que todos estos proyectos coloniales de deportación fracasen, que las y los palestinos resistan y permanezcan en sus tierras, y que Palestina sea libre.

Rami Abou Jamous escribe su diario para Orient XXI. Fundador de GazaPress, una oficina que proporcionaba ayuda y traducción a los periodistas occidentales, tuvo que abandonar su apartamento en Ciudad de Gaza en octubre de 2023 con su esposa Sabah, sus hijos y su hijo Walid, de dos años y medio, bajo la amenaza del ejército israelí. Refugiada desde entonces en Rafah, la familia tuvo que trasladarse a Deir El-Balah y más tarde a Nusseirat, atrapados como tantas familias en este enclave miserable y superpoblado. Un mes y medio después del anuncio del alto el fuego, Rami finalmente está de vuelta en casa con su esposa, Walid y el recién nacido Ramzi. Por este diario de a bordo, Rami recibió el premio de la prensa escrita y el premio Ouest-France en el Premio Bayeux para corresponsales de guerra. Este espacio está dedicado a él (en orientxxi) desde el 28 de febrero de 2024 (en Viento Sur hemos publicado algunas de sus crónicas).

Información adicional

Autor/a:
País: Palestina
Región: Medio Oriente
Fuente: Viento Sur

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