El papa León XIV, en su encíclica titulada Magnifica humanitas (15/5/26), afronta críticamente el avance de la inteligencia artificial (IA) para advertir sobre el riesgo de deshumanización, desigualdad y el control monopolizado por la actual tecnología de punta. Una de sus afirmaciones más contundentes fue la siguiente: “quien controla la IA impondrá su visión moral del mundo”. El Papa afirma también que el reino digital refleja los intereses, sesgos y valores de quienes la financian, diseñan y controlan, concentrando el poder en manos de unos pocos tecnoligarcas. En agosto pasado, se destapa uno de los mayores escándalos políticos del continente: fue arrestado Fernando Cerimedo, en Santa Cruz Bolivia, como autor intelectual en un intento de feminicidio contra su pareja, la abogada Nadia Beller.
Como todos sabíamos, Cerimedo es un conspirasionista de ultraderecha, asesor de marketing político, experto en manipular redes y plataformas sociales para enaltecer a sus clientes y destrozar la imagen de sus adversarios. Monitorea datos para ejercer operaciones tóxicas en entornos digitales. A través de dichas operaciones manosea la realidad con noticias falsas y artilugios digitales que envenenan la atmósfera especialmente en periodos electorales.
Es un gánster de la inteligencia artificial. Edificó una impresionante red de dominio digital en América Latina construyendo granjas de bots y campañas de desinformación coordinadas en redes sociales para impulsar a candidatos y gobiernos ultraconservadores de derecha que actualmente predominan en el continente.
Fernando Cerimedo y sus socios se ufanan públicamente de haber diseñado exitosas estrategias de campañas electorales de figuras públicas y mandatarios como Jair Bolsonaro en Brasil; Javier Milei en Argentina; Nasry Asfura, presidente de Honduras; José Antonio Kast de Chile; Rodrigo Paz en Bolivia, y recientemente en Colombia con Abelardo de la Espriella. No es poca cosa.
Por su parte, Rafael Barajas Durán, conocido en La Jornada como El Fisgón, secretario de Formación Política del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de Morena, presenta su libro Formación vs la desinformación, donde advierte que vivimos una nueva modalidad bélica, la llamada “guerra cognitiva”. Ya no son los territorios a conquistar ni sólo arrebatar las materias primas: el campo de batalla es la mente y la conciencia de las personas. En diferentes espacios, Barajas ha sostenido que las plataformas digitales como YouTube, Google, X y TikTok poseen una capacidad de interacción con los usuarios que les permite recopilar información y construir narrativas dirigidas a distintos públicos.
Por tanto, las redes sociales se han convertido en herramientas para moldear el sentido y la conciencia de la realidad mediante algoritmos. Pueden bombardear de manera constante el discernimiento tanto con información como con desinformación.
Desde el ámbito religioso, grupos ultraconservadores, neopentecostales y católicos han contribuido a la guerra cultural de la ultraderecha. En los últimos años, la relación entre la política y la religión se ha venido transformando. Las nociones de laicidad se han debilitado y requieren de reformulaciones. La militancia política desde el ámbito de las iglesias, principalmente pentecostales, están provocando una contraseclarización inédita.
Las iglesias en América Latina están desempeñando un papel central en la llamada guerra digital durante los procesos electorales. Más discreta la Iglesia católica, cuyos últimos pontífices se alejan de los radicalismos de las derechas políticas religiosas pero no así congregaciones como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
Aprovechando su alcance social y la fuerte autoridad moral de sus líderes, diversas denominaciones evangélicas conservadoras se han convertido en vectores estratégicos para la difusión del discurso político y de campañas digitales en países como Honduras, Colombia, Perú, Chile y Costa Rica.
Brasil, hoy por hoy, es el laboratorio más importante del continente. No todos, pero gran parte de los evangélicos, más de 20 millones de fieles, apoyarán a Flávio Bolsonaro bajo la supervisión de sus pastores. Las iglesias poseen redes de confianza directas. A diferencia de las redes sociales públicas, las aplicaciones personalizadas son mensajes directos sin intermediarios con alto nivel de efectividad, lo que dificulta la supervisión por parte de los organismos electorales.
En cierto sentido, se genera una ritualización política no sagrada, que Max Weber la reivindicó como igualmente religiosa. Se fabrica una efervescencia colectiva, donde el yo se subsume en el nosotros en el que el fiel se convierte en militante y guerrero de la fe.
Las iglesias son especialistas en difundir el pánico moral. En el proceso presidencial anterior difundieron que Lula iba a disolverlas e impondría el candomblé, culto de los esclavos africanos, en religión de Estado. Abunda la desinformación estratégica y campañas inquisitorias.
Lula da Silva sabe que las iglesias pentecostales y evangélicas son un extenso mosaico. Por ello, no las está combatiendo como antes. Resiste las embestidas de adversarios evangélicos, pero maniobra con una estrategia de reaproximación y de atracción al voto evangélico buscando reducir el rechazo histórico y fragmentar la fuerte identidad política de ese segmento. Veremos pronto el fruto de su apuesta.
La estrepitosa caída de Fernando Cerimedo es una oportunidad para tomar medidas y políticas de Estado en nuestro país. Sin embargo, hay muchos otros Cerimedos en el mercado político de la ultraderecha. En México, resulta verdaderamente preocupante que empresarios como Ricardo Salinas Pliego contrate los servicios de asesores de la ultraderecha que buscarán minar la estabilidad y la lealtad democrática que el país a tirones está construyendo.
09 de septiembre de 2026


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