Fascismo y colonialismo
La sombra del fascismo se cierne sobre democracias como las de Estados Unidos. Foto: AP

1. Existe un hilo conductor invisible que une la periferia colonial con la barbarie en suelo europeo. Fascismo y colonialismo están interconectados, ya que las ideologías y los movimientos fascistas −que cobraban formas particulares en países distintos, pero que compartían bases ideológicas y visiones de crisis comunes (wertkritik)− se basaron en las mismas jerarquías coloniales y las nociones de raza que primero justificaron la expansión y la conquista imperial europea en el Sur global y luego, como un “búmeran”, influyeron en el surgimiento del totalitarismo. 

2. Como bien apunta Achille Mbembe, el totalitarismo −fascismo/nazismo incluido− y el colonialismo compartían un tronco común: el racismo, la arbitrariedad de la ley y la consideración de los colonizados como ajenos a la soberanía, “inferiores” y, por tanto, susceptibles de ser degradados −señalados de ser “civilizados” o tan “salvajes” que su exterminación no tuviera ningunas consecuencias morales−, facilitando así su subyugación por el poder geopolítico y económico (Critique of Black Reason, páginas 25-31). Ha sido esta mirada colonial −la violencia “en nombre de la civilización” y la expansión territorial− la que proporcionó, desde los finales del siglo XIX, el marco para el auge de las ideologías fascistas.

3. Aun así, todos los principales estudiosos del fascismo −George L. Mosse, Zeev Sternhell, Stanley G. Payne, Robert O. Paxton, Roger Griffin, etcétera− han ignorado por completo la cuestión del colonialismo (e imperialismo) en sus modelos explicativos del auge del fascismo. Y hasta hoy en día la relación específica entre ambos −sobre todo en cuanto al papel del colonialismo como el precursor del fascismo− es un asunto en gran medida ausente en los estudios sobre fascismo, plagados históricamente por el eurocentrismo, y algo de lo que este campo de estudios apenas está cobrando conciencia en un marco de su afán tardío de “descolonizarse” (shorturl.ly/6It56). 

4. Si bien ya desde los años 30 en los círculos intelectuales y políticos del Caribe francófono y anglófono se avanzó una suerte de “explicación colonial” del fascismo –apuntando a las similitudes entre sus prácticas de violencia y la segregación racial, y conceptualizando al fascismo como un “producto” y/o una “versión” del colonialismo que en tiempos de crisis “regresó de vuelta a la casa”−, también estos enfoques han presentado ciertas lagunas. 

5. Uno de los primeros pensadores que teorizó de este modo sobre el fascismo fue Aimé Césaire, el político y poeta martiniqués, anotando en su Discurso sobre el colonialismo (1950) que Hitler “aplicó a Europa procedimientos colonialistas que hasta entonces habían sido reservados para los árabes de Argelia, los culíes de la India y los negros de África” (página 36), ubicando así firmemente lo que parecía una “aberración de la premodernidad bárbara” dentro de la tradición colonial e imperial europea.

6. Así, los métodos de Hitler no eran para nada ajenos a las sociedades europeas ni “inusuales”; su excepcionalidad residía en que por primera vez fueron aplicados dentro de Europa y contra sus propias sociedades blancas. Para Césaire, Hitler no era ninguna “excepción” −dado que, desde la perspectiva del Caribe, a largo de 500 años del colonialismo europeo ya “muchos Hitlers han pasado por aquellas tierras”−, sino una manifestación de un sujeto moderno par excellance, algo que el Sur global sufrió por siglos y que solo ahora “regresaba como un choque a la metrópoli” (páginas 10 y 17). 

7. Frantz Fanon, el siquiatra martiniqués, filósofo político y vocero del FLN argelino, si bien nunca teorizó propiamente sobre el fascismo, en las pocas ocasiones en las que trató el tema ha sido aún más explícito que Césaire, su mentor y maestro de la secundaria. En su afán de vincular políticamente el fascismo con el colonialismo, veía al primero como el fruto directo del segundo −“¿Qué es el fascismo, si no el colonialismo que echa raíces en un país tradicionalmente colonialista?” (Los condenados de la tierra, 1961, página 48)− y enmarcaba toda la explotación colonial como “totalitaria” (página 6). 

8. Igualmente para Albert Memmi, un escritor franco-tunecino de origen judío, “toda la nación colonial llevaba en su seno las semillas de tentación fascista” (El colonizador y el colonizado, 1957, página 62). Tomando nota de cómo los fascistas en Italia y en otros lugares no sólo buscaron transformar al Estado, sino expandirlo con las herramientas imperiales, Memmi elaboró el concepto dialéctico del “fascismo colonial”, un proceso en el que un régimen imperial exporta un gobierno represivo a una colonia, lo expande hasta convertirlo en un sistema totalitario y acaba importándolo de vuelta a la metrópoli. 

9. A pesar de que todos estos autores logran arrojar cierta luz sobre las continuidades y las conexiones entre las violencias en las periferias y en el centro, los enfoques de Césaire o Fanon son en buena parte sicológicos (“afectividad fascista”), mientras la perspectiva histórica, política y comparativa permanece ignorada (shorturl.ly/OHD-k). Con esto, más que un modelo de entendimiento, constituyen una serie de “intuiciones” interpretables y desarrollables de diferentes maneras. 

10. Ninguno de ellos logra explicar, por ejemplo, cómo era posible que las principales potencias coloniales (e imperiales) de la época como Gran Bretaña o Francia han tenido, en el primer caso, movimientos fascistas raquíticos, y en el segundo, puros “fascismos fracasados”, o por qué había importantes fascismos en los países que no tenían ninguna tradición colonial ni estaban interesados en conseguir colonias (Rumania y varios otros países centroeuropeos). Articular de manera más satisfactoria −y mejor históricamente informada− estas “intuiciones” es una tarea de mayor importancia para la agenda política del presente.

17 de octubre de 2026

Información adicional

Autor/a: Maciek Wisniewski
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Fuente: La Jornada

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