UNO Alguna vez se llamó Guerra Fría y, se supone, se había derretido. Para siempre. Pero no. ¿Cómo llamar entonces a esa variación suya que se libra y se aprisiona ahora mismo? ¿Guerra Frapée? ¿O Guerra Recalentada? Y, hasta ahora, ningún George Smiley del M16 que pudiese ayudar a desenredar la madeja. Porque su Creador ya no está entre nosotros.
Sí: a esta altura todo el mundo lo sabe (lo sabe Rodríguez); y el que no lo sabe estuvo demasiado tiempo encerrado en alguna safe house o siendo interrogado por alguna organización secreta a sueldo de algún gobierno: si Arthur Conan Doyle fue quien, con Sherlock Holmes, patentó la idea del detective muy colorful, entonces John le Carré (nombre clave del alguna vez agente de la inteligencia británica David John Moore Cornwell, Inglaterra, 1931-2020) con su George Smiley y su Circus, fue quien registró a su nombre y vida y obra, la figura del espía gris en respuesta al colorido 007. Porque Le Carré es a la ficción de agentes secretos lo que ese otro gran estilista que es J. G. Ballard a la ciencia-ficción: un subgénero superior dentro del género mayor. Un “idioma” que empieza y termina en sí mismo a la vez que ha fundado e implantado tantos de los ahora inevitables lugares comunes sobre héroes y traidores. Algo más cerca de las ácidas y amargas comedy of manners edwardianas que de los divertimentos pulp con disparos entre nieblas de un puente de frontera. Sí: Le Carré fue el hombre que se las arregló para elevar la novela de espías hasta la más alta literatura. Como dijo su editor Robert Gottlieb: “Si John es apenas un escritor de thrillers; entonces Conrad es solo un escritor de viajes y Austen nada más que una novelista romántica”. Así, Philip Roth definió a la magnum opus casi autobiográfica y paternal Un espía perfecto como “la mejor novela desde la Segunda Guerra Mundial” y John Banville a El espía que llegó del frío como “una conmovedora obra maestra”. Así, Ian McEwan (quien, tras sus pasos, espió lo suyo en El inocente y Operación Dulce) lo consideró digno de Booker y hasta de Nobel y Olen Steinhauer –uno de los mejores alumnos de Le Carré, comprobarlo con El turista— desafió: “Lean El topo e intenten convencerme de que no es uno de los clásicos del siglo XX”. Así, Rodríguez sollozó: “Lo extraño. Mucho”.
DOS Y Rodríguez extraña a George Smiley y busca consuelo viendo una y otra vez a su última noble versión (la de Gay Oldman, a quien no soporta en Slow Horses) y no encuentra demasiado santuario en todas esas series un poco inverosímiles en las que todos se espían entre ellos (aunque Black Doves le causó cierta gracia). Y, claro, prefiere en el supuesto rigor documental (Un espía entre amigos, sobre la Gran Traición Fundante de Kim Philby) o la biografía y coda posmortem que le investigó Adam Sisman. Y verlo y oírlo en ese documental/entrevista (Volar en círculos, basado en sus muy selectivas memorias/cortina de humo) dirigido por Errol Morris y donde Le Carré dice eso de “Una de las cosas perturbadoras de mis tiempos como espía es que resultaba imposible saber cuán tontos o inteligentes eran mis colegas. Todos eran encantadores. Y alguno de ellos, de pronto, desaparecía del mapa”.
TRES Y, a veces, reaparecían y, ah, nadie se pierde y todos se transforman con una única misión más o menos (im)posible: seguir siendo iguales, los mismos, los de siempre para siempre. Así, el constante reciclaje de originales. Porque la criatura cotiza más y mejor que el creador; porque el que la hizo es mortal y puede ser reemplazado con mayor o menor talento; mientras que lo que hizo puede aspirar a la inmortalidad y a seguir dejando marca (registrada) para beneficio de herederos y, casi nunca, de lectores huérfanos.
Y ahora es el turno de George Smiley a las órdenes de Nick Harkaway. Y Harkaway ya había destacado como autor de varios thriller-tech-apocalípticos-sci-fi; pero antes de todo eso ya había sido identificado por otros motivos: Harkaway era y es y seguirá siendo hijo no solo creativo sino, además, biológico de Le Carré. Y de pronto su misión –si decidía aceptarla– era la de continuar la obra de su padre. Y Harkaway la aceptó. Y la primera entrega de lo que seguro seguirá entregando –ahí está ese final no abierto pero sí entreabierto e invitando a pasar– es algo formidable y digno de admiración y agradecimiento. Porque La decisión de Karla reclama al mal trajeado y poco sonriente Smiley y lo proyecta con talento y gracia y lo eleva aún más en el oficio donde lo que más importa es, sí, la impostura. No es la espía que nos amó: es el espía al que seguimos amando.
CUATRO Y la premisa es formidable y acertada. Le Carré nos había ofrecido una última y muy crepuscular dosis de Smiley en 2017 con la magnífica El legado de los espías a manera de iluminador contrapunto de las sombras casi iniciales de El espía que surgió del frío (y de algún modo revisándose/reescribiéndose a sí mismo). Harkaway también retorna a esa revolucionaria obra maestra del género publicada en 1963. Pero se concentra, en cambio, en investigar y desclasificar y encontrar los inicios de esa década perdida que hay entre la trama de esa novela y la de El topo. Así, aquí, la resaca de aquel sacrificio del entregado Alec Leamas y las raíces podridas de la traición del infame Bill Haydon. Y Smiley obligado a dejar un desencantado retiro y todavía no padeciendo tanto las ligerezas de su volátil y fielmente infiel esposa y aquí más complaciente Lady Ann (mucho mejor delineada en la versión de Harkaway, especialmente preocupado y ocupado en dar mayor protagonismo a los personajes femeninos) yendo y viniendo por los pasillos y despachos de un muy poco controlado y circense Circus. Un MI6 donde se confunden magos y trapecistas sin red y ventrílocuos y domadores y payasos (uno de los espías soviéticos que deserta en la novela pide cómo paga el actuar en una película junto a Peter Sellers). Y, sí, Harkaway prueba ser un perfecto más emulador que imitador de esa prosa seca y cromada de su padre (a la que añade pinceladas de sentimentalismo y calidez) para dar vueltas por Londres y Viena y Portugal y el amurado Berlín tras y por delante del deambular la gran némesis de Smiley: el soviético y KGB Karla. La trama, por supuesto, como debe ser, es compleja y se resiste a resumen y –marca de la casa– se erige sobre conversaciones circulares-mareantes con un trágico aire isabelino y penumbra noir.
Y, sí, Harkaway (Nicholas Cornwell) adoptó su alias para así no ser relacionado con el alias de su padre. Pero aquí –el propio Harkaway explica su responsabilidad y desafío y puesta en práctica de método en una tan reveladora como afectuosa nota introductoria– acaba abrazándolo y recordando que él aprendió a hablar oyendo a su padre leer en voz alta páginas de sus novelas y escuchando cassettes de sus libros. Entrenamiento que ha dado grandes resultados y ganado la admiración y el agradecimiento de firmas como las de William Boyd, Ian Rankin y Mick Herron.
Así, Rodríguez espera que no haya que esperar mucho más para enterarnos qué decide Smiley luego de lo que decidió Karla.
Mientras tanto y hasta entonces, buenas noticias, top-secret a no guardar, classified a desclasificar, alegría para damas y caballeros, pasen y lean: había una vez un Circus, hay otra vez un Circus.
Desde Barcelona. 17 de noviembre de 2025



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