04/08/2026. La exasperación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, crece día a día. La guerra de Irán no solo no acaba de encauzarse según sus caóticos planes, sino que el régimen de los ayatolás marca el paso en la conflagración: aún sin rechazar un posible acuerdo, opta por un conflicto de intensidad moderada, si ello sirve, de momento, para dejar exangües los arsenales de misiles de EEUU. Al tiempo, con sus ataques puntuales a navíos, rechaza que sean Trump y sus aliados árabes quienes dicten el uso y navegación del estrecho de Ormuz, clave de esta contienda que ha sobrepasado los cinco meses de duración y que el líder republicano pretendía resolver en apenas cinco semanas.
Los iraníes eluden la firma de ningún documento mientras EEUU ignore sus demandas directas en Ormuz, amenace con despojarles de sus bazas negociadoras nucleares y obvie la actual invasión israelí del Líbano. En medio de los contactos que más tarde o más temprano acaban en un laberinto sin salida, Trump insiste en sus amenazas con desatar el infierno sobre Irán si Teherán no acepta las propuestas de la Casa Blanca.
El presidente de EEUU avisó a los iraníes de que había cancelado un “ataque masivo” sobre el país persa a petición de sus aliados del Golfo Pérsico, “el mayor desde la Segunda Guerra Mundial”. Ahora, cuando nadie se cree ya tales bravatas, insiste en que las actuales negociaciones indirectas con Teherán son ya “la última oportunidad” para alcanzar un acuerdo.
Mediadores buscan un acuerdo mínimo
Este martes, el Ministerio de Exteriores de Catar explicó que en estos momentos todos los esfuerzos de su mediación y la de otros actores internacionales “se centran en evitar la escalada (militar), reabrir el estrecho (de Ormuz) y despejar la puerta de la diplomacia entre las partes”.
Pero Irán no se fía y tiene su propia estrategia, que está dando fruto. Prefieren sufrir daños considerables en sus infraestructuras militares y civiles por los ataques estadounidenses, si eso sirve para debilitar a Trump y su Ejército. La posición iraní es la misma: seguir presionando a los barcos que intentan cruzar el paso de Ormuz para mantener este punto estratégico del transporte de gas y petróleo como su principal arma en esta guerra. Este mismo martes, hubo un nuevo ataque a un carguero que navegaba por esas aguas y el miedo de los armadores y las navieras se elevó varios puntos a pesar del optimismo emanado de las palabras de los cataríes y de miembros de la Casa Blanca sobre el posible acuerdo.
Los iraníes dicen que poco hay que negociar
Teherán lleva días insistiendo en que no mantiene en estos momentos ninguna negociación con EEUU, a pesar de que Trump subrayaba que el diálogo es “a petición” de Irán para evitar ser destruido. En realidad, los contactos sí están ocurriendo, sea quien quién los esté pidiendo. Se suceden contrarreloj con los intermediarios de Catar, Egipto, Pakistán y otros países de por medio, como se comprobó este martes.
El problema es que en la hoja de ruta que EEUU ha puesto sobre la mesa figura la apertura incondicional e inmediata del estrecho de Ormuz, además del comienzo de negociaciones sobre el programa nuclear iraní que la Casa Blanca exige sin paliativos. Y mientras, poco se dice del fin del bloqueo naval estadounidense sobre los puertos persas, con promesas de normalización que Teherán no se cree ya.
El pasado 17 de junio, los dos países firmaron un memorando de entendimiento que, supuestamente, debería agilizar las conversaciones para alcanzar una paz definitiva durante sesenta días. Ese principio de acuerdo se vino abajo ante las discrepancias de Teherán y Washington sobre las rutas de navegación por el paso de Ormuz, pues Irán veía que perdía su capacidad de presión con las vías abiertas por EEUU en el sur del estrecho.
Que Israel continuara su invasión del sur del Líbano tampoco ayudó a reducir la tensión, que se disparó en sucesivas escaladas militares a lo largo del mes de julio, con bombardeos estadounidenses contra territorio iraní y la respuesta de Irán contra las bases de EEUU en el Golfo Pérsico e instalaciones de sus aliados árabes en la zona, además de nuevos ataques iraníes contra buques que cruzaban por Ormuz.
Con la reimposición del bloqueo naval sobre Irán tras el fracaso del memorando, los atisbos de arreglo se desvanecieron. “Nada llega a Irán a menos que nosotros lo permitamos y nada pasará a menos que se alcance un acuerdo o se produzca una rendición total”, recordó Trump el lunes en su red Truth Social.
La mayor crisis de suministro de crudo de la historia
En estos cinco meses de guerra, el mundo ha perdido cerca de 2.600 millones de barriles de petróleo, principalmente por el cierre del estrecho de Ormuz, según reconoció este martes el presidente y consejero delegado de la firma petrolera saudí Aramco, Amin Nasser. La guerra entre Irán y EEUU “sigue agravando la mayor crisis de suministro de la historia”. Una crisis que ha reducido el trasiego de petróleo en un promedio de once millones de barriles diarios.
La posición de Irán en estos momentos es complicada, pero su estrategia es más evidente que la estadounidense y se ve reflejada en el pulso que ha impuesto al tráfico mundial de petróleo y gas. Con las riendas del poder en manos de la Guardia Revolucionaria, que ganó terreno sobre la cúpula clerical iraní tras el asesinato del líder supremo Alí Jamenei, Irán hincha pecho y apuesta como mal menor por esa guerra limitada, que le permite reprimir sin oposición alguna a la disidencia y cerrar el puño de la dictadura.
Y mientras se despejan las intenciones reales de Washington en el Golfo Pérsico, se refuerzan las reivindicaciones del régimen islámico para tener, si no todo, al menos la mayor parte del control de Ormuz, con Omán, el país al sur del estrecho, como temeroso interlocutor con el que actualmente sí está tratando Teherán, como se supo en los últimos días.
La resistencia iraní vacía los arsenales de EEUU
Hasta ahora, Irán ha resistido los reiterados bombardeos a gran escala lanzados por EEUU. Aunque ha sufrido daños cuantiosos, su capacidad militar ha sido subestimada por los estadounidenses y el hecho de que buena parte de sus sistemas defensivos sean subterráneos y estén a gran profundidad ha limitado la efectividad destructora de las bombas y misiles del Pentágono.
En los cuarteles estadounidenses crece la percepción de que si EEUU quiere ganar esta guerra y aplastar al régimen iraní será necesario poner tropas sobre el terreno para alcanzar y destruir esas instalaciones. También saben los generales estadounidenses que en estos momentos EEUU no puede dar ese paso. Sus arsenales de misiles y otras municiones están al mínimo tras cinco meses de guerra. Por ejemplo, no hay capacidad para reponer al ritmo necesario los stocks de sistemas Patriot (consumidos en un 65% por la guerra) y THAAD, que interceptan los drones y proyectiles iraníes. También están bajo mínimos los depósitos de misiles de ataque Tomahawk.
En un reciente informe del lunes, el centro de pensamiento Center for Strategic and International Studies (CSIS) publicó que quedaban menos de 827 interceptores Patriot en las reservas militares estadounidenses y menos de 278 unidades THAAD, también interceptoras de misiles balísticos.
Otra información de la agencia Reuters señala que, según expertos consultados por ese medio, el Ejército estadounidense ha gastado gran parte de sus misiles de largo alcance y ello le imposibilitaría para afrontar futuros conflictos. Entre este armamento agotado se encuentran los sistemas de misiles ATACMS y los PrSM (misiles de gran precisión). En opinión de dos de las fuentes, EEUU ha utilizado “virtualmente todos” sus misiles de este tipo.
Esta sería la primera vez que se filtra tan aguda reducción de las reservas de misiles de largo alcance estadounidenses. Este tipo de misiles constituía uno de los potenciales de ataque del arsenal militar de EEUU, con una actuación decisiva en conflictos como el de Ucrania, donde han puesto en jaque numerosas veces a las fuerzas rusas.
Según Reuters, tales misiles, valorados en un millón de dólares por unidad, serían decisivos en una confrontación con China, país que, aunque está sufriendo los efectos de la carestía del crudo exportado desde el Golfo Pérsico, se frota las manos ante el auténtico descalabro militar estadounidense en Irán.
Una guerra terrestre, el suicidio político de Trump
Esta debilidad no pinta nada bueno para el futuro de la ofensiva de EEUU en Irán. Menos aún con las elecciones legislativas del 3 de noviembre a la vista y con los efectos perniciosos de la subida de los precios de los combustibles en EEUU y del rechazo a una guerra cada día más impopular.
Con esta perspectiva, una campaña terrestre por parte de las fuerzas estadounidenses sería el suicidio político de Trump. Pero también puede serlo ese reconocimiento de que los arsenales del país se están evaporando en una crisis que no ha traído ninguna ventaja geopolítica para Estados Unidos, con los magnates amigos de Trump, al frente de empresas petroleras y armamentísticas, como únicos beneficiarios de esta contienda. Aunque quizá este era el objetivo de esta ordalía sin pies ni cabeza.
Con una capacidad de resistencia aún por dislocar y una reforzada voluntad bélica en la cúpula de poder dominada por los guardianes de la Revolución, el régimen chií deja claro que puede aguantar aún más para hacer prevalecer su influencia en Oriente Medio y que ya no se cree las amenazas y menos aún las propuestas contradictorias de Trump.
El problema de la estrategia del líder republicano es que su palabra dejó de tener valor hace tiempo. Por ejemplo, la decisión de aplazar ese anunciado ataque a gran escala contra Irán, que debería haber tenido lugar estos días, podría responder más a la necesidad de no vaciar del todo los arsenales de misiles que a la magnanimidad de Trump.
En declaraciones a la agencia Al Jazeera, el profesor Paul Musgrave, de la Universidad de Georgetown en Catar, explicó que evidentemente Trump quiere un acuerdo ya, incluso “esta semana”, ya fuera por las razones antes citadas o por otras. Esta opinión la reafirmó este martes, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, quien adelantó la reapertura inminente del tránsito de mercantes por el estrecho de Ormuz.
En todo caso, como subrayó el citado analista a Al Jazeera, se abra Ormuz o incluso se alcance un acuerdo nuclear, la clave está en que Trump pueda alcanzar o no “una salida airosa” a la guerra desatada el 28 de febrero. Para ello necesitaría ciertas cesiones por parte de Irán, algo poco probable. “El presidente iraní (Masud Pezeshkian) tiene prácticamente contra las cuerdas al presidente estadounidense; Trump quiere zafarse de la situación, pero no le resultará fácil”, vaticinó Musgrave. Y esto, sentenció, “le hace quedar (a Trump) como un perdedor”.


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