La inteligencia artificial al servicio del terror
Letalidad Preocupan los usos bélicos de la IA.

Los algoritmos permiten incrementar la letalidad de las operaciones militares. Drones, armas y vehículos pueden desplegarse sin la intervención humana y matar como nunca antes.

26 de octubre de 2026

Si a un estratega o a un soldado de la Segunda Guerra Mundial se le preguntaba, a mediados del siglo XX, cómo imaginaba los combates del futuro, posiblemente, lo que sucede en pleno 2026 le hubiese parecido pura ciencia ficción. Si, además, se le mostrara un video que detallara cómo la IA automatiza operaciones militares y las vuelve quirúrgicas, sentiría tal impacto que lo llevaría a creer que es tan solo el comienzo de algo inasible. En el presente, los algoritmos son los insumos de sistemas que permiten matar de manera tan ajustada que producen escalofríos. Naciones Unidas lo advirtió en los últimos días: gracias a los avances científicos, las máquinas ya están en condiciones de dirigir las guerras.

Robin Geiss, director del Instituto de las Naciones Unidas para la Investigación sobre el Desarme (Unidir), lo expresó en estos términos en una rueda de prensa: “La guerra dirigida por máquinas se acerca cada vez más, y la pregunta que se nos plantea es, sencillamente: ¿vamos a dejar que las máquinas seleccionen y maten a seres humanos?”.

Máquinas que hacen cálculos matemáticos híper complejos, que realizan análisis concienzudos en casos judiciales, que leen diagnósticos médicos por imágenes con mucha mayor precisión que los humanos, como es natural, también estarán mejor preparadas para acabar con un objetivo. Si la IA promete reemplazar al ser humano desde las tareas más triviales a las más complejas, la guerra no constituye una excepción.

El principal problema es que, los nuevos modelos de IA, al estar constituidos en base a sistemas opacos –que muchas veces los propios programadores que los crean no terminan de descifrar– pueden escapar al control de las personas. Finalmente, si esa imposibilidad de control se traslada a un ámbito de guerra, las consecuencias pueden ser críticas.

Oscar Niss, especialista en ciberseguridad y ciberdefensa, que actualmente se desempeña como director de Seguridad Informática de la provincia de Buenos Aires, detalla a Página/12: “Los sistemas autónomos de ataque o defensa no son una cosa nueva, de hecho, existen desde la década del 50. Quizás, la diferencia más notoria es que combinan tres factores. La velocidad en la toma de decisiones para reconocer objetivos y preparar ataques; la escala, en cuanto a la capacidad de desarrollar ataques simultáneos y masivos; y la autonomía, en el sentido en que responden por cuenta propia, con una intervención humana limitada”.

Luego, continúa con su explicación: “Estas tres variables combinadas marcan una diferencia sustancial cuando emerge la IA. Hoy es posible, por ejemplo, descubrir objetivos, preparar el artefacto de ataque –configurarlo de ser necesario– y llevarlo adelante de manera autónoma, sin la decisión humana. Como resultado, se cuenta con un poder de ataque mucho más letal de lo que existía previamente”, explica Niss, que en años previos se desempeñó como subsecretario de Ciberdefensa de la Nación.

Errores que cuestan vidas

En el presente, las tecnologías que desarrollan las potencias están en condiciones, por su nivel de sofisticación, de poner a temblar a todo el planeta. A comienzos de octubre, se difundieron imágenes de cómo un hombre en Ucrania escapaba de un ataque perpetrado por drones. Según estimaciones de Naciones Unidas, en la guerra civil de Sudán, al menos 306 personas fallecieron y cientos resultaron heridas en ataques similares.

“En el caso del uso de la IA para desarrollar armas autónomas, los errores representan un grave problema. La tecnología puede cometerlos y se pagan con vidas. Más allá de que hay muchos colegas que subestiman las potencialidades de la inteligencia artificial, lo cierto es que plantea un punto de inflexión, no hay vuelta atrás”, destaca Niss.

Sin embargo, cuenta el especialista que antes de que emergiera la IA y se democratizara su uso, en el ámbito internacional ya se discutían los peligros de los ataques autónomos convencionales. La Cruz Roja, hace unos años, se preguntaba cómo hacer para advertir de manera cibernética a los contendientes en un combate de que sus instalaciones médicas constituían un objetivo no militar. En concreto, ¿cómo hace la Cruz Roja para avisarle a un arma autónoma que no debe afectar una infraestructura crítica que, por ejemplo, brinda electricidad a uno de sus hospitales de campaña?

Peor que en la ficción

A diferencia de las películas del siglo pasado que representaban el futuro distópico a partir de robots autónomos y asesinos, la realidad que enseña el presente, como siempre, es más compleja. La inteligencia artificial no solo puede potenciar las acciones de cíborgs despiadados, sino que se incorpora a la industria de la guerra de una manera mucho más integral. Sirve, por caso, para analizar información del enemigo y brindar la capacidad de anticiparse a ataques futuros, mediante imágenes satelitales, la intercepción de comunicaciones, el reconocimiento facial y biométrico. También existen algoritmos que “peinan” volúmenes enormes de datos; y otros que sirven para configurar drones, sistemas de artillería y vehículos autónomos.

Niss amplía: “En la medida en que no haya humanos participando de la decisión de un ataque, será una bola de nieve. Hay que tener en cuenta que quienes se defienden también deberán usar sistemas autónomos similares, y que los mecanismos de defensa en el ámbito militar también son ofensivos. En un contexto de combate, no solo actúan para la disuasión del daño posible, sino que también atacan”. E insiste en la misma línea: “Los ataques cibernéticos también producen efectos físicos, porque pueden dejar sin energía a una ciudad o un país entero”.

Armas biológicas y otras pesadillas

A comienzos de agosto, científicos de la Universidad de Stanford crearon virus nuevos con ayuda de la IA. Fue la primera vez que se generaron genomas completos de 16 virus que fueron diseñados para infectar bacterias. El avance, en aquel momento presentado como “un cambio de paradigma” que permitiría a la humanidad hallar soluciones para enfermedades hoy incurables, también provoca incertidumbre. La misma herramienta que puede usarse para sanar, también encierra la capacidad de enfermar.

En el caso del equipo científico de Stanford, eliminaron de la base de datos a esos virus que, potencialmente, podrían infectar a organismos complejos, como humanos. Lo hicieron con toda intención: un individuo con conocimientos y mal ángel también podría usar la base del desarrollo de estos investigadores para crear nuevas formas biológicas peligrosas. La chance de armas biológicas está a la vuelta de la esquina. ¿Un usuario no podría solicitarle a una IA la creación de un virus similar a influenza o coronavirus, aunque dotándolo de una mayor letalidad?

Con la IA se acentúa un fenómeno palpable: mientras los sistemas se desarrollan a un ritmo vertiginoso, las regulaciones y los controles marchan a paso de caracol. En este marco, la Organización de Naciones Unidas anunció que prepara un “marco de conducta responsable”, que tendrá entre sus principales destinatarias a las compañías desarrolladoras de tecnologías potencialmente aplicadas a la guerra. Se trata de una serie de recomendaciones para que las empresas del sector puedan orientar sus actividades de acuerdo a un esquema de derechos humanos. Que promuevan, en pocas palabras, un uso pacífico de la IA.

Habrá que ver, claro está, si las recomendaciones de la ONU serán atendidas por compañías que obtienen millones de dólares al año gracias al desarrollo de programas que mejoran las capacidades para matar. El historiador y gurú tecnológico Yuval Harari suele preguntarse: ¿alguien sabe dónde está el freno de la IA? Si la respuesta fuera afirmativa: ¿quién querrá frenar eso que llaman “progreso”?

Información adicional

“¿Vamos a dejar que las máquinas seleccionen y maten humanos?”, se preguntan desde la ONU
Autor/a: Pablo Esteban
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Fuente: Página12

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