Paradigmas, mafias y vetos académicos
Las cabezas colosales olmecas son una de las expresiones monumentales más representativas de esta civilización. Foto INAH / Archivo

Hace tres décadas, en la gran exposición de arte mexicano-olmeca, en Washington, llegó una de las grandes cabezas colosales, la de San Lorenzo, que pesaba 13 toneladas y todo el mundo quedó impresionado, pero principalmente los negros. Resulta que ya en tiempos remotos, en el preclásico, había negros en el continente. Pues resulta que no.

Los arqueólogos mexicanos se cerraron en banda, no iba a ser que ahora los vecinos afroamericanos se apoderaran de nuestros símbolos ancestrales. Más aún, los arqueólogos americanos corroboraban esta posición. La ciencia afirmaba que el hombre americano había llegado por el estrecho de Bering, hace 13 mil años y por ahí se diseminó por toda América.

En ese tiempo operaban dos paradigmas, que fueron manejados por mafias académicas y que se constituyeron en verdaderos vetos. El primero fue el paradigma de Clovis y el segundo, que todavía persiste, la teoría difusionista.

Por décadas, el paradigma de Clovis fue la versión oficial, aceptaba y bendecida por la ciencia arqueológica, de que el yacimiento más antiguo de las Américas, era uno de Nuevo México, el llamado Clovis, famoso por sus puntas de lanza lanceoladas, que luego se encontraron en muchos otros yacimientos y que corroboraban la teoría.

Todo intento por rebatir esta posición fue censurado acremente y todas las investigaciones que se hicieron posteriormente fueron desechadas sistemáticamente por falta de pruebas fehacientes. Es más, el veto operaba de manera sistemática en cualquier solicitud de financiamiento, para realizar una investigación en ese sentido.

Pues resulta que, en el otro lado del hemisferio, en Puerto Mont, extremo sur de Chile, en 1996, se descubrió un sitio arqueológico con restos de varios gonfotéridos, especie de elefante prehistórico asociado a lascas, boleadoras, madera quemada y tallada, restos de piel, de una posible carpa y claros indicios arquitectónicos de un asentamiento humano.

Las pruebas de carbono 14 databan, de entre 14 mil y 14 mil 500 años. Resulta que, a 9 mil kilómetros del poblado de Clovis, había un grupo humano que había llegado mil 500 años antes.

No hubo modo; todas las pruebas confirman que el sitio de Monte Verde, en el extremo sur de Chile, es el más antiguo de América y se descubrió en una investigación local independiente de arqueólogos chilenos, quienes tumbaron el gran paradigma y veto establecido por una mafia de arqueólogos norteamericanos.

El descubrimiento no sólo puso en cuestión al paradigma de Clovis, también al paradigma de la difusión, desde el punto de ingreso de Bering, que no deja de ser verdad, pero abre otras posibilidades, no sólo por su antigüedad, sino por su localización.

Toda la cronología se está resquebrajando. Otro descubrimiento en Nuevo México afirma que las huellas humanas fósiles de White Sands datan de 21 mil a 23 mil años de antigüedad.

Si persiste como teoría única la del estrecho de Bering, cuánto habrían demorado esos primeros hombres americanos en llegar a Puerto Mont. Pero también, se abre la posibilidad de que hubiera otras vías de ingreso diferentes, no sólo en aquellos tiempos tan remotos, de poblamiento temprano de hace 14 mil años, también en épocas más recientes.

Y aquí entra la otra teoría vetada, la del difusionismo. Y esto nos lleva otra vez a los olmecas, que hace más de 3 mil años esculpieron cabezas colosales de personajes importantes, con clarísimos rasgos raciales negroides. Pero no hay evidencia de rastros de ADN africano en los estudios realizados con restos antiguos; tampoco hay artefactos de origen africano que pudieran demostrar ese origen.

Según el profesor alemán Alexander von Wuthenau, toda América fue un crisol de razas, desde el periodo preclásico y a los miles de pruebas arqueológicas se remite. Hay múltiples piezas arqueológicas, identificadas como de otras razas, sean éstas negras, blancas, semitas o chinescas, de hombres lampiños y barbados.

Curiosamente, al excavar una de esas cabezas olmecas, los trabajadores del lugar le pusieron a ella el nombre de Tiburcio, porque decían que se parecía al lugareño Tiburcio Santos. Finalmente, se encontró al personaje, de piel oscura, nariz chata, ojos rasgados, labios grandes. Lo que la ciencia tardó décadas en comprobar, lo resolvió la gente, los de la raza cósmica. La teoría difusionista, no se sostiene en este caso.

Pero no sucede lo mismo en el lado del Pacífico, allí se ha demostrado que indígenas zenú de la costa caribeña de Colombia tuvieron contacto e intercambio genético con los polinesios para el año 1200 después de Cristo, unos 300 años antes de la llegada de Colón. Y se ha demostrado no sólo contacto genético, sino cultural, entre Isla de Pascua y la costa de Perú. Lo que da la razón al viejo explorador y difusionista noruego, Thor Heyerdahl, quien comandó las famosas expediciones transoceánicas del Kon-Tiki y el Ra I y II el siglo pasado.

01 de noviembre de 2026

Información adicional

Autor/a: Jorge Durand
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Fuente: La Jornada

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