Washington D. C.-07/06/2026. La ambiciosa Junta de Paz que Donald Trump presentó el pasado febrero en Washington sigue siendo más ambición que realidad a día de hoy. Las donaciones que tanto auguraba el presidente estadounidense para el organismo son inexistentes, así como la Gaza de posguerra donde se supone que la Junta debe liderar la reconstrucción. Más de siete meses después de anunciar el plan de paz, las bombas continúan cayendo sobre la Franja.
El fin de los ataques israelíes contra la población palestina no es la única parte del plan de paz de Trump que sigue sin materializarse. El desarme de Hamás, una parte crucial para que se cumpla la segunda fase, también sigue sin producirse. Las conversaciones para que el grupo islamista renuncie a la autodefensa siguen estancadas, mientras que el ejército israelí ha ampliado la ocupación hasta un 60% del territorio, el cual ha vaciado de palestinos, y pretende seguir avanzando.
El único leve alivio que han tenido los gazatíes desde que se acordó el supuesto alto el fuego es que la ayuda humanitaria está pudiendo avanzar un poco más. No es un cambio radical, ya que los convoyes de ayuda son insuficientes aun para cubrir las necesidades básicas de la población. Por ejemplo, elementos cruciales como las baterías para paneles solares -la principal fuente de electricidad en medio de la escasez de combustible- tienen prohibida la entrada a la Franja.
En un reflejo más de lo que ocurre sobre el terreno, la Junta de Paz encargada de reconvertir la Franja en la distópica Riviera Maya de Oriente Medio está completamente estancada. Cuando Trump presentó el organismo en Washington rodeado de un coro de líderes autoritarios, lo describió como uno de los organismos internacionales más importantes jamás creados. De hecho, la pompa con la que el republicano hablaba sobre la Junta -de la cual es presidente vitalicio- hizo que los líderes europeos temieran que se tratara de una institución con la que Trump intentara desbancar a la ONU. Aunque por el momento esto también es muy poco probable que pase.
El fondo creado por el Banco Mundial para la reconstrucción de Gaza no ha recibido ninguno de los 17.000 millones de dólares prometidos entre los miembros de la Junta y Trump, según confirman fuentes conocedoras al Financial Times. El grueso, 10.000 millones, tenía que provenir de fondos estadounidenses.
Tampoco ha habido nuevos interesados en aportar a la causa o inscribirse en el club pagando la cuota de 1.000 millones de dólares. Las previsiones iniciales de la ONU -antes de que Israel siguiera avanzando en la ocupación y los ataques- cifraban en 70.000 los millones necesarios para la reconstrucción del enclave.
El problema, sin embargo, no es que no se hayan materializado nuevas donaciones, sino que estas no están llegando al fondo del Banco Mundial. Emiratos Árabes y Marruecos han enviado recientemente dinero al organismo de Trump a través de mecanismos indirectos, los cuales han ido directamente a la cuenta de JP Morgan a la cual la junta tiene acceso directo. Marruecos habría contribuido con unos tres millones de dólares y Emiratos con unos 20, pero estos no han pasado por el fondo supervisado por el Banco Mundial.
La opacidad de las cuentas del organismo – en sus estatutos no está obligado a informar sobre estas- solo suma desconfianza al incierto futuro de Gaza.
Más allá de que el conflicto siga de facto en marcha, las incertidumbres legales y jurídicas sobre qué pasará con lo construido en Gaza desalientan tanto a inversores privados como contratistas.
La distópica Riveira de Oriente Medio que Trump soñaba para la Gaza de posguerra se enfrenta al mismo problema que el estrecho de Ormuz: las compañías privadas no ven seguridad. Por mucho que el presidente estadounidense anuncie a bombo y platillo un acuerdo de paz o diga que la marina estadounidense va a escoltar los buques petroleros, la realidad es otra.
La falta de seguridad y confianza hace que sea muy difícil encontrar inversores, que es lo que precisamente busca el yerno del presidente estadounidense, Jared Kushner. Ya en el foro de Davos, donde presentó el plan para una nueva Gaza, animó a los inversores privados a no temer el riesgo de poner dinero.



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