06/09/2026. Con la guerra contra Irán cada día más enmarañada y sin visos de solución, Donald Trump intenta lograr un pacto de mínimos en otra contienda, la que enfrenta a rusos y ucranianos. El presidente estadounidense quiere ondear siquiera un frágil triunfo como pacificador de cara a las elecciones legislativas parciales que afronta su país en breve, el 3 de noviembre, en las que sus fracasos en política exterior y el impacto de éstos en la vida diaria de sus conciudadanos le plantea un serio hándicap. La presión europea sobre Rusia, exacerbada en las últimas semanas en su obsesión por encontrar un demonio exterior que justifique sus errores internos, tampoco favorece nada la estrategia negociadora de la Casa Blanca y, al contrario, enroca más a Moscú en su apuesta bélica.
La visita al Kremlin del director de la CIA, John Ratcliffe, a fines de agosto despejó la senda para los encuentros mantenidos este fin de semana en Kiev y Moscú de los enviados especiales de Trump, un paso destacado después de seis meses de ausencia de contactos visibles, los que lleva destrozando Oriente Medio la guerra de Irán, y que retoma la mediación de EEUU en ese enquistado conflicto de Europa del este.
Al menos el alto el fuego de 72 horas declarado el sábado por los presidentes ruso, Vladímir Putin, y ucraniano, Volodímir Zelenski, cada uno por su cuenta y reducido al espacio geográfico de las dos capitales, detuvo los ataques durante el viaje a Moscú y Kiev de los enviados estadounidenses, Steve Witkoff y Jared Kushner. Estos no visitaban la capital rusa desde enero pasado, poco antes de que se desatara la guerra de Irán, y no habían viajado antes juntos a Kiev, de ahí la importancia de su encuentro este domingo con Zelenski.
Ambos empresarios devenidos en palomas mensajeras y de paz de Trump, que es también el suegro de Kushner, presentaron en este nuevo intento de mediación la nueva propuesta de paz de la Casa Blanca para la guerra de Ucrania. Un texto que cambia los parámetros expuestos en agosto de 2025 en la cumbre celebrada en Alaska por el presidente estadounidense y Putin.
Una nueva propuesta de EEUU para empezar a negociar desde cero
En los papeles de Alaska, Rusia conseguía uno de sus mayores objetivos bélicos: la anexión de todo el Donbás, un territorio del este de Ucrania de mayoría rusófona que venía luchando por su independencia de Kiev desde 2014 y que, con la invasión de 2022, fue ocupado en su mayor parte por las tropas rusas. De las dos regiones que forman el Donbás, esto es, Lugansk y Donetsk, es en esta última donde la guerra arde en todo su apogeo, pues los ucranianos defienden a sangre y fuego casi una cuarta parte del territorio y no están dispuestos a que caiga bajo las botas rusas.
Aquella propuesta, que además sentenciaba la exclusión de Kiev de la OTAN, le gustaba a Rusia, pero tuvo el lógico rechazo de Ucrania, pues suponía de facto su capitulación ante Moscú. Las nuevas negociaciones iniciadas este fin de semana prácticamente parten de cero, con nuevos factores sobre la mesa, como el descalabro de la economía mundial y del trasiego de hidrocarburos en el marco de la guerra de Irán.
Hoy día el petróleo de Rusia, a pesar de las sanciones que pesan sobre él, está más cotizado que antes del 28 de febrero, cuando comenzaron los ataques de EEUU e Israel sobre Irán. Ello explica la escalada de los bombardeos ucranianos contra las refinerías y depósitos de combustible rusos, y la respuesta, si cabe más sangrienta, del Kremlin contra objetivos también civiles en Ucrania. La guerra de Irán ha intensificado la de Ucrania y ha hecho más complicada la posibilidad de alcanzar una tregua en el conflicto que desató Rusia con el comienzo de la invasión el 24 de febrero de 2022.
Salvo en Moscú y Kiev, la guerra siguió por doquier
Como ha pasado antes en otros remedos de alto el fuego en Ucrania, el cese real de hostilidades anunciado este sábado apenas duró unas horas. No se tocaron las dos capitales, por respeto a los enviados de Trump, pero en el resto de territorio de los dos países, la inquina si cabe fue mayor. Este domingo, Ucrania lanzó ataques masivos con drones contra catorce regiones de Rusia. Buena parte de estos bombardeos tuvieron como objetivo las infraestructuras energéticas rusas, en concreto una refinería de la mayor empresa petrolera de Rusia, Rosneft, en la región de Riazán.
La respuesta rusa no se hizo esperar, con nuevas oleadas de drones que pusieron en solfa el alcance real de la misión de Kushner y Witkoff. En todo caso, en las conversaciones con los estadounidenses, una cosa quedó clara. Para Moscú, una paz duradera ha de construirse bajo los términos de Rusia. Por eso, su ejército prosiguió este domingo la escalada bélica de las últimas semanas en respuesta a los ataques ucranianos sobre sus infraestructuras energéticas. Ataques que, según los analistas militares ucranianos, preludian una ofensiva a gran escala para este otoño.
La creciente injerencia europea
La brecha entre los dos países en guerra es tan grande y las circunstancias que la rodean tan enmarañada que parece imposible un mínimo acuerdo en los próximos dos meses, los que quedan para los comicios que renovarán al completo la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense y parte del Senado. Las elecciones legislativas que se celebran en Rusia entre el 18 y el 20 de septiembre tampoco vaticinan cesión alguna del Kremlin en la negociación.
Además, Ucrania se siente fuerte. Aunque obvia los lentos, pero continuos avances rusos en la región de Donetsk, que el Kremlin quiere conquistar totalmente antes de empezar a negociar, Kiev subraya cada día su satisfacción por las razias que sus drones están lanzando en territorio ruso, muy lejos del frente de guerra, y que están dañando la red de producción de hidrocarburos del gigante euroasiático.
En estos momentos, la capacidad militar ucraniana está centrada en sus escuadrillas de drones, fabricados a gran escala con dinero europeo o enviados directamente desde países de la OTAN. Es precisamente, el refuerzo del apoyo de los países europeos a Ucrania en su guerra contra Rusia, con dinero, armas y sobre todo con una exacerbada retórica que demoniza a Moscú como una amenaza inminente para toda Europa, el oxígeno que impide el colapso de Ucrania en este quinto año de contienda.
Las recientes acusaciones de Alemania, que responsabiliza a Rusia desatar una “guerra híbrida”, tras la aparición de un dron con explosivos en el aeropuerto de Leipzig, han catalizado el paroxismo antirruso en el viejo continente. Un dron que nunca llegó a estallar y cuyo origen no queda tan claro, pero que se ha convertido en casus belli para muchos países europeos, muy inconscientes a la hora de ignorar lo que realmente podría significar un ataque militar directo de una Rusia harta de la injerencia europea.
Pero la presión alemana no ha sido ignorada por Rusia. Este domingo, su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, acusó a Alemania de iniciar una “guerra de verdad” contra Rusia, con esa serie de acusaciones sobre el dron de Leipzig, que “nadie se molestó en investigar más”. Lavrov comparó esta retórica propagandista y el cierre del Consulado General ruso en Bonn y la Casa Rusa en Berlín como una repetición de las acciones perpetradas por la Alemania nazi antes de la Segunda Guerra Mundial.
“En esencia, (el canciller alemán, Friedrich Merz) viene a declararnos la guerra. No se han aprendido en absoluto las lecciones de la historia. Está surgiendo una metástasis del nazismo” y “es un fenómeno peligroso”, señaló.
No es el único caso de involucración europea que está enervando a Rusia. En Gran Bretaña, uno de los países más comprometidos de la OTAN en el despacho de armas e inteligencia al ejército ucraniano, se han multiplicado en las últimas semanas las llamadas de alerta ante un eventual ataque nuclear ruso, alarma que el Kremlin ha rechazado como una estrategia paranoica destinada a encubrir el incremento de la ayuda militar a Ucrania.
Incluso la visita del director de la CIA a Moscú, clave para relanzar las conversaciones de paz, fue interpretada por algunos medios como un intento de EEUU para convencer al Kremlin de que se abstuviera de un inminente ataque, posiblemente nuclear, contra un país europeo, quizá Reino Unido. Una vez más, la vieja cortina de humo del “enemigo a las puertas” para tapar el creciente apoyo militar europeo a Ucrania y justificar el armamentismo en boga en Europa.
La guerra de los drones
Los cerca de 90.000 millones de euros de ayuda a Ucrania aprobados por la Unión Europea para los próximos años ya están haciéndose notar. Ucrania quizá no puede adquirir en estos momentos los escasísimos sistemas antiaéreos estadounidenses Patriot, insuperables contra los misiles balísticos rusos, pero sí para adquirir miles de drones muy sofisticados que ya pueden destruir blancos en cualquier punto de la Federación Rusa.
Es una carrera también contrarreloj para la economía de guerra de Moscú, que ha optado por fabricar drones cada vez más mortíferos, así como misiles balísticos hipersónicos cuyo uso en la contienda ha sido hasta ahora más limitado, pero de los que se espera que sean los protagonistas de las próximas ofensivas rusas. Entre estos drones rusos figuran aparatos a reacción cuya velocidad elude la interceptación ucraniana. Uno de estos vehículos no tripulados impactó el viernes contra la sede de los servicios de inteligencia ucranianos en Kiev, precisamente uno de los puntos desde donde se organizan los ataques a larga distancia con drones contra Rusia.
El ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, calificó este ataque como una “escalada importante” en la guerra, pues se produjo en vísperas de las conversaciones de paz. Para el Kremlin, tal estrategia de ataques sistemáticos simplemente ofrece efectos positivos para Rusia y “evidentes a simple vista”, como indicó su portavoz, Dmitri Peskov.
Una debacle electoral cantada, salvo que Trump haga trampas
Como son también evidentes “a simple vista” los efectos en EEUU del fracaso de Trump a la hora de poner fin a la guerra de Ucrania (en 24 horas, decía cuando validó su reelección) y, sobre todo, del embudo en que ha metido a la economía mundial y a la estadounidense en particular con su ofensiva sobre Irán, también sin visos de solución.
De cara a las elecciones del próximo noviembre, las perspectivas son poco halagüeñas para un presidente que apenas pasa de una aprobación popular del 33%, con un 63% de rechazo, según la última encuesta de Ipsos Reuters, lo que debilita sobremanera las posibilidades de sus correligionarios republicanos para ser reelegidos en el Congreso. Sobre su gestión de la economía, la aprobación es peor aún: ha pasado del 42% en enero de 2025 (cuando juró su cargo) al 26% en agosto de 2026. De cara a las elecciones de medio término, la victoria se decanta claramente del lado demócrata.
La guerra de Irán y sus efectos económicos sobre el estadounidense de a pie están detrás de buena parte de ese descontento. La respuesta de Trump es múltiple. Dentro de EEUU quiere aplicar maniobras antidemocráticas para dejar a miles de sus compatriotas sin la posibilidad de votar. En el ámbito exterior, una paz siquiera frágil en Ucrania e Irán aliviaría su imagen. Ninguna de las dos guerras le es, sin embargo, favorable. Ya nadie cree en su papel de “pacificador”, ni fuera ni dentro de Estados Unidos.


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