Trump logra la aquiescencia del Kremlin hacia su política exterior, arrincona a Europa y contiene la implicación de EEUU en las negociaciones de paz en Ucrania.
25/01/2026. La fijación inicial del presidente estadounidense, Donald Trump, por un pronto final de la guerra de Ucrania, uno de sus propósitos cacareados al inaugurar su mandato hace un año, ha caído en picado ante la incapacidad de los contendientes, Moscú y Kiev, para alcanzar un mínimo acuerdo que implique un alto el fuego y ante la falta de incentivos económicos a corto y medio plazo que animen la codicia del inquilino de la Casa Blanca.
Trump ha conseguido, eso sí, que Rusia ignore su agresiva política exterior, que, en muy poco tiempo, ha llevado a Washington a enfrentarse a sus aliados europeos por Groenlandia, a disparar el riesgo de guerra en Oriente Medio, a bendecir el genocidio israelí contra los palestinos y convertir Gaza en un terreno inmobiliario listo para la especulación, y a amenazar con retornar el imperialismo estadounidense a Latinoamérica.
Mientras el Kremlin asiste con calma a estos desaguisados, Trump siente que tiene la connivencia de Moscú y la libertad para actuar allí donde los intereses de EEUU no entren en colisión con los rusos. La realidad es que Rusia mueve sus fichas en su propio tablero, donde la guerra de Ucrania solo puede ser resuelta a su favor con la conquista de los objetivos ya aceptados entre bambalinas por EEUU.
El sábado concluyó en Abu Dabi una reunión considerada clave entre ucranianos, rusos y estadounidenses, aunque solo fuera por las formas. El encuentro, que comenzó el viernes, fue el primero a tres bandas entre EEUU y los contendientes en la guerra. Con Trump en el poder, Washington dejó de ser parte en el conflicto y se convirtió en mediador. Y tras organizar contactos con rusos y ucranianos por separado, ahora la Casa Blanca apuesta por el formato trilateral, también para contener su implicación en tan enmarañado asunto.
Una negociación condicionada por el apoyo a Trump en Groenlandia
El encuentro de Abu Dabi, no obstante, ha estado condicionado por el apoyo abierto que le ha prestado a Trump su colega ruso, Vladímir Putin, en algunos de sus intentos de intervencionismo más controvertidos, como la crisis de Groenlandia, en la que el Kremlin ha sido condescendiente con la Casa Blanca hasta el extremo de poner en duda la legitimidad de la Administración danesa de la isla y considerarla como un conflicto colonial no resuelto.
Cualquier crítica de Moscú era válida, si ayudaba en el menoscabo que Trump estaba haciendo a la Unión Europea y de paso a la OTAN con sus amenazas sobre Groenlandia. Finalmente, todo quedó en tablas con el anuncio por Trump de un preacuerdo sin pies ni cabeza entre la OTAN y Dinamarca que deja las cosas como estaban justo antes de que el presidente estadounidense lanzara sus amenazas de anexionarse la isla y aplastar con más aranceles a los países europeos que más se han significado contra Washington en esta crisis.
Porque ese es el devenir que ha tenido la política exterior de Donald Trump en este primer año de su segunda estancia en el poder (el primer mandato fue entre 2017 y 2021): un montón de amenazas y fuegos artificiales que primero descolocan a todo el planeta, para después desinflarse sin muchos resultados.
La paz de los poderosos
Rusia ha apoyado así el teatro montado por Trump en torno a la catástrofe de Gaza y a su propuesta para crear una “Junta de Paz” que pueda incluso convertir el territorio palestino, actualmente un erial con dos millones de gazatíes hacinados en ruinas y tiendas de campaña, en un nuevo paraíso inmobiliario copiado de las ciudades futuristas del Golfo Pérsico.
Putin fue invitado por el propio Trump a unirse a esa Junta, presidida de forma vitalicia por el propio presidente de EEUU e integrada por un puñado de mandatarios y figuras de la política internacional afines, incluido el destructor de Gaza, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Por supuesto, de la Junta se excluyó inmediatamente a la Autoridad Nacional Palestina. Tampoco parece probable que los palestinos pudieran asumir los mil millones de dólares que exige Trump a sus socios para entrar en la Junta y que Putin propone pagar con los activos de los bancos rusos congelados en EEUU por las sanciones.
Y este es también el camino seguido por los enviados de Trump en la guerra de Ucrania, todos ellos amigotes empresarios o parientes con exiguos conocimientos de política exterior y con un pensamiento más puesto en los negocios que se pueden hacer en la antigua república soviética (o con los propios rusos) que en los aspectos humanitarios y geopolíticos que implicaría el fin de la guerra.
El laberinto de las negociaciones
Desde que empezaron el año pasado las conversaciones de EEUU con Rusia y aparte con Ucrania, la opinión de la Casa Blanca al concluir los encuentros siempre fue la misma: se está a punto de llegar a un acuerdo entre rusos y ucranianos. Nada más lejos de la realidad, como demuestran el hecho de que la guerra continúe, que el ejército del Kremlin haya ampliado sus conquistas y que las infraestructuras energéticas ucranianas estén al borde del colapso por los redoblados ataques rusos.
Ese optimismo infantil, rayano en la mera teatralidad, se repitió este domingo al terminar la ronda de conversaciones en Abu Dabi: “Vimos una verdadera disposición por parte de cada miembro de su delegación con sus homólogos. Fue un momento en el que todos parecían casi amigos y, en cierto modo, estas personas se conocen”, indicó a la prensa un funcionario estadounidense presente en la negociación.
Lo cierto es que sigue abierta la brecha más profunda, esto es, la soberanía de los territorios tomados por los rusos desde que hace casi cuatro años invadieran Ucrania, y de la península de Crimea, anexionada en 2014. Ahí las posiciones son irreconciliables: Kiev se niega a ceder tierras de Ucrania a Rusia, y Putin exige la anexión, no solo de los territorios ya bajo su bota, sino también la parte de esas regiones que aún está controlada por Ucrania. En el caso del Donbás, en el noreste de Ucrania, el Kremlin demanda el 20% de la región de Donetsk que sigue en poder de los ucranianos.
¿Una cumbre Putin-Zelenski?
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien al tiempo que suplica la paz, sigue reclamando más armas para prolongar la guerra, se puso este sábado en modo optimista. Tal vez porque no tiene otro remedio y quiere aún agradar a un Trump cada día más lejano. Zelenski sabe que la ayuda europea para aguantar la guerra sufre vaivenes constantes y que EEUU es la única fuerza que puede apuntalar realmentesu resistencia a Rusia, con armas estadounidenses compradas y abastecidas por los europeos, y con la inestimable asistencia de la inteligencia estadounidense.
“Se ha debatido mucho y es importante que las conversaciones hayan sido constructivas”, aseveró Zelenski en un mensaje en la red social X. Agregó que esta semana habrá otro encuentro, igualmente en Emiratos Árabes Unidos. La web estadounidense de análisis Axios, con contactos en la Casa Blanca, ha señalado que no se descarta una cumbre entre Putin y Zelenski. Esta noticia la recogió también la agencia estatal rusa TASS, lo que apunta a que el Kremlin estaría considerando tal posibilidad.
Los rusos fueron más tajantes a la hora de definir el encuentro de Abu Dabi. Ha habido “resultados”, pero solo si se resuelve la cuestión territorial “se avanzará rápido”, apuntó el Kremlin.
Como preámbulo de las conversaciones de Abu Dabi, el jueves pasado se reunieron en el marco del Foro Económico Mundial de Davos los presidentes Trump y Zelenski, y en Moscú los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner con Putin. En ninguna de estas reuniones se despejaron las incógnitas sobre posibles fechas para una tregua, la soberanía de los territorios ocupados o las garantías concretas de seguridad que reclama Ucrania tras el fin del conflicto.
También hay diferencias sobre estas garantías de seguridad que Kiev dice que ya le ha concedido Washington sin la aprobación de Moscú. Esto parece poco probable, pues Rusia rechaza radicalmente algunas de esas garantías, susurradas por París o Londres a Kiev, como el eventual despliegue de tropas europeas en Ucrania tras la firma de una tregua, un pacto de defensa mutua entre Ucrania y la OTAN, o la supervivencia de un desmesurado ejército ucraniano.
Trump, con la cabeza en los negocios, también con los rusos
Kushner, empresario inmobiliario y yerno de Trump, y Witkoff, amigo personal del presidente estadounidense y también otro magnate multimillonario, se han convertido ya en la cara de la Casa Blanca para el conflicto ucraniano, con tareas tan difíciles de resolver como las enunciadas. Poco doctos en cuestiones de geopolítica y seguridad (como su jefe), Kushner y Witkoff apuestan por economizar el problema y sacar adelante la propuesta de Trump de convertir parte del Donbás en un área desmilitarizada e incluso en una zona económica especial donde hacer pingües negocios, un proyecto bastante improbable a medio plazo.
Ante la falta de resultados, Trump se ha ido apartando del dilema ucraniano, salvo para reconvenir a Zelenski por no hacer lo suficiente para detener la guerra o para echarle flores a Putin, ávido de los negocios que Rusia y EEUU pudieran hacer en un futuro, eso sí, fuera del Donbás, que Moscú considera ruso e intocable. De hecho, a la citada reunión de Abu Dabi, se sumó en esa misma ciudad y de forma paralela otro encuentro solo entre rusos y estadounidenses para estudiar la posible cooperación económica entre los dos países.
Europa fustigada
Negocios y relaciones de las que queda exenta Europa, cuya importancia en el proceso de paz minusvalora incluso Zelenski, insistente en poner a EEUU como el gran garante de la supervivencia de Ucrania a pesar de los desplantes de Trump. Al terminar las reuniones de Abu Dabi, Zelenski insistió en “la necesidad de que EEUU supervise y controle el proceso de fin de la guerra y garantice una seguridad real”.
Este domingo, el Kremlin fue especialmente duro con la UE. Tras descalificar a su alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas, a quien acusó de ser una “incompetente“, el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, fue tajante: en la UE solo hay “funcionarios incultos, incompetentes que no saben mirar al futuro ni entender el sistema de coordenadas de la actualidad”.
Rusia entiende que, al contrario que la involucración europea, la participación de EEUU en el proceso de paz sí le es útil, pues le permite jugar con el tiempo a su favor en el frente. No obstante, Moscú sabe que más tarde o más temprano debe hablar con Kiev y este encuentro de Abu Dabi ha sido crucial en este sentido.
Así lo reconoció el Kremlin al incorporar por primera vez como negociador a un militar del máximo rango, el almirante Igor Kostiukov, segundo al frente del Estado Mayor y responsable de la temida GRU, la inteligencia militar rusa. Y otra bofetada más a la UE, pues Kostiukov fue uno de gerifaltes rusos incluidos en la lista negra de Bruselas tras la invasión de Ucrania.


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