Aquella primera vez que platiqué con Totó en Cancún fue como abrir una amplia ventana a la cultura afro de Colombia y a sus tradiciones. Su voz reposada y suave en la charla, diferente a la tormenta que se manifestaba en escena, hilaba historias, costumbres, caminos a una sabiduría ancestral única. Me habló del Mompóx, su origen:
“Mompox fue un puerto floreciente en el río Magdalena, por medio del cual se llevó a cabo el comercio entre el interior del país con la costa del Caribe. Fue un asentamiento español con gran presencia indígena y también afro, por la llegada de esclavos de origen yoruba, carabali y congo. Una de las características de esta región es la mezcla de estas razas. Pongamos que debido a eso, en Mompox se llevó a cabo una suerte de integración racial que originó una sociedad única. De allí salieron todas las expresiones culturales que se fueron moviendo por el río hasta llegar a Barranquilla y Cartagena, que luego se reflejaron en los grandes carnavales de esa región.”
Y habló de la amplia variedad de músicas que son el resultado de una combinación triétnica que da identidad y sentimiento a los colombianos:
“Nosotros tenemos una infinidad de música porque no sucedió, afortunadamente, lo que se dio en el área del caribe que exterminaron a todos los indígenas. En estos momentos tenemos 358 lenguas indígenas y conservamos aún esos sonidos que se escuchan en la selva. También tenemos la música que se mezcló, que yo digo que es como la universal porque en ella están presentes todas las razas: europea, indígenas, africana…”
Totó fue una férrea defensora del folclor del Caribe colombiano. Durante toda su vida trabajó por el reconocimiento de los ritmos de las zonas rurales del bajo Magdalena, Mompox y el Bolívar.
“Nosotros estamos en lucha permanente, porque ahora, aunque hay una mayor apertura, no creo que estemos logrando algo definitivo como en otros países, por ejemplo Brasil o Cuba. Ellos escuchan su música tradicional, nosotros no tanto (…) En los años 50 escuchábamos nuestra música, pero eso ha ido disminuyendo ya que existe el concepto que la tradicional no vende, no es comercial. Además, como estamos en el área del caribe, tenemos mucho influencia del exterior. A nosotros, por ejemplo, nos pega el merengue dominicano y se baila mucho la música de Cuba. Porque hemos tenido una interrelación musical muy fuerte. Entonces nuestra música tradicional está ahí, sólo entre nosotros, en nuestras fiestas, intentando ser fortalecida.”
La vida de Totó estuvo marcada por un constante intercambio de caminos: algunos dados por el desplazamiento y la violencia, que provocó su traslado forzoso a Bogotá en 1950; otros muy complicados que se dieron al iniciar su larga trayectoria y compromiso por recuperar las tradiciones, así como los dados por el reconocimiento musical que la llevaría años más tarde a grabar su primer disco en Francia, Colombie. Totó La Momposina y sus tambores (1984), y a cosechar éxitos en escenarios de Europa, Asia, África y toda la América nuestra.
Ese andar lA llevó a Estocolmo, Suecia, invitada por Gabriel García Márquez cuando el escritor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982. Con una pollera blanca de ribetes rojos y sus tambores afrocolombianos, entró Totó al Palacio de Conciertos y su voz se escuchó en todo el espacio:
“Viejo pueblo Aracataca, pedacito de Colombia tierra donde yo nací, entre rumores de cumbia a quererte yo aprendí. Rejuntados en la arena los recuerdos de un ayer unos murieron de pena otros de hambre y de sed (…) Ya verán, ya murieron, vive tu vida, vive 100 años de soledad”, cantó la Momposina y esa gente de la nobleza europea descubrió por su voz y ritmo los amores y el sonido de la tierra del olvido que retrata Gabo en sus obras.
Luego de su participación en la entrega del Nobel, Totó siguió girando por Europa participando en grandes festivales como el Womad de Peter Gabriel, el de la Feria Mundial en Sevilla, España, hasta llegar en 1991 al Festival Internacional Cervatino de Guanajuato, en el que se presentó antes de arribar al de Cultura del Caribe en Quintana Roo.
En Europa la consideraban ya como una estrella de la world music, lo que a ella le resultaba extraño.
“Yo sigo siendo una artista del pueblo, exponente de mis raíces culturales y pienso que la música tradicional es aceptada en todo el mundo porque la música tradicional no necesita idiomas, ni modas”, me decía. “Nuestra música, nuestros cantos, hablan de la naturaleza, del amor, del sol, la luna, las estrellas…
“un lenguaje universal que no necesita ser traducido. Nuestra música sube al escenario y se presenta por si sola, y sola enamora los corazones de la gente por donde va porque la música es sagrada y la hizo Dios para curar a la humanidad.”
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