Ucrania ha señalado la mayor evolución de las tácticas militares desde la Segunda Guerra Mundial

En los últimos cuatro años, la guerra de Ucrania ha contribuido más a cambiar las armas y tácticas militares que cualquier otro conflicto desde 1945. Las victorias de Israel en 1956, 1967 y 1973 se lograron con armas y tácticas de la Segunda Guerra Mundial. Las lecciones de las guerras de guerrillas en Vietnam y Afganistán ya las habían impartido en su mayor parte las guerrillas españolas y los partisanos rusos hace más de dos siglos.

En otras guerras, como las de los Estados Unidos contra Irak y Panamá, el equilibrio de fuerzas era tan desigual que resultaba difícil extraer lecciones para una guerra a gran escala. Rusia y Ucrania, armada esta por Occidente, han sido, por el contrario, competidores a la par, con armamento, adiestramiento y (sorprendentemente) efectivos comparables.

Dicho esto, las lecciones del primer año de la guerra eran en su mayoría antiguas. Debido a una información de inteligencia terriblemente deficiente (posiblemente agravada por la renuencia a decirle a Putin verdades incómodas), los rusos subestimaron por completo la fuerza y la determinación de la resistencia ucraniana. Esto se debió a prejuicios antiguos y nuevos, entre ellos la creencia de que el presidente Volodimir Zelenski, a quien los rusos consideraban un comediante de televisión insignificante, huiría o se rendiría ante el ataque ruso.

El Estado Mayor ruso debería haber estudiado una caricatura de 1879 publicada en Punch, la revista satírica británica, tras la derrota de una fuerza británica equipada con rifles y artillería modernos a manos del ejército zulú, armado con lanzas, en Isandlwana. En ella se ve a un guerrero zulú que escribe en una pizarra: «¡No desprecies a tu enemigo!». Además, cuando fracasó su plan original de tomar Kiev y decapitar o someter al Gobierno ucraniano, los rusos carecían de un plan B viable.

Subestimar a los ucranianos les llevó a cometer otro error clásico. Los rusos no sólo desplegaron muy pocas tropas para las tareas que tenían entre manos, sino que las dividieron entre seis objetivos distintos. Como resultado, sólo se logró uno de ellos: la conquista de un «puente terrestre» entre Rusia y Crimea. A partir de entonces, la falta de voluntad del Gobierno ruso para desplegar reclutas o gastar grandes sumas de dinero en aumentar el ejército profesional significó que Rusia carecía de tropas hasta para mantener algunas de las tierras que ya había conquistado.

Sin embargo, el primer mes de la guerra mostró una lección sorprendente. Una combinación de misiles antitanque y antiaéreos portátiles ucranianos anuló la combinación rusa de blindados, helicópteros de ataque y aviones de ataque terrestre que había sido el núcleo de la planificación soviética, rusa y norteamericana para la acción ofensiva en las «grandes guerras».

A medida que avanzaba la guerra, se alejaba cada vez más de la experiencia del siglo anterior. Esto se ha debido sobre todo a las enormes ventajas que la combinación de armas antiguas y nuevas le proporciona a la defensa. La inteligencia por satélite les permitió tanto a los rusos como a los ucranianos (con la ayuda de los Estados Unidos) detectar dónde concentraba sus tropas el enemigo para lanzar un ataque y, de ese modo, concentrar sus propias tropas como respuesta. Esto ayudó a los rusos a derrotar la contraofensiva ucraniana en el verano de 2023, y a los ucranianos a frenar los posteriores avances rusos.

Esta capacidad se remonta al desarrollo de los aviones de reconocimiento en la Primera Guerra Mundial, pero, a diferencia de los aviones, los satélites, al menos por el momento, están a salvo de los ataques. Por encima de todo, como ahora se reconoce generalmente, son los drones los que han transformado el campo de batalla. El amplio despliegue de drones por ambas partes ha creado una tierra de nadie de más de 15 millas de ancho, en la que cualquier movimiento visible es muy probable que sea fatal para los hombres y, sin duda, para las máquinas. Hasta las tropas bien atrincheradas pueden ser localizadas y perseguidas una por una.

Los drones también hacen imposible la limpieza de las minas de las que ahora están estas zonas repletas y que suponen una enorme barrera para el movimiento. Ya sea realizada por hombres o por máquinas, la limpieza de minas lleva tiempo y se lleva a cabo al aire libre, lo cual se hace imposible con drones sobrevolando la zona.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, el aumento de la potencia de fuego ha provocado una progresiva «reducción» de la infantería sobre el terreno. Los drones han llevado esta tendencia a un nivel verdaderamente revolucionario. No sólo han hecho imposible acumular la masa de hombres y máquinas necesaria para lograr un avance decisivo, sino que, en los últimos dos años, han obligado al ejército ruso a dividir sus fuerzas de ataque en grupos de tan solo dos o tres hombres.

Esto ha tenido un efecto crítico en la disposición de las tropas para avanzar ante un peligro grave. El rey Federico el Grande no hacía sino expresar una vieja verdad militar cuando declaró que, para que los soldados avanzaran bajo el fuego enemigo, tenían que temer más a sus propios suboficiales que al enemigo. En una unidad de tres hombres, eso es imposible. No hay ningún suboficial superior que los asuste, ni oficial alguno que los motive. A menos que posean una moral y una determinación excepcionalmente elevadas, ante un fuego intenso sencillamente se echarán al suelo.

Estas lecciones militares seguirán siendo válidas aun en el caso de que acabe derrumbándose, por puro agotamiento o por la retirada del apoyo occidental, el ejército ucraniano. Porque ya ha librado una contienda que antes de la guerra los expertos militares consideraban imposible y que, de hecho, habría sido imposible sin la transformación militar que he descrito.

Estas lecciones parecen tan evidentes que sería imposible que los ejércitos occidentales las ignorasen, pero nunca se debe subestimar el conservadurismo militar. Al fin y al cabo, los soldados pasan la mayor parte de su carrera activa no en la guerra, sino adiestrándose en tiempos de paz, lo que esencialmente significa fingir que luchan entre ellos.

En los Estados Unidos y Europa contemporáneos, el apego a los sistemas de armas existentes se ve enormemente reforzado por el interés del complejo militar-industrial y sus aliados políticos en seguir produciendo plataformas de armas grandes, sofisticadas y enormemente costosas, por contraposición a drones y minas baratos. En Europa, a esto se suma la promesa (probablemente falsa) de que el gasto en tanques y aviones de combate puede reconstruir las industrias nacionales. En Alemania, este rumbo errado del gasto militar está provocando, afortunadamente, la reacción de analistas más objetivos.

Aun después de su labor de mando en la Primera Guerra Mundial, el mariscal de campo británico Haig podía, con todo, afirmar en 1926 que «los aviones y los tanques no son más que accesorios para hombres y caballos, y estoy seguro de que, con el paso del tiempo, se le dará al caballo —al caballo bien criado— el mismo uso que se le ha dado siempre». Al fin y al cabo, había convivido con los caballos durante mucho más tiempo que con tanques y aviones. Por lo tanto, podemos esperar con confianza que, durante muchos años, nuestros soldados y expertos militares sigan defendiendo la absoluta necesidad de los tanques bien entrenados (y su tripulación humana), a pesar de todas las pruebas que demuestran lo contrario.

Por supuesto, cada avance en armamento que favorece la defensa tarde o temprano se ve contrarrestado por nuevas armas que restauran el poder ofensivo, y viceversa. Así, en la Primera Guerra Mundial, en el frente occidental, el sangriento estancamiento y la matanza de la infantería llevaron al desarrollo del tanque y los bombarderos aéreos.

En nuestra época, el siguiente avance parece ser, sin duda, la creación de robots de ataque, los cuales, a diferencia de los hombres, pueden seguir atacando aun cuando sus compañeros están siendo destruidos a su alrededor (hasta que, tal vez, acaben pronunciando el equivalente robótico de «A la mierda este juego de soldaditos» y se vuelvan contra sus amos humanos). Sin embargo, aun con el respaldo de la IA, es probable que el desarrollo de este tipo de armas lleve bastante tiempo. Mientras tanto, los drones seguirán siendo los señores del campo de batalla.

La lección más inmediata debería ir dirigida a China y los Estados Unidos en lo que respecta a una guerra por Taiwán. Quizás el acontecimiento más llamativo de la guerra de Ucrania ha sido la forma en que Ucrania, sin armada alguna, ha sido capaz de derrotar a la flota rusa del Mar Negro con misiles terrestres y drones aéreos y marítimos.

Por un lado, esto debería mostrarles a los chinos que correrían un riesgo terrible si intentaran lanzar una invasión anfibia de Taiwán ante una fuerte resistencia. Por otro lado, debería mostrarles a los Estados Unidos que los buques de guerra norteamericanos que operan cerca de China correrían un peligro mortal de destrucción, aunque se hundiera la armada china o quedase atrapada en sus propios puertos.

Aun cuando se pudiera evitar una guerra nuclear, el resultado, como en Ucrania, probablemente sería un sangriento estancamiento. Esperemos, por tanto, que la mayor lección que los Estados puedan extraer de la guerra de Ucrania sea, para empezar, la de no entrar en guerra.

01/03/2026

Información adicional

Autor/a: Anatol Lieven 
País: Ucrania
Región: Euroasia
Fuente: Sin Permiso

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