La guerra en Irán cambió de fase. Teherán se está parando en modo ofensivo, con un objetivo claro: derrotar a Estados Unidos tanto en el plano diplomático como en el militar.
La estrategia iraní ya no es esperar los golpes ni las idas y vueltas de Washington, sino actuar por cuenta propia y prepararse para una guerra larga. No hace falta creerle a Teherán para llegar a esa conclusión. Alcanza con leer lo que la propia prensa estadounidense viene publicando sobre su gobierno en las últimas dos semanas.
El estrecho de Ormuz no se reabrirá hasta que las fuerzas estadounidenses se retiren por completo de la zona del golfo Pérsico. El vocero de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, lo repitió hace pocos días: «Corresponde a la parte estadounidense detenerse y reparar sus acciones ilegales y destructivas». Recordemos que este conflicto comenzó a mediados de 2025 con un ataque estadounidense-israelí que el presidente de Estados Unidos Donald Trump llamó guerra de los Doce Días, y fue retomado en febrero en un nuevo ataque de la potencia norteamericana, que tuvo como resultado el martirio del líder supremo Alí Jameneí. Esa segunda escalada atrajo a Pakistán como mediador del primer memorando de entendimiento en un escenario de exigencias maximalistas de Irán y concesiones estadounidenses.
El control de Ormuz es la carta fuerte de Irán: los peajes y el manejo del flujo energético y derivados que transitan por el estrecho de aguas territoriales que comparte con Omán pusieron en jaque la economía mundial y le permitirán financiar el esfuerzo bélico.1 Además, muestra el punto de sutura entre los intereses del gobierno de Estados Unidos en frenar las consecuencias del conflicto, previo a las elecciones de mitad de mandato de noviembre, con los del gobierno de Israel, que necesita que el conflicto se mantenga activo antes de sus propias elecciones.
Irán fijó, en un escenario de máximas en el cual está cómodamente posicionado, seis demandas para sentarse a la mesa de negociación que pueden ser leídas como la capitulación de Trump: el cese total de las amenazas y ofensas a los valores iraníes; el fin de las agresiones en Líbano, Palestina, Yemen e Irak; una retirada militar completa de Estados Unidos del golfo Pérsico y sus bases navales y aéreas; una reparación de daños por 300.000 millones de dólares por el conflicto; el levantamiento de las sanciones económicas unilaterales, y la liberación incondicional de los activos iraníes bloqueados.
GUERRA DE MERCADOS
La república islámica aprendió a jugar el juego de quienes habitan la Casa Blanca y sus asociados. Por ejemplo, ataca buques cisterna minutos antes de la apertura de mercados para mover el precio del petróleo y los bonos, juego al que hasta ahora solo jugaba Trump con sus vaivenes en prensa y en Truth Social, su red social de preferencia, ganando dinero con la especulación financiera de la guerra. Según reveló Fortune a partir de su propia declaración jurada ante la Oficina de Ética Gubernamental, Trump le sacó provecho personal comprando sistemáticamente acciones de petroleras y empresas de defensa mientras él insistía en público con que la guerra terminaría pronto. Esta es una presión calculada sobre Trump, que teme un desplome económico de cara a unas elecciones en las que los republicanos arriesgan perder la mayoría que tienen en ambas cámaras. Un dato interesante es que el 22 de julio la Cámara de Representantes aprobó una resolución bajo la War Powers Act para forzar a Trump a abandonar la guerra con Irán, con un resultado de 214 a 208 gracias a que cuatro republicanos votaron junto con los demócratas. Ese mismo día, el Senado la bloqueó por apenas dos votos, 49 a 47. Un Congreso todavía de mayoría oficialista está, en consecuencia, a tan solo dos votos de prohibirle la guerra a su propio presidente, en medio de un conflicto que la Casa Blanca sigue presentando puertas afuera como controlado y necesario.
SIN MUNICIONES
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales calculó que hacia fines de julio Estados Unidos ya había consumido entre dos tercios y tres cuartas partes de su stock de interceptores Patriot (pasó de unos 2.200 antes de la guerra a menos de 830) y una proporción similar de su inventario de THAAD, el sistema de defensa antimisiles de mayor altitud. Ambos estaban destinados en primera instancia a Europa para proveer a Ucrania y en segunda instancia al domo de hierro israelí y las bases militares estadounidenses en Oriente Medio. Consultado por el Wall Street Journal, Trump intentó desmentir esos datos, pero la evidencia que citan sus propios funcionarios va en sentido contrario: a fines de julio, el mismo diario y el New York Times coincidieron en que Trump había decidido postergar una nueva ofensiva de gran escala contra Irán, en medio del cese al fuego, precisamente por la escasez de misiles de defensa aérea.
No es un dato menor que las principales bases de Baréin y Kuwait hayan sido prácticamente desalojadas. Es la principal potencia militar del planeta reconociendo a regañadientes, a través de sus propios medios de referencia, que no tiene el colchón logístico para sostener una guerra total sin arriesgar sus capacidades en otros frentes (empezando por Taiwán, que ya monitorea el desgaste con atención, según reportó Asia Times, y siguiendo por Ucrania, según expresó su presidente Volodímir Zelenski al intentar vincular la guerra de Irán con la de Ucrania).
Trump busca una salida, pero Irán no le regala ninguna victoria fácil, por mínima que sea. Todo apunta a que, por ahora, elige dejar correr la presión económica antes que una nueva escalada militar, una señal de que el margen de maniobra es más estrecho de lo que Washington admite en público. La decisión de fondo sigue siendo la misma: una concesión humillante o una escalada de consecuencias impredecibles. Algunos analistas señalan que existe una tercera vía: Trump podría negociar con Omán una porción de los ingresos que reciba por la tarifa que cobre junto con Irán, lo que podría darle una especie de excusa propagandística a su favor.
GRIETA EN LA INTELIGENCIA
Otro episodio bien reciente, revelado por The Washington Post, es lo sucedido en la cumbre de la OTAN en Ankara. Trump fue retirado en secreto del avión presidencial y trasladado en un carro de catering hasta una aeronave militar alternativa por una alerta sobre un supuesto plan iraní para derribar el Air Force One, el avión presidencial estadounidense. El dato que aportó el Post fue que este reporte de inteligencia lo había transmitido Israel a la CIA y, aunque los analistas de esa agencia de inteligencia la evaluaron como de baja confiabilidad, decidieron comunicarla a la administración, que por prevención decidió tomar medidas. De todas maneras, el secretario de Estado, Marco Rubio, decidió viajar en el Air Force One. La propia prensa estadounidense está documentando fisuras entre lo que Israel empuja como una amenaza y lo que la inteligencia de Estados Unidos efectivamente valida. Es la misma lógica que atraviesa toda la guerra: decisiones que se toman más por la presión del socio regional que por evidencia propia.
LA ALIANZA DE LA MECA
El viernes 7, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron el Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca, por el que un ataque contra uno será visto como una afrenta contra los tres. Es la primera vez que una potencia nuclear, Pakistán, se compromete formalmente con el segundo ejército de la OTAN, Turquía, y con el peso financiero saudita. Circuló la idea de que este acuerdo extiende el paraguas nuclear pakistaní a Arabia Saudita y Turquía. El texto establece la misma fórmula de defensa colectiva que el artículo 5 de la OTAN, que tampoco obliga a una respuesta automática ni nombra un adversario, es decir, cada firmante decide qué acción tomar. Esa ambigüedad, deliberada, habilita la lectura de que se extiende de hecho un paraguas nuclear informal a Arabia Saudita y Turquía. El canciller turco, Hakan Fidan, lo desmintió, pero no desestimó el mecanismo. Lo que no admite matices es la lectura de que la región ya no confía en el paraguas de seguridad estadounidense. Autoridades de Israel han declarado su preocupación al respecto, las iraníes han saludado la iniciativa. El ministro de Asuntos de la Diáspora, Amichai Chikli, calificó la alianza de La Meca como «muy peligrosa y muy preocupante», y advirtió que empuja a Israel a profundizar alianzas alternativas con Grecia, Chipre, Emiratos Árabes Unidos, India y Somalilandia.
N. de E.: El fin de semana pasado Donald Trump, con su habitual matonismo ya poco creíble, dijo que «Estados Unidos declarará próximamente a Ormuz como su propiedad». ↩︎
Recuadro
Cruces
Hay un dato que ordena algo de todo lo anterior. De un lado, el eje suní que acaba de sellar el acuerdo de La Meca: Arabia Saudita, Turquía y Pakistán. Del otro, el eje chií que lidera Irán con las milicias de Hezbolá en Líbano, Al-Quds en Palestina y los hutíes en Yemen, el llamado eje de la resistencia. En el papel, son bloques rivales, enfrentados en Yemen, Líbano y cada frontera caliente de la región. Pero los actores principales de ambos ejes se sientan en la misma mesa. Irán es miembro de los Brics desde 2024, Arabia Saudita se sumó como miembro pleno en julio de 2025 y Turquía tiene estatus de país socio desde la cumbre de Kazán. Socios en la arquitectura geopolítica y financiera del orden multipolar que compite con Occidente. Emiratos Árabes Unidos entra en esta lectura por otra puerta: liberó miles de millones de dólares en activos iraníes congelados en bancos emiratíes, en un intento de comprar seguridad frente a un eventual recrudecimiento de la guerra regional. La consolidación del nuevo eje de La Meca dejó a Abu Dabi en una posición incómoda al no tener continuidad geográfica con Israel, su aliado, y estar cara a cara con Irán, separado por el estrecho de Ormuz. Es paradójico y se pondrá a prueba en unas pocas semanas, ya que los Brics, bajo la presidencia de India, tienen su decimoctava cumbre el 12 y 13 de setiembre en Nueva Delhi, a la que el presidente ruso Vladímir Putin confirmó que asistirá. Allí se encontrarán representantes de los dos ejes de Asia occidental, junto con Rusia y China, el eje euroasiático al que Trump observa de lejos. No se está frente a una alianza prolija ni un bloque homogéneo. Son alianzas cruzadas, con rivalidades sin resolver. El trasfondo es el mismo en todos los casos: cada vez menos actores apuestan su seguridad material y financiera exclusivamente a la garantía estadounidense u occidental. Y esa evidencia es la que mejor describe una decadencia occidental que ya no se puede disimular con comunicados de prensa o tuits a las cinco de la mañana.


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