Una anotación rápida sobre el evangelicanismo y neopentecostalismo

Los últimos días, a raíz de un macroevento en el estadio Metropolitano de Madrid, el fenómeno del neopentecostalismo se ha vuelto a poner encima de la mesa. No es casualidad: los profundos cambios societales que estamos viviendo en el Estado español provocan que fenómenos de masas que viven al margen de la representación oficial emerjan periódicamente de las sombras. Los evangélicos, según datos del Observatorio del Pluralismo Religioso, han pasado del 0,2 % de la población a más del 2 %, aumentando sus fieles de forma sostenida.

Sin embargo, hay que hacer algunas aclaraciones pertinentes. Todos los neopentecostales son evangélicos, pero no todos los evangélicos son pentecostales o neopentecostales. De hecho, muchas corrientes evangélicas están enfrentadas al neopentecostalismo. Por ejemplo, muchas iglesias de tradición bautista negra, que produjeron personalidades como Martin Luther King Jr., o sectores más tradicionalistas y conservadores, alejados de la turbocultura neopentecostal. En el Estado español nos encontramos con sectores como la Iglesia de Filadelfia (pentecostal), arraigada desde hace décadas entre la población gitana, o las Asambleas de Hermanos, que son evangélicas, pero no neopentecostales.

Estos sectores evangélicos no se pueden encuadrar dentro de los neopentecostales carismáticos, pero lo cierto es que, por ejemplo, en Estados Unidos existe una tendencia a la fusión y al mestizaje entre el mundo evangélico conservador y tradicional y el neopentecostalismo, dando lugar a híbridos de nuevo tipo que tienden a reflejarse en una cultura común y en fenómenos políticos como George W. Bush primero y posteriormente Donald Trump. Entender esa dimensión híbrida y mutante del evangelicanismo es fundamental para comprender el fenómeno en su totalidad, más allá de sus divisiones internas.

Mientras el catolicismo se capta más desde el estudio de sus líneas de continuidad y delimitación, el evangelicanismo tiende a comprenderse mejor si observamos su prodigiosa capacidad de cambiar rápidamente de forma, fusionándose en una especie de “Aufhebung” socioteológica permanente. Para entender esta galaxia extremadamente compleja y que deja a los marxistas a la altura de un movimiento unitario y homogéneo, es recomendable leer el libro de Allan Anderson, publicado por Akal, titulado El Pentecostalismo. Como curiosidad, diremos que, pese a estar publicado por una de las editoriales bandera de la izquierda, el libro está escrito por un pentecostal.

En líneas generales, el evangelicanismo está ya hegemonizado por corrientes reaccionarias, pero la particularidad del neopentecostalismo es su asunción de la teología de la prosperidad. En concreto, el neopentecostalismo tiene muchas discrepancias con el calvinismo (sobre la predestinación frente al libre albedrío, el papel de los milagros o el peso del estudio bíblico frente a la experiencia religiosa), pero reconfigura, en una versión más compulsiva y aceleracionista, ciertas lógicas históricas del protestantismo que han tendido a asociar la prosperidad material con la bendición divina.

La forma histriónica de vivir la fe enlaza muy bien con un capitalismo enloquecido, que tiende a expresarse en formas sobreexcitadas de relación con uno mismo. En realidad, podríamos observar el fenómeno de la siguiente manera: si extirpamos el hecho religioso del fenómeno cultural que refleja, el neopentecostalismo se encuadraría dentro de una corriente que atraviesa las sociedades moldeadas por el capitalismo neoliberal, es decir, el capitalismo sin contrapesos antagonistas estables. Como muchas otras formas de vida contemporáneas, asume una lógica que no busca vivir de forma diferente a la que propone el capitalismo, sino más bien asumir una identidad exacerbada del mismo.

En ese sentido, la pregunta marxista es: ¿cuáles son las condiciones sociales e históricas que hacen posible que fecunde una ideología como el neopentecostalismo? ¿Sobre qué clases se erige y sobre qué fenómenos políticos crece?

En líneas generales, las corrientes evangélicas no son una creación espontánea de las clases dominadas. Aunque el protestantismo fue un vehículo de expresión para muchos sectores radicales de las clases populares (véase Thomas Müntzer o el libro El mundo trastornado de Christopher Hill) el evangelicanismo contemporáneo no se entiende sin el entramado hegemónico al servicio de la dominación WASP (blanca, anglosajona y protestante), obligada a renovar sus patrones ideológicos en plena Guerra Fría, consolidando su propia base social en Estados Unidos y extendiéndola por el mundo, infligiendo derrotas a sus adversarios y ocupando sus espacios, como ocurrió con la teología de la liberación en América Latina. La CIA, pero también universidades; los multimillonarios renacidos, pero también políticos como Ronald Reagan: estamos hablando de una operación impulsada desde el poder.

Dicho esto, las ideologías no florecen en el vacío. La derrota del movimiento obrero y de las teologías de la liberación, que relacionaban, de muchas maneras, la fe con la emancipación colectiva, implicó la destrucción de formas comunitarias de vida por el neoliberalismo y la necesidad de acoplarse a nuevas comunidades, en este caso reaccionarias. Como teoriza Frédéric Lenoir en La metamorfosis de Dios, el resurgimiento de la espiritualidad en Occidente se explica, en buena medida, por la necesidad inversamente weberiana de reencantar un mundo cada vez más ajeno, frío y hostil.

Es decir, la ausencia de comunidad produce nuevas comunidades, pero, en ausencia del protagonismo consciente de la clase antagonista, lo hace reproduciendo los mismos fundamentos que pretende superar. Este es el terreno fértil sobre el cual surgen las comunidades evangélicas, ya sea en sus versiones más conservadoras y tradicionalistas o en sus versiones turboaceleracionistas, como la teología de la prosperidad neopentecostal.

No es de extrañar que, en lugares como el Estado español, hayan florecido entre sectores migrantes de América Latina. Mientras algunos sectores, tan racistas como superficiales, hablan de “invasión”, la pregunta radical es: ¿qué tipo de ausencia ha provocado que estos sectores, muchos de ellos proletarios, acudan a esta clase de iglesias? ¿No tiene acaso relación con la división internacional del trabajo y sus expresiones políticas?

Una izquierda sin capacidad de acogida, ya sin más instituciones que las que gestionan su propia autorreproducción, compuesta en muchos casos por sectores profesionales desvinculados del nuevo pueblo trabajador (o cuyo único vínculo con este sector es contratarlos para trabajos de cuidados) debería ser más cuidadosa y evitar adoptar argumentarios racistas.

Otro aspecto clave, sobre todo en el caso del neopentecostalismo, es la búsqueda, por parte de sectores muy empobrecidos, de salidas ante el cierre social que los condena a la miseria perpetua. Así como el derivacionismo marxista explicaba las traducciones formales desde la mercancía a la forma política, aquí podemos observar un proceso semejante hacia la forma religiosa. La necesidad del ascenso social, de salvar el alma, pero también de prosperar materialmente, y la extrema flexibilidad empresarial del evangelicanismo frente a estructuras más rígidas como el catolicismo ayudan a entender el fenómeno.

Ya que en la teología de origen protestante no existe necesidad de una mediación institucional para establecer relación con Dios, y el pentecostalismo pone un énfasis especial en el Espíritu Santo, cualquiera puede crear su startup religiosa a su imagen y semejanza, asentándola de forma flexible en el terreno concreto. Esto facilita la iniciativa y la reproducción de las iglesias sin demasiadas complicaciones, acoplándose con facilidad a una estructura social en la que la empresa tiende a dominar cada vez más esferas de la vida social.

¿Cómo hacer frente a este fenómeno desde la izquierda marxista? Estamos ante un fenómeno reaccionario de masas que surge de las propias raíces de la sociedad capitalista y que afecta a amplios sectores de nuestra clase, especialmente a algunos de los más oprimidos. El peligro de fondo es evidente y el combate ideológico debe ser frontal y radical, sobre todo por el riesgo de su asociación semiorgánica con la extrema derecha.

No albergo demasiadas esperanzas en que surjan corrientes revolucionarias en el interior del evangelicanismo, tal y como ocurre en el catolicismo, al menos en el corto plazo. La razón es que uno debe analizar las corrientes ideológicas a través de su desarrollo histórico. El evangelicanismo y el neopentecostalismo se asientan en el Estado español en un contexto en el que emerge una nueva estratificación social y una cultura basada en la adhesión a identidades particulares, más que en una gran institucionalidad diversa pero tendente a la unidad, como fueron el movimiento obrero o el cristianismo católico popular.

Eso obliga a dos tareas. Una, eminentemente defensiva, basada en la denuncia de un negocio de la fe particularmente nocivo y reaccionario. Sin embargo, si se hace desde un prisma racista o clasista, sus efectos serán más contraproducentes a largo plazo que otra cosa.

Porque la segunda tarea es la fundamental y poco tiene que ver con el “intelectualismo moral”: se trata de recuperar el tejido institucional de nuestra clase, con formas materialmente arraigadas en una ética anticapitalista, lo suficientemente fuertes como para convertirse en un polo de atracción, una vía alternativa, para las bases proletarias que se refugian en el evangelicanismo.

Información adicional

Religión, sociedad y política
Autor/a: Brais Fernández
País:
Región:
Fuente: Sin Permiso

Leave a Reply

Your email address will not be published.