Chocó, el territorio olvidado que el terremoto de Colombia dejó al descubierto
La vida en Chocó intenta volver a la normalidad con las huellas del terremoto del 10 de agosto pasado, todavía en sus calles. Lisandro Concatti

Casi dos semanas después del sismo que sacudió Colombia, una de las regiones más afectadas intenta reconstruirse entre casas derrumbadas, ayudas que llegan con dificultad y el temor de que la atención del país desaparezca antes de que termine la emergencia. En el departamento más pobre de Colombia, el terremoto puso en evidencia el abandono, la violencia y la ausencia estatal.

22 ago 2026 . Quibdó se encuentra en el extremo occidental de Colombia, en una de las regiones más lluviosas y aisladas del país. Es la capital del Chocó, un departamento de mayoría afrocolombiana atravesado por grandes ríos y selva, rico en oro y platino pero marcado por la pobreza, la violencia y una histórica ausencia del Estado. Para llegar desde Bogotá hay que atravesar buena parte del país por aire y para salir de Quibdó hacia muchos de los municipios del departamento, en cambio, el río se convierte en carretera.

Casi dos semanas después del terremoto del 10 de agosto, el Chocó todavía intenta asimilar lo ocurrido. El sismo de magnitud 7,4 tuvo su epicentro en San José del Palmar a las 7:34 de la mañana y golpeó con fuerza al departamento. La tragedia no llegó a un territorio preparado para enfrentarla, sino a una región donde una comunidad puede quedar aislada durante días por falta de carreteras y donde llevar una caja de alimentos desde Quibdó hasta los municipios más apartados puede convertirse en una compleja operación logística.

Una ayuda que no llega de las instituciones públicas

Para llegar hasta allí es fundamental Satena, la aerolínea estatal colombiana, que estos días transporta parte de la ayuda humanitaria. En la bodega de los aviones ATR viajan alimentos, medicamentos, ropa y otros suministros. El avión es, en sí mismo, una pequeña representación de la emergencia, que muestra cómo la ayuda puede llegar rápido hasta la capital del departamento, pero desde allí comienza el verdadero desafío.

En el barrio Medrano, Emily González, secretaria de la Junta de Acción Comunal, señala una de las viviendas que quedaron destruidas durante el terremoto. El recuerdo del episodio todavía está presente entre los vecinos. “Se han dado varias réplicas, algunos días las sentimos y otros no”, cuenta Emily a El Salto. Mientras habla, explica que muchas familias están durmiendo juntas porque ya no tienen un lugar seguro donde pasar la noche. “Estamos a la espera de más ayuda porque hay muchas personas; en un hogar hay varias familias porque se quedaron sin dónde pasar la noche”.

La casa que describe Emily es la de Paola Roldán, o lo que queda de la vivienda. Era una casa de dos pisos y ahora es una montaña de escombros. Toda la familia sobrevivió, aunque la madre tuvo que ser hospitalizada después del terremoto, tras sufrir heridas. Durante varios días también estuvieron buscando a la mascota de la familia, una perrita que había quedado atrapada entre los escombros. La daban por muerta, pero el lunes 17 de agosto, una semana después del sismo, lograron encontrarla con vida y trasladarla a Bogotá para su recuperación.

Paola tiene golpes y raspones, pero dice que lo físico es lo de menos. “Estamos bien, vivos, que es lo más importante. Emocionalmente es otro cuento”, explica a El Salto. Su familia todavía no ha podido sentarse a pensar qué hará después. Primero tuvieron que ocuparse de recuperar algo de sus pertenencias de entre los escombros y esperar que su madre saliera del hospital. Ahora comienza la parte más difícil: decidir cómo reconstruir una casa que ya no existe.

Las ayudas que recibió Paola no llegaron, según cuenta, de las instituciones públicas. Fueron amigos y personas que se solidarizaron con su situación quienes llevaron ropa, dinero y artículos de aseo. De la Gobernación, dice, acudieron funcionarios para hacer un censo. La historia se repite entre algunos de los vecinos de Quibdó: primero llegó la comunidad, después las organizaciones y, en muchos casos, las instituciones públicas aparecieron para registrar los daños.

Lesly Aragón, del sector Las Palmas del barrio de Medrano, relata que la casa de su madre quedó prácticamente destruida y que solo permanece la fachada. En el barrio hay otras viviendas con grandes grietas y familias que necesitan desde alimentos hasta pañales para niños y adultos mayores. Pero mientras pasan los días, las necesidades comienzan a cambiar. Ya no se trata solamente de conseguir comida o un lugar donde pasar la noche. “Más que todo requerimos que, en su momento, como barrio, nos traigan ayuda para materiales de construcción”, explica. Y es que después de la emergencia inmediata, aparece una pregunta mucho más difícil: ¿quién va a pagar la reconstrucción?

Una región sumida en la emergencia

El sismo se sintió en buena parte de Colombia y dejó una huella especialmente profunda en el occidente del país. Más de diez días después, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) contabiliza 314 muertos (cifra actualizada al 20 de agosto), miles de heridos y cientos de viviendas destruidas en el país. Pero en el Chocó el terremoto no encontró un territorio preparado para una catástrofe, sino una región que lleva décadas acumulando sus propias emergencias.

El departamento es uno de los más pobres de Colombia. En 2025, el 65,3% de sus habitantes se encontraba en situación de pobreza monetaria según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Al mismo tiempo, el Chocó concentra una enorme riqueza natural: selvas, ríos, dos costas y reservas de oro y platino. La contradicción atraviesa todo el territorio, mientras sus recursos naturales fueron explotados durante generaciones, buena parte de sus habitantes continúa viviendo sin acceso adecuado a servicios básicos, salud, educación, electricidad y vías de comunicación.

James Mosquera, representante a la Cámara por la Curul de Paz de Chocó y Antioquia, cuenta a El Salto lo que encontró después del terremoto. De los 31 municipios del departamento, asegura, 29 sufrieron afectaciones de distinta magnitud. El problema, dice, es que la emergencia no termina en Quibdó, donde se concentra buena parte de la ayuda. “Se necesita una acción más directa para que toda esta ayuda llegue a este territorio más disperso y apartado”. La geografía del Chocó convierte cada ayuda en una operación logística de gran magnitud. Una caja de alimentos que llega a Quibdó todavía debe recorrer kilómetros por el río o por aire para alcanzar a una familia que vive en una comunidad apartada. El departamento tiene más de 44.530 kilómetros cuadrados y buena parte de su territorio no está conectado por carreteras.

Duván, un líder social de Quibdó, conoce bien esa realidad. Horas después del terremoto comenzó a organizar, junto con otros miembros de la comunidad, ollas comunitarias para alimentar a las familias que perdieron sus viviendas. Los vecinos se organizaron porque llevan mucho tiempo acostumbrados a hacerlo. “Esto ha sido una catástrofe total”, relata.


Entre quienes llegaron desde otras partes del país para colaborar está William, un médico colombiano que estudió y vive desde hace once años en Argentina. Cuando se enteró del terremoto decidió regresar a Colombia y viajar hasta la región. No sabía exactamente qué encontraría, pero tenía claro que quería ayudar. “Llegar a encontrar el país así, ver que todo se ha derrumbado, gente que ha estado bastante afectada por todo lo que sucedió, lo conmueve a uno”, explica. Su trabajo estos días consiste en atender a quienes lo necesitan y prestar primeros auxilios allí donde pueda.

La solidaridad, en efecto, se ha convertido en una de las pocas buenas noticias de la tragedia. Desde Bogotá y otras ciudades se han enviado toneladas de alimentos, medicamentos, ropa y dinero. Deportistas, artistas y ciudadanos anónimos se han movilizado para ayudar. Por unos días, el país ha vuelto la mirada hacia un departamento que durante mucho tiempo ha permanecido fuera de las prioridades nacionales.

El conflicto armado y la violencia persistente

El Chocó ha sufrido inundaciones, incendios y décadas de violencia. “Históricamente hemos sido olvidados por los gobiernos de turno, por la institucionalidad”, sostiene James Mosquera. Por eso insiste en que la ayuda que llega ahora no puede limitarse a la emergencia. Las casas deberán ser reconstruidas, pero también los centros de salud, las escuelas y otras infraestructuras dañadas.

La historia de abandono del Chocó está directamente ligada a la violencia. Durante décadas, las guerrillas de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y grupos paramilitares disputaron el control de sus ríos y territorios. Mosquera habla desde una experiencia personal, las FARC asesinaron a su hermano Edgar, que era policía, y él mismo tuvo que desplazarse de su territorio después de recibir amenazas. A pesar de ello, terminó compartiendo espacio en el Congreso con antiguos miembros de la guerrilla que habían dejado las armas y se habían incorporado a la política institucional a través del partido Comunes.

“Para mí fue muy complejo porque todavía en mi corazón había mucha rabia, mucho odio y mucho fastidio”, recuerda. La relación cambió con los años, a medida que comenzaron a trabajar juntos en proyectos de ley relacionados con las víctimas. Su defensa de la paz está marcada por lo que ocurrió después de los Acuerdos de Paz en 2016. Durante algunos años las comunidades pudieron volver a desplazarse por los ríos y las montañas con una sensación de seguridad que hacía tiempo no tenían. La economía rural comenzó a recuperarse y algunas comunidades volvieron a vivir sin el temor permanente de los secuestros y las extorsiones. Pero las FARC se retiraron y, como relató Mosquera, el Estado no llegó a ocupar los territorios que habían quedado libres. Después aumentó la presencia del Ejército Gaitanista de Colombia, conocido como Clan del Golfo, y otras estructuras criminales. “No hubo presencia del Estado, no hubo presencia del Gobierno”, resume Mosquera.

De la Espriella ante el terremoto

Abelardo de la Espriella, el ultraderechista que asumió la presidencia de Colombia apenas tres días antes del terremoto, se enfrentó a su primera gran crisis. La tragedia llegó cuando su administración todavía no había terminado de instalarse y puso al descubierto la falta de preparación de un equipo que había decidido no hacer la transición con el Gobierno de Gustavo Petro. La primera respuesta pública del presidente llegó casi dos horas después del sismo, con un video publicado en redes sociales desde un avión que se dirigía a Bogotá.

La emergencia no modificó el estilo de comunicación con el que De la Espriella había construido su campaña. Mientras en el occidente del país todavía se desconocía la dimensión de la tragedia, el presidente comenzó a ocupar las pantallas con el mismo tono grandilocuente de los meses de campaña. En el Puesto de Mando Unificado instalado al mediodía del 10 de agosto, llegó incluso a enviar saludos y besos a un público inexistente. El terremoto había dejado decenas de personas bajo los escombros, pero la respuesta presidencial parecía diseñada para las redes sociales.


De la Espriella visitó dos veces Quibdó durante los diez días posteriores al terremoto: la primera, la tarde del 10 de agosto y la segunda, el viernes 14. En ambas ocasiones llegó acompañado por un importante dispositivo de seguridad y una larga caravana de autos y camionetas blindadas que avanzaron por una ciudad donde buena parte de los vecinos todavía esperaba ayuda. La distancia entre el presidente y los damnificados era también física, escoltas y funcionarios dificultaban el acceso a un mandatario que, sin embargo, encontraba tiempo para hablar ante las cámaras y sonreír para las fotos.

“Quiero proponer un plan especial, un Plan Marshall para el Chocó”, dijo desde Quibdó, evocando el programa estadounidense que reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La promesa resultaba especialmente paradójica viniendo de un presidente que había hecho de la reducción del Estado una de las banderas centrales de su campaña.

De la Espriella tuvo un apoyo minoritario en el Chocó. En el departamento obtuvo apenas el 17,78% de los votos, frente al 81,37% del ex candidato de izquierda Iván Cepeda. Pero hay quienes, pese a esos resultados, confían en el nuevo presidente. Es el caso de Ruby Perea, que lleva con orgullo una gorra con el lema de campaña de De la Espriella, “Defensores de la Patria”. “Puede haber sido una minoría, pero los que estamos aquí somos importantes”, explica.

Ruby espera que el Gobierno construya carreteras, hospitales y escuelas. Quiere que el presidente ayude a resolver las carencias estructurales del departamento. Pero consultada por la promesa de reducir el Estado en un 40%, no encuentra una respuesta concreta sobre cómo podría afectar a un territorio que reclama más presencia pública.

En Quibdó, las casas destruidas empezaron a mezclarse con la vida cotidiana. Los vecinos caminan entre los escombros, los niños miran las máquinas que retiran los restos de las viviendas y las familias intentan imaginar cómo serán las próximas semanas. El terremoto ya pasó, pero sus consecuencias apenas comienzan. Ahora hay que reconstruir las viviendas, reparar las escuelas, los centros de salud y volver a levantar una infraestructura que, en muchos casos, ya era precaria antes del terremoto.

El terremoto no creó la pobreza del Chocó, ni su aislamiento, ni la violencia que durante décadas atravesó sus comunidades. Tampoco creó la ausencia del Estado; simplemente hizo visible, durante unos días, una realidad que buena parte de Colombia prefiere mirar desde lejos.

Información adicional

Autor/a: Lisandro Concatti
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: El SAslto

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