Los países árabes no acudirán en ayuda de Gaza. Ninguno de ellos ha emprendido la más mínima iniciativa diplomática de envergadura para impedir la reocupación del enclave y poner fin al diluvio israelí de fuego y acero que sufre desde hace casi dos años. A pesar del terrible balance humano (70.000 muertos, el 70% mujeres y niños según las estimaciones) y una hambruna digna de los peores sitios medievales, ninguna capital del Magreb o del Mashreq exige sanciones contra Tel Aviv ni amenaza a sus socios occidentales con medidas de represalia por su apoyo incondicional a Benjamin Netanyahu y su gobierno (1). A diferencia de lo que ocurrió durante la guerra de octubre de 1973, la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (OPAEP) no intenta convencer a los demás productores de que restrinjan los suministros de oro negro para que Washington presione a su protegido. Algunos acontecimientos simbolizan perfectamente este cambio de época: mientras las armas estadounidenses siguen llegando a Israel y el Congreso aprueba crédito tras crédito a favor de Tel Aviv, el USS Forrest Sherman, un destructor de la Armada de Estados Unidos, hace escala tranquilamente en el puerto de Argel en mayo (2).
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