El caso de los hipopótamos: un análisis crítico del discurso con enfoque de paz e interespecie

En días recientes, el debate en torno a la “eutanasia” de los hipopótamos en Colombia ha ocupado un lugar central en la discusión pública. Lo que en apariencia podría considerarse un problema técnico o administrativo, rápidamente se transforma en un asunto que involucra dimensiones éticas, políticas y culturales de gran alcance. En este contexto, resulta pertinente ensayar una lectura del caso a partir de un análisis crítico del discurso con enfoque de paz e interespecie. Como sucede en otras situaciones, el modo en que se nombra y se organiza el problema no es una cuestión superficial, sino un elemento clave que condiciona las posibles soluciones. Si se atiende con cuidado a las formas enunciativas que predominan en este debate, se advierte que el discurso que avala la “eutanasia” como única opción comparte rasgos con aquellos discursos que históricamente han acompañado situaciones de guerra, incluyendo las guerras coloniales de asentamiento.

En primer lugar, se configura un antagonismo que distribuye el campo entre amigos y enemigos. El enemigo aparece como una amenaza para la vida y el desarrollo de una población que se presenta como la única legítima. Esta figura no es ajena a las formas modernas de comprensión del riesgo, en las que con frecuencia se recurre a la noción de peligro biológico. En el caso de los hipopótamos, estos son proyectados como una amenaza tanto para otros animales, como los manatíes, como para las comunidades humanas locales. Lo que en principio podría pensarse como una red compleja de interacciones ecológicas y sociales, se condensa en una figura unificada que concentra el riesgo y simplifica la escena.

En segundo lugar, se produce un borramiento de la complejidad histórica y una absolutización de un saber que se presenta como incuestionable. Para que el antagonismo funcione, el bando de los amigos debe cerrar su identidad, lo que implica, en buena medida, hacer tabula rasa de las diferencias internas y de la densidad histórica del problema. La historia es simplificada o interpretada de manera conveniente, mientras que una determinada lectura se presenta como la única opción válida, racional o verdadera. En este movimiento, quienes abanderan la “eutanasia” como “solución final” se erigen como representantes de la ciencia, entendida en singular, como si se tratara de un campo homogéneo. Sin embargo, al hacerlo, se omite tanto la historia de los propios hipopótamos como seres violentamente desarraigados y reducidos a mercancías, es decir, en tanto víctimas, así como la heterogeneidad interna del saber científico. No resulta un dato menor que, en este proceso, las posturas críticas, incluidas aquellas que han cuestionado la bioxenofobia, sean reducidas a posiciones emocionales o carentes de todo fundamento.

En tercera instancia, tiene lugar una borradura de la agencia del enemigo. La conducta del hipopótamo es reducida a un comportamiento mecánico, a reacción sin mediaciones, a un peligro descontrolado. De este modo, se lo abstrae de su propia vida, de sus relaciones y de su historia. No obstante, reconocer la complejidad psíquica y la capacidad de agencia de otros animales no constituye un exceso retórico, sino que encuentra sustento en diversos campos de conocimiento contemporáneos. Documentos como la Declaración de Cambridge sobre la conciencia animal han contribuido a consolidar la idea de que múltiples especies poseen formas de conciencia (y también de cultura). Pese a ello, las vidas concretas de los hipopótamos son subsumidas bajo categorías abstractas como la de “especie invasora”.

En cuarto lugar, se despliega un lenguaje de anulación simbólica. Categorías como “especie invasora” o “plaga”, aun cuando se presenten como descripciones neutras, operan en el espacio público con una carga afectiva y política considerable. Estas expresiones no solo permiten la reducción de los hipopótamos a una condición de “peligro biológico”, sino que facilitan la legitimación de prácticas que involucran el ejercicio directo de la violencia física, como en su momento sucedió con los murciélagos en el marco de la pandemia de Covid-19. En un contexto como el colombiano, marcado por una historia prolongada de conflictos, este tipo de lenguajes adquiere una resonancia particular. No se limitan a describir una situación, sino que contribuyen a configurar otras, afectando tanto a los animales como a quienes defienden ciertas perspectivas críticas.

En quinto lugar, es posible constatar una suerte de narrativa del salvador. La intervención violenta se justifica en nombre de un bien mayor, en el que el sacrificio de unos aparece como condición para la salvación de otros. En este caso, la muerte de los hipopótamos se presenta como necesaria para proteger a humanos, a otros animales y a los ecosistemas. La figura del salvador organiza así el sentido de la acción, al tiempo que reduce el espacio para considerar otras alternativas.

Es urgente empezar a desarmar el lenguaje. No solo en lo que respecta a los seres humanos, sino también en relación con los individuos pertenecientes a otras especies y a la naturaleza en general. Ello implica cuestionar las formas de violencia estructural y simbólica que anteceden y legitiman la violencia directa. En no pocas ocasiones, estas formas se amparan en discursos cientificistas que confunden la autoridad del conocimiento con su clausura. 

Comprender estos procesos forma parte de una tarea crítica que no se opone a la ciencia, sino que la amplía. El caso de los hipopótamos constituye una oportunidad para interrogar las formas cotidianas de funcionamiento del orden especista y su violencia inherente. Hace falta, en consecuencia, no menos sino más ciencia, pero una ciencia capaz de pensarse creativamente a sí misma, en función de la vida humana y no humana. 

* Doctor en filosofía y profesor universitario. Experto en derecho, política y ética animal. 

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente:

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