El nuevo Oriente Medio se escribe en Riad
El rey de Arabia Saudí, Salman bin Abdulaziz.Europa Press

En apenas unas semanas, Oriente Medio ha dejado de ser únicamente el escenario de una guerra para convertirse en el laboratorio donde se está diseñando un nuevo orden regional. La creciente implicación militar estadounidense junto a Israel, el acercamiento estratégico entre Washington y Arabia Saudí, el acuerdo de cooperación nuclear civil anunciado por ambos países y el renovado impulso a los Acuerdos de Abraham forman parte de un mismo movimiento geopolítico. El objetivo ya no consiste únicamente en debilitar a Irán. La verdadera apuesta es construir una arquitectura regional distinta, capaz de sostener la influencia estadounidense con menor presencia militar directa y con un reparto diferente del poder entre sus aliados.

La participación saudí junto a Estados Unidos en operaciones dirigidas contra milicias respaldadas por Irán marca un salto cualitativo en la política exterior de Riad. Durante años, Mohammed bin Salman había intentado navegar entre la estrecha alianza con Washington y una creciente autonomía estratégica. La reconciliación diplomática con Irán auspiciada por China en 2023, la diversificación de sus relaciones con Moscú y Pekín o su prudencia durante la guerra de Gaza respondían precisamente a esa lógica: evitar quedar atrapado en una nueva confrontación regional.

Pero las guerras también alteran las prioridades. Washington considera que el debilitamiento de Irán ofrece una oportunidad histórica para consolidar un nuevo equilibrio regional, mientras que Arabia Saudí entiende que este momento le permite negociar desde una posición de fuerza el precio de su incorporación definitiva a ese proyecto.

Ahí debe interpretarse el acuerdo de cooperación nuclear civil firmado entre ambos países. Más allá de su dimensión energética, constituye una pieza central de la negociación estratégica entre Washington y Riad. El pacto contempla un marco de cooperación de largo plazo para el desarrollo de la industria nuclear saudí, aunque mantiene abierto uno de los aspectos más sensibles: el eventual enriquecimiento de uranio en territorio saudí, cuestión que será objeto de un estudio conjunto y de posteriores decisiones políticas.

Sin embargo, apenas unas horas después del anuncio, Donald Trump introdujo un elemento que parecía haber quedado aparcado: la cooperación nuclear sólo avanzará plenamente si Arabia Saudí se incorpora a los Acuerdos de Abraham y normaliza sus relaciones con Israel.

Y ahí aparece el verdadero problema.

Washington pretende que la guerra desemboque en una nueva arquitectura regional sustentada sobre tres pilares: la superioridad militar israelí, la legitimidad política saudí y las garantías estratégicas estadounidenses. Es una fórmula elegante sobre el papel, pero mucho más difícil de materializar sobre el terreno.

Porque Israel puede haber consolidado una posición militar dominante, pero eso no equivale automáticamente a ejercer liderazgo político. La devastación de Gaza ha deteriorado profundamente su imagen en el mundo árabe y ha convertido cualquier proceso de normalización en un coste político enorme para los gobiernos de la región. La causa palestina sigue siendo un elemento central de legitimidad para unas monarquías que, aunque autoritarias, no pueden ignorar completamente el estado de la opinión pública.

Arabia Saudí lo sabe perfectamente. Por eso Riad continúa vinculando cualquier reconocimiento formal de Israel a avances tangibles hacia la creación de un Estado palestino. No se trata únicamente de una cuestión ideológica. También responde a un cálculo de supervivencia regional. Convertirse en el principal socio árabe de Israel sin obtener contrapartidas visibles supondría asumir un coste político que Mohammed bin Salman difícilmente puede permitirse.

Además, las monarquías del Golfo distan mucho de constituir un bloque homogéneo. Emiratos Árabes Unidos mantiene una estrecha cooperación con Israel y Estados Unidos y considera la rivalidad con Irán como el eje central de su política regional. Bahréin comparte esa orientación, en gran medida por su dependencia de la protección saudí y estadounidense. Catar, por el contrario, continúa cultivando un perfil propio como mediador y mantiene abiertos canales de comunicación con actores muy diversos, incluidos movimientos islamistas. Omán preserva su tradicional neutralidad diplomática, mientras Kuwait sigue mostrando importantes reservas hacia una normalización acelerada con Israel.

Estas diferencias no son anecdóticas. Reflejan intereses estratégicos distintos y evidencian que el liderazgo regional saudí dista mucho de gozar de amplios niveles de apoyo incluso entre sus vecinos más próximos.

Paradójicamente, la guerra que debía consolidar el liderazgo israelí está poniendo de manifiesto otra realidad: sin Arabia Saudí no existe arquitectura regional viable. Y cuanto más evidente resulta esa dependencia, mayor es la capacidad negociadora de Riad. Y esto significa que Estados Unidos necesita hoy a Arabia Saudí más de lo que Arabia Saudí necesita a Estados Unidos. Esa es probablemente la principal transformación geopolítica de la última década.

La irrupción de China como actor diplomático en Oriente Medio, el debilitamiento relativo de la hegemonía estadounidense y la creciente fragmentación del sistema internacional han ampliado enormemente el margen de maniobra saudí. Riad ya no negocia desde la dependencia, sino desde la capacidad de elegir entre varios socios internacionales. Precisamente por ello puede exigir garantías de seguridad, acceso a tecnologías sensibles, inversiones estratégicas y un reconocimiento explícito de su condición de potencia regional.

El problema para Washington es que esta estrategia contiene una contradicción difícil de resolver. Cuanto más intenta convertir a Israel en el eje militar del nuevo Oriente Medio, más necesita apoyarse en Arabia Saudí para dotar de legitimidad política a ese mismo proyecto. Pero ambas aspiraciones no siempre son compatibles. Al mismo tiempo, Israel busca consolidar una posición de superioridad estratégica frente a todos sus vecinos mientras que Arabia Saudí aspira a ser reconocida como el principal interlocutor político del mundo árabe. Son ambiciones que pueden coincidir frente a Irán, pero que divergen cuando se trata de definir el futuro de Palestina, el reparto de influencia regional o la naturaleza del nuevo equilibrio de poder. Quizá por eso la pregunta más importante ya no sea quién está ganando esta guerra. La cuestión decisiva es quién diseñará la paz.

Washington confía en que el debilitamiento de Irán abra la puerta a un Oriente Medio más estable, articulado en torno a Israel y las monarquías árabes. Sin embargo, la experiencia de las últimas décadas invita a la prudencia. Las arquitecturas regionales impuestas desde el exterior rara vez eliminan las rivalidades; normalmente las desplazan hacia nuevos escenarios. La paradoja final es tan evidente como inquietante. Estados Unidos pretende abandonar gradualmente Oriente Medio para concentrar sus recursos en la competencia con China. Pero, para hacerlo, necesita construir un orden regional extraordinariamente complejo cuyo éxito depende precisamente de actores que persiguen objetivos distintos e incluso contradictorios. Y aquí será donde aquel que consiga ejercer el liderazgo político será el que consiga el equilibrio de poder en Oriente Medio.

30/07/2026

Por Ruth Ferrero-Turrión

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

Información adicional

Opinión
Autor/a: Ruth Ferrero-Turrión
País:
Región: Medio Oriente
Fuente: Público

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