Záccara es doctor en Estudios Árabes e Islámicos e investigador en New Ground Research de Qatar. En esta entrevista detalla cómo Trump se presenta como “vencedor” y le impone concesiones al “vencido”, pero él y Netanyahu son los perdedores a partir de la ingeniosa estrategia político-militar iraní que les torció el brazo.
29 de junio de 2026
¿La guerra entre Irán contra EE. UU. aliada a Israel terminó? ¿Está en un entretiempo? Hay un memorándum de entendimiento, una hoja de ruta para un incierto acuerdo final que –Donald Trump mediante– podría saltar por los aires: pero lo más probable es que no salte. Porque EE.UU. no tiene otra opción realista, salvo negociar un acuerdo: la vía militar está descartada por no tener chances de una victoria sin invadir a Irán con tropas en el terreno, algo que no está en los planes. Para ello necesita los votos en el Congreso que difícilmente consiga. Y aun así, el costo político sería muy alto: la gran mayoría de la población norteamericana se opone. Ya mismo Donald Trump está pagando un costo político por su aventura mal planificada en Irán y su mayor desesperación es encontrar una rampa de salida definitiva para terminar cuanto antes con este bochorno político. Quiere cerrarlo mintiendo que ganó y que Irán cedió en todo. Cuando el que cedió fue él, la señal más inequívoca de la derrota. Incluso Irán exige algún tipo de indemnización por parte del “vencedor”: todo indica que la obtendrá. El consenso es casi total en analistas de geopolítica internacional: EE. UU. sufrió una derrota política humillante. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, gana una guerra el que alcanza esos objetivos políticos. Según el politólogo rosarino Luciano Záccara, EE.UU prácticamente no alcanzó ninguno. Y desde Doha desentramó la madeja medioriental para Página/12.
Záccara es licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario y doctor en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid: vive en Qatar desde 2013 y es investigador del think tank New Ground Research. Para especializarse en el mundo árabe-islámico ha hecho trabajos de campo de varios años en Irán –habla farsi– y otros países, y estudia los sistemas políticos de esa región. A partir de este diálogo, no se vislumbran buenas perspectivas: pareciera que, aunque haya acuerdo –lo más probable es que se alcance– los problemas de fondo en la región seguirán sin resolverse y tarde o temprano, volverá el intercambio de misiles entre países lejanos, ese nuevo tipo de guerra teleoperada donde ya no hay casi infantería, marina ni fuerza aérea pilotada, sino teleoperadores militares dirigiendo drones y misiles con lógica de videogame.
–Donald Trump había declarado que sin rendición incondicional, no detendría la guerra con Irán: sucedió casi al revés. Algunos en filas republicanas le achacan al presidente que el intempestivo ataque a Irán creyendo que al descabezar al régimen matando a Alí Khamenei derrumbaría todo el andamiaje de poder iraní fue el mayor error en la política exterior norteamericana en décadas. ¿Qué objetivos alcanzó? El politólogo de la Universidad de Chicago, John Mearsheimer, lo afirma de manera tajante: “¡hemos perdido la guerra!”.
–Yo no diría que EE. UU. perdió la guerra en términos militares, pero sí que perdió claramente el objetivo político maximalista que Trump había planteado. Si la condición inicial era la “rendición incondicional” de Irán, el resultado fue casi lo contrario. Irán no se rindió, el régimen sobrevivió, mantuvo capacidad de negociación y Washington terminó aceptando un proceso diplomático de igual a igual, y no de vencedor a vencido. EE. UU. sí logró demostrar su superioridad militar, pero no consiguió traducir esa superioridad en términos políticos y diplomáticos.
–¿Qué gano y qué perdió Irán? ¿Sale fortalecido?
–Irán ganó, ante todo, supervivencia estratégica. No hubo colapso del régimen, no hubo rendición, no perdió su capacidad nuclear ni su lugar como actor indispensable en cualquier arquitectura regional. Pero también perdió mucho; infraestructura, mandos, recursos militares, margen económico y legitimidad interna por la represión. Por eso yo diría que Irán es vencedor en términos diplomáticos y estratégicos relativos, no porque haya salido ileso, sino porque resistió una guerra diseñada para doblegarlo y terminó negociando desde una posición de relativa fuerza, algo totalmente inesperado el día 28 de febrero cuando se iniciaron los ataques.
–¿Cómo quedó parada en Medio Oriente la República Islámica de Irán en relación a la situación preguerra? ¿Queda como un actor muy poderoso en la multipolaridad del Medio Oriente?
–Irán queda mejor parado que antes de la guerra en un sentido muy concreto: demostró que no puede ser eliminado ni ignorado. Pero eso no lo convierte en hegemón regional. Medio Oriente no tiene hoy un hegemón claro, sino una multipolaridad conflictiva con varios polos de poder que se bloquean entre sí. Irán sale como un actor central, indispensable, pero no dominante; está más fuerte diplomáticamente, aunque más golpeado material e internamente.
–¿Como quedan las fuerzas geopolíticas ahora en la región?
–La región queda con un equilibrio más fragmentado. EE. UU. sigue siendo la potencia externa central, pero con límites más visibles. Israel conserva superioridad militar, pero queda más aislado políticamente si no puede traducir esa fuerza en resultados estratégicos. Los países del Golfo aparecen como actores más pragmáticos, preocupados por evitar que su territorio vuelva a ser campo de batalla, y con una mayor capacidad diplomática probada. Y China, Rusia, Turquía, Pakistán y otros actores ganan margen porque la región ya no se ordena solamente alrededor de Washington, más allá de que por ahora, no haya intervención directa de estos países en acciones o alianzas militares concretas con actores regionales.
–Pareciera que en la negociación prevalecieron todas las demandas de Irán. Aunque no hay un acuerdo final, claro. ¿Qué pareciera que sucederá con el tema del uranio ya enriquecido? ¿EE. UU. va a compensar económicamente a Irán? Trump dijo “ni un centavo”. Pero el memorándum firmado dice lo contrario.
–En la negociación parece haber prevalecido la lógica iraní en un punto fundamental; que el tema nuclear no se resuelve por eliminación total de su programa, sino por la aceptación de límites, supervisión, secuenciación y garantías, similar a lo que sucedió con el acuerdo Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015. El uranio probablemente será tratado mediante fórmulas técnicas como reducción, conversión, sellado, traslado parcial o monitoreo reforzado, pero no como una capitulación absoluta. Sobre la compensación, Trump puede decir “ni un centavo”, pero si el memorando habla de alivio económico, activos desbloqueados, comercio petrolero o reconstrucción indirecta, eso en la práctica funciona como compensación, aunque políticamente no quiera llamarlo así por motivos domésticos. Y por no querer reconocer que todo acuerdo por el estilo, requiere incentivos económicos como también ocurrió en 2015.
–¿Benjamin Netanyahu es el gran perdedor? Israel fue el iniciador de esta guerra, pero nada salió cual lo planteado.
–Netanyahu queda como uno de los grandes perdedores políticos de este proceso, porque Israel inició la guerra con objetivos muy ambiciosos: destruir capacidades iraníes, debilitar decisivamente o derrocar al régimen y evitar cualquier acuerdo que legitimara o simplemente salvara a Teherán. Si el resultado es un entendimiento que mantiene a la República Islámica en pie, reconoce su papel negociador y no elimina por completo su programa nuclear y misilístico, entonces Israel habrá ganado batallas militares, pero no la guerra política. Ese es el problema central para Netanyahu y quizás sea el disparador de futuros episodios de confrontación militar.
–¿Cómo queda la relación entre Israel y EE. UU.?
–La relación entre Israel y EE. UU. no se rompe porque es una alianza estructural, pero sí queda tensionada, como nunca antes lo ha estado. Washington puede seguir garantizando la seguridad israelí, pero al mismo tiempo marcar límites si considera que Netanyahu arrastra a EE. UU. a una guerra sin salida. La diferencia es que ahora Israel no parece tener la misma capacidad de imponer automáticamente su agenda a Washington, sobre todo si Trump quiere presentar el acuerdo con Irán como un logro propio.
–¿Israel puede llegar a lograr su objetivo de romper este acuerdo y volver a la guerra en tándem contra Irán? ¿Por qué Israel rechaza el acuerdo?
–Israel rechaza el acuerdo porque lo interpreta como una normalización de Irán, no como su derrota. Para Netanyahu, cualquier fórmula que permita a Irán conservar capacidad nuclear y misilística limitada, influencia regional o beneficios económicos, es insuficiente. ¿Puede intentar romper el acuerdo? Sí, mediante presión política, inteligencia, operaciones encubiertas o provocaciones militares. Pero le será mucho más difícil si EE. UU., el Golfo y otros actores regionales consideran que la prioridad ahora es evitar una nueva guerra.
–¿Podría reiniciar Israel otra guerra con Irán por sí sola?
–Sí: Israel puede reiniciar ataques por sí sola, pero difícilmente pueda sostener otra guerra regional prolongada contra Irán sin apoyo estadounidense. Puede golpear, sabotear, asesinar mandos o atacar instalaciones puntuales, como lo ha hecho al menos en 40 ocasiones en territorio iraní antes de abril del 2024. Pero transformar eso en una campaña decisiva requiere logística, cobertura diplomática y capacidad de defensa que dependen en gran medida de EE. UU. Además, Irán ya mostró que puede responder no solo contra Israel, sino también contra el entorno regional que sustenta la presencia militar estadounidense.
–¿A largo plazo los enfrentamientos bélicos seguirán?
–A largo plazo, los enfrentamientos probablemente van a seguir, pero no necesariamente como guerra abierta permanente. Lo más probable es una combinación de alto el fuego formal, tensiones militares recurrentes, ciberataques, operaciones encubiertas, presión sobre rutas marítimas y choques indirectos en Líbano, Siria, Irak, Yemen o el Golfo. Es decir, puede terminar la fase más intensa de la guerra, pero no la lógica de confrontación que la produjo. Ya se ha pasado el punto de no retorno de ataques directos entre los tres actores, por lo que el uso esporádico de la fuerza militar no agrega más tensión, si la escalada puede ser contenida. Simplemente, la fuerza militar pasó de ser el último recurso cuando la diplomacia falla, a ser un recurso diplomático más para presionar al adversario a aceptar condiciones de negociación. La evidencia más clara es que, tanto EE. UU. como Irán se han atacado mutuamente de manera reciente, pero aclarando que el “alto el fuego” seguía vigente. Es decir, consideraban a esos ataques como “represalias puntuales” y no como violaciones de la tregua.
–¿Cómo queda Irán respecto de su problemática política interna y la represión que hubo?
–Irán queda en una situación ambivalente. El régimen puede presentar la supervivencia como victoria y usar la guerra para reforzar el discurso nacionalista y de resistencia. Pero eso no elimina los problemas internos. La crisis económica persistente, el malestar social, la represión, las fracturas generacionales y el desgaste de legitimidad están allí y no van a desaparecer a pesar de la presión exterior o de haber conseguido un acuerdo nuclear relativamente favorable. La guerra puede darle al sistema una narrativa de cohesión en el corto plazo, pero también profundiza las condiciones que alimentan la protesta y la desconfianza hacia el poder. Si no hay una mejora económica rápida, constatable y sostenida, los ciclos de protestas –como ocurrieron en 2017-18, 2019, y 2025-26– volverán a aparecer tarde o temprano.
–-Irán comprobó que su mejor arma era el Estrecho de Ormuz. ¿Cómo que se va a saldar esta cuestión? ¿Es de suponer que Irán realmente imponga una suerte de peaje? ¿Irán quedó como el dominador del Estrecho cuando antes no lo era? Trump muestra como un gran triunfo la apertura de un estrecho que ya lo estaba antes de la guerra.
–La cuestión de Ormuz probablemente se va a saldar con una fórmula ambigua, no con un peaje iraní formal, porque eso sería políticamente inaceptable para EEUU, el Consejo de Cooperación del Golfo y en general para los países consumidores de petróleo, incluyendo China. Lo más probable es un mecanismo técnico de tránsito, seguridad marítima, notificación, monitoreo o compensaciones indirectas, algo presentado como garantía de estabilidad y no como concesión a Irán. Irán no queda como “dueño” del Estrecho, porque Ormuz no puede ser controlado unilateralmente y sigue involucrando a Omán, a los países del Golfo, a EE. UU. y al comercio energético global. Pero Irán sí adquiere algo que antes se le negaba diplomáticamente: el reconocimiento de que no puede haber seguridad marítima en el Golfo sin algún tipo de entendimiento con Teherán. No es dominación absoluta, pero sí capacidad de veto y de co-gestión de hecho.
–¿Se reconfiguró el poder interno dentro de Irán? ¿Por qué eligieron al hijo de Khamenei como sucesor si no era una monarquía hereditaria? ¿Fue una manera de decir “nos mataron al líder pero no lograron cambiar nada con ello?
–Hubo una reconfiguración interna, pero no una transformación del sistema. El liderazgo de Mojtaba Khamenei sigue necesitando una cobertura institucional, religiosa y revolucionaria. Pero políticamente sí envía un mensaje muy claro: que el asesinato del líder no produjo una ruptura del régimen ni una transición hacia otra lógica de poder. No hubo colapso del sistema, ni desbandada del estamento militar, ni surgimiento de una élite política alternativa. Al mismo tiempo, su elección revela una reducción del margen interno, porque en vez de abrir una competencia real dentro de la élite, el sistema optó por la continuidad clara, la cohesión ante la emergencia del enemigo externo y el cierre de filas alrededor del núcleo más duro del poder.
–El problema de fondo -uno de los ejes centrales– es el de Palestina. Y eso no se va a resolver. ¿Seguirá siendo esta una fuente central de inestabilidad en Medio oriente?
–Sí, el tema palestino seguirá siendo una fuente central de inestabilidad porque no es un conflicto periférico, sino uno de los ejes políticos, simbólicos y estratégicos de Medio Oriente. La guerra con Irán puede cerrarse con un acuerdo, el tema nuclear puede administrarse con mecanismos técnicos e incluso Ormuz puede regularse con fórmulas de seguridad marítima. Pero Palestina no se resuelve con un memorándum ni con una negociación limitada entre Estados. Eso ya se hizo y no funcionó. Mientras no haya una solución política real para Gaza, Cisjordania, Jerusalén y la cuestión nacional palestina, seguirá existiendo un foco permanente de movilización, radicalización y legitimación de la confrontación. Y eso afecta no solo a Israel y a los palestinos, sino también a Irán, el Líbano, Yemen, los otros países árabes y la relación de EE. UU. con toda la región. Israel ha avanzado desde 2023 en sus objetivos de incorporación de todos los territorios palestinos a su propio territorio: a corto y medio plazo la situación no puede sino empeorar.



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